La violencia humana, sea espectáculo o como herramienta para objetivos varios, es siempre repudiable por inmoral. Puede sentirse igual rechazo que al escuchar los argumentos de Putin y Netanyahu cuando intentan justificar las masacres que llevan a cabo desde sus respectivos países, o al saber de ese descerebrado que drogaba a su mujer para que fuese violada por los amigos.
Sin embargo, también la agresividad puede transformarse en lamentables representaciones teñidas de sordidez a la vista del placer que procura a los asistentes el maltrato y la tortura, sin que sirva de atenuante el que participen en las mismas políticos, intelectuales e incluso miembros de una realeza que quiero creer en franco declive por esas y otras circunstancias.
Hoy me refiero en concreto a la tortura de banderillas y espada, a los puñetazos que se dan y reciben en el ring… Actores todos en unos escenarios carentes de compasión.
¿Deporte? Habría que preguntar al toro; al caído con nariz o costillas rotas… ¿Competición? Para eso está el ping-pong, las carreras, partidas de ajedrez y, si me apuran, los test de inteligencia. Se trata más bien de negocios cimentados en el embrutecimiento de los convocantes, de los convocados y ajenos a esa solidaridad por la que la policía accederá a un pozo para salvar al gatito que cayó dentro pero al toro que le den, o la razón por la que el campesino será multado si mata al lobo que acabó con diez de sus ovejas pero, entre plaza de toreo y redil, nada que ver, siquiera por los beneficios que se generan en uno u otro caso.
Como guinda del deprimente pastel, se debate si acaso los niños podrán asistir a las corridas, en paralelo al esfuerzo por mejorar su nivel educativo, lo que debiera incluir el rechazo a la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. ¿Contradicciones? Pues con ellas seguimos. Y así nos va.