ESCRIBIR PARA EL INSOMNIO

                  De vocación con incierto origen, pasa a convertirse para algunos, con el paso de los años, en obligación autoimpuesta que uno quisiera de vez en cuando soslayar pero, de hacerlo, la mala conciencia te empuja de nuevo a esa actividad que suele plegarse a horario fijo y en la persecución de un final que será, en todo caso, para volver a empezar.

                    Mucho se ha opinado sobre el porqué y, en muchas ocasiones, las reflexiones de distintos presos de boli o teclado son antagónicas. Placer o castigo inevitable, elección para terminar en obsesión, escribes o por contra el libro te escribe (Hemingway), y puede asumirse como modo de encontrarse y definirse o también, a su través, llegar a ser esclavo de las palabras por huir de la soledad interior. Escribir es modo de trascenderse, de llorar sin lágrimas o cuanto se les ha ocurrido a tantos que dejaron un rastro de meditaciones al respecto. Es por todo ello que, en la pausa de mi nueva novela en curso y a falta de mejor alternativa para un respiro, he querido plasmar en cuatro líneas lo que supone esta servidumbre.

                  Esfuerzo de concentración para, en la relectura, llegar a la convicción de que no has llegado a lo que querías en forma y fondo adecuados, así que tachaduras, párrafos intercalados, exceso de adjetivos a suprimir, desarrollo impropio y, en el peor de los casos, pagina rota y vuelta a empezar desde el descontento. Ratos de reflexión, nueva ocurrencia a matizar, relectura del capítulo anterior por si la trama desde aquí hubiera de modificarse o, tal vez, el error viene de mucho antes y el imaginario lector se decepcionaría de seguir en la misma tónica. Y, tras la cena, a la cama para seguir en las mismas, sin que valga recurrir a Eurípides y su conocido ruego: Bálsamo precioso del sueño, ven a mí. Porque las dudas y esfuerzos, en alguna medida baldíos frente a la página, siguen conmigo. Ha caído la noche y nunca mejor dicho, golpeando mis proyectos; en consecuencia, entre las sábanas a medianoche y con los ojos abiertos, he decidido sentarme para el post. Después, intentaré de nuevo dormir, alejando de mí esta madrugada que ya está al acecho.

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EL ALMA EN LAS ESTACIONES

                  Y no me refiero a las de tren, sino a esas cuatro del año: unas que, aun sin querer, interiorizamos e influyen con sus características en nuestro modo de ser y estar. Verano e invierno promueven sensaciones de índole opuesta, mientras que primavera y otoño son, también para el espíritu o al menos así lo percibo, estaciones de tránsito; provisionales en espera de lo que vendrá.

                     La primavera y su creciente dulzura nos rescata de lo pasado, mientras anuncia un porvenir donde podremos superar el encogimiento padecido y, llegado el verano, no solo podremos despojarnos de ropa sino de algunas restricciones sufridas meses atrás. La vida parece prolongarse con la mayor duración de la luz y, con su concurso, vacaciones, mayor socialización amen de expectativas que habían quedado, siquiera algunas de ellas, congeladas. Y aunque el verano pueda llevar aparejado, como escribiera Bufalino, un tiempo colérico, la mayor presencia del sol a muchos nos libera y estimula una visión más optimista sobre lo que haya de suceder.

                 Después, el otoño y, con el paso de los años, también el propio. El otoño y la ocasional chaqueta comienzan a desdibujar la anterior alegría del alma mientras apunta, cada vez con mayor intensidad, a un frío invernal que puede agarrotar cuerpo y pensamiento, obligados ambos en su sintonía al mayor aislamiento del mundo exterior cuando encerrados, envueltos en abrigos varios y cambiados los brillos por oscuridad. No queda otro remedio que aguantar hasta ese nuevo cambio de hora que ojalá nunca hubiese ocurrido al llegar el otoño. Que terminen las bajas temperaturas sabemos que en plazo variable sucederá y es, por lo menos, el incentivo para la seguridad de que manta y sofá no serán un definitivo escenario para el futuro. Afortunadamente, en invierno, pensar que todo tiene un final puede ser un eficaz consuelo. Y todo lo anterior a propósito de lo descorazonador que resulta pensar, estos días, en el disfrute que supondría una caña en cualquier terraza, lo que ahora no es posible so pena de quedar ateridos.

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TATUAJES: LA INTENCIÓN Y SUS RIESGOS

                         Estamos asistiendo, con creciente frecuencia, a una progresiva adicción a la adición de las más variadas ocurrencias bajo la piel, utilizando su superficie, la epidermis, como transparente cobertura de las mismas, y se diría que la costumbre se ha convertido en competición por ver quién sobrelleva más y mejores. Nombres o adjetivos para recuerdos u homenajes, subrayados de deseos y nostalgias o combinaciones para perseguir la nueva identidad: dibujos e imágenes por remedar el arte: flores, pintura abstracta, fechas o perfiles, “Te quiero”, “Mañana más”, “Venceré”… Sin embargo, convertir en museo el tejido cutáneo, documento que se quiere imperecedero o archivo de logros y proyectos, no está exento de riesgos.

                       Los pigmentos introducidos en la dermis con una aguja, pueden permanecer fuera de las células o ser incorporados por algunas de ellas ( fibroblastos, macrófagos…) y producir reacciones inflamatorias, alergias como consecuencia de los productos empleados en ciertos colores (cadmio, cobalto, cromo, derivados de mercurio…) que podrían afectar al organismo entero o, el proceso del tatuaje, trasmitir infecciones no sólo locales y así se han comunicado, entre otros, casos de tuberculosis, lepra, hepatitis, VIH… Por añadidura, su eliminación, mediante láser o excepcionalmente cirugía (de preferencia los de color amarillo o naranja, de solución más difícil), podría igualmente no ser inocua, sin descartarse, a más de las complicaciones citadas, quemaduras o ampollas.

                      De lo anterior cabría concluir que el tatuaje es, amén de capricho, una condena a la subordinación por lo decidido tiempo atrás y que quizá se quiera, en el futuro, borrar por salir del pasado y volver a empezar. De ser el caso, la pregunta parece obvia: ¿No existen mejores modos de proyectarse, definirse o transmutarse, que el de inyectarse tintas varias en la dermis? En mi opinión y se mire lo que se mire, cara, brazos o nalgas, la misma gilipollez compartida por demasiados.

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SEDUCIDO, UNA NOCHE, POR EL FLAMENCO

                Lo repudiaba y era oírlo o verlo en alguna cadena y cambiar inmediatamente de canal hasta que una noche, en el reciente viaje a Granada que ya comenté en el post anterior, fue presenciar una representación del mismo, por consejo de mi nuera, y quedar seducido al extremo de que me planteo asistir a otro baile de tener ocasión.

                Sucedió en el Templo del flamenco, en el Albaicín, donde la cena era amenizada durante una hora por tres bailaores – 2 mujeres y un hombre – a más de guitarrista y percusionista, y disfruté del espectáculo artístico hasta donde no me era dado imaginar. Ellas, con atractivos contoneos, desplantes, vuelo de volantes y unos zapateados inimitables que incluso superó el varón, a un ritmo de taconeo que, de haberlo querido imitar, no dudo que habría acabado con mis tobillos. Fue por todo ello que, tras volver a casa y aún con las imágenes vivas, me he entretenido en saber más de dicho baile y dedicar un rato a contar mis sensaciones.

               Según he leído, el flamenco tuvo su origen en Andalucía allá por el siglo XVIII como producto de una mezcla de culturas: árabe, judía, gitana… Y la originalidad de tal expresión artística motivó que la Unesco lo declarase Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2010. De haberlo sabido antes de presenciarlo en la cueva granadina, lo habría considerado un despropósito y sin embargo, a día de hoy, me parece a todas luces pertinente premiar un arte que expresa emociones de un modo peculiar y diría más: inimitable. Todavía con él en la memoria, siento que es capaz de despertar algunas sensaciones que de otro modo seguirían sin alegrar el alma. A mí me ha sucedido y, de tener ocasión, volveré a dicho baile para un placer que hasta entonces no podía predecir. Por cierto, y si pasan cualquier día por Granada, no se pierdan el Templo que les digo: el del flamenco. Quizá sientan algo parecido a lo que yo viví.

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¡ENTRE AVIONES Y AEROPUERTOS…!

                     Para el transporte a largas distancias no hay mejor alternativa. Sin embargo, los pasajeros debemos soportar las consecuencias de ocasionales defectos en la planificación, desorganizaciones varias o infraestructuras francamente mejorables. Las esperas hasta el anuncio de salida pueden hacerse insoportables, y ni les digo cuando ya pasada la puerta de embarque y sin bancos donde reposar, resulta que deberemos permanecer de pie y hacinados porque los viajeros del avión al que deberemos acceder aún no han empezado a bajar del mismo.

                        Ya conseguido, pudiera ser que no encontremos en las cercanías del asiento lugar donde colocar el maletín, que las estrecheces – en aumento – agraven ansiedad o artrosis, y la cosa puede ir a peor si durante el trayecto alguien necesita atención sanitaria, porque no se dispondrá de la medicación oportuna, desde insulina a antiepilépticos por un decir, y es posible (así me ocurrió, al intentar revertir el coma de un diabético), que debamos regresar para la oportuna asistencia y, tras la misma, vuelta a empezar con la esperanza de llegar a buen puerto, lo que, por circunstancias varias, tampoco está garantizado.

                       Así me ocurrió la pasada semana en el viaje a Granada. Hubo que aterrizar en Málaga debido a la niebla y, obligados a desembarcar, anunciaron que seríamos transportados en autobús a nuestro destino. Pasaron dos horas, tres… y sin información otra que el “Ya vendrá, aunque no sabemos cuándo”, decidimos llegar a la ciudad que figuraba en el pasaje por nuestra cuenta y merced a Uber. ¿La compañía (Air Europa) nos reembolsará el gasto, dado que no cumplieron en tiempo razonable? Pues está por ver tras la demanda, aunque lo dudo. Y ni les cuento si se tratara de Ryanair, la empresa aérea con menos ética y escrúpulos entre las que conozco.

                      Pero en fin: tras unos días volvimos a Palma de Mallorca, y si un aeropuerto es más bien lugar para que nuestra andadura llegue hasta la extenuación, aquí lo tenemos tras su remodelación, y es que no es de recibo el tener que caminar más de media hora, ancianos/as incluidos, para conseguir llegar a la puerta de salida. Por todo lo visto y experimentado, quizá sólo nos quede confiar en que, a no tardar, a la I.A le salgan alas y, a la llegada, patinetes con espacio para la maleta. Entretanto, aerolíneas y gestores de aeropuertos podrían cambiar sus pilas en beneficio de los usuarios, ¿no les parece?

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