UNA POSTAL EN ESPERA

Cuando viajaba, tenía la inveterada costumbre de remitir algunas postales a su propio nombre y domicilio. Como era soltero, no cabía otra opción si quería encontrarlas a su vuelta, con el valor añadido de un matasellos que autentificaba el origen del envío y de paso acreditaría su estancia en tanto país exótico y lejano como había visitado. Sin necesidad alguna porque nadie dudaba de eso, pero también eran un guiño aquellas líneas dirigidas a él mismo como si fuese otro: una especie de maliciosa licencia, de momentáneo desdoblamiento que lo divertía.

Tras la consabida descripción, geográfica o étnica, incluía invariablemente una anotación dirigida al receptor, del tipo “Regreso la semana próxima y nos vemos” o “Ya te contaré con más detalle”. Movía a la sorpresa e inmediatamente era objeto de bromas cuando hacía partícipe de su extravagancia a cualquier compañero de viaje pero, en su descargo, cabía decir las postales no llamarían la atención si acaso eran leídas por otro que él mismo, lo cual sin duda ocurría por más que la señora de la limpieza (tres veces por semana y sólo una cuando el señor se ausentaba) se empeñara en negarlo.

No es que le importase y se trata de lo más natural cuando no van en sobre, le decía, y ella que no, que no tenía la menor idea sobre quién pudiera haber colocado las dos o tres que se encontraban perfectamente sobrepuestas, sobre la mesa de centro, en cada ocasión.

Seguramente la portera, aunque ambos sabían que no tenía llave del piso. O el propio cartero y ¡Vamos: cómo va a ser él? En los días siguientes a la llegada, aún recibía alguna más: las últimas que se envió. Las recogía del mismo buzón que habría contenido las otras y, después de años, decidió dar por buena la hipótesis de una simpática confabulación de todo punto inverosímil, porque había cambiado de asistenta en tres ocasiones, de domicilio una vez, y tres cuartos de lo mismo: siempre ordenadas sobre la mesa.

A medida que envejecía iba considerando normales aquella suerte de equívocos o confusiones, que ya no sabía cómo llamarlas cuando se lo contaba frente al espejo y a nadie más, no fuesen a tomarlo por orate. Sin ir más lejos, el día anterior regresó a casa tarde, dejó el coche en el garaje y, ya de camino al ascensor, volvió la vista atrás temiendo haber dejado las luces encendidas. Pues bien: se le figuró que el reposacabezas, el del conductor, se había movido; que la nuca de un desconocido ocupaba su lugar y retrocedió para cerciorarse de que no había viajado con alguien oculto en los asientos traseros aunque, para pasmo, el de unas semanas atrás, al recibir la última postal del viaje efectuado hacía cuatro meses; un retraso insólito aún considerando el lamentable funcionamiento del Servicio de Correos. Sin embargo, la dilación era nada frente a la sorpresa de aquellas líneas de su puño y letra y en el mismo tono que acostumbraba, pero que no recordaba haber escrito.

Aunque estos enigmas no puedan relacionarse con su salud, lo cierto es que últimamente no se encontraba bien. El diagnóstico confirmó sus temores y, tras la propuesta de tratamiento en el hospital de referencia, una búsqueda intensiva en Internet abundó en las malas expectativas: poco que hacer y ni el más entero de los hombres dejaría de acusar eso, por más que a él se le notara poco. Al recalar en Houston no esperaba un milagro; simplemente, se trataba de un centro oncológico de prestigio, él no tenía problemas económicos que le impidieran costearse cuanto hiciera falta y, si más no, era una nueva ciudad que visitar en sus postrimerías, porque en cuanto al futuro no se hacía ilusiones.

Alquiló a precio exorbitante un pequeño apartamento en el penúltimo piso del Hospital Anderson y se instaló allí, servicio incluido, el tiempo que tardaron en confirmar la dolencia y unos cuantos meses más para la terapéutica que más adelante –o eso le dijeron por alimentar la esperanza, pensaba- podría continuar en su país. Genio y figura, de modo que, a poco bien que estuviera, hacía una escapada a algún restaurante de las inmediaciones y en una de ellas compró la postal, que dejó en el bolsillo con intención de escribirla y dejarla en la Oficina de Correos aprovechando una próxima salida que no se produjo.

A la mañana siguiente, cuando se duchaba y a través de la puerta abierta del baño, le pareció verse en la salita. Como si se hubiera duplicado aunque el otro o el uno, cuestión difícil de precisar, estuviera sin rastros de agua. Supuso que pudiera tratarse de una ilusión óptica producida por la mampara esmerilada pero cuando salió, y con el apresuramiento, resbaló. Allí lo encontraron al ir a cambiar las sábanas: en el suelo y aún enjabonado. Quince días después, el cartero dejó una postal en el buzón del fallecido. Decía así: “No voy a regresar de momento, así que no me esperes”. Tal vez siga aún allí, porque en esta ocasión nadie la puso sobre la mesa de centro.

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LAS UTOPÍAS: SUEÑOS IMPRESCINDIBLES

            Se apunta, desde mucho tiempo atrás, que la utopía “ya no se estila”. Es argumento para la disuasión y así, cínicos, bien instalados o estetas posmodernos, arrojan la concepción utópica a las sentinas de lo inconfesable por vergonzante y pueril, utilizando el pragmatismo de lo posible como frontera de actitudes y comportamientos. También muchos de los llamados intelectuales contribuyen así, de modo más o menos consciente, a la consolidación de un basurero más, donde van a parar extremismos, reflexiones, testimonios de lo visto, vivido o críticas, y todo en amalgama bajo la común etiqueta de inútil.

Con esos mimbres, el convencionalismo rector se desembaraza de cuanto pueda molestar, y en vez de asumir las divergencias para un diálogo que podría ser fructífero, las ridiculiza, como he apuntado, con el beneplácito de cabecitas que se dicen de primera línea. Sin embargo, creo que la persecución de utopías nos dignifica, a más de procurar un sentido adicional al hecho de estar aquí. Apuntar alto hace posible que los fracasos duelan menos, y que se trate de cuestiones difícilmente alcanzables no les resta, aunque sea por la búsqueda, beneficiosos efectos como ser alimento para la esperanza y no, como escribiera Gerardo Diego, de lágrimas y olvidos.

Así me lo trasmitió aquella mañana un enfermo terminal, horas antes de su final y con el que mantenía, durante sus prolongadas hospitalizaciones, una relación que llegó a trascender la meramente profesional.

-No se preocupe, porque todavía puedo soñar –me dijo.

Me lo quedé mirando, un nudo en la garganta, y entonces sonrió, me cogió de la mano y prosiguió:

-Pero sin tener la muerte tan cerca también se debe soñar. Es lo que hace la vida, en toda época y para cualquiera, digna de ser vivida.

Pasados tantos años, aún se me aparece. Y más acá del sueño.

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NO TODO VALE EN LA PROFILAXIS ANTICOVID

 Y es que, con relación a algunas de las disposiciones de obligado cumplimiento y dudosa eficacia como se expondrá, cabría, por parte de muchos entre los que me cuento, hacer propia la afirmación de Jules Renard : “Lo que me place, me place menos que me disgusta lo que me disgusta”. Y ello a pesar de que se nos haya hurtado demasiadas veces la información que pudiera permitirnos detectar la pertinencia o cuánto haya habido de inepcia, ignorancia o más que dudosa asesoría científica en bastantes de las sucesivas y cambiantes decisiones adoptadas por los poderes públicos; contradictorias o con efectos que paradójicamente y en ocasiones no han hecho sino allanar el camino a la propagación del virus.

Un reducido número de mesas en las terrazas, aunque se podía comprobar que de ser más de los permitidos quienes querían reunirse, las acercaban o tomaban asiento en sillas cada vez más próximas. También era posible la alternativa de juntarse en cualquier domicilio, zaguán o bancos del paseo, sin otras medidas que las que quisieran asumir los implicados y, por supuesto, exentos del control que pudiera ejercerse en los establecimientos de hostelería. Y las colillas al suelo de no poder fumar en el exterior de los bares por mor de la transmisión a través del aliento exhalado por el fumador que, sin embargo, campa a sus anchas cuando el grupo de pie y, por supuesto, sin mascarilla. Por lo demás, y de perseguirse hasta donde se pueda los aerosoles respiratorios, se ha seguido echando en falta, con igual refrendo, la prohibición de reír en compañía, elevar la voz mientras se come o bebe y, por supuesto, servir bebidas calientes que inciten al soplido para enfriarlas.

Toques de queda variables en su duración según las distintas Comunidades Autónomas, así como los horarios de cierre en locales de restauración, han parecido más bien fruto de ocurrencias que resultado de evidencias sobre su oportunidad. ¿Por qué las 23 h. y no las 24, hasta ayer mismo? Y por seguir en otras dudas, ¿Por qué aforos del 40 ó 50 y no 30 ó 70? U ocio nocturno autorizado hasta las 2 de la mañana. ¿Será acaso que, a partir de esa hora, la clientela enloquece? Porque de no ser así y continuarse con iguales medidas de prudencia (en mesas de terraza, ahora y en algunas regiones, hasta 10 (¿?) personas), que nos lo expliquen.

Sin duda, nada que objetar a mascarillas y distancias de seguridad (no fuesen a tomarme por émulo de Miguel Bosé), pero poner el énfasis en ello cuando transitando por calles o supermercados, mientras los atestados medios de transporte o tertulias frente al mar parecen libres de la amenaza viral, sugeriría la conveniencia de revisar la normativa siquiera en tanto se universalizan las vacunas, única solución creíble aunque también sobre su utilización quepa poner una pica en Flandes. Y es que no cabe justificación alguna para que se cargue sobre el ciudadano corriente y moliente la responsabilidad de elegir la marca de una segunda dosis tras haberle administrado Astra Zéneca en primera instancia, debiendo rubricar su decisión para, a lo que parece, eximir a la Administración de cualquier responsabilidad caso de accidente trombótico (por cierto, con porcentajes de un fallecido por millón de vacunados, lo que es inferior a la mayoría de efectos secundarios graves producidos por numerosos fármacos de uso cotidiano y para los que no se requiere del previo consentimiento informado).

Algunas de las cuestiones antedichas, así como la constancia de que cada gobierno autónomo va últimamente a su bola por priorizar intereses económicos (similares a los que informan las decisiones del gobierno británico respecto a los desplazamientos turísticos de sus habitantes), inducen a pensar que convendría, siquiera para afrontar con mejor tino la siguiente crisis, sugerir -exigir- mayor rigor a quienes imponen pautas y obligaciones demasiadas veces dispares, cuestionables en su operatividad y fruto de una improvisación que subraya su escasa cualificación, así como interesada sordera frente a opiniones expertas.

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LA SOCIALIZACIÓN SIGUE EN RETROCESO

Vivimos desde hace décadas en un progresivo aislamiento que la pandemia no ha hecho sino subrayar, fomentando un estar que con creciente frecuencia da la espalda a quienes nos rodean. Se diría que eso que llaman la España vaciada se va extendiendo por lo que hace a las relaciones sociales, e igual sucede en el resto de lo que conocemos como primer mundo, sin que la globalización haya supuesto otra cosa que facilitar el camino a los dictados económicos en beneficio de una minoría y sin que ello conlleve mayor interacción personal para la población en su conjunto.

En esta línea, el confinamiento a que nos hemos visto recientemente  abocados se diría un escalón más en una deriva que ya se aprecia desde la infancia, porque es llamativa la diferencia entre los juegos de antaño, en grupo y utilizando calles y plazas para saltos, canicas o escondites, y el  escenario actual, con el cuarto de casa como habitual escenario para una tablet manejada a solas y, en paralelo, teletrabajo en aumento, relaciones virtuales en sustitución de las presenciales y un exterior condensado en la pantalla del ordenador. En el pasado era preciso ir a correos, quedar con los amigos en el bar, quiosco y librerías para hacerse con páginas impresas… ¡Pero si hasta para ligar basta con Tinder, que ha suplantado encuentros y discotecas!

Los viajes de turismo, en exponencial aumento hasta la llegada del virus, tampoco han modificado la tendencia; el visitante no suele establecer otro contacto que el visual, no hay interacciones y, en todo caso, sólo hace que poblar los “no lugares”: espacios extensos que siguen aumentando aunque en modo alguno propicien la socialización. En consecuencia, la brillante luz que, como escribiese Hannah Arendt, supone la presencia constante de los otros, ha pasado a ser molesta iluminación para una creciente soledad en compañía de la multitud. A este paso (Rulfo dixit), pronto no habrá ni quien le ladre al silencio que procura esta mundialización. Pero del  aislamiento.

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LAS NUEVAS TERRAZAS DE BAR

Comentaba Rodríguez Rivero hace unos meses en el diario “El País” que en España hay un bar por cada 175 habitantes, lo que supone una cifra alrededor de los 270000, de los cuales bastantes miles, carentes hasta ahora de terrazas, las han instalado provisionalmente en aceras y calles para sacar cuatro perras mientras dure una pandemia que viene amenazando su futuro. Y nada que objetar al intento de asegurarse la subsistencia con dichas ampliaciones pero sí por lo que hace al modo de hacerlas, y si admitimos que pueda ser cierto aquello de que “Por sus obras los conoceréis”, en muchos casos la estética de las mismas deja bastante que desear, convierte algunos espacios públicos en remedos de basureros y son exponente de un mal gusto que la normativa no ha previsto como debiera.

No estoy propugnando el diseño de terrazas que excedan las posibilidades del bolsillo en unos tiempos donde los negocios de hostelería y restauración están aún bajo mínimos, pero con esos mimbres (que también los hay, para cerrar los nuevos espacios) se contribuye a que la crisis se materialice aún más, acompañe al transeúnte durante el paseo y no sólo por el aumento de letreros ofreciendo locales cerrados en venta o alquiler. Lo visto se asemeja a las infraestructuras en lugares del tercer mundo: de la selva amazónica o Mozambique, el país más pobre del planeta. Se han aprovechado desperdicios varios, fragmentos de barras de hierro, cuerdas y palets en el suelo o delimitando el recinto, para recrear una miseria que aflora en lo que antes fueron aparcamientos o lugares de tránsito y propiciando que algunas calles, como ciertos pueblos al decir de Rulfo, sepan a desdicha.

Quienes nos visiten este verano, si las vacunas consiguen el efecto apetecido, apreciarán al tiempo que deambulan otro aspecto de una derrota que excede a la que haya podido suponer el virus, y al sentarse tendrán a su lado, junto a la cerveza, la constancia de esa desgana, la derrota del buen hacer y plasmada desde la propia silla a sus inmediaciones. Muchas terrazas al aire libre, para el café o la copa, parecen hoy comederos para el ganado; rediles que obligan a preguntarse si acaso lo de ser rebaño a inmunizar no se habrá tomado por algunos propietarios de bar al pie de la letra y, en esa línea, los clientes almacenados al modo de las ovejas

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