Se me ha ocurrido traerlas a colación a propósito de la antigripal, que ya ha comenzado a administrarse.
Muy a pesar de Trump, Miguel Bosé o el Papa Gregorio XVI allá por el siglo XIX, que las prohibió por antinaturales, las vacunas todas tienen comprobados efectos beneficiosos y más allá de proteger frente a distintas enfermedades a las que pueden ir destinadas. Caso de la neumonía, por ejemplo, el riesgo de hospitalización disminuye en alrededor de un 70%, y algo parecido sucede en las epidemias gripales. En cuanto a la COVID, su posible gravedad disminuye significativamente.
Son evidencias que dan al traste con las conjeturas que enarbolan los negacionistas, y es que los hechos deberían acabar con las creencias. Sin embargo, alrededor de un 40% de estadounidenses, incluso sin su actual y nefasto presidente de por medio, niegan la evolución y también una vacunación de positivas consecuencias,
porque más allá de la eficacia específica para cada una de ellas (hay enfermedades que han desaparecido de nuestro entorno gracias a las mismas), existen asimismo otras razones de peso para promoverlas, habiéndose comprobado que, en los adultos de mayor edad, propician ventajas adicionales: desde prevenir en alguna medida el deterioro, tanto físico como cognitivo (la utilizada contra el Herpes Zoster disminuye en un 24% el riesgo de demencia, según se ha publicado recientemente), a reducir, caso de la antigripal o la neumocócica, el porcentaje de accidentes cardiovasculares frente a un grupo control de igual edad y no vacunado.
¿Puede ser debido a efectos todavía no suficientemente objetivados? ¿También consecuencia de la disminución de hospitalizaciones y cuadros ansioso/depresivos que puedan derivarse de los ingresos en centros sanitarios? Los estudios a este respecto deberán proseguir, pero ya no se trata de hipótesis, sino información objetiva y contrastada. Sin embargo, siguen prevaleciendo en muchos las opiniones en contra de la vacunación pese a los datos reseñados y otros muchos porque, como sugiere un proverbio chino, todavía los hay que, cuando un sabio señala la luna, ellos miran el dedo.


















