CONTRA EL HASTÍO, MIRAR

                   Es frecuente suponer que la soledad, sentado en tu cuarto de trabajo, acaba por aburrir. Sin embargo, prestar atención a cuanto pueda verse u ocurrir frente a la ventana, impide que se apodere de uno la monotonía que pueda derivarse del quehacer cotidiano, y es que cualquier cosa puede volverse interesante (Flaubert) con solo mirarla el tiempo suficiente, es decir: entretenerse en algo más que el ver, mientras se está pensando en otra cosa.

                         Nada de lo que muestra o propicia el entorno, sea cual sea el origen, puede dejarnos indiferentes a no ser que hayamos decidido no salir del propio interior, lo que, por otra parte, puede ser camino a la desesperanza y conducir a ese tedio propio de un cabaret sin rumba, como apuntara acertadamente la escritora Zoe Valdés. Ejemplos de lo antedicho hasta decir basta, y baste con observar a ésa y sus manejos cuando limpia las persianas en la casa de enfrente, la teja que lleva varios días a punto de caer sobre cualquier transeúnte o las obras sin visos de terminar mientras el albañil se fuma un piti.

                  Junto a los contenedores de basura, objetos varios para deducir cuáles de ellos se llevará alguien a no tardar, la luna a punto de hacerse perfectamente redonda, los flecos de las nubes simulando formas y siluetas o ese perro, por localizar en su escondrijo, que aulla prolongadamente al sonar las campanas de la iglesia. ¿En que pensará? Gaviotas planeando sobre aquella chimenea y ni les digo, si llueve, el espectáculo de charcos o canaletas chorreando y, muchas veces, por donde no debieran. El caso es que la concentración para cumplir con el objetivo previsto puede ser alterada cuando se mira, y la cotidianidad adornarse de imprevistos. Placer o carga según el ánimo, pero hoy me ha servido para un nuevo post, de modo que, siquiera por ello, ¡bendito el gato en ese portal!

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POLÍTICA, EDUCACIÓN, SANIDAD… ¿REEQUILIBRIO PRESUPUESTARIO?

                El gasto público lleva desde hace demasiado tiempo precisando de una diferente distribución que prime las necesidades básicas de la población. Y no me refiero hoy a vivienda o salarios sino a educación y sanidad, pilares sociales que cimentan progreso y bienestar. Para empezar, es sobradamente conocido que la sanidad pública no ha incrementado sus recursos en paralelo a las carencias asistenciales y, en consecuencia, se alargan las listas de espera para la oportuna atención sin otra contrapartida que una creciente derivación hacia la sanidad privada, ávida de negocio.

                 En cuanto al presupuesto para educación primaria y secundaria, la inversión dedicada a la misma nos sitúa a la cola de Europa aunque se haya duplicado en los últimos años hasta alrededor de los setenta mil millones. Sin embargo, no se trata únicamente de subvencionar al profesorado, y es que siguen sin cobertura muchas necesidades del alumnado y el coste de comedores, material escolar o el pago de actividades educativas más allá de las aulas, sigue pesando sobre las familias, que deberán hacerse cargo de las mismas si acaso pueden permitírselo.

             Entretanto, el gasto político global para ese “consorcio de falsarios” (en palabras de Caballero Bonald), incluyendo sueldos, financiación de Partidos, gastos electorales o contrataciones masivas de personal de su confianza, entre otros, se acerca a los 150.000 millones, cantidad que dobla en el PIB la destinada a servicios educativos. Como puede deducirse, se va haciendo imprescindible redimensionar las partidas económicas y cambiar el Senado y los sueldos de miles de amiguetes por cuadernos y bolis, comida gratuita en los colegios y una atención médica sin dilación de meses. Alternativas que serían sin duda apoyadas por un abrumadora mayoría, pero los líderes de esta democracia suelen atender sólo a su conveniencia, y así nos va cuando precisamos de intervención quirúrgica o hay que pagar los libros de texto y el viaje del retoño que ha programado su escuela con el resto de la clase.

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PARA OPINAR, PARTIDO/A EN DOS

                    Lo cual no supone que uno tenga que estar en permanente pugna consigo mismo, pero limitar la perspectiva hace de nuestros juicios exponentes de una subjetividad que demasiadas veces falsea la realidad, por más que esta tampoco sea la misma para todos. Opinar debería subordinarse a condicionantes varios: adecuada formación para el abordaje del tema en cuestión, dejar a un lado cualquier creencia o la ideología como sustento de la postura que se adopte y, en lo posible, prescindir de entusiasmos u otras emociones que puedan conformar nuestra posición.

                Todo lo anterior, la permeabilidad a aproximaciones alternativas y como principal objetivo la pretensión de un mejor entender, serían requisitos necesarios para una valoración última por nuestra parte digna de ser tomada en consideración y es que, bajo mi punto de vista, el intentar asumir y considerar, junto al propio, los criterios discordantes pero debidamente argumentados, procura cuando menos un plus de credibilidad y honestidad a las conclusiones, sean estas las que fueren.

                Bastante de lo citado se alcanza en la madurez o, si más no, sería lo deseable, y a título de ejemplos, los hay diariamente hasta decir basta por agotamiento. La inmigración y su defensa o cuestionamiento, coexistencia de idiomas distintos y el oportuno manejo de ellos por las leyes dictadas al respecto, la discordia sangrienta entre Hamás e Israel de la que no se alcanza a atisbar su final, una masificación turística hasta el agobio pero con aporte de pingües beneficios o, por no alargarme en demasía, las tribus amazónicas en riesgo de extinción por unos cultivos de caña que amenazan la selva y a un tiempo son base para la supervivencia de tantos agricultores. ¿Límites? ¿Matices? Sin duda y mucho más, al extremo de que, tal vez, Flaubert no estuviese del todo equivocado al afirmar que la ambición por concluir no pasa de idiotez; muy en la línea de mi admirado y ya fallecido Wagensberg: Sólo se puede tener fe en la duda. Aunque ello no haya de ser óbice para seguir persiguiendo la objetividad hasta donde nos sea posible.

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FICCIONES PARA DESPERTAR LOS SENTIMIENTOS

                        Vengo comprobando que los sentimientos que albergamos en lo más recóndito, pueden aflorar por circunstancias que muchas veces tienen nada que ver con sucesos ocurridos en la vida real. Y es que razón y sensibilidad pueden discurrir por distintos derroteros, la realidad que nos rodea ser archivada por sabida o asumir las novedades sin un pestañeo, aun cuando certifiquen una vez más egoísmos y violencias que nuestra especie no ha logrado superar. Por contra, la impavidez y distanciamiento con que nos protegemos del entorno cruel u ofensivo, pueden transformarse en aflicción lacrimosa frente a escenas de ficción, lo que hace preguntarse si acaso certezas e invenciones no se diferencien cuando nos llegan y son, estas segundas, más capaces de llegar al alma.

                   Impasibles o, todo lo más, el repudio ya manifestado con anterioridad, al ver en pantalla los desastres que siguen ocurriendo en Gaza o Irán. Por contra, como he tenido ocasión de comprobar, un llanto irreprimible cuando se contemplaba una dramática escena en la serie de TV “La promesa”, lo que prueba que, como espectadores, las emociones no se subordinan muchas veces a objetividad y razonamiento. ¿La explicación? Pues las habrá para todos los gustos. En ocasiones, lo imaginado, sean novelas, relatos orales o filmaciones, supera la realidad al enriquecerla con matices que en otro caso podría pasar desapercibidos y, un paso más allá, la invención – por copiar a Aristóteles – puede ser más verdadera que la propia historia.

                 Sin embargo, reitero, no deja de llamar la atención el por qué ciertos bulos, exageraciones, falsedades ya sabidas al tomar asiento frente a la pantalla o debates sobre temas que tal vez ni actores ni oyentes conocen en profundidad y repetidos hasta el hartazgo, pueden conmover al extremo de hacer saltar las lágrimas, y la agonía de ese personaje, actor/actriz que al terminar la escena se marchará a su casa, ser para muchos espectadores más conmovedora, vista su reacción, que la de los miles de niños masacrados entre bombardeos y derrumbes. A la vista semejantes escenarios, una cierta decepción sumada a otras, y por aquello de percibir un lado bueno en esas emociones traídas desde las fantasías más variopintas y palpitaciones por lo que nunca sucedió, asumir que, a diferencia de las surgidas por sucesos reales, no dejarán cicatrices y, al poco, si te he visto no me acuerdo. Hasta el siguiente capítulo.

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VIAJAR: ¿SOLOS O EN GRUPO?

                         Viajamos para el disfrute y acercarnos a la mayor felicidad posible; sin embargo, en cada ocasión solemos plantearnos la disyuntiva: irnos solos (en pareja, la familia…) o en grupo, y no es infrecuente comprobar, en el curso del trayecto o al finalizar éste, que no le faltaba razón a Steinbeck cuando afirmó que un viaje es como el matrimonio y uno se equivoca cuando cree que lo controla.

                 Hacerlo por cuenta propia supone mayor esfuerzo de planificación, los imprevistos deben solucionarlos los protagonistas y el tiempo dedicado al mismo, antes y durante, induce a plantearse si no habría sido más práctico delegar buena parte de responsabilidades en terceros. No obstante, y es motivo del presente post, el grupo organizado por cualquier Agencia dedicada a ello puede conducirnos a un distendido placer, sí, aunque en otras ocasiones esos días puedan llevar aparejados castigos y/o frustraciones sin otro alivio que el del regreso y, para ejemplificar lo expuesto, dos de mis viajes en grupo con experiencias contrapuestas. El viaje a Polonia, junto a mi esposa y otra veintena, supuso un cúmulo de risas y sensaciones teñidas de bienestar: comidas en agradable conversación, nuevas amistades que han persistido a lo largo de estos años y una canaria, Vero, que hacía de los viajes en autobús un teatro de inolvidables ocurrencias junto a su marido al que llamaba Mivi (Mi Vida), aunque hasta el final creímos que era un amante (así nos lo dijo) en sustitución del esposo, abandonado en Tenerife.

                   En contrapartida a ese paseo por centroeuropa, a Chipre, años después, no pensamos volver: se nos enquistó el disgusto tras el poso que dejaron en nosotros muchos de los acompañantes y la relegación a que fuimos sometidos, ya que la mayoría de ellos ya se conocían de antes. Para los trayectos, nuestras sillas en la última fila del vehículo, desayunos y comidas donde podíamos porque ellos ocupaban la mayoría de mesas al completo. Ignorados y, encima, una docena, de sentarnos junto a ellas, recriminándonos que no hablásemos en su idioma (conocido, y me disculparán que no lo explicite) cuando, entre mi mujer y yo, es el castellano nuestro lenguaje habitual. Como podrán deducir, “Esa luz brillante que es la presencia constante de los otros” no pasa de ocasional, y el grupo puede incrementar la satisfacción o, por contra, convertir la salida y su intención en propósito fallido. Por todo lo anterior, viajar sí, pero cuando en masa cuidadín, porque la suerte no cae siempre del mismo lado.

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