DESCUBRIR AL AMADO/A

              Puede ocurrir de muchas formas: desde el súbito enamoramiento, al modo de un destello: costumbre cimentada en la falta de mejores alternativas o quizá la primacía de otros intereses a los del espíritu y, en tal circunstancia, etiquetar al/la tal con un adjetivo impostado. También puede haberse tenido delante, quizá durante años, y el acontecer seguir siendo opaco a nuestra vista, transparente otras veces y no percatarnos de su existencia hasta que, de pronto, invade un perfil que nos hechiza; una presencia que se diría surgida de la bruma tras la que se escondía a nuestros sentimientos.

En este último supuesto, sería como aquella ensenada que describiera Faulkner y de cómo se abre al navegante permitiéndole gozar de sus detalles. No es porque el viajero se haya acercado a la costa lo suficiente (aunque así lo enseñe la física), sino que la nitidez es el premio a la previa confianza en su existencia. Así pueden entenderse las sonrisas de las playas y también los raptos de ternura que engendrarán sus vistas, recodos que el deseo recreará incluso antes de llegar, porque no nos afectan las cosas sino (Epicteto) nuestras representaciones de las mismas y, en cada despertar, llevarán a preguntarnos si “¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba?”.

He conocido a quienes vuelven a la consabida ensenada un día tras otro y, siempre, la playa se muestra como descubrimiento sin parangón, con falta de pinceles y colores suficientes o apropiados para dibujarla. De palabras para describirla, si se quisiera decir. Tengo cabal conciencia de ello porque, como dijera Proust, eso que llaman imaginación es la memoria. Quien lo vivió, lo sabe.

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¿CHULETÓN O SALMOREJO?

El Ministro de Consumo, Alberto Garzón, advertía en días pasados que reducir la ingesta de carne roja a sólo una o dos veces por semana era beneficioso para la salud. En lugar del “Dime lo que comes y te diré quién eres”, de Brillat Savarin, cambiando el final por “te diré del riesgo”, algo por otra parte ya sabido y, sin embargo, ¡la que se armó! Irene Montero en su defensa y explicitando la querencia por el salmorejo (también salmoreja y salmoreje, no fuera alguien a sentirse ofendido) con berenjenas a la brasa, mientras que algunos del PSOE rechazaban de plano el consejo y el propio Presidente, presa de epicúrea voluptuosidad, apostaba por la imbatibilidad de un chuletón al punto.

 

Un debate, repito, sin base alguna ya que Garzón no hizo en este caso sino convertirse en eco de nutricionistas y la propia OMS. Cabrá recordar que, en 2015, la IARC (Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer, dependiente de ésta) indicaba que el consumo de carne roja es probablemente cancerígeno (neoplasias colorectales, páncreas, próstata y otras), al igual que el de carne procesada –transformada por salazón, ahumado…-, aumentando sus efectos perniciosos con relación a la cantidad ingerida y mal que les pese a ganaderos, comerciantes varios o al propio Pedro Sánchez.

Opiniones frente a evidencias, no debieran propiciar espectáculos semejantes. ¡Que son molinos, no gigantes!, como reza el libro de Irene Lozano. Únicamente cabría justificar el estéril debate como un modo de traer de nuevo a colación los demasiadas veces olvidados avances en el conocimiento científico. No obstante, quizá orillar inútiles discordias –en este caso no hay sabiduría de la incertidumbre que valga-permitiría centrarse en tanto como queda por consensuar en la búsqueda de una vida mejor para todos, dejando a un lado que si carne o pescado. ¡País!

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UNA PANDEMIA CONTRA LAS SONRISAS

No se trata sólo de que con mascarillas se hicieran invisibles a plena luz del día, porque el virus ha estado en la base de otros efectos colaterales y, aparte de que soledades y consiguientes depresiones pudieran borrarlas, la pandemia fue también causa de aquella primera desilusión del niño, obrando al modo de una losa que, según me contaron, ha enterrado su alegría al extremo que, desde entonces, rehuye a todas horas la mirada de su padre.

Éste le había prometido llevarlo en tren hasta la capital para asistir al espectáculo de un circo. Pasaron los días previos entre imágenes de payasos, elefantes y saltimbanquis a muchos metros de altura, así que, durante el viaje, el pequeño no dejaba de pedir nuevos detalles, historietas que escuchaba embebido, la boca entreabierta y, en sus ojos brillantes, las escenas imaginadas una y mil veces se expandían transformando su cara entera en exponente del placer por llegar y que la noche anterior lo mantuvo desvelado. “¿Cuánto falta, papi?”, “Nos sentaremos delante para verlo mejor, ¿verdad?”, y el padre, contagiado del entusiasmo, no cejaba en su empeño por mantener una tensión que, bajo la carpa, sabía que procuraría recuerdos y comentarios en los meses venideros, regalándole de paso imitaciones de lo visto, gestos y risas.

Pero fue llegar a la puerta y ser ambos presa de la decepción. El aforo se había reducido desde que compró las dos entradas días atrás y, de querer cambiarlas, sería para la semana siguiente, de modo que volvieron a la estación y a pesar de que durante el regreso le aseguró que habría otra ocasión para el regocijo, el niño no volvió a proferir palabra, la mirada perdida en la ventanilla y, tras llegar a casa, se fue a la cama sin el beso de costumbre.  Han transcurrido ya más de dos semanas, el circo se fue de la ciudad y el hombre no ha creído oportuno decírselo por no agravar una tristeza que se le ha contagiado a falta de las infantiles sonrisas de antaño. Su retoño le evita y él es más consciente, con cada nuevo día, de la razón que asistía al poeta Rafael Cadenas cuando aseguró que lo que salva de los escombros es la mirada. Y ni les digo si es la de tu propio hijo.

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CUBA: ENTRE PLACERES Y DESENGAÑOS

   Una isla víctima de todos los chantajes, de todos los sobornos… Así decía el escritor Reinaldo Arenas en su libro “El color del verano” pero, para el post, yo añadiría, a la “isla”, el turista o viajero si prefieren, porque el visitante va a encontrar, junto a placeres sin cuento, una panoplia de engañifas, injusticias y manipulaciones que convertirán la estancia en experiencia cuajada de claroscuros. Por supuesto, mi daiquiri en La Floridita y mi mojito en La Bodeguita por seguir a Hemingway y, en los paseos, hechizos varios e innumerables huellas del esplendor de antaño. En cualquier paladar, el disfrute de frijoles negros o congrí, camarones en púa y del mamey a la toronja como broche. De La Habana y el restaurante Doña Nieves o la Casa de Adela, a Santiago y Baracoa, con un río Yumurí que quedará por siempre en mi memoria. Sin embargo, los días también se tiñen de constataciones que ponen en solfa tanta admiración, y las cuatro ocasiones en que he estado allí mezclaron siempre un algo de desazón a lo vivido u oído.

De comprar una caja con sus famosos puros, bajo los de encima se esconden muchas veces, según me contaron, otros que es mejor tirar. Y si se trata de ron, hay quienes mezclan alcohol con algo de café para darle el adecuado tono ambarino; después, botella sellada y a por los incautos para sobrevivir, cuestión nada fácil como bien saben, entre otros muchos, las jineteras, y es que lo que sea (“¿Tú no puedes hacer algo por mí?”, es una frecuente interpelación) para salir del paso. El taxista puede ganar al día, merced a las propinas, lo que cualquier médico en un mes; de tener coche, los oriundos sólo están autorizados a comprar determinado número de litros de gasolina o, en las paladares, un máximo de doce comensales y cuidado con servir pescado porque los tundirán a impuestos.

  

Dejamos de transportar allí medicamentos, a través de nuestra ONG, tras comprobar, días después de entregar en el hospital la última remesa, que el receptor los había vendido a una empresa de las inmediaciones. Imagino que con pingües beneficios. En otra ocasión, en Santiago, fuimos invitados por un amigo, Yodelkis, a un “Membé del monte”; rito de santería en su casa y durante el cual la madre cayó al suelo presa de convulsiones por aparentar haber sido poseída, lo que no fue óbice para que me arrodillase junto a ella, creyendo estar frente a una crisis epiléptica e intentando colocar en su boca un pañuelo que evitara morderse la lengua. Fue entonces cuando abrió un ojo, a un palmo de los míos, y me espetó: “¿ya dejó unos dólares al santo?”. Porque de eso iba el espectáculo, con santos y demonios de tapadera.

  

El acceso a Internet puede estar vetado para evitar una eventual contaminación contrarevolucionaria y, cuando llegados a la isla, salir del aeropuerto con las cajas llenas de fármacos fue siempre tarea fácil mediante la correspondiente entrega de unos cuantos, bajo mano, al agente de turno, así que picaresca por doquier. Tan extendida como las consignas en las paredes de cualquier ciudad (“Cuba persevera y triunfa”, “La dignidad nunca muere”…), preconizando lo que, a poco que observemos, no pasan de palabras para subrayar las dos Cubas existentes: una anclada en los deseos y esa otra que asalta al visitante en cualquier rincón: la del hambre y supervivencia que sigue haciéndose, para muchos, demasiado cuesta arriba.

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CON ELLOS, DE VUELTA AL AYER

           Durante nuestra obligada estancia en Figueres (Girona) para resolver una dramática situación, decidimos una tarde ir a cenar, con mi hermano y las respectivas esposas, a Les Escaules, lugar que muchas décadas atrás frecuentábamos junto a nuestros padres, ya fallecidos. Pero fue llegar y allí estaban como antaño, sentados en la mesa que era un remedo de la de entonces; el escenario sin cambio alguno y, al fondo, la cascada que guardábamos con celo en la memoria, dando razón al aserto azoriniano de que, vivir, es ver volver.

Allí estaban; sentados y a un tiempo flotando en las aguas: del riachuelo precipitado desde treinta metros y las de unas súbitas lágrimas que evidenciaban el duelo renacido por aquellas imágenes del pasado en común, embalsamado y surgido otra vez en un presente de catarata y arboleda: sentimientos que alimentaban, con hilos de tristeza, los mismos colores que nos admiraban cuando sentados junto a ellos, acariciados por la puesta de sol y el murmullo del agua.

La sensación, mirándonos con mi hermano los ojos húmedos, no precisó de palabras porque ambos sabíamos que estábamos respirando a un tiempo su luz y sus cenizas.

La cena una delicia, aunque cualquier cosa, presos de la nostalgia entre verdes del musgo y espumas de recuerdos,  habría merecido el mismo juicio. Pasadas ya un par de semanas, me pregunto si tendrá algún valor lenitivo, de consuelo, el trasladar la añoranza a un escrito. Pero he querido hacerlo para decirme también, y dotar de valor positivo a la tristeza, que estar vivos implica recordar. Y hacerlo en Les Escaules era un propósito que finalmente pude culminar.

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