Me refiero a esa forma de expresarse con tal velocidad, a veces por argumentar y otras simplemente por abrumar al oyente, que uno se pregunta de dónde sacará el aire el hablante si no hay inspiración ni pausa para ello. Sujetos, verbos, conjunciones o adjetivos varios que se dirían recitados a través de una lectura mental preparada de antemano y con su finalidad entre interrogantes: por demostrar habilidad oratoria, autosuficiencia o, quizá, dejar el terreno intransitable frente a las eventuales discrepancias.
Cualquiera habrá escuchado una exposición que se diría más bien recitado. ¿Soltura? ¿Convicciones tan asentadas que se pisan la cola unas a otras, o quizá con intención de impedir un posible e indeseado desacuerdo?
Sin embargo, las palabras pueden sucederse con tal rapidez que sobrevuelen su significado para transformar el discurso en una cortina que impida reflexionar sobre lo que tal vez esconda la retahila.
El entrelazado de frases sin respiro ni sombra de duda, en busca de un mejor modo para refrendar las convicciones, puede hacer suponer a quien las escucha que el lenguaje se ha sobrepuesto al pensamiento y, de paso, el propósito es impedir que el eventual interlocutor (si se trata de radio o TV, apaga y vámonos) pudiese aprovechar una pausa para introducir algún que otro matiz. El hablar como si uno fuese perseguido por la posible e indeseada interrupción, es estrategia empleada por muchos, desde entrevistados por razones varias a políticos durante el debate, con la evidente u oculta intención de posponer, cuando no silenciar, replicas o divergencias.
No obstante, demasiadas veces se cae en el error de olvidar que, como dijera Cicerón, tan o más importante que lo que se dice es cómo se dice. Y escuchar a según quién (dejo los ejemplos a su juicio) induce a mirar hacia otro lado ante la imposibilidad de un “Perdone, pero ya que lo saca a colación…” o, si se dispone de interruptor, lo ya dicho.
















