ARGUMENTOS A TODO GAS

                Me refiero a esa forma de expresarse con tal velocidad, a veces por argumentar y otras simplemente por abrumar al oyente, que uno se pregunta de dónde sacará el aire el hablante si no hay inspiración ni pausa para ello. Sujetos, verbos, conjunciones o adjetivos varios que se dirían recitados a través de una lectura mental preparada de antemano y con su finalidad entre interrogantes: por demostrar habilidad oratoria, autosuficiencia o, quizá, dejar el terreno intransitable frente a las eventuales discrepancias.

                     Cualquiera habrá escuchado una exposición que se diría más bien recitado. ¿Soltura? ¿Convicciones tan asentadas que se pisan la cola unas a otras, o quizá con intención de impedir un posible e indeseado desacuerdo? Sin embargo, las palabras pueden sucederse con tal rapidez que sobrevuelen su significado para transformar el discurso en una cortina que impida reflexionar sobre lo que tal vez esconda la retahila.

                 El entrelazado de frases sin respiro ni sombra de duda, en busca de un mejor modo para refrendar las convicciones, puede hacer suponer a quien las escucha que el lenguaje se ha sobrepuesto al pensamiento y, de paso, el propósito es impedir que el eventual interlocutor (si se trata de radio o TV, apaga y vámonos) pudiese aprovechar una pausa para introducir algún que otro matiz. El hablar como si uno fuese perseguido por la posible e indeseada interrupción, es estrategia empleada por muchos, desde entrevistados por razones varias a políticos durante el debate, con la evidente u oculta intención de posponer, cuando no silenciar, replicas o divergencias. No obstante, demasiadas veces se cae en el error de olvidar que, como dijera Cicerón, tan o más importante que lo que se dice es cómo se dice. Y escuchar a según quién (dejo los ejemplos a su juicio) induce a mirar hacia otro lado ante la imposibilidad de un “Perdone, pero ya que lo saca a colación…” o, si se dispone de interruptor, lo ya dicho.

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UN DETALLE EN EL BAR PARA LOS NATIVOS

                  En Mallorca y durante los meses de calor, que es cuando apetece, intentar sentarse en la terraza de la mayoría de bares céntricos suele convertirse en intento fallido muchas veces y, de conseguirlo pese a la presión de un turismo masivo, la atención de buena parte de los camareros, dispersa entre tanta mesa repleta, deja bastante que desear: tardanza, prisa revelada en los gestos cuando finalmente nos atiendan y ni una sola frase para el acercamiento más allá del “¿Qué quiere?”.

                        Y de algún detalle, a más de la consumición solicitada, ni qué decir, a diferencia de lo que ocurre en el norte del país por poner un ejemplo. En los pueblos de la Comunidad donde nací, no habrá txakoli al que no acompañe un pintxo, pedido o de regalo, y aún recuerdo, en Oviedo, la bandejita de tapas que nos trajeron junto a la sidra. “No hemos encargado esto” – apuntamos -. “Lo sé. Atención de la casa”. Ni se imaginen que algo parecido pueda ocurrir aquí y no sólo por el coste económico, porque ya me dirán lo que puedan suponer unas aceitunas, o cuatro trocitos de pata de pulpo, frente a la gratitud del cliente y la más que probable frecuentación futura del local por mor del detalle.

                  Por lo demás, y de comportarse como indico sucede en otros lugares, se habría dado un paso para que el aluvión turístico pesara menos siquiera en esos ratos de esparcimiento compartido entre ellos y los nativos, e incluso, si el idioma fuese la incitación para unos taquitos de jamón a cuenta de la casa, de percatarse los extranjeros quizá sintiesen el estímulo para aprender nuestra lengua, vista la contrapartida. En cuanto a los que vivimos aquí, “¿Has ido a ese bar?- podría ser pregunta y sugerencia frecuente-: su trato es distinto. Pides una caña y te traen…”. Y es que hacer, a la par que clientes, amigos, no es cuestión menor para muchos negocios, aunque al parecer en estas islas aún no se haya caído en ello y sigamos siendo atendidos como si hubiésemos venido para unos días y, en tal caso, ¿qué importa la cordialidad plasmada en los servicios, otros que el excusado?

 

 

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HÁBITOS: ¿POR QUÉ SEGUIR?

             Tener planes a los que dedicarse, en el curso de nuestra existencia, puede justificar la misma cuando seguimos de acuerdo con la intención que inicialmente los motivó. Los propósitos pueden ser de lo más variado: gozar de un buen descanso para mantener en la vigilia un adecuado nivel de actividad, procurarnos tranquilidad, respeto hacia nosotros mismos, exteriorizar lo que creemos aptitudes, conocernos hasta donde sea posible o mostrarnos como nos gustaría al ser evaluados por terceros.

                En dicha línea, el sentirse obligado, sin intervención ajena, hace posible sobrellevar la ansiedad que puedan causar los proyectos en curso, y su cumplimiento cotidiano cimentar la creencia en que será posible llevarlos a buen término. Es lo que debió motivar a Séneca al escribir su Encuentra un camino y hazlo, porque renunciar al mismo tras haberlo iniciado, y continuar sin esperar contrapartida alguna por evitar el esfuerzo que supone mantenerse en la brecha, será fuente de depresión y motivo de recurrente tristeza.

                En cualquier caso, la constancia mantiene el amor propio, tan necesario como la alimentación y el sueño. El ejercicio físico diario ha de sobreponerse a otras alternativas que puedan alterar el horario habitual. La siesta, de ser hábito, no tiene por qué eliminarse si tras la misma nos sentimos reforzados aunque sea objeto de crítica por alguien cercano, aprender un nuevo idioma reforzará la memoria a más de abrirnos nuevos mundos y la amabilidad, contra viento y marea, puede ser herramienta de utilidad en las más dispares situaciones. ¿Y escribir semanalmente un post en el blog, con lo que ello pueda llevar aparejado: búsqueda del tema, tiempo para el mismo y lectores que no aumentan? Sin embargo, seguiré pese a las dificultades. Por dichas razones y en cuanto al blog, ¡suscríbanse! Será una inyección de alegría para continuar en el camino descubierto y decirme, una vez más, que contar es vivir (te).

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MANTEROS: ENTRE EL MIEDO Y EL HAMBRE

              Es frecuente tanto aquí, Palma de Mallorca, como en otras ciudades con altos porcentajes de inmigrantes africanos, tropezarse con ellos vendiendo falsificaciones – bolsos, pañuelos, carteras y cinturones… – extendidas sobre una manta en el suelo, al tiempo que observan en derredor por si, en lugar de potenciales clientes, aparecen los uniformados.

                    Al margen de la ley, sí, pero, ¿que haríamos nosotros de vivir en un país en guerra o sin tener qué comer? Emigrar para la salvación propia, de la familia y, una vez llegados sin papeles ni dinero, ¿cómo sobrevivir? Desde esta perspectiva, es fácil entender y asumir cualquier actividad que proporcione mínimos recursos siempre que no incluya la violencia. Por otra parte, sin embargo, en el caso de los manteros se trata de un comercio prohibido y que compite con quienes han debido someterse a impuestos y otros imperativos para sacar adelante negocio y vida. En consecuencia, está absolutamente justificada la actuación policial, con detenciones y embargo del muestrario incluidos.

              Pero llama la atención que, pese al riesgo que comporta dicha actividad, sigan en las mismas y en lugares que aquí todos sabemos: Avenida Antonio Maura, Plaza de España, inmediaciones de la Catedral…, y extraña que, adictos a determinados emplazamientos, no los modifiquen por evitar la ocasional represión, y digo ocasional porque que pese a ser conocida su habitual ubicación, sólo de vez en cuando aparece la policía y entonces (los vendedores simultanean la oferta con una cautelosa vigilancia del entorno), la apresurada huida con el material envuelto, casi siempre, en una sábana.

                Por todo lo anterior, hoy quisiera subrayar que, al tropezar con ellos, me asaltan sentimientos encontrados: ilegales pero tal vez sin otra alternativa a corto plazo, cuatro perras para mantenerse y, llegado el momento, huir para volver a empezar en pos de la comida. ¿Las fuerzas del orden, simultanean obligación con compasión y de ahí su pasotismo? ¿Podría ofrecérseles a dichos manteros mejores salidas? ¿Contaminan el orden establecido? Quizás todo ello pero, cuando los miro, me viene a la cabeza lo que afirmase con toda razón Indira Gandhi, y es que no hay peor contaminación que la del hambre y a día de hoy, a más de ellos, Gaza es buen ejemplo de lo que muchos darían por convertirse en manteros.

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SUBIDONES DE ADRENALINA: ¿VALEN LA PENA?

                      Todos hemos asistido al espectáculo que provocan los mismos: enfados y recriminaciones por lo más variopinto, aunque muchas veces el motivo es cuestionable y el debate consiguiente, de originarse y como escribía la Yourcenar, sólo acabará dejando agujetas en el espíritu. Hay situaciones de una importancia dudosa, que no agreden al indignado y sin embargo provocan gritos o acusaciones que los espectadores, de haberlos, querrían evitar aunque sólo puedan recurrir a apartar la vista. Así lo he comprobado en alguna que otra escena que paso a resumir.

                           Yo mismo fui increpado con palabras malsonantes, por parte de un conductor, al cruzar el paso de cebra a un metro por fuera del mismo. No hubo riesgo de atropello, su velocidad era adecuada para poder frenar en seco en caso necesario y yo cometí el error por andar pensando en las musarañas; sin embargo, abrió la ventanilla para que pudiese oír unos insultos a los que, por prudencia, no respondí. Por lo demás, el tráfico suele ser frecuente incentivo para enfrentamientos, y bastará circular con lentitud en opinión del que nos sigue, dificultar su adelantamiento o no interpretar adecuadamente la irritación traducida por el claxon, para convertirse en objetivo de su ira e insultos varios.

                       Y ya sin ruedas de por medio, algo parecido en la cola del supermercado cuando se puso en marcha una segunda cajera y, en consecuencia, parte de nosotros podíamos trasladarnos y reducir la espera. Una señora se dirigió allí pese a ocupar la sexta o séptima posición en la fila inicial y no prestar atención a quienes la precedían. Pésimo detalle, despiste o ganas de terminar y el que venga detrás que arree, pero no pueden imaginar el vociferio del individuo, gordo y de mediana edad, que la precedía y se consideró burlado por su turno violado por ella. Situado detrás de él, dudé entre llamarle la atención por el exceso (la mujer ya estaba abonando el importe de su compra) o comentarle, por distraerlo de sus salidas de tono, que veía en su cara un lunar que debería examinar el dermatólogo por si pudiera tratarse de lesión maligna. Por fortuna, llegó a la cajera, la listilla ya se había marchado y yo, mero testigo del cirio, me di a pensar que ya tenía tema para el siguiente post.

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