¡UNIDOS POR LA HERENCIA!

a 11       El afamado notario, boquiabierto y sus ojos como platos. Toda su vida profesional estaba sembrada de disensos por causa de las herencias que hubo de gestionar; el principal motivo de discordia familiar desde siglos atrás, como afirma Yourcenar en su novela Recordatorios y no solo entre la burguesía, porque casi nadie es tan pobre que no deje algo, siquiera se trate de unos calcetines.a 6

En su despacho, cualquier cosa excepto debates metafísicos o ideológicos cuando se trataba de hacerse con el santo y la limosna, y el braguetazo ya no podía aplicarse en exclusiva a una generosa dote, porque sobrevolaba e informaba las intenciones de cualquier heredero/a con independencia de sexo o edad. Los tales llegaban con facilidad al insulto más soez e incluso a las manos por cuatro acciones o una sortija, y para qué decir si se trataba del piso. a 14Algunos volvían cualquier día de tapadillo para ofrecerle sustanciosos incentivos a cambio de una distinta interpretación del testamento en cuestión  y, de negarse, en la siguiente reunión los efluvios del resentimiento lo incluirían. De ahí que, en esta ocasión, creyó toparse con una nueva estrategia, más sofisticada y desconocida hasta entonces, aunque sospechó que acabaría como de costumbre. A no ser que hubiesen llegado los marcianos.

a 12Pero siguieron los cumplidos, palmadas entre ellos, caricias e incluso lágrimas de afecto al tiempo que todos, sin excepción, se empeñaban en renunciar también a la legítima en beneficio del resto.  La elección entre equidad o amor respecto al que se sentaba enfrente, se decantaba siempre por el segundo, las usuales recriminaciones habían dejado paso a compartidos y nostálgicos recuerdos de infancia, la única avidez que mostraban se plasmaba en constatar la felicidad ajena y, de levantarse, no era como antaño con el fin de acercar a la cara del contrincante un dedo acusador, sino para el abrazo. a 13Nadie quería el apartamento del rellano, y el dinero en el banco serviría para costear los viajes que harían juntos. En ese instante, el notario despertó y no consiguió volver a conciliar el sueño mientras daba vueltas a la que se avecinaba en la próxima reunión y, aún incrédulo tras recobrar la conciencia, pensó en contarles lo imaginado, aunque al poco renunció. Podía ser si cabe peor, aunque fuera de todo punto imposible que cupiese.

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ILLA, EN CUANTO PUEDE, PILLA

           Muchos de quienes acceden al poder, aquí o allende los mares, se dirían llamados a actuar en un perpetuo baile de disfraces, aunque la mascarada esté lejos de promover en los obligados espectadores la sonrisa tras advertir, al poco, cómo puede unirse indisolublemente el oportunismo a la desvergüenza. Un ejemplo más (dejando a Trump aparte) es el del trío formado por Sánchez, Iceta e Illa, ocultando todos ellos hasta fecha reciente su decisión de promover al último como candidato a dedo para la presidencia de la Generalitat en Cataluña. Y nada que objetar, siquiera legalmente, aunque muchos nos preguntemos si será vanidad del alma la que mueve a Illa, tanto en su aspiración actual como en la anterior aceptación de un Ministerio de Sanidad que como filósofo quizá no fuese el adecuado a sus aptitudes, lo que es particularmente grave en tiempos de pandemia rebrotada y vacunas a cuentagotas. Dejarlo ahora es tal vez más reprobable que el haberlo aceptado en su día y, en ambos casos, podría ser claro exponente de la primacía de sus propios intereses por sobre los de la ciudadanía.

A Salvador (más bien poco) Illa, le viene que ni pintada la reflexión de Rubert de Ventós respecto a las derivas de los políticos y sus justificaciones: no se trata quizá de un cambio en sus convicciones sino de su relación con ellas, y así podría entenderse que no  sienta incomodidad alguna en servir tanto para un roto como para un descosido  y, en asuntos de importancia, piense con otros muchos que el estilo es lo que cuenta y su gestión, hasta aquí sanitaria, pueda traspasarse sin mayor problema a quien le suceda. Por cierto, de ser Carolina Darias como se comenta (será la 4ª en el Ministerio de Sanidad, desde que Sánchez se hizo con el poder),  tampoco goza de la formación idónea para cuidar de nuestra  salud, máxime en los tiempos que corren: licenciada en Derecho y actualmente ministra de Administración Territorial, antes diputada en el Parlamento canario, Consejera allá de Economía y Empleo… De modo que epidemiología, profilaxis antiviral u organización asistencial, más bien, y al igual que su predecesor, a trasmano, obligándonos a suponer, con Lampedusa, que algo deberá cambiar para que nada cambie.

“Un día menos”, afirmó hace poco el hoy protagonista, pero se refería sin duda a los que le quedan para largarse a Cataluña y no al tiempo que seguirá el virus haciendo su agosto entre nosotros y es que, como filósofo, podría ocurrir que se tome el drama social con filosofía, asumiendo con otros aprovechateguis (como diría Rajoy) que el mal y el bien son cosa de gustos, lo que ocupe su cabeza sea el trampolín para mejorar su estatus y al entorno que le den. Sea como fuere, lo que parece meridianamente claro es que el año que terminó nos trajo, en alguna medida y merced a su gestión, de coronilla. Pero en cuanto al Sr. Illa, le ha venido de perilla. 

PD: Elecciones en Cataluña retrasadas al parecer hasta mayo. Entretanto, posiblemente, Illa dedicado a medias: entre candidatura y pandemia. Y el virus batiendo palmas. 

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AÚN AQUÍ, PERO ALGO MENOS

Los maduros odiamos el cambio porque, por usar la frase de Sontag en “El amante del volcán”, cualquier cambio es a peor. La pandemia actual ejemplifica el nuevo escenario que todos sufrimos con independencia de la edad, pero hoy quería poner el énfasis en una consecuencia que afecta de preferencia a los mayores cuando hemos debido enfrentarnos a la soledad no buscada, a ese pasado reciente trastocado y que añoramos sobre todo por la ausencia de llamadas al timbre, visitas infantiles, abrazos y meriendas en su compañía.

Las nostalgias son más hondas que esos disfrutes “con los tedios del amor cotidiano”, como escribiera García Márquez. Porque creímos ser báculo hasta que este presente ha puesto en evidencia que los seres queridos pueden continuar sin él, y somos nosotros quienes, tal vez, lo necesitemos a no tardar y sin metáfora que valga. El virus ha traído consigo, entre otras pesadillas durante las vigilias, un remedo de olvido que nos dicen profiláctico aunque, a más de intentar prevenir el contagio, inocula tristeza. Ya sólo nos ven por mera casualidad, somos evitados por un cariño sin las manifestaciones externas de antaño, e incluso se han espaciado esas llamadas telefónicas que podrían estimular las ganas de reunirse.

Los tápers que hace unos meses amontonaba mi esposa para nuestros hijos, se han transformado, de regalos que venían a buscar con ilusión, en depósitos de riesgo; se acabaron las salidas para comprar al pequeño un helado, la preparación del tablero de ajedrez en la mesa de la salita, a media tarde, o las comidas semanales en que los nietos estaban obligados a contar un cuento por riguroso turno. Hemos pasado a ser sujetos necesitados de protección y, como resultado, prescindibles y alejados de su cotidianidad. No obstante, y dure lo que dure la situación, ¡nada de abuelos envilecidos de resignación! La vacuna –quiero creerlo-  nos devolverá al pasado  y, en un próximo futuro, acabaremos por cantar sobre los tiempos sombríos. O eso espero, rodeado de este silencio que hoy por hoy induce a pensar que seguimos aquí pero, sin ellos, algo menos.

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DE SANTOS E INOCENTES

           Hoy se conmemora la matanza de todos los niños menores de dos años, en Belén, ordenada por Herodes. Sea cierta o no una historia con tintes de leyenda, el caso es que, siglos después, somos mayoría quienes hemos suplantado al colectivo de inocentes, a cualquier edad y durante todo el año, convirtiendo el día 28 en recordatorio de cuanto nos sucede: desde darnos gato por liebre a metérnosla doblada por seguir en la inopia y, cuando conscientes de los engaños a que estamos sometidos los supuestos inocentes, igualmente tratados por tragaldabas, babiecas y pardillos.

¿Exagerado, tal vez? Para rebatir la presunción alegaría, copiando a Trapiello, que el imbécil suele ser, como el cornudo, el último en enterarse. Y de ser cierto como supongo lo de que son tontos cuantos lo parecen y la mitad de quienes no lo parecen, convendrán en que, como colectivo, hemos superado la cifra con que se consigue eso que llaman la inmunidad de rebaño; en este caso, inocencia de rebaño. Sea por albergar una fe que promueve la inconsciencia, ser imposible  la denuncia operativa, estar cada cual a lo suyo o por cercanía ideológica a los manipuladores, el caso es que seguimos, como los inocentes, tragándonos lo que no está escrito con base en palabrería o silencios para encubrir segundas intenciones, cuando no controversias sin fin y con metas nunca alcanzadas por unos u otros.

Celebremos pues, en este día, que el muñequito de papel que nos cuelguen en la espalda vaya a ser la menor de las picardías con que convivimos. Por aguantar el resto, rechistando poquito y sin consecuencias, unos santos que les vienen como anillo al dedo a quienes, desde la Moncloa a Galapagar -y me dejo a la mayoría en el tintero-, sólo quieren alzarse con el santo y la limosna, es decir, llegar y besar el santo a costa de unos Santos Inocentes para los que declararse  “Insumisos con más razón que un santo”, sería pura quimera.

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LA SOLEDAD ASALTA LA NAVIDAD

Era de esperar que, llegados a Diciembre y con la que está cayendo, la triste rima del título terminase por aparecer, aunque habríamos agradecido el retraso y es que, entre el Coronavirus y el virus de la Corona, estamos la mayoría hasta donde se imaginan.  Para el segundo se diría que ya estamos con inmunidad de rebaño tras el borboneo de siglos a modo de vacuna, y es el primero quien nos ha cogido a contrapié en una agresión que, más allá del ataque genético, ha detenido el mundo e individualmente empobrece y empareda, lo que en estas fiestas se hace especialmente doloroso y abona el terreno para, con Machado, cantar en estas fiestas lo que se pierde.

Todas las familias felices se parecen y, por eso mismo, sentirán por igual la privación de las ternezas domésticas crecidas en el pasado, desde Nochebuena a Reyes. Con la contribución de la normativa oficial, que ha extendido a la sociedad entera el Nunquam duo (nunca dos), antes sólo regla de los seminaristas, nos veremos privados este año de juegos infantiles, risas y evocaciones compartidas, al punto de que podríamos suponer que la poeta Pizarnik intuía lo por venir cuando escribió que Los que llegan no me encuentran. / Los que espero no existen.

Los silencios agitarán los recuerdos hasta producir dolor, y así habremos de seguir hasta bien entrado el nuevo año; las noches serán más largas y las calles más vacías. Escucharemos las campanadas en exigua compañía y, el brindis, con la nostalgia espumeando en las copas. Pese a todo, convendrá mantener la sonrisa, procurar el abrazo con quien podamos e irnos a la cama con el convencimiento que embargaba al que aseguró que todo alcanza un final. La tristeza inclusive.

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