MI NUEVO LIBRO Y SIN MASCARILLA

Lo cierto es que por el momento no puedo pedir más, aunque el liberado sea únicamente yo y no también el libro, como desearía para que pudiera pasearse por doquier. Pero bueno: la supuesta inmunidad contra el coronavirus me permitirá conocer de su eventual difusión –del libro, claro, si tuviera lugar- aunque por prudencia deba seguir chocando los codos y manteniendo el metro y medio de distancia con los hipotéticos lectores.

“Si me deja, le cuento”, que así se titula por ser la frase con que iniciaba sus relatos el protagonista biografiado cuando nos reuníamos, empezó siendo un conjunto de apuntes y grabaciones sobre su vida y milagros que empezó a contarme cuando ingresado en el hospital y a mi cuidado, aunque conforme nos íbamos conociendo terminamos por disfrutar de la mutua compañía hasta que se fue a Cartagena junto a su familia y allí falleció, sin que volviésemos a vernos, tiempo después. Mis notas de entonces sobre aquella vida suya transcurrida entre fracasos, placeres e histriónicas ocurrencias, permanecieron olvidadas en un cajón tras su marcha hasta que, casualmente encontradas y  releídas más de veinte años después, el recuerdo de aquella personalidad volvió a seducirme y, boli de por medio otra vez, decidí hacer con ella el susodicho libro que la editorial Olañeta ha accedido a publicar. Supuse que iba a enfrentarme en frío con un Juan Casasnovas -que así se apellidaba quien fuera hijo del alcalde franquista del pueblo de Sóller, en Mallorca, durante la guerra civil- ya  extinto y lejano en la memoria, pero no fue así, y su retomada historia trajo de nuevo el calor y la fascinación que me produjera antaño, así que pasé a convertirme otra vez en entusiasta transcriptor de aquellas insólitas vivencias, tan increíbles algunas que tuve que confirmarlas acudiendo a su pueblo una y otra vez, conversando con algunos de sus amigos de entonces e incluso viajando hasta su tumba en Cartagena por si mis escritos, depositados frente a ella, pudieran resucitarlo.

Para mí, escribir no ha sido llorar como dijera Larra, sino recrear, entre la estupefacción y la sonrisa, los avatares de quien en su día cautivó a quienes lo conocíamos: un aventurero, jugador empedernido y fiado en aquel presente que creía manejar a su antojo pese a las contrarias evidencias. ¿Ha valido la pena? Para mí sin duda, aunque una vez publicado sean otros quienes estén legitimados para opinar al respecto. Por lo demás, ahora a tomarme un respiro y más adelante, si las circunstancias fuesen favorables, la mano sigue caliente y el virus no muta al extremo de hacer inútil la planificación del futuro, ¡a por el siguiente, del que ya tengo título y final!

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¿HAY UNA RESPUESTA DEFINITIVA?

   Tras los postres y entre sorbo y sorbo de pacharán, mi amigo comentaba las respuestas recibidas de algunos cuando les preguntaba, imbuido de trascendencia, por el sentido de su quehacer: si consideraban haber acertado en la elección y, en último extremo, si creían que la diaria dedicación a lo que fuese justificaba sus vidas. ¿Por qué sigues y, de poder, volverías a empezar en lo mismo? Si te fuera dado cambiar desde el principio, ¿has pensado alguna vez en lo que harías? Y si es así, ¿por qué no lo intentas? Si tuvieses que decirte en cuatro palabras…

Según me comentó, ninguno de sus interlocutores lo había convencido nunca; se salían con obviedades, explicaciones basadas en estereotipos o, las más de las veces, digresiones vagas sin entrar en el meollo de la cuestión planteada. Los dos estuvimos de acuerdo en que, más difícil que vivir, es saber qué decisiones podrían haber mejorado nuestro devenir o si estuvimos en condiciones de tomarlas en el momento adecuado; no es empresa sencilla estar seguro de lo mejor y, encima, verse impelido a justificar polifacéticas realidades, expectativas tal vez frustradas, logros con cojeras… Sin pretenderlo, en la prolongada sobremesa los dos pasamos a ser a un tiempo inquisidores e interrogados, caíamos en las mismas de que en un principio acusaba a los evasivos a quienes intentó desnudar y, ya conscientes de ello, concluimos que seguramente un epitafio, ya sin vuelta atrás, pudiera ser lo único creíble cuando redactado por el después finado y con ganas de resumirse en llegado al final: contento, orgulloso, tal vez resignado…

Quedamos en volver a cenar, días después, tras revisar las lápidas de algún que otro enterrado y famoso en vida, para constatar si nuestra hipótesis se sostenía. Ambos habíamos cumplido, aunque de ello no se derivó la respuesta que el otro esperaba cuando preguntado de nuevo. Leímos sobre los mármoles mensajes de esperanza, a veces el simple punto y final… “Escribió libros y murió”, rezaba el de Faulkner. En Frank Sinatra “Lo mejor está por llegar” u, otro, “Necesité toda una vida para llegar hasta aquí”… Bueno: y de poder escribir el tuyo para resumirte, ¿qué dirías? Él miró sus manos, pensativo, y me aseguró que se pondría a ello cualquiera de estos días. En cuanto a mí, le contesté tres cuartos de lo mismo. Obviamente, éramos simples remedos de aquellos a quienes criticó la otra noche. Por cierto: no sé si la frase en ciernes, a la que me emplazo, será motivo de post en un futuro o, en otro caso, quizá alguien la lea sobre una piedra del camposanto, siquiera por casualidad, en plazo variable. ¡Que cualquiera sabe!

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¡VOLVER AL CINE…!

    Virus y mascarillas no han conseguido borrarnos la memoria, de modo que, con los temores de unos meses atrás relegados a la mochila, empezamos a recobrar algunos de los placeres de antaño y, de entre ellos, la vuelta al cine y todo lo que ello conlleva más allá del acierto al elegir la peli. Es el paseo hasta la correspondiente sala, algún que otro saludo a conocidos mientras hacemos cola para comprar las entradas, repantigarse en el asiento, tal vez palomitas en espera de que apaguen la luz y, aunque haya que aguantar los anuncios, ya hemos empezado a recobrar la distensión de un ánimo que ha estado encogido y a la defensiva demasiado tiempo.

Ha sido mucho el que hemos estado en la añoranza y soportando la soledad con base en los recuerdos de un pasado distinto que pugnábamos por seguir viviendo. Y el cine es sólo una de tantas pulsiones que debimos posponer y con seguridad de las de menor enjundia, pero el otro día fue mi primer reencuentro con el ritual. Ya sentado, el menguado número de espectadores me traía de nuevo la Covid a la cabeza pero, al poco, por fin el ayer y los pasados goces que se repetirían: el cine Augusta me devolvió al Edison y Jardín de aquella Figueras de mi adolescencia y, uno de ellos, el que me animó, en su oscuridad, a poner por primera vez mi mano sobre la rodilla de Adelita, una compañera del Instituto a quien invité y de la que estaba perdidamente enamorado.

El otro día, sensaciones parecidas: la mano de mi mujer, los comentarios en voz baja y, al salir, el intercambio de opiniones sobre Madres paralelas, por cierto un algo impostada en mi criterio  y con el final traído por los pelos. Pero ello no fue óbice para que disfrutásemos del regreso a casa como si lo  hiciéramos tras una victoria compartida, y en la que la la película era sólo un aditamento del escenario de butacas que nos venía acompañando hasta la dichosa pandemia y que afortunadamente hemos recuperado. Ahora, en espera de visionar Pan de limón con semillas de amapola, la de Benito Zambrano y en la que tuve oportunidad de colaborar como asesor sanitario por lo que hace a la enfermedad de una de las protagonistas. Pero sea ésta u otra la siguiente que veamos, lo que importa es poder comprobar en carne propia que Einstein llevaba razón al afirmar que el placer se convierte en energía, así que ¡Vamos allá! Con cine y bareto a la salida del mismo, a muchos no habrá quien nos pare.

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PRÓXIMA DOCENCIA PARA LOS DUEÑOS DE ANIMALES

   Quizá recuerden aquello que dijera Oscar Wilde: nada que merezca saberse puede ser enseñado, y el trato con mascotas y otros animales convendría que fuese un ejemplo más de lo que podría surgir del sapiens sin precisar previa docencia. Sin embargo, todo tiene un paradigma que en demasiadas ocasiones suele quedar lejos de la práctica cotidiana y el tema de hoy no es excepción. Me limitaré aquí sólo a los canes y, con relación a ellos, el formativo marco perseguido debería también considerar los dichos populares en que se utiliza el nombre de perro de modo peyorativo, así como títulos novelísticos de conocidos escritores en parecida línea. El pasado no puede borrarse y habrá que apechugar con ello, pero convendría hacer mención de tales observaciones a los alumnos en las clases proyectadas, porque expresiones tales como pelearse como perros, enfrentarse a cara de perro, hacer perrerías o cogerse una perra (y no quiero imaginar, por lo de “coger”, qué pensaría un argentino respecto a esto último), apunta a un sustrato que los cursos para una adecuada convivencia entre humanos y animales no pueden pasar por alto.

En lo que respecta a títulos de libros, algunos de escritores conocidos no podrán servir de ejemplo. Para Sartre, todo comunista era un perro (y no precisamente a título de elogio); por lo demás, ahí tenemos “Johny perro malo”, novela del congoleño Dongala, “Cara de perro” de Quenneau, “Mi perro idiota” del americano John Fante, “Corazón de perro” de Bulkákov, “Años de perro” de Günter Grass o, por no seguir, Bioy Casares, en su libro “Dormir al sol”, explicaba cómo un malvado médico introducía almas de perros en los humanos y no precisamente para su mejora espiritual.

Llegados aquí, ya habrán advertido que lo único que pretendo es rizar el rizo porque ejemplos de todo lo contrario también los hay, pero en días pasados decidí, tras haber sabido de la obligada formación en ciernes al propietario de hámsteres o periquitos entre otros, que debía contribuir a tan loable propósito en una posición intermedia entre el acuerdo y la cuchufleta. Por seguir en la misma línea, cabe preguntarse si los dueños de perros conocidos –Odiseo y su perro Argos que dejó en Ítaca, Cervantes con Berganza y Cipión, Picasso y su Kazbek o Zola y el pequeño Pinpin- se comportarían en vida como debían o también habrían necesitado asistir a clase para su correcto manejo. Dudas que a uno le asaltan al igual que podría sucederles a ustedes. Pero ya basta de perros. En próxima ocasión, habré de extenderme sobre gatos, loros o cotorras. Siquiera para no ser acusado de parcial y, por lo mismo, obligado a unas lecciones que me hagan más inclusivo cuando escriba de mascotas.

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NUNCA LLUEVE A GUSTO DE TODOS

      El tema está lo suficientemente sobado como para pretender la originalidad y, prueba de ello, algunas citas de conocidos intelectuales desde el remoto pasado hasta hoy. Según dijera Heráclito, todo proviene de la discordia; la realidad (Ortega) se ofrece en perspectivas individuales y en ocasiones (Machado) se inventa, lo cual tiene explicación si la verdad absoluta (Wagensberg) sólo existe en matemáticas. De todo ello podría deducirse que la ausencia de certidumbres podría no ser defecto sino un índice de madurez, y ejercicio que algunos –a la vista de los debates que se trasmiten- convendría que practicasen. Sin embargo, no deja de cansar el hecho de que las desavenencias se hayan convertido en regla, sin que de las mismas se origine un posterior acuerdo que mejore las posturas inicialmente encontradas.

Y no me refiero, por archisabidos, a los desencuentros políticos, pero es que no hay propuesta que se asuma por todos como positiva ni matices que valgan, lo que lleva al hartazgo tras comprobar que nunca bastan pruebas ni razones; la decisión no convence a cierto sector, unos querrán más, los otros menos y, de hacerse efectiva, cualquier coyuntura servirá para poner en entredicho la medida. ¿Ejemplos? Ustedes disponen de ellos a centenares: sindicatos y empresarios frente a la modificación del salario mínimo, hosteleros y vecinos del barrio en su juicio sobre las ampliaciones de las terrazas de bar promovidas en su día, evaluación de medidas antipandemicas según se trate del Gobiero o la oposición, del derecho a la autodeterminación, de las restricciones circulatorias en el centro de las ciudades o, por no hacer la lista interminable, la prohibición de cazar lobos y consiguiente discrepancia entre organizaciones ambientalistas y agrarias.

Las medidas, para unos acertadas y otros adivinando segundas intenciones, oportunismos, sesgos en los análisis y, demasiadas veces, opiniones basadas en conjeturas en lugar de evidencias. No obstante, la pretensión de las presentes líneas no es poner en solfa un inconformismo que podría procurar mejoras, y priorizar la unanimidad induciría a suponer que se dificulta la reflexión crítica, un camino oportuno para avanzar. Pero ¿siempre, y la mayoría de veces sin pacto ulterior que valga? Hasta la gorra, vamos, de poder anticipar sin sombra de duda la que se va a liar, sean galgos o podencos.

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