Hoy quiero criticar o glosar aquello que atrae nuestra atención y mueve sensaciones varias, desde la satisfacción al asombro o el puro cabreo en los más variados escenarios: teatro, la calle sin más, Congreso de Diputados o aconteceres que nos brinda la naturaleza.
Determinadas actuaciones o debates políticos, exposiciones y enfrentamientos entre ellos, son las más de las veces mascaradas a las que terminamos por acostumbrarnos porque la representación, cara a la galería, se ha convertido ya en norma con escasas excepciones, haciendo de sus discursos y propuestas puro espectáculo. En otras ocasiones y cuando subyace la voluntad de satisfacernos, los resultados pueden no ser los perseguidos y, como ejemplo, el toreo: exponente cultural, como lo llaman algunos, al hilo de una tortura animal sin paliativos.
Por todo ello, de poder elegir, sin duda aquello que pueda suceder sin intervención humana, y a mi juicio nada más atractivo que lo que ocasionalmente nos brinda el entorno a poco que coincidamos con sus demostraciones, sea mirando hacia arriba o frente a nosotros en las distintas estaciones del año. La salida del sol o su puesta teñida de colores, el azul del mar y una lontananza que invita a la ensoñación o, en tiempo revuelto, desde la oscuridad quebrada por los rayos a olas de metros espumeando sobre las rocas, avenidas convertidas en ríos incontenibles o nubes dibujando pinturas que para sí quisieran los artistas.
He quedado prendado más de una vez, como supongo la mayoría de ustedes, por esos aconteceres sin relación con nuestras acciones y, quizá por ello, de una sinceridad ajena al engaño, la estafa o segundas intenciones, de modo que, para el deleite sin manipulación, lo que ocurre a veces en derredor, inesperado e incontenible. No he podido resistirme a hablar de ello tras, desde la terraza de casa, ver como se iba desdibujando el paisaje merced a un templado anochecer que anunciaba la cena en inmejorable compañía.





















