UN TRÁNSITO FORZADO: DE MÉDICO A PACIENTE

                    Como médicos, estamos a diario en contacto con portadores de enfermedades varias, pero cuando es uno mismo el afectado por cualquiera de ellas, percepciones y sentimientos cambian radicalmente. Ser paciente supone revertir la posición que ocupábamos, aunque no podamos liberarnos de nuestros hábitos y así, cuando personalmente necesitados de atención sanitaria, repasaremos minuciosamente síntomas, posibilidades diagnósticas y tratamientos que, si prescritos a otros se dirían oportunos, cuando haya que asumirlos inducirán a una búsqueda ansiosa y compulsiva de alternativas de mayor eficacia, con menos efectos secundarios…                         Asumir el papel de enfermo implica, para un profesional de la sanidad, aditamentos varios que no aparecen en la mente del profano, así como desafíos hasta entonces ignorados: ¿soy consciente de todo? ¿Me he puesto en manos del centro y especialista adecuados? ¿El ser colegas puede condicionar sus decisiones? ¿Qué sería lo que yo aconsejaría, de cambiar las tornas? ¿Debo dialogar aportando mi punto de vista, lo que puede convertir las respectivas impresiones en argumentos propios de una sesión clínica, o mejor dejar todo a su criterio? Y, en caso de discrepancia, ¿decido lo que me parezca o me dejo llevar, confiando en su buen hacer?

                     Encima, inevitables razones para la propia culpabilización: ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿A qué vino minimizar la posible gravedad de algunas molestias? ¿El haber esperado, puede convertir la afección en irremediable? Por lo demás, no es fácil tratar a otro médico y resituarlo en su condición de paciente, lo que supondrá un aumento de inquietud por ambas partes. Y hablo por propia experiencia cuando se pasa de cuidador a cuidado. Si enfermo y aceptando que las cosas han venido mal dadas, no será posible seguir el consejo de Stendhal y dedicarse a la lectura y la agricultura porque, en cuanto a la segunda, no estará el horno como para bollos. Así que, en el mejor de los casos, librito y esperanza de que el compañero/a pueda terminar por sacarnos del hoyo.

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¡LA POLÍTICA EN REFRANES! : QUIEN ESTÉ LIBRE DE PECADO…

               Los debates políticos vienen dejando en espectadores y oyentes, desde tiempo atrás, más cansancio mental que argumentos para la reflexión. Siempre a la contra y, el uno por el otro, la casa sin barrer porque sus polémicas se disipan y quedan las obras si las hubiera, pero ¡qué va! Todos los gerifaltes confiados en la asunción de que, cuando el río suena, agua lleva y, entretanto, a falta de pan buenas son tortas: el pan puede ser vivienda o salarios dignos, y tortas las que se propinan mutuamente en cuanto se ven.                 Del Gobierno a la oposición, siempre la subjetividad como rasero. Por claro oportunismo, predominio de conjeturas por sobre las evidencias y contradicciones de todos ellos entre lo proclamado y lo hecho. Unos, en espera de llegar al poder, ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el suyo, mientras que a Pedro flaco ( y es que ha adelgazado en estos meses) todo le son pulgas, al tiempo que debe consolarse pensando que a caballo regalado no le mires los dientes y al mal tiempo buena cara. Es acusado de que, en casa del herrero, cuchillo de palo, pero las reacciones de nuestro presidente no dejan lugar a dudas y, de Feijoó a Díaz Ayuso, dime de qué presumes y te diré de qué careces, con quién andas (ahora unos y otros: comunistas o de la fachosfera) y te diré quién eres o, para los aspirantes a la Moncloa, pues el que quiera pescado que se moje el culo y entretanto, mucho ruido y pocas nueces.

                  El del sillón, tan cómodo y hasta el dos mil veintisiete porque sarna con gusto no pica, no hay mal que por bien no venga y, en el ínterin, bien está cada piedra en su agujero, respuestas a la derechona las menos posibles por aquello de que en boca cerrada no entran moscas y, para la ciudadanía, subrayar de cara a los aspirantes que hasta los gatos quieren zapatos. Ambos, Pedro y Alberto, seguirán advirtiéndonos, minutos antes de que debido al hartazgo apaguemos la TV, que no hay peor ciego que el que no quiere ver y, llegado aquí, sólo confiar en que, a buen entendedor, pocas palabras basten, sin que sea ya demasiado tarde para el asunto y vayan a replicar que a buenas horas mangas verdes.

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PROGRESO Y CONTRADICCIONES, DE LA MANO

                Se diría que la experiencia de la humanidad cae siempre en saco roto; que no se aprende nada de ella, vamos, a no ser que afecte en carne propia y es que, si vivir es ver volver, muchas veces comprobamos que regresa lo peor de cuanto ocurrió en el pasado, mientras los testigos actuales, que debieran decidir, continuarán por razones varias mirando hacia otro lado.

                      Para empezar, guerras desde que existe memoria histórica y hasta hoy, con Putin y Netanyahu abanderando las que siguen masacrando a la población sin hacer diferencias entre agresores e inocentes. ¿Alguien cree que serán las últimas? Las democracias parecían ser un anticipo de su final y como desmentido ahí tenemos, frente a la más antigua, a ese Trump capaz de cualquier cosa con tal de llevarse el gato al agua mientras abraza a Milei o Abascal, que no son ejemplos precisamente de actitudes dialogantes para consensos que faciliten una paz duradera y, frente a tal posibilidad, regresa el fascismo en numerosos países y, por mirar cerca, basta con una ojeada a Vox y su talante.

                Por lo demás, que nadie nos vaya a salir con la convicción que apuntara María Zambrano cuando afirmó que solamente a fuerza de errores se aprende a pensar, porque los tales no nos han hecho más imaginativos y sólo cavado agujeros en los que volver a caer. Las mujeres han alzado la voz, sí, pero ello no supone que los asesinatos machistas disminuyan en número año tras año. Y se extienden las recomendaciones para evitar la inhalación nociva del humo de tabaco e implementar hábitos saludables; sin embargo, la obesidad en aumento, y la contaminación medioambiental imparable al tiempo que se alude a los peligros de un cambio climático frente al que ningún gobierno, hasta la fecha, ha adoptado medidas contundentes, y es que la economía (la más rentable para los menos…) prima por sobre cualquier otra consideración.

                 ¿Evidencias que consigan reorientar el comportamiento? ¿La memoria como guía de actitudes y resoluciones? Pues, visto lo visto, nadie lo diría.

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HOMÓNIMOS Y POLISEMIAS: ¡TOMA YA!

                 ¿Me tomo la caña o es un toma y daca porque me tomas por tonto? ¿O, por ser cojo, cojo lo que sea y me lo guardo mientras sigo de guardia como guardián en mi guarida? Un tontería todo lo anterior, claro está, pero se me ha ocurrido como inicio de una divagación sobre las dificultades que pueden encontrarse al intentar adentrarse en un idioma. Es lo que a mí me sucede con el inglés, pero incluso al comunicarse en el propio, en ocasiones debe prestarse suma atención a lo que el interlocutor quiera transmitir.

                     No se trata únicamente de intentar entender los idiolectos profesionales. Y que no me vengan para enrollarse con otros rollos que podrán ser buenos, malos o de papel. Aunque por la posible depresión ante lo incomprensible, no se metan una raya, se rayen conmigo por no mantenerme a raya, saquen del mar una raya o la dibujen al terminar. Porque no dar pie con bola no supone tropezar con una, e intentar colar una bola no implica siempre mentir, aunque a veces sea necesario si te pillan en bolas por ir a tu bola.

                 Sin embargo, afortunado/a si te sale de gorra por ser un gorrón, la llevas puesta y, tras el asunto, te lías a gorrazo limpio porque hayas acabado hecho polvo después del polvo y lo haya también en derredor. Pero si no quieres polvo, llámalo quiqui por mejor disimular empleando el coco, y si en vez de Francisco te llaman Quico, por cuco (también gusano) podrás convertirte en caco en casa de la cuqui, comerte su coca y luego, a hacer caca. ¿Me he explicado de modo que puedan entender la intención? Comprender supone en ocasiones adivinar el propósito del hablante a más de estar atento, y si ello ocurre en castellano, no me quiero imaginar cuando cualquier día empiece con el chino y por una de esas me presenten a Xi Jinping con ganas de broma o bramando entre la bruma.

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LA CIUDAD Y SU ESTÉTICA

                  No hay día en que, paseando por la ciudad, dejemos de preguntarnos si otro entorno sería posible. Ciudades como en la que vivo, Palma, son un muestrario de descuidos y desorden que llaman la atención de ser comparadas con otras en las que prima la limpieza, y Tokio podría servir de ejemplo pese a ser la más poblada del mundo aunque, por no ir tan lejos, muchas del norte de Europa pueden darnos en este asunto sopas con honda.

                  Aquí, de mirar al suelo y en derredor (ya muchos no lo hacemos o sólo de pasada, sabedores de lo que nos rodea), las motos aparcadas en cualquier lugar, el asfalto descuidado, grietas en las aceras, socavones y adoquines dispuestos para el tropezón… En las paredes desconchones, grafitis sin gracia alguna, anuncios en carteles ocupando parte de las aceras frente a bares y tiendas o, en muchos balcones, barandillas oxidadas y ropa varia colgada y mecida por la brisa: banderolas que tal vez estimulen a los visitantes y promuevan el incremento turístico.

                     De seguir con los ojos hacia arriba, antenas, aparatos de aire acondicionado en profusión, los canales metálicos para la eliminación del agua podrán verterla sobre el transeúnte, persianas rotas, tejas a punto de caer, cables eléctricos por doquier y, demasiadas veces, en un simulacro de negruzca tela de araña. ¿Es pública o privada la responsabilidad de semejante paisaje? Pues se diría que en partes alícuotas, porque si bien muchos Ayuntamientos parecen sobrepasados por el desbarajuste y su inepcia en cohesión, el comportamiento de buena parte de los habitantes deja también bastante que desear, como prueban sus papeles y colillas en el suelo sin que importe el lugar. ¿Tendrá este caos arreglo? Pues no sabría responder, aunque quizá algunos políticos puedan maquillar su inoperancia diciéndose, por imitar a Jules Renard, que los platos desportillados (ciudades, en este caso), duran más que los intactos. Y con la consiguiente reducción del gasto y su tiempo, que podrán dedicar a intentar convencernos de que todo va a mejorar, incluido el cirio paisajístico que sus predecesores pasaron también por alto.

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