ENTREVISTAS PARA TÓPICOS, BANALIDADES…

   Cada vez con mayor frecuencia estamos abocados a escuchar diálogos con entrevistados/as cuyas opiniones, por vacuas o previsibles y sabidas de antemano, no despiertan el menor interés y roban el tiempo que podríamos dedicar a otros con mayor conocimiento o a cuestiones relegadas por motivos varios y que sin duda merecerían de esa difusión. Por no abundar en una lista que se haría interminable, tan sólo algunos ejemplos de lo visto u oído en las últimas semanas.

A jovencitos/as con toda una vida por delante, se les pregunta acerca de su posición sobre la eutanasia –que sepan lo que es y las condiciones legales para su aplicación ya es mucho- o, si se trata de valorar la objeción de conciencia de algunos profesionales sanitarios frente a la práctica del aborto, en ocasiones ha sido necesario explicar antes al interrogado lo que significa eso de objetar. Requerir a cualquier político que se posicione frente a un desastre, sea inundación o erupción volcánica, será abundar en un más de lo mismo aunque las medidas a adoptar serán sin duda otras que las propuestas por el Partido de enfrente, lo que se hace patente una vez más de preguntar a Pablo Casado por las medidas anticovid que dispuso el Gobierno y, si es Pedro Sánchez o alguno de sus adláteres quien está frente al micro, cualquier oyente podrá predecir la opinión que les merece, por un decir, la eventual alianza entre VOX y el PP que podría desbancarlos.

Adivinarán el fondo del discurso que largó uno de los dirigentes del citado VOX en su digresión sobre la pertinencia de que Gibraltar esté en manos inglesas, y pueden suponer lo que dirá el camarero/a, obrero de la construcción o kelly, al ser requerido/a a valorar el retraso en la edad de jubilación propuesto –con matices varios- por el ministro Escrivá. ¿Creen que los dueños de bares o restaurantes nos sorprenderán cuando evalúen la oportunidad de limitar los aforos, tal y como ocurrió durante la pandemia? Por el contrario, estarán absolutamente de acuerdo, como les he oído declarar, en que se restrinja el número de nuevos locales para esa su actividad. ¡Faltaría más! Los representantes de UGT o CCOO dicen todo lo contrario que el empresariado cuando son preguntados sobre la subida del salario mínimo y su cuantía o, de salir el fútbol a colación, las entrevistas a entrenadores antes, durante o tras los partidos, podría imitarlas cualquiera que conozca el resultado mientras fríe un huevo o se corta las uñas.

Dicho lo cual –por copiar lo que se estila al responder sobre cualquier asunto-, ya me dirán si no habría mejores modos de emplear el tiempo: el suyo –entrevistadores e interrogados- y el de los oyentes, procurando de entrada soslayar en lo posible lo que ya es archisabido, con el agravante de que podremos hacer oídos sordos, pero lo irreparable, en palabras de Gonzalo Rojas que comparto, será el hastío.

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LO QUE SE QUIERE, SIEMPRE AL FINAL

      Siempre al final el eventual acuerdo, la búsqueda en una lista…, y pese a la opinión que manifestara Flaubert, “La ambición por concluir es una idiotez”, cuando iniciamos algo, sea proyecto o intercambio de pareceres, la espera por terminar de una vez y del modo que quisiéramos puede convertirse en obsesiva pesadilla sin nada que ver con aquello de que lo importante es el camino y no la posada, porque hay caminos que se prolongan al extremo de que, más de una vez, preferiríamos no haber empezado.

Un ejemplo palmario es el de la investigación en cualquier ámbito y en persecución de una verdad siquiera provisional. Pero hay más para la exasperación: buscar en cualquier base de datos supondrá encontrar lo requerido en la última página, al extremo de decirse, tras repetidas experiencias, si no sería oportuno empezar al revés aunque, de ser el caso, habrá que llegar hasta el comienzo de la lista para dar con ello. El deseable consenso tras la polémica -y un justo término medio en el mejor de los supuestos- tendrá que esperar a los postres, al igual que el reconocimiento de la razón que nos asistía, nuestro craso error o los engaños, propios o ajenos. Y de volver a empezar tomaríamos tal vez un distinto derrotero, pero percatarse de ello exigirá haber finalizado el trayecto, de modo que eso de que principio y fin habitan en el mismo relámpago, como aseguró un poeta, mera entelequia cuando inmersos en la dura realidad y más acá del verso.Sin duda y en muchos casos tiene su razón de ser, pero ello no es óbice para que hayamos de cargar con el peso añadido de la dilación, así que no es de extrañar que nos planteemos si acaso una encuesta bien planificada, sin intereses interpuestos y con muestra suficiente, no podría sustituir al día de las elecciones, evitándonos asistir durante años a postureos y sabidas reiteraciones, o que la experiencia nos habitara antes de alcanzar la tercera edad y sus achaques aparejados, es decir: a la inversa, creciendo hacia atrás y los brazos de una madre como remate, para entendernos. ¡Cuántas veces esa “búsqueda del tiempo perdido”, por remedar a Proust! Pero hay más escritores a quienes apelar como consuelo para la ocurrencia de hoy, y es que, metidos en cualquier harina, convendrá también recordar, con Brodsky, que “Todo alcanza un final, la tristeza inclusive”. Aunque, subrayo, ese final suela demorarse bastante más de lo que quisiéramos.

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LA DIOSA FORTUNA, DE ESPALDAS

    Por remedar a Tolstoi en el comienzo de Ana Karenina, afirmaré con él, a propósito de lo sucedido, que todas las felicidades se parecen, pero cada infortunio tiene rasgos particulares como podrán ustedes comprobar, una vez más, de seguir con la lectura.

Al joven recién casado no se le ocurrió mejor homenaje que acceder a la casa por estrenar con ella en brazos, aunque arrastrase por el suelo el blanco vestido de novia y de ahí el primer encontronazo: se enredó los pies en él, dio con la cabeza en el marco de la puerta y la chica por los suelos. Mal comienzo el de trastabillar al poco del banquete y pasar, en un tris, del ensueño a un golpetazo que le abrió la ceja y obligó a que la consorte se levantase rauda en busca de alcohol y un algodón. Le limpió la herida, ”¡Pobrecito mío!”, y el lesionado se metió en el inodoro para ver frente al espejo el alcance de la lesión.

Y de inmediato la segunda parte, preludio del desenlace. Arrojó el húmedo apósito al váter y, con ganas de defecar, se sentó en él y encendió un cigarrillo mientras meditaba sobre lo acontecido. Con tan malla fortuna que la cerilla, tirada asimismo a la letrina, prendió el algodón y la llama quemó su periné: desde las nalgas al escroto. Los gritos alertaron a su pareja, y el excusado no fue excusa para que entrase veloz y se lo encontrase con ambas manos en la entrepierna y dando unos saltitos que remedaban a los del baile horas atrás. Aún pudo ver las llamas en el retrete, de modo que tiró de la cadena, lo acompañó hasta la cama y, sin saber cómo actuar para aliviar el intenso dolor del hombre, no se le ocurrió cosa mejor que llamar a la suegra.

Cuando ésta acudió, el estado de la ceja y testículos de su hijo le llevaron de inmediato a suponer que eran el resultado de una riña entre ambos consortes, así que, mientras esperaban a la ambulancia, ambas se enzarzaron en una discusión que continuaba in crescendo cuando llegaron el par de camilleros. Les contaron lo sucedido y estos, carcajeándose de lo oído mientras bajaban,  en el primer descansillo inclinaron demasiado las parihuelas, dieron con el herido y quemado en las escaleras y éste, ejemplificando el proverbio de que en lo peor no hay final, se fracturó el fémur. Así ingresó en el hospital y al salir enyesado, días después, fue la madre quien lo llevó a su propia casa, donde habría de quedarse durante la convalecencia y es que la recién casada, herido de muerte su amor entre lesiones y acusaciones, había decidido poner punto y final a un matrimonio que no pintó bien desde el comienzo. Desde la misma puerta de aquel su domicilio por estrenar.

 

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SANIDAD PÚBLICA: DESDE LAS UÑAS HASTA… ¿LOS DIENTES?

   Si como se afirma en el Eclesiastés hay un tiempo para cada cosa, llevamos ya demasiado esperando que nuestra Sanidad sea también universal por lo que respecta a la salud dental, relegada hasta el momento al último lugar en perjuicio de aquellos a quienes el bolsillo no les alcanza para costearse un dentista. Déficit por lo demás inaceptable si consideramos que, desde el ano a la boca, todo es camino para los alimentos que sostienen nuestro vivir. Pese a ello, España se sitúa como uno de los países europeos con peor cobertura sanitaria a este respecto y, aunque el actual Gobierno haya explicitado su voluntad de mejora, seguimos en los hospitales de cualquier Comunidad Autónoma sin posibilidad de ortodoncias, endodoncias, prótesis dentales… que se practicarán en despachos y clínicas privadas a quien pueda sufragar el desmesurado gasto que lo anterior supone.

El caso es que si se tratan las hemorroides al final del trayecto, ¿por qué no implantes en el inicio del mismo cuando necesarios? ¿Por qué pueden reconstruirse los senos pero no unos dientes imprescindibles para la correcta digestión? ¿Cómo puede justificarse subvencionar el cuidado del sueño si alterado, y no el mordisco para triturar como es debido? Por lo demás, y si la cuenta corriente anda exhausta, omitir el oportuno tratamiento dental, o su retraso en espera de mejores tiempos para el bolsillo, puede acarrear –y tengo constancia de ello- incluso la muerte del afectado por sepsis consecutiva a una infección gingival, como ocurrió tiempo atrás a un conocido.

Relegar u obviar el cuidado dental supone un claro atentado contra la equidad, y subordinarlo a los intereses económicos de unos y otros (negocio de los dentistas y ahorro por lo que al erario público se refiere) no se antoja, por todo lo anterior, éticamente aceptable, de modo que si en la Moncloa y pese a sus promesas siguen en las mismas, cabría sugerirles una urgente revisión de sus prioridades, suponiendo que no actúen a salto de mata como es costumbre. Y de paso recordarles el poema erótico de Benedetti, también oportuno en el tema de hoy: “Que te quede bien claro /donde acaba tu boca /ahí empieza la mía”.

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LA NADA COTIDIANA

  El título, copia de la novela homónima de la cubana Zoe Valdés, alude en este caso al cúmulo de estereotipos, diálogos sin otro interés que el suyo propio, reiteraciones y vacuidades con que diariamente nos aburren, a través de los medios, quienes han accedido a los cargos de mayor visibilidad, haciendo patente a diario que, a medida que se asciende en la escala de representatividad y consiguiente difusión, mayor la tendencia a generalizar y hacer de las banalidades el núcleo de sus discursos.

Se diría que la nadería es el imperativo que marca el estilo a los de más arriba y, cuando las polémicas se disipan, no quedan las obras como dijera Octavio Paz sino, para aquellos a quienes me refiero, su ausencia, unida al tedio de los destinatarios por la previsibilidad de su consabida verborrea teñida de ideología en lugar del empeño exigible para mejorar la realidad. Ahí tienen como ejemplo a Vox, afirmando en su día que “Franco salvó a la sociedad”, lo que con independencia de su verosimilitud  tiene poco que ver con los problemas a que nos enfrentamos. Pero convendrá personalizar en algunos de los máximos jerifaltes para justificar, más allá de unas siglas, lo antedicho.

El Presidente P. Sánchez acostumbra, sea cual sea la cuestión, a emplear los axiomas como justificación de lo que sea menester, y así, “La protección de la salud por encima de todo” o “Estamos aquí para tomar medidas” (que debieran ser por una vez las adecuadas, solemos repetirnos). El Rey y sus discursos navideños, o en días laborables otros, abundan en un más de lo mismo (“Democracia sin fisuras en un país que para sí querrían la mayoría…”). Dejaré a un lado a Casado por cansino y, de llegarnos al Papa, las novedosas aportaciones no tienen desperdicio: solidaridad, amor al prójimo y, en su visita a Irak, “No más violencia” porque “La religión está al servicio de la paz”. Por si no se hubieran percatado y Santa Inquisición aparte. O, en su reciente estancia en Hungría, “La ternura sin límites que Dios tiene por cada uno”; por eso, seguramente, algunos “sedientos de nuestro tiempo”, pues así se refirió a los emigrantes, terminan ahogados de huir sobre una patera.

Total: un ensamblaje entre egolatría y trivialidad para señalarnos el camino, aunque de fijarnos en lo que hacen, más allá de cuanto dicen, se les caen a todos los palos de su cómodo sombrajo. Aunque poco les importe, y sigan en la verbosidad y el momio como si tal cosa.

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