Me refiero a esos lugares ya desaparecidos y que al recordarlos nos devuelven al ayer a través de la nostalgia. Porque el pasado, como todos sabemos, no acostumbra a morir: sólo dormita. Tiendas y bares que frecuentábamos son buen ejemplo de ello y no es necesario pasear por donde estaban para que de vez en cuando reaparezcan. El comercio donde comprábamos los juguetes para los hijos y hoy convertido en carnicería, la desaparecida sastrería, librerías varias… Todavía, en la Figueres de mi juventud, siguen abiertas la Canet y Masdevall, pero donde ahora vivo cerró sus puertas la añorada Librera del Savoy…
Y todo ello sumado a muchos de los bares que lustros o décadas atrás fueron espacios de reunión y disfrute. En la mencionada Figueres volví años atrás al bar Abrigall,
donde me citaba con mi primera novia: me senté solo frente a una caña, pero no apareció y creo que el local estaba a punto de echar el candado para siempre al igual que aquella vieja relación lo había hecho medio siglo antes. Años después conocí a la que sería mi esposa y, en Barcelona, quedábamos para vernos en el Kek Duna (“El Danubio azul”, en húngaro), un bareto sito en la calle capitán Arenas y propiedad del futbolista Czibor. Pasé recientemente por allí y ni siquiera algún transeúnte a quien pregunté lo recordaba, al igual que comprobé con el desaparecido “7 hermanos”, en Travessera de les Corts y al que solíamos ir con mi suegro, atraído por un nombre que subrayaba su paternidad de siete hijos.
En cuanto a Palma – y cualquier ciudad puede ser espejo – algunos, otrora emblemáticos, para la historia: el bar Sagrera, al inicio de la calle General Riera, hoy en ruinas; ni rastro de el Tortugas, en el Borne… Y otros muchos cambian de nombre, propietario y oferta: El Piccos ha pasado a ser The wine side, el Tauja es ahora “La Trastienda”, el bar Bonaire ya no es tal sino restaurante El Patrón o, el antiguo Diablito, el Dôme.
Y todos ellos cerrando las cortinas a su pasado y de paso al nuestro. En resumen: sin otro remedio que, siguiendo al poeta, cantar lo que se pierde, en la seguridad de que ya nada podrá devolvernos la hora / del esplendor en la hierba: la de aquellos tiempos en que dichos establecimientos nos brindaban mesas y bienestar sin precisar de la memoria.















