Y PERDONEN LA TRISTEZA

Así decía el escritor César Vallejo y me ha parecido título apropiado para lo que pretendo expresar. Tras los fallecimientos de amigos y otros seres queridos, jubilaciones o alejamientos varios, el presente va perdiendo ataduras porque algo de nuestra propia vida parte con cada uno de ellos/as y el porvenir va suplantando las presencias del ayer por un cúmulo de nostalgias. Menos anclajes, la socialización en declive y en palabras de una poeta también desaparecida, los que llegan no me encuentran. / Los que espero no existen.

Alcanzada cierta edad, sobrevivir es ir perdiendo puntales, pasar a receptáculo de la melancolía y es que, aunque la defensiva resignación pueda mantener los ojos secos, las ausencias siguen tiñendo de dolor los recuerdos, se reencarnan muchas veces en los insomnios y también durante el sueño, al extremo de preguntarnos en ocasiones si sería más fácil seguir de agarrarnos al olvido, aunque paradójicamente y por soslayarlo si acaso quisiera hacerse conmigo, me he hecho una lista de los que me fueron dejando y, con cada añadido, no puedo evitar el repaso de los que le/la precedieron, de modo que esa soledad, impuesta por el paso de los años y sus consecuencias, termina haciéndose en tales ratos dueña absoluta del pensamiento.

En el periódico matutino, el obituario es lectura obligada y temerosa por si debiera ampliar mi listado. Claro está que actividades varias relegan dichas remembranzas evitando la obsesión y son útiles atajos para rodear tantos duelos, pero continuar es también cargar frecuentemente con la memoria de aquellos a quienes quisimos y, por acabar copiando el final de El gran Gatsby, “Así seguimos adelante,…empujados incesantemente hacia el pasado”. Que no podremos recobrar en los cariños que lo trufaron y perdonen hoy, como reza el título, la tristeza. Es que la pasada semana falleció inesperadamente alguien con quien mantenía una entrañable comunicación. Por cierto, y a pesar de mis reflexiones al respecto sobre el coronavirus y su prevención en este mismo blog, no se había vacunado.

       

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LAS CONSPIRACIONES SANITARIAS SIGUEN EN CANDELERO

            Sin la suficiente información y capacidad para su adecuado manejo, actitudes y comportamientos no pasan de bufonadas y es lo que está sucediendo con los negacionistas respecto a la actual pandemia, con los peligros que ello conlleva, aparte de para ellos mismos, respecto a la población en su conjunto. Porque la utilidad de las vacunas es objetivamente incuestionable por más que atribuyan la enfermedad y su prevención a oscuras maquinaciones, lo que es sin duda resultado de una estupidez que no tiene visos de ceder por ser inmune a las evidencias y es que, como apuntara Andrés Trapiello, los imbéciles, al igual que sucede con los cornudos, son los últimos en enterarse de su condición.

Es sabido que las creencias, cual es su caso, son impermeables a los hechos y así viene ocurriendo en el ámbito sanitario desde mucho tiempo atrás, con consecuencias que no por conocidas modifican unas elecciones sin base empírica y que, como se ha demostrado hasta la saciedad, pueden incluso provocar la muerte si sustituyen a eso que determinadas cohortes de necios ha dado en llamar, con desprecio, “medicina convencional”. En sustitución de la misma, dietas milagro, homeopatía, orinoterapia, Flores de Bach o lejía para tratar el autismo… En España, casi un 10% de la población acepta las pseudoterapias y, en el caso de cánceres, aproximadamente 1/3 de los enfermos creen en su utilidad, aisladas o en paralelo con el tratamiento médico, aunque ello pueda duplicar –como se ha comprobado- la mortalidad a medio plazo.

Contra la COVID, negar la eficacia vacunal, la misma existencia del virus o atribuir las medidas sanitarias a oscuros intereses, sigue en la línea de irracionalidad antedicha, por otra parte no exclusiva de este país. En una encuesta publicada hace siete u ocho años en EEUU, casi la mitad de adultos (49%) interrogados creían por lo menos en una de las sugerencias que se presentaron para recabar su opinión y, entre ellas: El sistema sanitario evita que se propaguen remedios naturales, No se evita el uso de vacunas a pesar de saberse que producen autismo, Se introducen organismos genéticamente modificados para reducir la población mundial, Se infecta a gran número de afroamericanos con el virus del Sida, Se sabe que el uso de teléfonos móviles produce cáncer pero no se dice… Seguidamente, se comprobó que un 35% de quienes creían en 3 ó más de estos u otros infundios usaban terapias alternativas y eran más proclives a abandonar las prescripciones médicas, vs un 13% de quienes los rechazaron.

Se concluyó de lo anterior que una mayor facilidad para asumir teorías conspiratorias, en comparación con la información científica, siempre más compleja y con altas dosis de incertidumbre, explicaría el predominio de las creencias por sobre la realidad, de lo que se deduce, entre otras cosas, la necesidad de una mayor y mejor divulgación por lo que respecta a la medicina y sus logros: desde la epidemiología y profilaxis, al tratamiento si es el caso. Es precisamente lo que viene sucediendo con la actual pandemia y la cohorte de peligrosos visionarios frente a la misma. Sólo cabe esperar que la amenaza termine pronto, así que esperemos, remedando a Machado, un mañana por ventura pasajero. Merced a la ciencia y pese a ellos.

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CONTRA LA COVID: MEDIDAS, CONSEJOS, DESLICES…

Aconsejaba Churchill que, por muy buena que parezca la estrategia, de vez en cuando convendría echar un vistazo a los resultados y, por lo que a la COVID se refiere, no parece mala idea a la vista de sucesivas olas y en la actual, sexta, una incidencia y prevalencia  muy superiores a las anteriores aunque su virulencia sea menor. Sin embargo, frente a una pandemia que amenaza vidas y haciendas, algunas de las medidas adoptadas se dirían cuestionables, al tiempo que otras que podrían ser eficaces permanecen todavía y a estas alturas en el baúl.

Toque de queda nocturno, en algunas Comunidades de este país, a las doce o una de la noche (¿para cuándo, normas consensuadas por un Comité de expertos?), mientras que durante el día se permite la asistencia a eventos multitudinarios manteniendo las distancias (¿es posible?) o en Madrid, por un decir, “macrofiestas autorizadas siempre que exista un plan de seguridad” (?), al tiempo que, en interiores privados, el número máximo de reunidos no deberá superar los diez (?). Eventualidades todas en las que, a más que su dudosa oportunidad, se constata la generalizada ausencia para su cumplimiento de la necesaria vigilancia, impracticable en domicilios y sólo esporádica en exteriores por parte de una policía quizá en buena parte refugiada para evitar el contagio (a no ser que, como algunos sugieren, también crean que el definitivo remedio no ocurrirá hasta que todos sin excepción seamos presas del virus). Ello hace posible que en muchos bares y restaurantes, como puede comprobarse, no se pida el código QR o la mascarilla quede al arbitrio de cada cual, convirtiendo en difusos los límites entre imposición o mera recomendación. Y en ello abundan además algunos otros sinsentidos, porque ¿mascarilla en exteriores aunque no haya nadie cerca, mientras que es sólo optativa en el camarote de los barcos, según he leído?

  Por lo demás, se sigue echando en falta el cribado de la información, evitando hacer obvio que es más difícil entender que juzgar. Y no contribuye a la necesaria toma de conciencia el preguntar a cualquier indocumentado su opinión sobre la vacuna o amplificar, en los medios, digresiones varias de gentes sin formación científica sobre el tema en cuestión. Ciertamente, e incluso para los entendidos, la realidad en que estamos sumidos puede ser escurridiza, pero las contradicciones y un relativo desorden mental podrían disminuir si el énfasis se pusiera en las aspectos cruciales: porcentaje de infección entre vacunados o negacionistas, perfil de los contagiados, de los más graves y en ellos posibles patologías concurrentes…, evitando repetir diariamente mucho de lo ya archisabido.

A día de hoy, aseguran que el contagio por virus ómicron, causante de la 6ª ola, es menos lesivo que el de la variante Delta, y también algún epidemiólogo augura que podría tratarse de la última. Sin embargo, entretanto, y a falta de evidencias concluyentes (por lo demás, nadie puede asegurar que no sobrevenga otra mutación, incluso de mayor agresividad), como profesional sanitario juzgaría oportuno:

-Proscribir el acceso de los no vacunados a un mayor número de lugares públicos, si no a todos excepto la calle.

-Plantearse la oportunidad, desde ya mismo, de declarar obligatoria la vacunación.

-Disponibilidad de test de antígenos gratuitos y límite al precio de las PCR.

-Estímulo a la investigación de tratamientos -no sólo medidas preventivas- para la enfermedad.

-Entrega de vacunas suficientes y sin coste económico a los países con menos recursos.

-Liberalización de las patentes para fabricación de las mismas.

Habrá sin duda opiniones encontradas. Y así nos va.

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LLEGÓ LA NAVIDAD. ¡ALEGRÍA!

            Saltos y zapatetas, que para eso, entre otras cosas, están las luces que adornan plazas y avenidas desde hace más de un mes. Se trata de llenarnos de gozo por sobre la Covid  y, aunque cada año sea un más de lo mismo, ¿en qué otra cosa podrían gastarse los Ayuntamientos el dinero que les sobra? Máxime cuando nuestros jerifaltes están convencidos de que no hay mayor júbilo que el auspiciado por la monotonía. Basta con escucharlos. De ahí los villancicos y apreturas cuando no el obligado aislamiento por causa de un virus que se crece en las aglomeraciones, aunque pueda seguirse escuchando, en cualquier situación, el reiterado bombardeo mediático para ampliar el espectro de los habituales regalitos. Y, encima, para asegurarnos un mayor bienestar, el sentar un pobre a la mesa no pasa de frase hecha.

Sobrevolando todo lo anterior, el niño Jesús de tapadera (de sopa o sartén) y justificación para, los que puedan permitírselo, comprar y engordar en los intervalos, aunque en ocasiones haya que esperar un rato porque el pavo “Está en el horno y aún le queda media hora”. El caso es que Iglesia y Mercado, sea este de alimentos, adornos o mera ropa interior, llevan siglos de la mano haciendo muchos, al amparo de los mitos, el negocio del año, y subordinando la gloria del más allá al placer económico del más acá.

Junto a todo lo anterior, algún que otro Papá Noel en simulacros de escalada por ventanas y balcones. ¡Tan graciosos ellos! En semejante escenario y encima con el precio disparado de la electricidad,  constructivos debates políticos, los escondidos millones del Emérito o esos tranquilizadores -por operativos- acuerdos internacionales para frenar el cambio climático, nada mejor que cuatro copas bajo la protección del Sumo Hacedor e incluso cuando se haya retirado ya la luminaria, allá por febrero para más hacer. ¿No son tiempos de incontenible alegría? Pues sonrían ustedes de oreja a oreja, aunque de derivarse algo bueno de la pandemia es que, tras la mascarilla, nadie se percatará si no lo hacen.

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LOS MEJORES DESEOS

¡BUENAS FIESTAS! (QUIEN ESTÉ EN CONDICIONES Y SIGA TENIENDO GANAS DE ESTE IMPUESTO DISFRUTE ANUAL). En un par de días, algo más sobre el asunto.

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