“Si el problema tiene solución no hay de qué preocuparse, y si no la tiene, tampoco”. En consecuencia, y de hacer caso a Confucio, se habrían terminado protestas y manifestaciones motivadas por los mismos. Sin embargo, no es lo que ocurre, y son los desacuerdos más dispares el motivo de frecuentes vociferios con distintos grados de objetividad, asumibles unas veces u, otras, producto de determinada ideología y oportunismos varios.
Cuando la crítica colectiva pone el énfasis en el motivo, sólo lo recalca, pero no suele implicar, como sería deseable, alternativas que pudieran asumirse en plazo razonable, así que tal vez lo que se subraya frente a terceros es la ausencia de las mismas o una manifiesta ignorancia de lo que hacer para cambiar las tornas y evitar que, soslayado el problema, surja otro de igual o mayor enjundia.
No obstante, tampoco se trata de volver la espalda al conflicto expuesto por asumir que terminará por resolverse sin necesidad de nuestro concurso. Lo que pretendo subrayar con estas líneas es la conveniencia, durante el griterío y con exposición de lemas rimados, eslóganes y consignas, de un paso más, añadiendo sugerencias y propuestas plausibles para la solución, lo cual, visto lo que viene ocurriendo, no acostumbra a suceder.
Tampoco se trata de desconfiar por sistema, como apuntaba en su día Andrés Trapiello, de las verdades que quepan en una pancarta, o sumarse al escepticismo de quienes opinan que la posmodernidad se caracteriza por la imposibilidad de cambios sustanciales.
Hay situaciones que demandan disyuntivas de mayor justicia social, sí, pero el esfuerzo debiera orientarse a algo más que describir la cuestión objeto de discordia porque, de no ir más allá, podría deducirse que no hay diferencia alguna con la actitud de quienes estarían en disposición de terminar con el problema – políticos -, más allá de aducir que éste, en efecto, existe. ¿Y?















