Se diría que la experiencia de la humanidad cae siempre en saco roto; que no se aprende nada de ella, vamos, a no ser que afecte en carne propia y es que, si vivir es ver volver, muchas veces comprobamos que regresa lo peor de cuanto ocurrió en el pasado, mientras los testigos actuales, que debieran decidir, continuarán por razones varias mirando hacia otro lado.
Para empezar, guerras desde que existe memoria histórica y hasta hoy, con Putin y Netanyahu abanderando las que siguen masacrando a la población sin hacer diferencias entre agresores e inocentes. ¿Alguien cree que serán las últimas?
Las democracias parecían ser un anticipo de su final y como desmentido ahí tenemos, frente a la más antigua, a ese Trump capaz de cualquier cosa con tal de llevarse el gato al agua mientras abraza a Milei o Abascal, que no son ejemplos precisamente de actitudes dialogantes para consensos que faciliten una paz duradera y, frente a tal posibilidad, regresa el fascismo en numerosos países y, por mirar cerca, basta con una ojeada a Vox y su talante.
Por lo demás, que nadie nos vaya a salir con la convicción que apuntara María Zambrano cuando afirmó que solamente a fuerza de errores se aprende a pensar, porque los tales no nos han hecho más imaginativos y sólo cavado agujeros en los que volver a caer. Las mujeres han alzado la voz, sí, pero ello no supone que los asesinatos machistas disminuyan en número año tras año. Y se extienden las recomendaciones para evitar la inhalación nociva del humo de tabaco e implementar hábitos saludables; sin embargo, la obesidad en aumento, y la contaminación medioambiental imparable al tiempo que se alude a los peligros de un cambio climático frente al que ningún gobierno, hasta la fecha, ha adoptado medidas contundentes, y es que la economía (la más rentable para los menos…) prima por sobre cualquier otra consideración.
¿Evidencias que consigan reorientar el comportamiento? ¿La memoria como guía de actitudes y resoluciones? Pues, visto lo visto, nadie lo diría.















