Es frecuente suponer que la soledad, sentado en tu cuarto de trabajo, acaba por aburrir. Sin embargo, prestar atención a cuanto pueda verse u ocurrir frente a la ventana, impide que se apodere de uno la monotonía que pueda derivarse del quehacer cotidiano, y es que cualquier cosa puede volverse interesante (Flaubert) con solo mirarla el tiempo suficiente, es decir: entretenerse en algo más que el ver, mientras se está pensando en otra cosa.
Nada de lo que muestra o propicia el entorno, sea cual sea el origen, puede dejarnos indiferentes a no ser que hayamos decidido no salir del propio interior, lo que, por otra parte, puede ser camino a la desesperanza y conducir a ese tedio propio de un cabaret sin rumba, como apuntara acertadamente la escritora Zoe Valdés.
Ejemplos de lo antedicho hasta decir basta, y baste con observar a ésa y sus manejos cuando limpia las persianas en la casa de enfrente, la teja que lleva varios días a punto de caer sobre cualquier transeúnte o las obras sin visos de terminar mientras el albañil se fuma un piti.
Junto a los contenedores de basura, objetos varios para deducir cuáles de ellos se llevará alguien a no tardar, la luna a punto de hacerse perfectamente redonda, los flecos de las nubes simulando formas y siluetas o ese perro, por localizar en su escondrijo, que aulla prolongadamente al sonar las campanas de la iglesia. ¿En que pensará? Gaviotas planeando sobre aquella chimenea y ni les digo, si llueve, el espectáculo de charcos o canaletas chorreando y, muchas veces, por donde no debieran.
El caso es que la concentración para cumplir con el objetivo previsto puede ser alterada cuando se mira, y la cotidianidad adornarse de imprevistos. Placer o carga según el ánimo, pero hoy me ha servido para un nuevo post, de modo que, siquiera por ello, ¡bendito el gato en ese portal!
















