DEL PIPÍ: ¿IDIOLECTO U ORDINARIEZ?

                          En el lenguaje médico, como sucede también en otras profesiones y no sólo entre colegas, suelen utilizarse palabras y expresiones que pueden ser ininteligibles para el oyente ajeno a las mismas; son idiolectos: útiles en determinadas ocasiones pero que debieran ser soslayados en otras y así lo he mencionado en algún escrito anterior. El repertorio verbal específico tiene indudables ventajas, aunque dé lugar también a malos entendidos si los interlocutores, repito, no están en la misma onda, aunque de ello no debiera derivarse el uso no ya del vocabulario habitual sino de vulgaridades o palabras malsonantes para hacerse entender. Máxime en determinados entornos, porque no es lo mismo emplearlas entre amigos que en encuentros de los que se espera mayor seriedad y precisión llegado el caso.

                      Los diminutivos pueden teñirse de broma o desprecio, las frases hechas sugerir escaso interés por el tema en cuestión y, en el ámbito sanitario, origen de la observación que seguirá, el respeto y la compostura son exigencias obligadas en el trato con enfermos o entorno de los mismos. Las buenas maneras no dificultan la comprensión sino todo lo contrario a más de facilitar la correcta interrelación, y es que lo que puede definir talante y profesionalidad no es únicamente lo que se dice sino también el modo de manifestarlo, y el citado idiolecto, así como expresiones groseras y malsonantes, pueden ser consecuencia de actitudes impropias e incluso ofensivas para el receptor de las mismas.

                    Viene todo lo anterior a propósito de lo escuchado semanas atrás cuando, acompañante para una consulta urológica, nos sentamos en la sala de espera, frente a la recepcionista y rodeados de unos cuantos varones de avanzada edad a los que podían suponérseles problemas prostáticos por la inquietud que manifestaban al tiempo que buscaban el excusado. Sin embargo, ello no justificó, a mi juicio, las formas en que la empleada, tras el mostrador, se dirigió a uno de ellos y al poco a otro. “¿Quiere ir a mear?”. “¡Si tiene ganas de mear, al fondo…!”.

                   En cada ocasión se hizo el silencio entre los circunstantes y nosotros nos miramos, inmersos en una mezcla de sorpresa, sonrisa y el rechazo implícito a las impropias formas de la chica. Podía haber utilizado otras palabras: orina, micción… “¿Precisa ir al lavabo?”. Y es que una sola frase puede marcar la diferencia entre profesionalidad y mala educación, sin que tampoco sea necesario acudir al idiolecto y referirse a incontinencia o premura vesical. Pese a todo y si vuelvo allí, buscaré el lugar adecuado para comprobar si lo suyo es ya costumbre cuando los ancianos, mientras esperan, dejan nerviosos el asiento y andan de un lado a otro como si los persiguiesen. E incluso, alguno de ellos, con la bragueta mojada.

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About Gustavo Catalán

Licenciado y Doctor en medicina. Especialista en oncología (cáncer de mama). Columnista de opinión durante 21 años, los domingos, en "Diario de Mallorca". Colaborador en la revista de Los Ángeles "Palabra abierta" y otros medios digitales. Escritor. Blog: "Contar es vivir (te)" en: gustavocatalan.wordpress.com
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