EL ALMA EN LAS ESTACIONES

                  Y no me refiero a las de tren, sino a esas cuatro del año: unas que, aun sin querer, interiorizamos e influyen con sus características en nuestro modo de ser y estar. Verano e invierno promueven sensaciones de índole opuesta, mientras que primavera y otoño son, también para el espíritu o al menos así lo percibo, estaciones de tránsito; provisionales en espera de lo que vendrá.

                     La primavera y su creciente dulzura nos rescata de lo pasado, mientras anuncia un porvenir donde podremos superar el encogimiento padecido y, llegado el verano, no solo podremos despojarnos de ropa sino de algunas restricciones sufridas meses atrás. La vida parece prolongarse con la mayor duración de la luz y, con su concurso, vacaciones, mayor socialización amen de expectativas que habían quedado, siquiera algunas de ellas, congeladas. Y aunque el verano pueda llevar aparejado, como escribiera Bufalino, un tiempo colérico, la mayor presencia del sol a muchos nos libera y estimula una visión más optimista sobre lo que haya de suceder.

                 Después, el otoño y, con el paso de los años, también el propio. El otoño y la ocasional chaqueta comienzan a desdibujar la anterior alegría del alma mientras apunta, cada vez con mayor intensidad, a un frío invernal que puede agarrotar cuerpo y pensamiento, obligados ambos en su sintonía al mayor aislamiento del mundo exterior cuando encerrados, envueltos en abrigos varios y cambiados los brillos por oscuridad. No queda otro remedio que aguantar hasta ese nuevo cambio de hora que ojalá nunca hubiese ocurrido al llegar el otoño. Que terminen las bajas temperaturas sabemos que en plazo variable sucederá y es, por lo menos, el incentivo para la seguridad de que manta y sofá no serán un definitivo escenario para el futuro. Afortunadamente, en invierno, pensar que todo tiene un final puede ser un eficaz consuelo. Y todo lo anterior a propósito de lo descorazonador que resulta pensar, estos días, en el disfrute que supondría una caña en cualquier terraza, lo que ahora no es posible so pena de quedar ateridos.

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About Gustavo Catalán

Licenciado y Doctor en medicina. Especialista en oncología (cáncer de mama). Columnista de opinión durante 21 años, los domingos, en "Diario de Mallorca". Colaborador en la revista de Los Ángeles "Palabra abierta" y otros medios digitales. Escritor. Blog: "Contar es vivir (te)" en: gustavocatalan.wordpress.com
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