Viajamos para el disfrute y acercarnos a la mayor felicidad posible; sin embargo, en cada ocasión solemos plantearnos la disyuntiva: irnos solos (en pareja, la familia…) o en grupo, y no es infrecuente comprobar, en el curso del trayecto o al finalizar éste, que no le faltaba razón a Steinbeck cuando afirmó que un viaje es como el matrimonio y uno se equivoca cuando cree que lo controla.
Hacerlo por cuenta propia supone mayor esfuerzo de planificación, los imprevistos deben solucionarlos los protagonistas y el tiempo dedicado al mismo, antes y durante, induce a plantearse si no habría sido más práctico delegar buena parte de responsabilidades en terceros. No obstante, y es motivo del presente post, el grupo organizado por cualquier Agencia dedicada a ello puede conducirnos a un distendido placer, sí, aunque en otras ocasiones esos días puedan llevar aparejados castigos y/o frustraciones sin otro alivio que el del regreso y, para ejemplificar lo expuesto, dos de mis viajes en grupo con experiencias contrapuestas.
El viaje a Polonia, junto a mi esposa y otra veintena, supuso un cúmulo de risas y sensaciones teñidas de bienestar: comidas en agradable conversación, nuevas amistades que han persistido a lo largo de estos años y una canaria, Vero, que hacía de los viajes en autobús un teatro de inolvidables ocurrencias junto a su marido al que llamaba Mivi (Mi Vida), aunque hasta el final creímos que era un amante (así nos lo dijo) en sustitución del esposo, abandonado en Tenerife.
En contrapartida a ese paseo por centroeuropa, a Chipre, años después, no pensamos volver: se nos enquistó el disgusto tras el poso que dejaron en nosotros muchos de los acompañantes y la relegación a que fuimos sometidos, ya que la mayoría de ellos ya se conocían de antes. Para los trayectos, nuestras sillas en la última fila del vehículo, desayunos y comidas donde podíamos porque ellos ocupaban la mayoría de mesas al completo.
Ignorados y, encima, una docena, de sentarnos junto a ellas, recriminándonos que no hablásemos en su idioma (conocido, y me disculparán que no lo explicite) cuando, entre mi mujer y yo, es el castellano nuestro lenguaje habitual. Como podrán deducir, “Esa luz brillante que es la presencia constante de los otros” no pasa de ocasional, y el grupo puede incrementar la satisfacción o, por contra, convertir la salida y su intención en propósito fallido. Por todo lo anterior, viajar sí, pero cuando en masa cuidadín, porque la suerte no cae siempre del mismo lado.