Vengo comprobando que los sentimientos que albergamos en lo más recóndito, pueden aflorar por circunstancias que muchas veces tienen nada que ver con sucesos ocurridos en la vida real. Y es que razón y sensibilidad pueden discurrir por distintos derroteros, la realidad que nos rodea ser archivada por sabida o asumir las novedades sin un pestañeo, aun cuando certifiquen una vez más egoísmos y violencias que nuestra especie no ha logrado superar. Por contra, la impavidez y distanciamiento con que nos protegemos del entorno cruel u ofensivo, pueden transformarse en aflicción lacrimosa frente a escenas de ficción, lo que hace preguntarse si acaso certezas e invenciones no se diferencien cuando nos llegan y son, estas segundas, más capaces de llegar al alma.
Impasibles o, todo lo más, el repudio ya manifestado con anterioridad, al ver en pantalla los desastres que siguen ocurriendo en Gaza o Irán. Por contra, como he tenido ocasión de comprobar, un llanto irreprimible cuando se contemplaba una dramática escena en la serie de TV “La promesa”, lo que prueba que, como espectadores, las emociones no se subordinan muchas veces a objetividad y razonamiento.
¿La explicación? Pues las habrá para todos los gustos. En ocasiones, lo imaginado, sean novelas, relatos orales o filmaciones, supera la realidad al enriquecerla con matices que en otro caso podría pasar desapercibidos y, un paso más allá, la invención – por copiar a Aristóteles – puede ser más verdadera que la propia historia.
Sin embargo, reitero, no deja de llamar la atención el por qué ciertos bulos, exageraciones, falsedades ya sabidas al tomar asiento frente a la pantalla o debates sobre temas que tal vez ni actores ni oyentes conocen en profundidad y repetidos hasta el hartazgo, pueden conmover al extremo de hacer saltar las lágrimas, y la agonía de ese personaje, actor/actriz que al terminar la escena se marchará a su casa, ser para muchos espectadores más conmovedora, vista su reacción, que la de los miles de niños masacrados entre bombardeos y derrumbes. A la vista semejantes escenarios, una cierta decepción sumada a otras, y por aquello de percibir un lado bueno en esas emociones traídas desde las fantasías más variopintas y palpitaciones por lo que nunca sucedió, asumir que, a diferencia de las surgidas por sucesos reales, no dejarán cicatrices y, al poco, si te he visto no me acuerdo. Hasta el siguiente capítulo.