¿EL INVIERNO TAMBIÉN NOS ENFRÍA EL ALMA?

                        A la luz del día y en estos meses, los abrigos disimulan contornos y las sugestivas curvas que en verano resaltaban para el placer visual de muchos. No hay grupos ni sonrisas, nos cruzamos con la mirada baja, a paso ligero, cuidando de no resbalar y, en los comercios, sus escalones exteriores donde con mejor tiempo se sentaban los maridos a esperarlas mientras ellas compraban, son ahora helados bancos de piedra para la nada. La mayoría de aquellas terrazas que frecuentábamos permanecen cerradas; “Volvemos en marzo”, rezan algunos anuncios bajo el cielo encapotado. Y las aceras son, estos meses, pistas de silencio.

                   Nadie en las ventanas o esos balcones con mesita y dos sillas para pasar el rato; sólo se mueve alguna que otra bandera saludando a la ventisca, y las ramas de los árboles en agitado lamento mientras sus caídas hojas subrayan la vegetal rendición. La ciudad se diría abandonada por sus moradores y ya ni les digo al ponerse el sol: las farolas sólo alcanzan a iluminar ese vacío que únicamente cruza el rumor de los aires acondicionados, yo y quizá usted. Nada de sentarse en exteriores y junto a estufas que únicamente fingen proporcionar calor. Transitaremos en soledad y, con cada inspiración, el temor a pillar un catarro. Los dedos helados, y esa obligada salida, un castigo probablemente inmerecido.

                   Una estación ésta en la que suelen primar las ganas de que termine y, entretanto, soportarla de ser posible a buen recaudo. ¿Salir? Mejor cuando el tiempo mejore. Quizá todo lo anterior lleve aparejada un algo de tristeza, pero qué quieren: afirmaba Descartes que el frío agarrota el pensamiento y lo que es más – yo añadiría -: a veces puede llegar al alma.

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¡EL HORROR! ¡EL HORROR!

                Tales eran, antes de morir, las exclamaciones de Kurtz en la novela “El corazón de las tinieblas”. Pero lo que me ha llevado a escribir este post no son los terrores convertidos en materia literaria, sino los resultados de una encuesta sobre miedos varios, efectuada a una muestra de 16.500 personas en 30 países – España entre ellos – y publicada en la revista Journal of Global Health. Naturalmente, hay temores que cualquiera tendría y han dado origen a libros sobradamente conocidos: En “El salario del miedo” (Georges Arnaud), son los que acompañan a cuatro huidos de la justicia, y la mayoría recordamos la desesperación de Pascual Duarte, el personaje de Cela, cuando es llevado al patíbulo. Sin embargo, son los explorados en el citado estudio los que permiten un apropiado acercamiento a estados de ánimo que pueden comprometer el bienestar e incluso la salud.

                     Los participantes debían puntuar, de 0 a 10, la intensidad del miedo relacionado con una lista de 11 situaciones, fueran externas a ellos (guerras, terremotos…), desgracias en su entorno próximo (muerte de un familiar…) o tragedias personales (accidente, enfermedad, pérdida del empleo…). Resultó que, tras calcular las medias, el mayor temor era la pérdida de un ser querido seguido de la enfermedad personal; el accidente de tráfico ocupaba un quinto lugar, el desempleo el octavo… En resumen: el miedo a un cambio indeseado presidía todos ellos, sin diferencias sustanciales entre países, y la estadística obtenida, con independencia del orden en los miedos o modo de asumirlos, es oportuna porque pone el énfasis en la influencia de los mismos sobre estado físico y comportamiento.

                    El estrés consiguiente a las distorsiones emocionales, induce cambios negativos en el organismo: aumenta los niveles de adrenalina, la excitabilidad neuronal y puede promover conductas de riesgo para el propio afectado y/o su entorno. De ahí la importancia del tema en cuestión para diseñar las adecuadas estrategias educativas, de prevención y/o ayuda frente a los temores más frecuentes, pese a que sean posibles muchos más que los analizados: se citaba también el miedo a perder el móvil, a las cucarachas…, y Wagensberg apuntó en su día que incluso la felicidad genera angustia: la del temor a perderla. Quizá, por el sinfín de situaciones inquietantes, procure un suspiro de alivio lo que escribiera en su día Marguerite Yourcenar en su novela Alexis: “Nada acerca tanto como tener miedo juntos”. ¿No se defiende la socialización como necesaria para el equilibrio interior? Pues ahí queda eso. La amistad fomentada si aparece una araña cuando reunidos, o escuchamos que Trump (el pato Donald, según he leído) va a tomar medidas…

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LEER: A VECES UN CASTIGO

                     El hastío que pueden generar algunos libros puede asimismo hacerse presente en otras circunstancias, de modo que no es exclusivo de ellos: ustedes mismos lo habrán comprobado tras escuchar a Cuca Gamarra, Pedro Sánchez tras su chasco o ser abrumados por los comentarios de algún que otro evento deportivo. Sin embargo, hoy quiero referirme a un par de novelas leídas recientemente y que terminé por estricta disciplina. También me ha ocurrido en el pasado con algunas que debí dejar a la mitad para buscar un mejor rato, pero últimamente me obligo siempre a llegar hasta el final, lo que no hace sino poner en jaque la paciencia y cargar de razón a Bernard Shaw cuando advirtió que lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia.

                      Hay que leer con entusiasmo, de modo que la inmersión en la lectura no ha de suponer ahogo, sino un respiro por sobre la cotidianidad. Se hace, creo, para transitar otra realidad, pero la que describía “Grandes esperanzas”, de Dickens, me llevó a pensar que habría sido más acertada titularla “Grandes bostezos”. Afirma la contraportada que se trata de una novela de madurez, magistralmente construida y para muchos la mejor novela del autor, pero la vida de Pip, el protagonista, desde la niñez hasta su enriquecimiento y posteriores avatares, es de una reiteración insoportable, una fraseología que acaba por hacerse previsible y, en suma, cerca de 500 páginas para esquivar de haberlas sospechado en su contenido, de modo que cuando Schopenhauer escribió que él no leía libros que tuviesen menos de 50 años, supongo que pasó éste por alto.

                    Y por no seguirle la corriente, me dio por “Pájaros de América”, de Lorrie Moore: un conjunto de relatos con ninguna chicha y, en conjunto, todo un tostón repleto de americanismos, alambicado lenguaje, ironías sin contagio y, encima, faltos de argumento que pueda enganchar. ¿Elegido Libro del año por The New York Times? ¡Válgame el cielo! Tal el tedio con ellos, que estoy pensando en la relectura y volver a El Lazarillo de Tormes cuando no a Salgari y Julio Verne, siquiera por unos meses, para quitarme de encima el recuerdo de los reseñados. Lo único que mantiene mi duda es si acaso andaba sobrado de razón Fernando Aramburu al decir que, una vez muerto y enterrado, ¡cómo echaría en falta el aburrimiento! Si fuera el caso, Pájaros de América y Grandes esperanzas bajo su lápida. Y la mía cuando llegue el momento.

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LA ZBE EN PALMA: OTRO SACACUARTOS CON DISFRAZ

                          En línea con lo propuesto para las ciudades con más de 50.000 habitantes – unas 149 en el país, aunque en la actualidad no se haya puesto en marcha en más de 30, y algunas se hayan arrepentido y eliminado la ordenanza, cual es el caso de Gijón o Valencia -, desde el 1 de enero del año en curso se ha dispuesto que el centro de Palma de Mallorca sea considerado Zona  de Bajas Emisiones (ZBE), aunque las multas por incumplimiento de la normativa (200 euros) se pospondrán en principio hasta el 1 de julio si no cambian de nuevo el plazo, como viene ocurriendo.

                       A tal efecto,    y con el objetivo de disminuir la emisión de gases y mejorar en consecuencia la calidad del aire, se instalarán 16 cámaras para la lectura de las matrículas, siendo en principio prohibida la circulación de vehículos de gasolina con más de 25 años de antigüedad y de 20 en caso de combustible diesel, mientras seguirán permitidas motocicletas, concesionarios de servicios públicos, los destinados a cubrir emergencias, también el tránsito para acceder a aparcamientos municipales, establecimientos hoteleros y los coches – con independencia de su antigüedad – pertenecientes a propietarios empadronados en la zona o titulares de aparcamientos en la misma.

                    Con relación a todo ello, cabe preguntarse si en esta ciudad, y eludo hacer extensivo el análisis a otras por un menor conocimiento de las mismas, puede considerarse decisión oportuna y opino que no, pues se diría que obedece a otros intereses que el de contribuir en alguna medida a un mayor control del cambio climático. La flota afectada, en el centro de la ciudad, no superará de entrada un 4-5%, lo que supone un impacto de escasa trascendencia, pero es que, además, ello restringirá la movilidad de la población con menores recursos (habitantes de barrios periféricos, propietarios de vehículos con más años, mayor dificultad para cambiarlos dado el coste consiguiente…).

                     En conclusión: una prohibición sesgada, en línea con el escaso/nulo impacto de las decisiones políticas sobre la alteración ambiental y baste con revisar los resultados de los congresos internacionales a este respecto. ¿No sería de mayor efectividad peatonalizar alguna que otra calle, lo que afectaría a todos por un igual? Y por seguir con sugerencias, limitar el alquiler de vehículos turísticos, su circulación entre las Avenidas y el mar (la ZBE) o el número de cruceros que nos visitan (sólo uno de ellos contamina más que el parque móvil de prevista restricción), serían sin duda decisiones más operativas para el fin que en teoría se persigue, ya que en la práctica es plausible suponer que no hay puntada sin hilo y, en ésta, el hilo podría ser una mayor recaudación, tanto para el municipio (multas, aumento del precio de los aparcamientos) como para los fabricantes de parque móvil en un próximo futuro. Entretanto, para quienes hayan de circular por el centro y anden escasos de recursos para hacerse con un nuevo coche, pintarán bastos. Nada nuevo, por otra parte.

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¡AL FIN, UN REMANSO DE PAZ!

                        Por mor de los traslados paternos y hasta los once años, cambiaba de ciudad, de pueblo, antes de haberse hecho con amigos para siempre. Después, y acabado el bachiller, ¿qué estudiar? Cuando lo decidió, la economía familiar andaba en un tente mientras cobro, así que el verano anterior a su comienzo en la Facultad, situada en otra provincia, empleado de camarero en un hotel para disponer de cuatro perras con que comprarse los libros de texto – en un mercado de segunda mano – y contribuir a los gastos por venir, que enfrentó en los cursos siguientes trabajando anualmente, desde junio a octubre, en la Oficina Nacional de Inmigración francesa por la que debían pasar los vendimiadores, procedentes de España, antes de subirse al tren con sus maletas de madera y los vacíos bolsillos.

                    Finalizada ya la carrera y durante el Servicio Militar, solía escapar del campamento, en los primeros tres meses, atravesando el adyacente río de noche, con uniforme de soldado y la complicidad del cabo, para reunirse unas horas con la que sería su mujer. Sentimentalmente todo un triunfo pero, tras el matrimonio, el precario salario del hospital al que accedió no alcanzaba para la subsistencia de ambos y el pago del alquiler, de modo que, junto a dos conocidos, decidieron montar una oficina psicotécnica, que le proporcionaba un complemento económico dando charlas en colegios sobre temas que le eran por completo ajenos y debía preparar restando horas al descanso.

                     No pretendo hoy una crónica biográfica pero, al echar la vista atrás, le vienen aconteceres que a día de hoy se antojan cuando menos reseñables siquiera por el tiempo que consumían. Estuvo unos años enviando medicamentos (regalados por algunas compañías farmacéuticas) destinados a los indígenas de la selva peruana y, conseguido el contacto con el obispo de allá – desde la adolescencia proyectaba irse a la Amazonia -, se trasladó a Lima en barco (por el menor precio: un mes de travesía) como paso previo y en calidad de misionero seglar, pese a su agnosticismo. Vivía junto a su hermano, biólogo, a la espera de organizar un centro de asistencia sanitaria en los desconocidos parajes del río Madre de Dios, en una casa regida por monjas; tan aburrida la convivencia tras las prácticas de medicina tropical, que no les quedaba sino salir por las noches a escondidas para, con un par de piscos en cualquier bar, recobrar el ánimo.

                   Ya de vuelta obligada a España por problemas familiares, pasó meses en busca desesperada de trabajo y sintiendo en carne propia el sufrimiento por exceso de realidad de que hablara la escritora Annie le Brun. Conseguida finalmente la plaza hospitalaria y durante el prolongado ejercicio profesional, los enfermos/as a su cargo le rondaban la cabeza día y noche; decepciones, frustraciones y alegrías entremezcladas en vigilias e insomnios al tiempo que perseguía la excelencia a través de libros y congresos, lo que supuso estar junto a su familia menos de lo que hubiera deseado hasta que, ¡por fin!, la alusión e ilusión del título: una jubilación que trae aparejada (Dalí) la libertad de someterse a aquello que uno no está obligado a hacer.

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