¿EVOLUCIÓN? A DÍA DE HOY, ¡QUIÉN LO DIRÍA…!

                       En demasiados aspectos, el progreso otro que el tecnológico es a día de hoy más que discutible porque, desde que bajamos al suelo desde los árboles para hacernos sapiens de lo que convenga a cada cual, la evolución ha sido, como dijera H.G. Wells, una carrera entre la educación y el desastre. Energía nuclear para electricidad o bombas atómicas, hemos pasado de la flecha al gas letal y actualmente, con la I.A, engaño y manipulación estarán más al alcance de los mangoneadores que en tiempos anteriores.

                     Solidaridad cuando no hay cosa más productiva a la que dedicarse, porque se ha consolidado el énfasis en las diferencias y ahí están fronteras y pasaportes, persiste el racismo en muchos colectivos, adscripción a creencias, supercherías varias y, a modo de ejemplos, desde el encarcelamiento de una mujer por llevar mal puesto el velo, a verdades al gusto o el crecimiento de pandillas de influencers sin preparación otra que el dominio de canales de difusión ni más objetivo que el de compartir cualquier memez para hacerse con el santo y la limosna.

                        Al opositor se le bombardea o envenena – caso de Navalni en Rusia -, las guerras siguen siendo respuestas que se imponen sobre las cerebrales porque prima el dominio en lugar del acuerdo, y es que, en las interacciones, resulta más rentable decantarse por la depredación. En paralelo, el bienestar público se subordina a intereses privados, información o discursos políticos resultan mediatizados por los mismos, el beneficio se traga la ética y, a la estética, que le den. A resultas de todo ello, el capital es quien marca directrices y comportamientos. Incluso la investigación se subordina a expectativas económicas y, si los resultados alcanzan a beneficiar a los más, ello podría ser un resultado colateral.

                      El caso es que la evolución, con semejantes mimbres, podría terminar con todos nosotros en plazo inferior al que nos sea dado imaginar, ya se trate de la gestión de residuos, del efecto invernadero, emigración para escapar del hambre o las periódicas masacres. Y es que, entre otras circunstancias, sigue de rabiosa actualidad la observación del poeta Edmundo de Ory: “Unos cuantos granujas con sangre en las corbatas / afilan sus cuchillos en lingotes de oro”. Aunque aclaren la sangre con promesas, frente a la pantalla, para que simule el color rosa de la esperanza.

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DE LOS TOROS AL BOXEO

                     La violencia humana, sea espectáculo o como herramienta para objetivos varios, es siempre repudiable por inmoral. Puede sentirse igual rechazo que al escuchar los argumentos de Putin y Netanyahu cuando intentan justificar las masacres que llevan a cabo desde sus respectivos países, o al saber de ese descerebrado que drogaba a su mujer para que fuese violada por los amigos. Sin embargo, también la agresividad puede transformarse en lamentables representaciones teñidas de sordidez a la vista del placer que procura a los asistentes el maltrato y la tortura, sin que sirva de atenuante el que participen en las mismas políticos, intelectuales e incluso miembros de una realeza que quiero creer en franco declive por esas y otras circunstancias.

                 Hoy me refiero en concreto a la tortura de banderillas y espada, a los puñetazos que se dan y reciben en el ring… Actores todos en unos escenarios carentes de compasión. ¿Deporte? Habría que preguntar al toro; al caído con nariz o costillas rotas… ¿Competición? Para eso está el ping-pong, las carreras, partidas de ajedrez y, si me apuran, los test de inteligencia. Se trata más bien de negocios cimentados en el embrutecimiento de los convocantes, de los convocados y ajenos a esa solidaridad por la que la policía accederá a un pozo para salvar al gatito que cayó dentro pero al toro que le den, o la razón por la que el campesino será multado si mata al lobo que acabó con diez de sus ovejas pero, entre plaza de toreo y redil, nada que ver, siquiera por los beneficios que se generan en uno u otro caso.

               Como guinda del deprimente pastel, se debate si acaso los niños podrán asistir a las corridas, en paralelo al esfuerzo por mejorar su nivel educativo, lo que debiera incluir el rechazo a la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. ¿Contradicciones? Pues con ellas seguimos. Y así nos va.

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LOS CHINOS VENDEN. DE TODO Y MÁS

                    Proliferan sus tiendas sin que sepamos con certeza cuál es la razón de esta expansión empresarial en nuestro país, aunque sea buen ejemplo de un capitalismo desbocado, el suyo, bajo la sombra de hoz y martillo. Quizá obedece a la polivalencia de esa población (sin ser hábil no se puede ser chino, afirmaba el belga Henry Michaux en su libro de viajes “Un bárbaro en Asia”), empleados que entienden y chapurrean cualquier idioma distinto al propio, horarios que se alargan con aperturas de más de 12 horas y/o unos precios que suelen dar sopas con honda a los del entorno.

                      Sin embargo, cuando entro en alguna de ellas o las atisbo, suelo verlas con escasa clientela cuando no vacías, y alguien me dijo que para sus dueños es lo de menos porque se trata de tapaderas para blanquear el dinero obtenido con otros menesteres. Sea como fuere, hace poco han abierto otra, un bazar a poca distancia de mi casa y, como la mayoría, nadie en su interior excepto los empleados/as las más de las veces, pero no creo haber visto ninguna de mayores dimensiones si exceptúo Zara o El Corte Inglés – cientos de metros cuadrados, en 2 pisos – ni con oferta similar: desde tornillos a calzoncillos, de libretas a chancletas y todo con rima para alimentar mi autoestima, de sombreros a baberos, callicidas y pesticidas…

                      Tan variopinto el contenido, que no es de extrañar que los ingleses hayan cambiado nuestro aserto: “Se comportó como elefante en una cacharrería”, aludiendo a los destrozos que puede causar el comportamiento indebido, por un “ like a bull in a China shop “. Como un toro en una tienda china. Y es que no cabe imaginar, dado lo que puede llegar a acumularse en las tales, mayor desastre. Tanto es así que, para cualquier objeto que se les ocurra, no duden de que en cualquiera de ellas lo encontrarán. Siempre que consigan llegar antes que el toro de marras.

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SE VAN MARCHANDO Y CRECE EL SILENCIO

                      Conforme aumenta la edad, el destino de cualquiera implica que se vaya ensanchando el silencio que le rodea. Primero se fueron abuelos y padres, aunque para enfrentar esas pérdidas suele quedar aún mucha vida por delante y, en consecuencia, posibilidad de ensamblarse en relaciones varias que nos acompañen. Nada que ver con aquellos vínculos perdidos, pero hay que seguir, y crecen olvidos que, siquiera a ráfagas, suavizarán el tinte de las emociones que nos acompañan.

                        Después, de tenerlos, serán los hijos/as quienes se alejen y, si casados, las visitas se irán espaciando aún más, comenzando a crecer, en la cabeza de los progenitores, un manual de ausencias que será referente similar al diccionario que, según Auden, se llevaría si fuese relegado a una isla desierta. De venir nietos traerán consigo, al llegar a casa, un tiempo que será remedo del de sus padres cuando eran niños, pero representarán para la mayoría de nosotros el último eslabón de una cadena familiar -propia de algunas culturas, porque en otras el aislamiento se produce mucho antes – que, llegados a la adolescencia, se diría ya en vías de quebrarse para los abuelos. Es también el mirador desde el que recordar proyectos ultimados, dar vueltas a dudas sobre un futuro que se acorta y lamentar la pérdida de tantos amigos desaparecidos durante esa madurez que podría asemejarse a la de la fruta en el árbol cuando las vecinas comienzan a caer, augurando el previsible destino de todas ellas.

                         Sin embargo, nada de pesimismo, porque creo que no lo es el enfrentar nuestra deriva sin ambages y asumir una realidad que Quasimodo dibujó con claridad: “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra…/ y de pronto anochece”. No obstante, hay también algún que otro recurso para echarle un pulso al futuro. La aceptación de quienes somos, cómo nos hemos hecho y, siquiera a ratos, duplicarse para hacernos mutua compañía y poder dialogar, haciendo de la creciente soledad un relajante escenario, es estrategia que puede resultar. No podremos evitar, seguramente, que renazcan de vez en cuando duelos solapados y que la memoria alumbre alguna tristeza. Por ello conviene aprender a salir de uno mismo para, entre los dos que seremos, hacer más fácil la asunción de desapariciones y alejamientos. Y es que, de no estar solos y poder dialogar con nuestro otro yo, el ocaso de Quasimodo se hará más llevadero.

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TÍTULOS CON SAL

                    La sal, no sabría decirles si marina o sal de mesa, se incluye en numerosos títulos de novelas. Y no se trata de que otros sustantivos se empleen más o menos, sino que el hecho me viene llamando la atención por lo que seguirá. Como ejemplos de entrada, ahí tienen Palabra de sal de Mónica Collado, La sed de sal (Gonzalo Hidalgo), Los cristales de la sal (Cristina Bendek), La jaula de sal (Ibon Martín), Flor de sal…

                     Pero junto a ellas, otras también con sal tienen como autores/as a escritores que forman o eran, si ya fallecidos/as, parte del colectivo LGTBI; obras que porcentualmente y según mi apreciación superan con mucho a las “saladas” de autoría heterosexual, lo que lleva a preguntarse el porqué esa deriva de gais o lesbianas a condimentar su producción con semejante reiteración, haciendo de la sal un frecuente ingrediente de su producción literaria.

                  El precio de la sal, de la americana y conocida lesbiana Patricia Higsmith, fue publicada en 1951 con el seudónimo de Claire Morgan y reeditada, ya con su nombre y retitulada “Carol”, en 1989. Por lo que hace a varones homosexuales, ahí tenemos La sal de la lengua del portugués Eugenio de Andrade, La ciudad y el pilar de sal (Gore Vidal), La estatua de sal, obra del mejicano Salvador Novo, L´adolescent de sal, publicada en los años setenta por Biel Mesquida o, por ser ya suficiente para cimentar el enigma sobre tamaña atracción, La sal, segunda novela del francés -nieto de republicanos españoles exiliados allí- Jean Baptiste Del Amo.

                  A día de hoy, pese a mi curiosidad, no dispongo de explicación convincente sobre la cuestión  del por qué la sal, fuente de vida y básica en la cocina, goza de semejante atractivo en la inspiración literaria del colectivo reseñado. Quizá el tema de la homosexualidad, presente en bastantes de esas obras, o la de sus creadores, fuese hasta hace poco controvertido, repudiado y de ahí la sal como metáfora con la que afirmar su diferencia y mantenerla en salazón en espera de mejores tiempos. De no ser el caso y conocer alguien una mejor interpretación, estaría encantado de acabar con este interrogante.

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