La capital, ciudad de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, a 1132 metros de altura y Patrimonio de la Humanidad, es una preciosidad en sí, y ni les digo cuando contempladas sus iluminadas murallas al atardecer desde el Mirador de los Cuatro Postes, construido al parecer (1566) sobre un templo romano junto al río Adaja. Por lo demás, tanto lo visto como lo escuchado a nuestros guías durante el periplo por la provincia fue un placer, aunque matizado por el turbador silencio de los entornos.
Nos dijeron que por allí surgió lo de “Irse de picos pardos” como sinónimo de frecuentar a prostitutas que, durante el reinado de Carlos III, fueron obligadas a vestir falda con cuatro picos de ese color y así distinguirlas del resto. También hubo un tiempo en que la primera carreta de las que acompañaban a la soldadesca en sus tránsitos, era conducida por una mujer cuyos senos al aire propiciaban que ellos se adelantaran para contemplarlos, y de ahí que “Más tiran dos tetas que dos carretas”. Ignoro si habrá en todo ello algo de cierto, pero el sentido del humor parece frecuente en la zona como pude comprobar al leer el rótulo a la entrada de la Catedral en Barco de Ávila: “Cierren la puerta, que se escapa el párroco”.
Un pueblo, por cierto, en el que parece obligado comerse un plato de judías (las conocidas “judías del Barco”) tras contemplar el puente románico sobre el río Tormes.
No me extenderé demasiado sobre otros de los visitados, cada uno con peculiares atractivos: Madrigal de las Altas Torres con la casa natal de Isabel la Católica, hoy Convento de las Agustinas, y la Bodega de los Frailes, con una red de túneles bajo tierra y cuna del vino verdejo.
Piedrahita, flanqueada por la Sierra de Peñanegra, o Bonilla de la Sierra, con sólo 160 habitantes y donde en su día impartiera clases el poeta Gabriel y Galán; Arenas de San Pedro con las cercanas Grutas del Águila, descubiertas en 1963, y especial énfasis en Arévalo,
donde se diría obligado, a más de visitar el castillo, un paseo hasta la Plaza de la Villa, con sus espectaculares casas de atrios porticados sobre antiguas columnas de piedra.
Localidades todas que guardaré en la memoria aunque, como he mencionado, su quietud y la desertificación (ni un alma por las calles, la mayoría de casas cerradas…), común a casi todas ellas, me inducía a suponer, algún que otro rato y cuando vistas desde perspectivas varias, que así quedaría nuestro mundo tras la extinción de la humanidad. Y es que la España vaciada, por aquellos lares, me trajo en consecuencia aparejadas fascinación y un algo de tristeza.



















