EL SIETE ME TRAICIONA

                     Al número siete se le viene considerando tradicionalmente como poderoso; esencial. Una cifra cargada de simbolismo, definitoria y en muchas ocasiones definitiva como revelan numerosos hechos y circunstancias desde la más remota Historia y empezando, según algunos, por la misma creación del universo por un Dios que el 7º día descansó, quizá para recrearse en lo manipulado durante los anteriores 1º al 6º.

                 Eran siete las maravillas del mundo al decir de los antiguos, siete los números pitagóricos y también las notas musicales hasta hoy. Y cabe señalar que un feto sietemesino tiene mayor posibilidad de supervivencia que los alumbrados antes de dicho mes. Vengo asumiendo que eran 7 los lobitos y no cinco como en la peli, al parecer siete los pecados capitales y también los días de la semana porque, en ambos casos, un número mayor nos cargaría en exceso: de culpas o servidumbre laboral. El 7º sello es el último en el Apocalipsis, eran siete los sabios de Grecia y, por lo que a nuestra actualidad respecta, muchos aspiraríamos a siete vidas por emular a los gatos y a un séptimo cielo como exponente de la más absoluta felicidad, máxime porque no alcanzo a imaginar la frustración de quedar en el 4º o el 5ª, que se dirían más bien pisos del más acá e igual sin ascensor.

                   Tal vez el magnetismo del mencionado número haya cimentado mi conformidad en llegar a los setenta más que cumplidos, aunque de poder elegir para irme eligiendo – que apuntara María Zambrano -, prefería de nuevo los 17. No obstante, e inducido por todo lo anterior, cuando juego a los ciegos apuesto siempre por la terminación en 7 y jamás me ha tocado premio alguno, lo que me hace suponer que no todo habría de ser apología y, como ejemplo, también el desgarrón, hacerse un siete, debería incluirse en el historial del bendito/maldito numerito.

Publicado en Actualidad | Etiquetado , , , , , , | 6 comentarios

EN UN BAR DE SUPERSTICIONES

          Tras sentarnos, la camarera se acercó a preguntar y por su modo de hacerlo me pareció simpática, eficiente y, tras caérseme una moneda al suelo, buena conversadora por lo que siguió y con certezas a las que no podía dar crédito.

             -Recójala ahora mismo – me advirtió – porque de abandonarla, aunque sea un céntimo, le traerá la ruina.

            -¡No me diga! ¿De dónde saca eso?

            –Hay cosas que se conocen desde la antigüedad. Y como ha pedido una cerveza no tendrá problemas, pero no se le ocurra jamás brindar con agua.

                La miré con interés y supe que íbamos a seguir. Me vino a la cabeza Chesterton y su afirmación de que peor que no creer en nada es creer en cualquier cosa, pero en lugar de eso le pregunté si podría darme otros consejos. “Pues claro – me respondió de inmediato -: cuando vea una ambulancia toque madera para no terminar como el que transportan. Si emplea un salero, cuidado, y de caerle sal en la mesa tiene que espolvorearse con ella los hombros… ¡Ah!: y el espejo. Si rompiera uno, le perseguiría la mala suerte durante siete años. Hay mucho más, pero si continúo me despedirán por charlatana, así que voy a por la caña”.

           Mientras esperaba, decidí no contradecirla porque, como sabemos, las convicciones son impermeables, así que me puse a pensar en otros fenómenos paranormales por si a su regreso me daba por quedar a la par con ella. Podría sugerirle que sólo con deterioro cerebral puede triunfarse en política, o que para copar los medios no hay como apellidarse Sánchez o Rubiales, pero al aparecer, decidí ser más escueto.

            -¿Y qué opina del martes y trece?

            -¡Fatal! – contestó de inmediato -. Es el único día en que no leo. El resto, a libro por semana. ¿Puede recomendarme alguno?

              Pensé en “El infinito en un junco” e inmediatamente lo descarté por si se lo tomaba en sentido literal. Le aseguré que iba a pensarlo bien y ya me he decidido. Compraré “Con los pies en el suelo” y se lo llevaré de regalo, aunque frente a ella procuraré no pisar alguna de sus supercherías. No fuera a ser que, de hacerlo, me quede sin dedos en los pies y acabe en una ambulancia por no haber tocado madera.

Publicado en Actualidad | Etiquetado , , , , , , , | 6 comentarios

LEER LA ILÍADA A LOS GERANIOS

Hablar en cualquier idioma a quienes son incapaces de entender el mismo, es costumbre extendida. Emplear inglés o castellano con los taxistas japoneses es, como pude comprobar en su día, infructuoso. Al igual que el chino en Palencia, por un decir. Y a los niños/as de pocos meses, susurrarles frases de cariño mientras maman tampoco da resultado otro que acostumbrarlos a la voz humana, lo cual, seguramente, ya sea motivo suficiente.

Con las mascotas podría ocurrir algo parecido, pero de eso a extenderse en consejos y reflexiones (suelo asistir a ello cuando me cruzo con algunos que pasean junto a su perro) creo que media un abismo. “Cariño: no hagas caca ahí, que te lo tengo dicho”. “Espera y estate tranquilo que pronto llegaremos a casita. Allí te daré de cenar y luego vemos la tele”. “Cuqui: ve despacito y ten cuidado al cruzar la calle…”.

Como escribiera Wagensberg, existen tres lenguajes universales: mímica, música y las matemáticas. Sin embargo, y excepto el primero en ocasiones, los demás diría que no han entrado a formar parte del repertorio animal y, respecto al habla, tal vez algunas frases puedan llegar a hacerse inteligibles para canes, hámsters y gatos, aunque la extensión del obligado monólogo por parte del propietario/a, incluso con incursiones a ámbitos filosóficos, lo hace improbable más allá del “Quieto” o “Dame la patita”. Sin embargo, asistimos desde hace años a una verdadera cruzada en favor de la sensibilidad que emerge de cualquier ente vivo – plantas incluidas – y también de sus capacidades comunicativas, al punto de rozarse en ocasiones la frontera que separa sensatez de estupidez. Al paso que vamos, no me extrañaría asistir cualquier día a una solicitud de perdón por parte de la palmera sobre cuyo tronco hayamos orinado a escondidas y, en el curso de una mayor y mejor sintonía con todo cuanto nace y crece, del musgo al caracol, escuchar la lectura de La Ilíada a los geranios mientras los riegan en cualquier balcón. Y empezará a armarse la de Troya – por seguir en la antigua Grecia- de extenderse la costumbre..

Publicado en Actualidad | Etiquetado , , , , , , , | 9 comentarios

VIAJE A LAS RÍAS ALTAS DE GALICIA

                Aunque fuese como turistas, que no viajeros, disfrutamos de un placer aumentado por el hecho de que, al tratarse de circuito organizado, pudimos obviar las horas de previa planificación por contar ya con chófer, guía y reservas en los restaurantes de pueblos y ciudades que visitamos. A los 9 años yo viví en Foz (Lugo); allí me prepararon para el Ingreso de Bachillerato y aprendí a nadar junto a mi hermano en la atractiva playa de Llas, pero en esta ocasión el periplo discurrió por otros derroteros y, alojados con mi mujer en el pueblo de Sada, a unos 16 km de la Coruña y junto a la ría de Betanzos, hemos pasado unos días deambulando por la provincia y, de entrada, Santiago. La divisamos desde el Monte do Gozo y, una vez allí, Praza do Obradoiro, Catedral, el palacio Raxoi… ¡Pero a qué mencionar lo que muchos de ustedes sin duda ya conocen!

                    En Muxía, más conocida tras el naufragio del Prestige en 2002 y consiguiente chapapote, el Santuario de la Virgen de la Barca, en plena Costa da Morte y, cerca de allí, Fisterra, el cabo desde donde avistar cómo el mar se traga al sol en cada atardecer y su horizonte delimita, como se creía siglos atrás, el fin del mundo.

                  A unos 40 kms, en Dumbría, la cascada de Ézaro, con sus 30 metros de altura, cuando el río Xallas cae al Atlántico desde el embalse y crea esa enorme nube de vapor que años atrás servía de orientación a los navegantes. Más al norte, algunos pueblecitos marineros: Ortigueira y su “Estatua de la campesina” en medio de una de sus calles, Cedeira con los puentes sobre el río y San Andrés de Teixido, atractiva aldea con poco más de 50 habitantes y el pequeño santuario sobre los acantilados donde, según apunta el refrán, “Si no fuiste de vivo, irás de muerto”. Después, Malpica, puerto ballenero allá por el siglo XVII; enfrente, las islas Sisargas y, para finalizar, un último día en La Coruña (“ciudad de cristal” por la cantidad de miradores blancos en muchas de sus calles) y el gozoso deambular por el Paseo Marítimo, al parecer el más largo de Europa, la románica iglesia de Santiago, la Torre de Hércules o la Plaza de María Pita, en el centro de la segunda localidad más poblada de la provincia.

                Afortunadamente la lluvia, casi la regla en esta época y cayendo “con infinita paciencia” -así se dice en “Mazurca para dos muertos”, la novela de Cela – mientras nos desplazábamos a cuatro ruedas, solía cesar durante los paseos, no lejos de numerosos soportales donde refugiarse caso de intempestivo aguacero. Sin duda, abrazar el primer día a Santiago apóstol (si no yo, alguno de entre nuestros acompañantes) tendría algo que ver con dichas pausas entre chubascos… En resumen: una agradable gira por las rías altas y que, de no haberla ya vivido, les recomiendo.

Publicado en Actualidad | Etiquetado , , , , , , , | 19 comentarios

PALOMAS POR ÚNICA COMPAÑÍA

                  En muchas de mis andanzas matutinas lo veo, a primera hora, sentado en un banco de piedra del Borne -un paseo en el centro de Palma de Mallorca-, alimentando a las palomas con migas de su bocadillo y granos que lleva consigo en una bolsa. Es un hombre de edad avanzada, el pelo blanco y su vista fija en esas aves que acuden en aluvión en cuanto lo divisan. Esperan en las inmediaciones a que aparezca, ajenas a cualquier otra presencia e incluso, terminada la comida, permanecen a su lado hasta que abandona el lugar.

                    Se diría que han terminado por organizarse en su entorno a tenor de la reiterada generosidad con que las trata, de lo que ha resultado una alegría que embarga por igual a dador y receptoras, aunando revuelos con la sonrisa complacida del anciano y, tras contemplar la escena, he acabado por convertirla en uno de mis objetivos. Me recuerda al jefe de estación en la novela de Hrabal Bohumil, “Trenes rigurosamente vigilados”, cuya afición era también cuidar a las palomas que aparecían por sus inmediaciones.

                    Nunca había hablado con él pero, pasado un tiempo y tras reiterados cruces de miradas, me decidí a hacerlo junto al afectuoso saludo de rigor, para constatar lo que ya suponía: no huye del silencio – no le he visto cruzar palabra con nadie más, y por supuesto las aves no lo rompen-, sino de la soledad que, esa sí, se atenúa rodeado de alas y picoteos, cimentando una amistad que, he aprendido a su través, no se limita ni circunscribe a los miembros de nuestra especie y puede crecer entre seres tan distintos como ese viejo y unas palomas que subrayan lo que acertadamente escribiera Carlos Fuentes: que la verdadera amistad es saber estar juntos sin decir palabra, lo que, en el caso que hoy me inspira, resulta obvio. Esa amigable relación parece haber conseguido que mi personaje de hoy se haya reconciliado con la vida, y así parece demostrarlo la constancia con que acude diariamente junto a ellas. Yo he vuelto a casa esta mañana con la convicción de haber compartido una escena que, por entrañable, pienso repetir. Y es que el cariño vivido, entre él y sus palomas, termina por contagiarse.

Publicado en Actualidad | Etiquetado , , , , , , , | 6 comentarios