ALOJAMIENTOS ALTERNATIVOS POR SENTIDO COMÚN

                     Asistimos, desde hace demasiado tiempo, a un encarecimiento del alquiler que, a más de suponer dificultades a menudo insalvables para buena parte de la clase media y gran número de jóvenes en edad de emanciparse, lastra servicios esenciales y compromete salud y bienestar de la población en su conjunto. En diversas zonas de este país, y Baleares es buen ejemplo, los salarios de personal sanitario o trabajadores de servicios varios no alcanzan para pagar una vivienda y, como resultado, restaurantes sin suficientes camareros, la construcción a medio gas, hoteles carentes del personal requerido u hospitales y centros de salud con listas de espera inasumibles por falta de médicos y enfermeras/os que alcancen a cubrir las plazas disponibles.

                Cierto es que, como escribiera Ortega, la realidad se ofrece en perspectivas individuales, pero cuando ésta traduce deficiencias objetivas, el análisis debiera inducir a tomar medidas para, si no superarlas, cuando menos reducir su impacto, lo que no es el caso hasta la fecha y se traduce en consecuencias que sería posible revertir mediante una adecuada gestión. En Mallorca, ciertos bares pueden tardar media hora en servirte un café y otro tanto para el cobro, la limpieza en algunos hoteles deja bastante que desear, la atención primaria en sanidad se ha empezado a cubrir con médicos recién licenciados y sin la adecuada experiencia, una primera cita solicitada en cualquier servicio médico puede tardar meses con el consiguiente riesgo o, en Ibiza y por no seguir, algún que otro sanitario ha debido pasar la noche en un garaje por no disponer de piso. La deducción es obvia: ¿Quién se va a arriesgar a venir, si el sueldo no le alcanzará para comida y cama?

                 Si no fuera por las crisis, afirmaba Wagensberg, aún seríamos todos bacterias. Pero ya evolucionados y frente a la actual, corremos el riesgo de ser presos/as de ellas si decae la atención médica o hacer, con cada salida a la calle, una reiterada constatación de lo mal que andan las cosas. Y sin embargo, existen alternativas que podrían rebajar el generalizado malestar. Recuerdo, cuando trabajé un verano como camarero en un hotel de Llafranc, para costearme mi primer año de carrera, que todos los empleados vivíamos en el sótano, con armario y cama. Quizá una aceptable solución pasaría actualmente por recursos similares (y de ser habitación con vistas, mucho mejor, porque recuerdo una noche de lluvia en que el agua nos alcanzó las rodillas). Por lo que respecta a centros sanitarios, baste con advertir el sinnúmero de espacios vacíos y que podrían ser habilitados para tal fin, siquiera transitoriamente. En conclusión: mucho hablar de vivienda social, pero si junto a proyectos que en buena parte seguirán en el alero se impusiera un algo más de sentido común, tal vez se acortarían las listas de espera hospitalarias, así como, por no seguir, las jornadas de las Kellys .

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PARA OBSERVAR, SUPONER O DEDUCIR, EL SUPERMERCADO

                     Apuntaba Chesterton, y en muchos casos con sobrado acierto, que somos perezosos de mirada. Sin embargo, quitarnos de encima esa desidia puede procurarnos estímulos varios. Sin duda, prestar atención a nuestro entorno puede fomentar la imaginación y, en el supermercado o cualquier tienda, las actitudes de la clientela son un ejemplo más. Sea como comprador/a o mero acompañante, deambular sin prisas y emplear parte de nuestro tiempo en observar, nos procurará, a través de los gestos y comportamientos percibidos, incentivos para la reflexión y podrán alimentar deducciones que induzcan a la sonrisa, la compasión, interrogantes varios e incluso a la abstracción filosófica.

                  Respecto a los mercados, decía Eduardo Halfon en su libro El ángel literario que los compradores matutinos buscan calidad y, los vespertinos, descuentos. Pero más allá de esa dualidad, en unos y otros podrán apreciarse otras variables por razones múltiples. Los hay de decisiones rápidas, sin vuelta atrás y que se diría obedecen al cumplimiento estricto de lo planeado de antemano, sea en la carnicería o entre envases y paquetes , coliflores o rollos de papel de váter por recordar los tiempos de pandemia. Por contra, en ocasiones podremos asistir a arrepentimientos encadenados y a la búsqueda de una excelencia que tal vez sólo exista en su cabeza. Veremos al seguro de sí mismo o al de más allá ensimismado, un tercero dubitativo (la incertidumbre frente a la complejidad del entorno, en palabras de Wagensberg) y ese otro subordinado a decisiones ajenas.

                 Alguno/a habrá ansioso por escapar, de lo que parece castigo, junto a quien se diría capaz de hacer de las compras fuente de placer. Coexistiremos, a poco que nos fijemos, con personalidades meticulosas (“No me lo corte tan grueso. Quíteles los bordes; sí, pero con cuidado…”) o el/la que parece andar en busca de una quimera. Quizá nos topemos con el imitador, algún que otro pillastre con bolsa o bolsillo a punto si no se cree vigilado o quien debe seguir, cojeando por la artrosis u obligado a rascarse mientras espera turno. Sea como fuere, y si hemos dejado la introspección por el interés hacia los otros, saldremos con algo más que la cesta de la compra: sugerencias y atisbos para siquiera entretener, con ellos, los ratos de insomnio.

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EL ARTE SIN DOMEÑAR

              Si lo que reclama el arte es nuestra atención, bastará con que la dejemos suelta y libre de ataduras para que nos lo muestre en una panoplia capaz de transgredir cualquier limitación. Y es que dejando a nuestra vista vagar sin trabas, podrán seducirnos espectáculos y situaciones que no habrán requerido de pluma, martillo o pincel.

                     Esa sonrisa que nadie podría plasmar, a pocos metros el amoroso abrazo entre dos desconocidos, la sorpresa en la cara de un niño y para qué decir al mirar más allá o hacia lo alto: perfiles montañosos rizando un horizonte que tal vez se tiña de colores varios al atardecer, nubes cambiantes, arcoiris tras el temporal, sombrillas de colores nacidas del subsuelo o, bajo el azul, las cambiantes formas que dibujan esas bandadas de pájaros en ordenado vuelo hacia quién sabe qué lugar.

                 De ser cierto que, como sentenciara Heidegger, el arte no es cuestión de estética sino de verdad, ésta se revela en hechos o situaciones ajenas a intenciones y propósitos, sin adscripción a modas, escuelas y, sobre todo, libres de la mediatización del mercado. Todo puede se arte (Duchamp), pero en mi opinión – como simple espectador sin formación específica al respecto – no todo lo es, y si lo que se propone el artista es alimentar la imaginación, sin manipulación o intermediarios que dirijan el placer, no hay como dejar que nos invada lo que no tuvo autor ni será objeto de exposición en espera de beneficios: arte para la industria.

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SOLEDADES

                      Decía Marlow, en la novela El corazón de las tinieblas, que vivimos igual que soñamos: solos. Tras recordar su afirmación, no puedo por menos que dedicar este rato a escribir sobre una soledad que, buscada o impuesta, llega a impregnar muchos tramos de nuestro tránsito hacia el obligado final que podrá ser también dual: solos o en compañía. Entretanto, se antoja obvio distinguir entre el retiro interior o la incomunicación con nuestros semejantes y, en ambos casos, a veces por elección u otras debido a situaciones ajenas a la propia voluntad. Pero antes de seguir con el tema quiero subrayar que, en mi opinión, cualquiera podría meter la cuchara en parecidas divagaciones con igual autoridad o experiencia que la mía.

                      Rodeados de silencio y únicamente en compañía de uno mismo, es más fácil el viaje por la memoria, la construcción de ensoñaciones varias e incluso el explorarse en busca de las esencias que pudieran definirnos. La experiencia introspectiva tiene desde la antigüedad valoraciones dispares, y podrá ser asumida por las contrapartidas que ofrece, o suponer castigo cuando no es meta elegida sino accidente. En esa línea, cabe ensalzarla (“Cuando estoy solo, no estoy solo, estoy conmigo mismo”, puntualizaba Octavio Paz. “La soledad que uno busca no se llama soledad”, reza el epitafio en la tumba del poeta Pedro Garfias) o, por el contrario, denostar de la misma y así se constata en palabras de Malraux: “El peor sufrimiento está en la soledad que lo acompaña”, o al advertir Nietzsche que “Nadie enseña a soportar la soledad”.

                     Por lo demás, más allá de nuestra voluntad en uno u otro sentido: recluirnos para pensar y pensarnos o preferir la socialización, siquiera de vez en cuando, por ganas de trascendernos, lo cierto es que se viene comprobando un entorno cada vez menos proclive a las supuestamente enriquecedoras relaciones interpersonales, con el resultado de que el aislamiento sería cada vez con mayor frecuencia una experiencia inevitable, y la tecnología viene jugando un creciente papel en las barreras que nos separan de los otros. Horas frente a las pantallas de ordenadores en casa o la oficina y móviles por doquier, al punto de que los conocidos ya no te ven ni saludan y, cuando reunidos, cada quien a lo suyo. Eso si no te cruzas con esos de auriculares y que se diría hablando solos. Las pelis en TV, a los cines poco y, los desplazamientos, en las tradicionales cáscaras de cuatro ruedas o a toda velocidad y con el patinete por las aceras.

                  Ya nadie ladra al silencio en la España vaciada, pero el incremento poblacional de las ciudades sólo ha resultado en compendio de ruidos en vez de voces amigas, y cuando tranquilidad, la de los “no lugares”, cada vez más numerosos. Llegados aquí, para qué decir cuando en la tercera edad los deseados cuidadores/as sean suplantados por robots, como se anuncia. La soledad se va imponiendo, pese a quien pese, y nos coloca en la tesitura de tener que decantarse por la alternativa que ya propuso Aristóteles: para vivir solo, hay que ser un animal o un dios. De llevar razón el antiguo filósofo y tal como andan las cosas, lo vamos a tener crudo si no mudamos en dioses o bestias a no tardar.

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ASÍ ES

              -Desde las guerras antiguas a las que propiciaron los americanos en más de una ocasión o la de Putin hoy, verdades y mentiras respecto a ellas siempre se han transformado en puntos de vista. Y hay más: los partidos políticos, en perpetua pugna, están cuajados de iguales defectos que los denunciados; el cambio climático es sobre todo tema de discurso, que no motivo para la actuación y, en general, las protestas suelen obedecer al propio interés: reparen en las recientes huelgas francesas por la prolongación de la edad laboral, o el malestar de los empresarios por acá, cuando se propugnaba aumentar el SMI en cuatro perras.

              ¿Otros ejemplos? Comerciantes y compañías de aviación se pasan por el forro la contención de precios para productos básicos o los descuentos caso de residentes insulares; el derecho a la vivienda es una falacia, y si un okupa echa el ojo a tu piso, estás listo. Para más ilusiones frustradas, la asistencia sanitaria si acaso se consigue la cita antes de unos meses, o la de una muerte digna si hay quien se preste a allanar ese camino. Las buenas relaciones se sobreponen a la igualdad de oportunidades, y se sigue echando en falta un comité que establezca un orden de prioridades para el gasto público…

               Muchos gerentes no han demostrado su eficacia en la gestión antes de ser digitados. En este país, el último Ministro de Cultura no pasó del bachillerato, la de Sanidad, dimitida meses atrás, no conocía del tema antes de ser nombrada, quizá el de centro de ética de no sé qué, esté procesado, o tal vez el/la de medio ambiente se haya construido una casa ilegal… Todo ello puede ser de dominio público, pero siguen, seguirán y, lo que es más sorprendente, el país funciona lo mismo con unos u otros.

                Al viejo que lo cuenta le dicen que está chocho. ”¡Siempre quejándote! ¡Nos tienes hartos! Y luego a vueltas con tu reuma y que has de levantarte cuatro veces por la noche para hacer pipí. Para ti más importante un váter cerca que la corrupción o el padecer social, ¿no? Pues menudo juez… Además, ¿no estás cobrando un dineral de pensión, de por vida, tras haberte metido en política menos de diez años, que es lo único que has hecho parecido a trabajar?”.

                   -Pues claro. Pero no os hacía una crítica de cómo funcionan las cosas, sino una crónica. Son intercambiables. Es lo que hacemos todos según por dónde sople el viento… ¿O es que aún no os habéis enterado?

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