RUIDOS EN CASA

                    Décadas atrás, nos acompañaba en la propia vivienda un equipaje de silencio que sólo rompía, ocasionalmente, la sartén en la cocina con el freír de las patatas, los chisporroteos en la estufa, pasos de la madre cuando ya acostados nos traía la bolsa de agua caliente o, si abríamos  la ventana, algún que otro aleteo de pájaro asustado. Para nuestra desgracia, a diferencia de entonces hoy vivimos entre ruidos y, aunque al decir del griego Sófocles hay algo de amenazador en un silencio demasiado grande, peor resulta tener que soportar a cualquier hora su ausencia, como bien sabemos todos, a causa de zumbidos o detonaciones procedentes de la  casa o el exterior y al extremo de vernos obligados a envejecer junto a ellos.

                    La radio ha dado paso a la TV y la antigua camilla al aire acondicionado, el microondas avisa al terminar y sus silbidos pueden solaparse con los de la lavadora de ropa, secadora o el lavavajillas. Por completar el coro, batidora y aspiradora, la rumba, un calefactor portátil en invierno y esa advertencia sonora de la nevera si permanece abierta; whatsapps en el móvil, despertador en la mesilla, timbrazos en la puerta o desde la entrada del edificio y, todo ello, junto a pitidos de ambulancias, barcos o procedentes del camión de la basura. Pero me quedaría corto de no mencionar las motos o maletas de turistas cuando arrastradas sobre los adoquines.

                  En consecuencia, la concentración mental de cualquiera se ve hoy dificultada al extremo de convertir los tapones para los oídos en accesorios cotidianos. De ello puede resultar que, de ser preguntados: “¿Estás sordo/a?”, pues la callada por respuesta, y es que la voluntaria incapacidad de oír es también, en alguna medida, una apuesta por intentar regresar al tiempo que fue, aunque ahora hayan cambiado tanto las circunstancias que un tercero podría un buen día advertir el maltrato que padeces por mor de la autoimpuesta sordera:

          -¿No esperabas el paquete? Están llamando desde abajo. ¿Eres tonto o te lo haces?

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ACCIONES INÚTILES, IRRELEVANCIAS…

                  Estamos rodeados, muy a nuestro pesar (aunque de ser los protagonistas, quizá andaríamos en las mismas…), de decisiones intrascendentes cuando no banales y que, de no existir, tal vez incitarían a un suspiro de alivio. Consideren, de disentir, lo poco que nos aportan la mayoría de artículos en prensa, el aluvión de nonadas en las redes, los debates políticos donde la esencia se basa en poner al oponente de vuelta y media, o declaraciones sin trascendencia alguna y cuyo único objetivo es quedar bien: los discursos de líderes europeos sobre el genocidio israelí sin traducción en medidas coercitivas, los del Papa en pro de la paz y la concordia y que harán sin duda arrepentirse a Putin y Netanyahu…

                   En las ciudades, el control de los ruidos, procedan de vehículos o puro vociferio en las terrazas de cualquier bar, una quimera, al igual que la deficiente vigilancia sobre ventas ilegales en perjuicio de quienes pagan impuestos. Los anuncios sanitarios en medios de difusión priman el posible beneficio de las correspondientes empresas sobre la utilidad, en muchos casos por demostrar, y para qué decirles de los contenedores de basura bajo tierra que comportan, a más de un mayor gasto para su instalación, el que conlleva la limpieza de los mismos. Y para finalizar un listado que podría hacerse interminable, ¿alguien puede justificar esos tapones, en las botellas de plástico, adheridos al cuello de las mismas y que la mayoría de nosotros separamos de un tirón? ¿Por qué no se hace lo mismo con las garrafas de agua u otros envases, sean de aceite o vinagre?

                 El caso es que, entre inútiles ocurrencias, palabras vacuas y justificaciones traídas por los pelos, muchos seguimos obligados a aguantar cuanto nos echen encima o percuta los oídos, mientras ellos seguirán creyendo que han dado en el clavo. Por ello, ¡cuánta razón asistía a Rubert de Ventós cuando afirmó que en el otro mundo se expían los pecados y en éste, se pagan las tonterías!

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LA GORDURA EN CANDELERO

                        Sobrepeso y obesidad se han triplicado en la población mundial desde 1975, habiendo convertido el eslogan de Juvenal, Mens sana in corpore sano, en poco menos que una quimera para muchos. En el año en curso se calculan en USA un 42.5% de habitantes con exceso de peso (es el país que encabeza la lista) y en Europa lo padecen uno de cada seis adultos, porcentaje que en España es hoy del 18.7%. Pero la grasa parece ir a más y así, para 2050 se prevé que serán obesos más de mil millones en el planeta: una de cada 5 mujeres y cada 4 varones, con mayor incidencia en ellas debido a que la postmenopausia es proclive a unos kilos de más . Por otra parte, el acúmulo es también lacra infantil. Globalmente, unos 40 millones de niños menores de 5 años y uno de cada cinco entre los 5 y 15 años, no está en el peso considerado normal por altura y edad.

                   Las causas son varias y la mayoría sobradamente conocidas más allá de factores biológicos (genéticos, alteraciones metabólicas, trastornos hormonales…). Entre otras, sedentarismo, consumo excesivo de alcohol o determinados alimentos, y asimismo muchas de las consecuencias que no sólo afectan a la salud favoreciendo la diabetes, enfermedades cardiovasculares, algunos cánceres, trastornos del sueño o infertilidad amén de otras derivas, sino que el aspecto del obeso/a puede provocarle trastornos emocionales varios: ansiedad y depresión al verse en el espejo o por las actitudes de terceros, y una estigmatización que dificulte su relación con el entorno.

                  Por lo expuesto, se deduce la necesidad de actuar, personal y colectivamente, en aras de la adecuada prevención o tratamiento. Se trataría de evitar el sobrepeso promoviendo el acceso a comida saludable tanto en áreas urbanas (¡Ya basta de hamburguesas!) como en los colegios, y alentar la actividad física facilitando la movilidad (¡Ya basta de patinetes!), máxime cuando sabemos que más de un 80% de adolescentes, en el conjunto de países, hacen menos ejercicio que el recomendable y sólo el 25% entre la población adulta se mueve lo suficiente. Pese a las buenas intenciones de los afectados y su posible afán por llegar “al inapresable peso de las sombras”, como escribiera Lezama Lima en su novela Paradiso, también se conoce que únicamente un 11% de quienes intentan normalizar su peso lo consiguen o mantienen, de alcanzarlo, pasado un año.

Problema en auge el de la gordura y de lenta resolución cuando se logra, a pesar de que existan a día de hoy ayudas complementarias: desde la psicoterapia a medicación específica (Semaglutida). Pero de seguir con sobrepeso, tampoco es conveniente insistir en el fracaso y quizá, en algún caso, convendrá traer a colación como recurso paliativo a Josep Pla y la seguridad con que afirmó que a los hombres nos siguen gustando sobre todo la ópera, el vino dulce y las mujeres gordas. Ignoro si a ellas les pasa lo mismo en su juventud o bien pasada la cincuentena, que es cuando el asunto, como he mencionado y tras el cese menstrual, se agrava, con los sudores y sofocos consiguientes.

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¿FILTROS PARA ALGUNAS OPINIONES?

                   Por descontado que, para cualquier asunto o suceso,  están totalmente legitimados para expresar la opinión en los medios, y a más de los profesionales del periodismo, expertos en el tema de que se trate: médicos y enfermeras/os en cuestiones sanitarias, sociólogos o arquitectos en cuanto a la masificación o construcciones en suelo rústico, biólogos, ingenieros, docentes si hablamos de educación, físicos de traerse los agujeros negros a colación… Sin embargo, como todos sabemos, venimos leyendo o escuchando con creciente frecuencia, sea en tertulias o a título personal y sin debate de por medio, estimaciones sobre lo más variopinto, procedentes de quien no puede acreditar formación alguna al respecto y con justificaciones traídas por los pelos. La libertad de opinión no pasa de farsa si no se basa en información suficiente y objetiva, pero podemos asistir a la exposición de un actor/actriz sobre las querencias de los dinosaurios u oír las digresiones sobre la Covid de Miguel Bosé, negacionista y sin pajolera idea al respecto.

                              Es sabido que, como subrayara Nietzsche, los enemigos de la verdad no son las mentiras sino las convicciones, así que es frecuente anteponer las creencias al conocimiento y apostar por ellas aunque los hechos las contradigan. Si sumamos a ello la generalizada reticencia a reconocer los propios errores, se extiende el riesgo de estar expuestos a un aluvión de sesgos cuando no falsedades, porque verdades y supuestos sin base objetiva alguna, pueden solaparse en muchos opinantes y convertir sus valoraciones públicas de cualquier acontecer en herramientas para la confusión.

                     En consecuencia, se diría oportuno, por profiláctico, establecer filtros que impidiesen la difusión incontrolada de estupideces que, hasta la actualidad, siguen gozando de cancha sin traba alguna, máxime si el autor/a es conocido por motivos varios y con independencia de sus ocurrencias. Por supuesto que no se trata de limitar la libertad de expresión y, sea en el bar o en las redes, cualquiera ha de poder manifestarse a su gusto, pero en los medios públicos, prensa, radio o TV, quizá se debiera proteger a la población de sandeces, evitando en lo posible que el oyente/lector corra un creciente riesgo de ser permeado por opiniones carentes del adecuado sustrato y que podrían llevar aparejadas indeseables consecuencias. A modo de ejemplos, ahí tenemos a Trump negando el cambio climático, A Belén Esteban preguntándose con Bosé sobre la eficacia de las vacunas, cualquier soplagaitas evaluando los tratamientos contra algunos cánceres, Vox opinando sobre el colectivo LGTBI o un jugador de fútbol analizando el futuro de la I.A. Y nada que objetar si ello sucede en casa o frente a una caña, pero a los medios deberíamos exigirles mayor prudencia en cuanto a hacerse eco de según qué y por quién. Nos va el progreso en ello, y es que las memeces también se contagian.

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HERENCIAS PARA MÁS DE LO MISMO

            Desde que se quedó viuda, sus dos hijos no cesan de pedirle el reparto de mil y una maneras. Que si lo pactado tiempo atrás, cuando el padre vivía, es injusto porque las dos mitades son desiguales; a uno ya le satisface su lote, pero el otro ha calculado el valor de lo suyo y sale perdiendo, la recrimina porque adivina una preferencia por el menor que no puede admitir…

            La esposa contaba a su marido lo que venía pasando con su íntima amiga y a él, ajeno al problema, sólo se le ocurría algún que otro consejo mezclado con digresiones sobre la convivencia de aquella familia que, a lo que parecía, iba camino del deterioro.

             -Uno de ellos -sugirió durante la conversación- lo que quiere es el braguetazo que, como sabes al igual que yo, no sólo se planifica en algún que otro noviazgo. Poder comer de la sopa boba cuanto antes y a su madre que le den. En cuanto al segundo de los hermanos, igual es que lo decidido ya le va bien, o prefiera no pelearse con la que tiene todavía la sartén por el mango…

              -¡Hombre…! -respondió su mujer-: todo puede ser, pero me consta que ella no podría vivir sin la renta del piso alquilado y el negocio. Les reparte la mayor parte de los beneficios, ha renunciado a las reformas de la casa en que vive para no gastar en lo que no sea estrictamente necesario y, en los años que le queden, ahorrar cuanto pueda con tal de verlos contentos pero, aún así, el mayor en sus trece y el otro mirando las musarañas.

               -Cariño: no sé que relación pueda haber mantenido tu amiga con sus hijos, pero de haberlos educado como se debe, no andaría ahora en esas. Por lo que dices, el mayor debe pensar que es él quien merece la mejor tajada y si de ello se deriva que a la hasta ahora dueña no le quede ni para comer, pues ya se verá. Yo creo que, si te pide consejo, deberías decirle que el problema viene de atrás y ahora lo tiene difícil. En resumen: lo único que puede hacer es plantarse, llevar el testamento con lo que decida sobre sus bienes a la notaría y, si se enfadan, ancha es Castilla… Me gustaría saber cómo se llevaban con su padre y si se habrían portado igual con los dos a la vez. Cabría deducir que lo que ahora les vendría de perlas es que ella desapareciese cuanto antes. Una pena de familia que, como habrás comprobado, tiene poco que ver con la nuestra. ¿Te imaginas a nuestros hijos sometiéndonos a la misma tortura?

               Meses después, supieron que la pobre mujer había muerto.

              Años más tarde, los hijos de aquella pareja que tanto había compadecido a la ya extinta viuda, consiguieron que ambos aceptasen trasladarse a una residencia de la tercera edad. Para ser bien cuidados, les repitieron hasta conseguirlo, y es que su envejecimiento, aunque gozasen aún de buena salud, argumentaban, los tenía preocupados. Uno de ellos se quedó con el domicilio donde sus padres habían vivido cuarenta años, y los otros vendieron o alquilaron todo lo demás pero, eso sí, debido a aquella educación de la que el padre se enorgullecía, iban a visitarlos cada tres o cuatro meses(a pesar de residir en la misma ciudad, pero es que andaban muy liados) y, el día de Navidad, los sacaban a comer. A un restaurante barato, de medio pelo, y todos tan contentos.

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