Décadas atrás, nos acompañaba en la propia vivienda un equipaje de silencio que sólo rompía, ocasionalmente, la sartén en la cocina con el freír de las patatas, los chisporroteos en la estufa, pasos de la madre cuando ya acostados nos traía la bolsa de agua caliente o, si abríamos la ventana, algún que otro aleteo de pájaro asustado. Para nuestra desgracia, a diferencia de entonces hoy vivimos entre ruidos y, aunque al decir del griego Sófocles hay algo de amenazador en un silencio demasiado grande, peor resulta tener que soportar a cualquier hora su ausencia, como bien sabemos todos, a causa de zumbidos o detonaciones procedentes de la casa o el exterior y al extremo de vernos obligados a envejecer junto a ellos.
La radio ha dado paso a la TV y la antigua camilla al aire acondicionado, el microondas avisa al terminar y sus silbidos pueden solaparse con los de la lavadora de ropa, secadora o el lavavajillas.
Por completar el coro, batidora y aspiradora, la rumba, un calefactor portátil en invierno y esa advertencia sonora de la nevera si permanece abierta; whatsapps en el móvil, despertador en la mesilla, timbrazos en la puerta o desde la entrada del edificio y, todo ello, junto a pitidos de ambulancias, barcos o procedentes del camión de la basura. Pero me quedaría corto de no mencionar las motos o maletas de turistas cuando arrastradas sobre los adoquines.
En consecuencia, la concentración mental de cualquiera se ve hoy dificultada al extremo de convertir los tapones para los oídos en accesorios cotidianos. De ello puede resultar que, de ser preguntados: “¿Estás sordo/a?”, pues la callada por respuesta, y es que la voluntaria incapacidad de oír es también, en alguna medida, una apuesta por intentar regresar al tiempo que fue, aunque ahora hayan cambiado tanto las circunstancias que un tercero podría un buen día advertir el maltrato que padeces por mor de la autoimpuesta sordera:
-¿No esperabas el paquete? Están llamando desde abajo. ¿Eres tonto o te lo haces?


















