MUCHAS PALABRAS, HOY, CONTRA LAS CUERDAS

                      Se va incrementando el listado de palabras tabú, que en opinión de muchos deben evitarse y ser sustituidas por sinónimos o eufemismos que eviten el matiz ofensivo que se les supone. A continuación me referiré a unas cuantas, desde palabros a neologismos que orillan aquellas consideradas cuando menos de mal gusto, aunque se hayan empleado tradicionalmente sin que la sociedad haya sufrido por su uso , y hasta donde sé, lesiones éticas de consideración.

                     Los viejos son ahora mayores, ancianos o de la tercera edad, y pudiera ser que con ello se pretenda restarles artrosis o arrugas. El gordo/a, mejor con sobrepeso y, si entrañable, nada como acudir al diminutivo y llamarle/a rellenito/a. En parecida línea, a no tardar los mancos, cojos o tuertos, serán desequilibrados de seguir inmersos en ese pudor sobrevenido que evita lo que no ha mucho eran nombres o adjetivos de uso común. ¿Evolución del lenguaje?, podríamos preguntarnos, aunque yo diría, más bien, intentos de apostar por las hojas y dejar el rábano para próxima ocasión si acaso su mera mención lleva aparejados otros supuestos. Problema en todo caso del hablante, que no del sujeto en cuestión, varón o mujer, porque vamos a ver: ¿qué diferencia sustancial existe, en cuanto al grado de ultraje, entre subnormal e infradotado? Pues ni una cosa ni otra sino disminuido, minusválido o discapacitado y todos tan anchos, porque con esas alternativas ( los prefijos “minus” o “dis”, serían menos lesivos que “sub” o “infra”) al parecer no se sentirán por debajo de la media, como podría ocurrir de seguir con los adjetivos de antaño.

                   Pero hay más, que doy por sabido. Si al negro es mejor designarlo como africano o persona de color, el enano será pronto proscrito en tal mención y en su lugar, pequeño, bajito o diminuto. Y como supondrán, no podría terminar sin aludir a la homosexualidad. Lleva camino de ser aceptada por una mayoría como de libre elección y ojalá hubiese ocurrido desde mucho antes, pero, ¿por qué mejor visto el anglicismo gay que marica, como decíamos años atrás? O lesbiana en lugar de tortillera, sin que quede claro el motivo por el que se considere de mayor delicadeza apoyarse en Safo, la poetisa homosexual de Lesbos, en lugar de recurrir a la simple tortilla (francesa o de patatas con o sin cebolla, a elección) para el apelativo. En fin, y por terminar, a no tardar el barrigón, tripón o panzudo ya no será tal, sino “prominente”, “convexo” o algo similar. ¿Recursos lingüisticos? Es posible, aunque de su oportunidad a la gilipollez, un paso. ¡Con perdón: a la tontería! Y es que en aras de lo políticamente correcto, como argumentan algunos, se imponen tales dictados para mantener el rebaño al que pertenecemos bajo un mejor control y, como venimos observando desde Trump, a quienes discrepen, ¡aranceles y a cagar! O mejor -perdón de nuevo-, a hacer aguas mayores.

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LOS DOS PLATOS DE LA BALANZA VITAL

                    Uno de ellos sostiene el cariño familiar junto a la satisfacción por conocidos y amistades procuradas en nuestro devenir desde la infancia; el otro, la memoria que guarda a quienes nos van dejando. En síntesis, el mundo de los vivos y el de los muertos orientando la dirección del fiel en esa balanza propia de cada cual.

                      Desde nuestros primeros años y conforme crecemos, inclina el platillo, hasta reposar sobre su base y no moverse, el peso de nuestras relaciones con el entorno; todas de posible aparición para bien o para mal, pero compartiendo el mundo conocido. Es más adelante, llegados a la madurez, cuando el otro plato, hasta entonces suspendido en lo alto por casi vacío, empieza a descender cargado de duelos y nostalgias por quienes han comenzado a desaparecer de nuestra vida, y es que habremos llegado a esa etapa en que, como escribiera John Berger, los muertos circundan a los que van quedando.

                    Se van extinguiendo progresivamente aquellos que respiraban a la vez que nosotros, y los recuerdos de su pasada existencia acabarán por crecer más que los nuevos contactos, al extremo de cambiar la orientación de la romana y terminar venciendo ese contrapeso en aumento. Sobrevivimos y tal vez aún con buen aspecto, pero la oscilación de los platillos, ahora hacia el lado contrario al de antaño, no deja de recordarnos que aquí la meta es partir, y para conocer la edad de alguien no es preciso consultar su carné de identidad: bastará con echar un vistazo al grado de equilibrio/desequilibrio de su balanza, porque el vencimiento progresivo hacia el lado opuesto al inicial es también predicción de su finito porvenir. Los que conocíamos se fueron y llegará el día en que, ya definitivamente hacia un lado desde tiempo atrás, nuestra báscula de cruz se hará invisible a la par que el cese de los pálpitos que la albergaban. En su deriva hasta la muerte del propietario, toda una cruz el peso de los seres queridos que nos precedieron y que han ido inclinándola cada vez más, año tras año, como un augurio del propio final.

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ACCESOS A LA FELICIDAD

                       De entrada sería oportuno contextualizarla y, tal vez, la aceptación sin ambages de uno/a mismo/a y sus circunstancias sea la que procure sentimientos de paz y bienestar. Sin embargo, e incluso de albergarlos, no son inmutables, de modo que la felicidad constante no pasa de quimera y sus altibajos pueden incluso deducirse de algún título: “33 momentos de felicidad”, libro de Ingo Schulze. En cualquier caso, ¿cómo hacerse con ella, siquiera temporalmente? No hay fe que valga (ni siquiera en el más allá), porque es la cotidianidad y sus derivas lo que incide en nuestras emociones e incluso, cuando temporalmente alcanzada en alguna medida, el temor a perderla (Wagensberg) la carcome.

                     Cualquiera de los eventuales lectores podría divagar sobre el tema con iguales fundamentos que los míos: ayuda a saborearla el disponer de tiempo libre y recursos suficientes, aficiones que satisfagan… Pero lo que hoy motiva el post es haber dado con un estudio de Harvard, publicado en julio del pasado año, que resume el iniciado en Boston en 1938 sobre el estado anímico de tres generaciones consecutivas y que englobaba a 2000 personas -de abuelos a padres e hijos- seguidas durante 85 años. Se cita que los dos factores en común a todos, para la satisfacción, eran el cuidado de la salud (acceso a un adecuado sistema sanitario de ser preciso, ejercicio, alimentación equilibrada…) y buenas relaciones con otros. El nivel educativo procuraba mejores salarios y mayor porcentaje de éxito profesional, todo lo cual puede ser gratificante, pero se diría fundamental – y así lo remarcan – el mantener amplias y profundas conexiones sociales, lo que daría razón a Aristóteles cuando afirmó que, para vivir solo, hay que ser un animal o un dios.

                    Vivir quiero conmigo (Fray Luís de León), y nada que objetar sino todo lo contrario porque tampoco se trata de estar constantemente acompañado, pero ello no excluye, a tenor del estudio mencionado, desarrollar habilidades que procuren reuniones, actividades compartidas y diría que también el amor. Nunca es tarde para dirigirnos en esas direcciones, terminan recomendando los autores, y es que la felicidad, según Stendhal, también es contagiosa. Transitamos en su búsqueda mientras soportamos la ocasional carencia en su ansiada espera, y es que como escribiera García Márquez en Del amor y otros demonios (las citas no vienen de Harvard; son de cosecha propia), no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad. Por eso, ¡a por ella, aunque se nos resista!

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RUIDOS EN CASA

                    Décadas atrás, nos acompañaba en la propia vivienda un equipaje de silencio que sólo rompía, ocasionalmente, la sartén en la cocina con el freír de las patatas, los chisporroteos en la estufa, pasos de la madre cuando ya acostados nos traía la bolsa de agua caliente o, si abríamos  la ventana, algún que otro aleteo de pájaro asustado. Para nuestra desgracia, a diferencia de entonces hoy vivimos entre ruidos y, aunque al decir del griego Sófocles hay algo de amenazador en un silencio demasiado grande, peor resulta tener que soportar a cualquier hora su ausencia, como bien sabemos todos, a causa de zumbidos o detonaciones procedentes de la  casa o el exterior y al extremo de vernos obligados a envejecer junto a ellos.

                    La radio ha dado paso a la TV y la antigua camilla al aire acondicionado, el microondas avisa al terminar y sus silbidos pueden solaparse con los de la lavadora de ropa, secadora o el lavavajillas. Por completar el coro, batidora y aspiradora, la rumba, un calefactor portátil en invierno y esa advertencia sonora de la nevera si permanece abierta; whatsapps en el móvil, despertador en la mesilla, timbrazos en la puerta o desde la entrada del edificio y, todo ello, junto a pitidos de ambulancias, barcos o procedentes del camión de la basura. Pero me quedaría corto de no mencionar las motos o maletas de turistas cuando arrastradas sobre los adoquines.

                  En consecuencia, la concentración mental de cualquiera se ve hoy dificultada al extremo de convertir los tapones para los oídos en accesorios cotidianos. De ello puede resultar que, de ser preguntados: “¿Estás sordo/a?”, pues la callada por respuesta, y es que la voluntaria incapacidad de oír es también, en alguna medida, una apuesta por intentar regresar al tiempo que fue, aunque ahora hayan cambiado tanto las circunstancias que un tercero podría un buen día advertir el maltrato que padeces por mor de la autoimpuesta sordera:

          -¿No esperabas el paquete? Están llamando desde abajo. ¿Eres tonto o te lo haces?

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ACCIONES INÚTILES, IRRELEVANCIAS…

                  Estamos rodeados, muy a nuestro pesar (aunque de ser los protagonistas, quizá andaríamos en las mismas…), de decisiones intrascendentes cuando no banales y que, de no existir, tal vez incitarían a un suspiro de alivio. Consideren, de disentir, lo poco que nos aportan la mayoría de artículos en prensa, el aluvión de nonadas en las redes, los debates políticos donde la esencia se basa en poner al oponente de vuelta y media, o declaraciones sin trascendencia alguna y cuyo único objetivo es quedar bien: los discursos de líderes europeos sobre el genocidio israelí sin traducción en medidas coercitivas, los del Papa en pro de la paz y la concordia y que harán sin duda arrepentirse a Putin y Netanyahu…

                   En las ciudades, el control de los ruidos, procedan de vehículos o puro vociferio en las terrazas de cualquier bar, una quimera, al igual que la deficiente vigilancia sobre ventas ilegales en perjuicio de quienes pagan impuestos. Los anuncios sanitarios en medios de difusión priman el posible beneficio de las correspondientes empresas sobre la utilidad, en muchos casos por demostrar, y para qué decirles de los contenedores de basura bajo tierra que comportan, a más de un mayor gasto para su instalación, el que conlleva la limpieza de los mismos. Y para finalizar un listado que podría hacerse interminable, ¿alguien puede justificar esos tapones, en las botellas de plástico, adheridos al cuello de las mismas y que la mayoría de nosotros separamos de un tirón? ¿Por qué no se hace lo mismo con las garrafas de agua u otros envases, sean de aceite o vinagre?

                 El caso es que, entre inútiles ocurrencias, palabras vacuas y justificaciones traídas por los pelos, muchos seguimos obligados a aguantar cuanto nos echen encima o percuta los oídos, mientras ellos seguirán creyendo que han dado en el clavo. Por ello, ¡cuánta razón asistía a Rubert de Ventós cuando afirmó que en el otro mundo se expían los pecados y en éste, se pagan las tonterías!

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