PANDEMIA, CRISIS Y BURNOUT

No es de extrañar que la situación que estamos viviendo haya exacerbado un malestar social que individualmente puede denominarse como burnout. Así fue etiquetado el estrés crónico – en sanitarios, aunque obviamente puede afectar a otros trabajadores – por el primero que lo describiera en 1974, el psicólogo Herbert Freudenberger, tras sus observaciones en una clínica de Nueva York. Una reacción emocional caracterizada por el cuestionamiento de la propia estima y sensación de agotamiento, frustración y desesperanza frente a expectativas o una apuesta inicial (quizá vocación ) que se prevé abocada al fracaso.

Al sentimiento suelen añadirse alteraciones somáticas: dolores de cabeza, inapetencia, insomnio… Inicialmente se apreció su mayor frecuencia entre los trabajadores en Servicios de Urgencias hospitalarias y Cuidados Intensivos; sin embargo, las actuales circunstancias, comunes a muchos oficios (horarios prolongados, medios insuficientes, economía mermada y todo ello sin visos de solución a corto plazo), explica la extensión del burnout a un sinnúmero de actividades sin relación con la sanidad, de modo que se extiende la sensación que apuntara Miguel Hernández: de querer ser trueno a quedar en sollozo y, ya con el síndrome establecido, tal vez muchos podrían identificarse con el heterónimo del escritor Pessoa cuando afirmaba que “No hay mendigo a quien no envidie sólo por no ser yo”.

Como resultado de todo ello, se viene comprobando el aumento en el número de suicidios o, por rebajar el dramatismo, tasas más altas de trastornos mentales que en 2019, con  alrededor de 5 millones de personas en este país afectas de cuadros depresivos y la consiguiente escalada en la venta de ansiolíticos, lo que prueba, a más de los cuantiosos beneficios para algunos, la extensión del cuadro a estamentos otros que el sanitario. Es obvio, a tenor de lo anterior, que el burnout trasciende las características del entorno laboral, los “quemados” en el ámbito médico son sólo una parte del problema, y pretender la resiliencia sin las oportunas modificaciones estructurales es una forma de enfrentar el síndrome echando balones fuera. Porque de no considerar la salud mental de la población laboral tema prioritario en el destino de fondos que puedan afianzarla, se abrirá el camino a una generalizada decepción y su traducción en conductas insolidarias y autodefensivas por sobre la persecución del bien común. Ya está ocurriendo.

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MASCOTAS PARA EL CEREBRO

Los filósofos cínicos, en la antigua Grecia, tenían al perro como emblema. Por algo debía ser, y es que nunca conviene echar en saco roto el saber de pasadas épocas. Pudiera ocurrir que ya entonces conociesen que la compañía animal, cuando sentida como entrañable, puede aliviar el espíritu de variadas pesadumbres, mejorar el carácter del dueño e iluminar las emociones, aportando a su vida nuevas perspectivas.

¡Cualquiera sabe del mejor control sobre esos más de cien  mil millones de neuronas que alberga nuestro cerebro! No obstante, parece que las mascotas, a largo plazo, mejoran la interrelación entre ellas y así se desprende del estudio que en su reunión anual (Abril de 2022, abstract 671) presentó la Academia Americana de Neurología. Basado en la observación de 1369 adultos, más de la mitad cuidando de su mascota durante por lo menos 5 años y en comparación con el grupo control, sin gato o perrito que les ladre, la aplicación de test cognitivos demostraba que, con mascota a su vera, se mitigaba  el deterioro cerebral y la salud mental aumentaba de forma significativa en los mayores de 65 años, aunque las razones disten aún de estar claras y podría tratarse de varias a un tiempo.

Tal vez los diarios paseos con el can y el consiguiente ejercicio, sumado a las flexiones para recoger sus excrementos, juegue cierto papel, sumado al alivio del estrés que supone el callejeo. Como resultado de todo ello, una disminución de la tensión arterial y, según indican, de los niveles de cortisol. Concluyen los autores que adquirir una mascota no puede recomendarse como terapia –máxime, añadiría, si ello precisa actualmente de un curso previo de formación y, después, cuidadín con el comportamiento so pena de multa- pero, quien la tenga, convendrá que la mantenga en vista de las observaciones precedentes. Y es que si de ello se derivan sentimientos positivos, será superfluo analizarlos y la intelectualización sólo servirá para ensombrecer lo que para los dueños puede representar una feliz comunión con el (por lo general) de cuatro patas.

Llegado aquí, debo confesar que ignoro si estudios o conclusiones similares están en la base de los entusiasmos animalistas, o qué mascotas proporcionan semejantes o parecidos beneficios. ¿Estarán desde los monos a los ratones, pasando por loros y periquitos,  incluidos en el saludable abanico? En cualquier caso, deduzco que si alguien quiere mascota, hágase con ella, si la tiene consérvela aunque le arañe, ladre de noche o le obligue a limpiar y es que, a tenor del estudio y pese a todo, sus neuronas lo agradecerán sin preguntarse si el benefactor es galgo, podenco, hámster  o gatito de angora.

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PUGLIA: ASÍ LA VIVIMOS

           

              Alcanzamos a ver mucho, y si bien es cierto que la actual masificación turística – los mallorquines sabemos de eso – resta algo al placer que procura un viaje, siempre anima el pensar que, como acertadamente afirmase alguien tiempo atrás, el peor recorrido es el no realizado. En nuestro caso, lo hicimos por atractivas ciudades y en agradable compañía. Caminata por el Paseo Marítimo de Bari, uno de los más largos de Europa; la diferencia abismal entre la ciudad de Matera, en un espectacular entorno ocre, con sus casas trogloditas excavadas en la roca, y “La ciudad blanca” de Ostuni. En Alberobello, edificios del siglo XVII y con los techos cónicos de piedra caliza, admirados por la espectacularidad de Lecce o, tras nuevos amaneceres, los paisajes marítimos en Otranto, Gallípoli y Polignano.

             

                 Ya de regreso, me comprometí a escribir un post por si a alguien de entre el grupo le apeteciese leerlo y aquí está, aunque tras la común experiencia me apetezca destacar alguna impronta sin relación con el paisaje; detalles, trivialidades pero que, como en la mayoría de viajes, quedan en la memoria junto a lo admirado e incluso se perpetúan más allá de fachadas, playas y monumentos.

              Estábamos esperando, en Polignano, los minibuses que debían llevarnos al autobús con el que iríamos al aeropuerto para volver a Barcelona, pero un corte de carretera nos puso en dificultades. Para evitar retrasos, en el que cabían 15 nos metimos 25 con la mitad de pie, oscilando en las curvas y, por un excesivo peso, el chasis del vehículo rozando el asfalto en los desniveles. Sin embargo, los aprietos fomentaban alegres gritos a coro, al tiempo que el conductor, en cada ocasión y con acento italiano, exclamaba: “¡Torero! ¡Ole!”. Aludía a él mismo con una complacida sonrisa, y yo me di a pensar si la afición por los cuernos estaría creciendo en Puglia o tal vez, sabiendo de nuestra procedencia, supondría que era más adecuado referirse a la llamada Fiesta Nacional que tararear el “Volare” de Modugno, oriundo del pueblo que dejábamos atrás. Aunque no fue el último colofón y, ya en espera para sacar las tarjetas de embarque, a punto estuvo un compañero, C. G., de agredir al venezolano que se había colado delante. Por fortuna la cosa no pasó de llamarle sinvergüenza junto a otras lindezas, mientras el susodicho seguía mirando al frente como si tal cosa y algunos se interponían entre ambos para evitar lo peor.

               Pero, ya acabado todo, sería injusto no mencionar el desvelo que tanto Chus como Teresa – organizadora y guía, respectivamente – pusieron en hacer de las visitas materia para el recuerdo. Y si algo habría sido susceptible de mejora (la situación del primer hotel, en el extrarradio, o una distribución de los tiempos cuestionable), no pudo oscurecer su absoluta dedicación y, en el caso de Teresa, la excelente oratoria con que nos amenizó los paseos, así como el amplio conocimiento sobre los lugares programados en nuestro periplo por la bota del país. Nos llevaron de la mano y es algo de agradecer aunque, si he de poner una objeción, es la de no haber podido practicar, por eso mismo, aquello que al decir de Walter Benjamin es lo más importante en cualquier viaje: aprender a perderse.

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LAS PERIFERIAS

            Los extrarradios de las ciudades, y me refiero a barrios incluidos dentro del área metropolitana, suelen con frecuencia identificarse con lugares empobrecidos y descuidados, cuando no de riesgo por el talante de quienes los habitan. Sin duda los hay que albergan clanes violentos y muchos polígonos industriales invitan a un rodeo; sin embargo, algunas zonas periféricas que quienes vivimos en el centro no acostumbramos a frecuentar, pueden deparar agradables sorpresas, de modo que vale la pena, siquiera de vez en cuando, dedicar unas horas a deambular por ellas, asumiendo que, como advirtiera Claudio Magris, las fronteras pueden ser barreras y también puentes que nos permitan nuevas experiencias y, como quien dice, a cuatro pasos.

Todo lo anterior, a propósito de recientes paseos (algunos repetidos por el placer que obtuve tiempo atrás) por las inmediaciones de la ciudad de Palma de Mallorca. Por cierto, la mejor del mundo según la calificara hace unos años el periódico The Times y quizá no le faltase razón, a pesar de que seguramente no incluía en su apreciación algunos alrededores de evidente  atractivo y no únicamente por la cercanía al mar. Ocurre en muchas urbes de la península y recuerdo con nostalgia los paseos con mi hermano, hará ya más de 40 años, por el camino de Alfar (ahora El Far), a la salida de Figueres. Pero la motivación para estas líneas ha sido, en mi ciudad de ahora y más allá de Es Molinar, Es Portixol o los bosques de Bellver, perdernos por urbanizaciones cercanas y que hasta aquí no había frecuentado: Son Cotoner, Son Moix

Pocos transeúntes, menor el tráfico y en consecuencia mayor tranquilidad; abundantes espacios verdes, vistas al descampado o a los montes en el horizonte, en un sucedáneo de pueblos que me han llevado a recordar con nostalgia el de mi niñez, aún pendiente de glosar. Lugares sin historia, distritos con menos anclajes al pasado que los núcleos urbanos y, por eso mismo, abiertos al porvenir. Naturalmente que hay arrabales, como digo, de variado pelaje, pero para el justo juicio sobre los mismos, convendrá evitar los apriorismos y, por hacer caso a Pitágoras, huir de los caminos concurridos siquiera de vez en cuando. Y es que aprender a perderse es una asignatura que, como he venido comprobando y probablemente también muchos de ustedes, puede dar mucho de sí.

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AL HIJO QUE SE VA

                 (Escrito muchos años atrás, cuando dejó el hogar para irse a estudiar a otra ciudad)

 No podría decirte cómo he llegado a esto, pero empezó contigo y acabará conmigo. Aunque no me haces daño ni me hieres. Es sólo que te quiero. Y por eso te llevo.

Ahora debo arrancarme de ti

  para que no te pesen mis recuerdos,

 y me repito que debes estar solo

para poder crecer.

Lo sé desde el principio y me he quedado,

pero contigo dentro y sin tenerte,

buscando entre los dos, mano con mano,

el mundo que despierte

con esa tu primera sonrisa de adulto

que ya no gozaré.

Aunque eres mi memoria

y en ella yo te mimo y te recreo,

soñando con mirarte y que me vuelvas,

cuando los dos sabemos

que no sucederá.

Te vas a hacer sin mí, y en tus regresos

me dejarás constancia

de que el tiempo es distinto para ti.

Yo traeré mi alma toda por fuera de la piel

mientras esté contigo,

pegándola a tus ojos y a tus gestos,

y de ellos viviré.

Me regarás tu imagen y me darás la nueva,

y yo a ti no sé qué.

En tu principio tampoco lo sabía y hoy me pesa.

Cuando sepas quién eres, yo tal vez ya no esté.

Tu acento y los canarios que cuidabas,

los libros, los naranjos,

y el perro que ladraba cuando oía el motor.

Y hoy ruedas en silencio,

 el azahar asesino y el veneno cantor.

Por eso quiero hablar: para dejar impreso

un nudo en la garganta que no puedo aflojar.

Para lanzarme fuera, para verme por dentro

y hacer de la nostalgia, que me impide olvidar,

el arco de mi beso.

Mientras conserve fuerza te alentaré la huida

y velaré las plumas de tus alas.

Cortándome los dedos

se me irá de las manos el hilo de cometa.

Te ayudaré empañado, me nublará la pena

y, sin embargo,

removeré los vientos del planeta.

El aire que tú agites

aliviará mi cara

de tempestad salada y candente metal.

Y aunque no me recuerdes desde arriba,

yo te imaginaré volando recto:

limpio y honesto,

como hecho de cristal.

De niño te he vivido de soslayo

pero, si hacemos cuentas,

tus años del principio los has dejado en mí.

Hemos crecido juntos y lo hemos hecho bien.

Y con esa creencia pongo rejas al miedo

del futuro sin ti.

Te pido que no pares mientras subes,

y a Dios o a los infiernos que me esperen

para verte volar.

Traicionado de huesos y tendones,

y ultimado el vigor, me asiré al tuyo

con ternura de niño, con amor mineral.

Sin otro peso ni mayor demanda

que poder recrear los ecos de tus sueños

cuando llegue al final.

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