LA SOLEDAD ASALTA LA NAVIDAD

Era de esperar que, llegados a Diciembre y con la que está cayendo, la triste rima del título terminase por aparecer, aunque habríamos agradecido el retraso y es que, entre el Coronavirus y el virus de la Corona, estamos la mayoría hasta donde se imaginan.  Para el segundo se diría que ya estamos con inmunidad de rebaño tras el borboneo de siglos a modo de vacuna, y es el primero quien nos ha cogido a contrapié en una agresión que, más allá del ataque genético, ha detenido el mundo e individualmente empobrece y empareda, lo que en estas fiestas se hace especialmente doloroso y abona el terreno para, con Machado, cantar en estas fiestas lo que se pierde.

Todas las familias felices se parecen y, por eso mismo, sentirán por igual la privación de las ternezas domésticas crecidas en el pasado, desde Nochebuena a Reyes. Con la contribución de la normativa oficial, que ha extendido a la sociedad entera el Nunquam duo (nunca dos), antes sólo regla de los seminaristas, nos veremos privados este año de juegos infantiles, risas y evocaciones compartidas, al punto de que podríamos suponer que la poeta Pizarnik intuía lo por venir cuando escribió que Los que llegan no me encuentran. / Los que espero no existen.

Los silencios agitarán los recuerdos hasta producir dolor, y así habremos de seguir hasta bien entrado el nuevo año; las noches serán más largas y las calles más vacías. Escucharemos las campanadas en exigua compañía y, el brindis, con la nostalgia espumeando en las copas. Pese a todo, convendrá mantener la sonrisa, procurar el abrazo con quien podamos e irnos a la cama con el convencimiento que embargaba al que aseguró que todo alcanza un final. La tristeza inclusive.

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MI ONG ECHA EL CIERRE

La ONG Voluntaris de Mallorca, con actividad desde hace más de 30 años, primero en Cuba y ulteriormente en Guatemala y Perú (pozos de agua, financiación de alimentos, becas escolares, atención sanitaria en aldeas selváticas…), a más de en la propia isla balear, ha decidido poner fin a su empeño solidario y, debido a las dificultades para viajes y contactos que se derivan de la actual pandemia, proceder a su definitiva disolución, con la justificación adicional de no hallar suficientes reemplazos entre los jóvenes para unos integrantes de la misma mayoritariamente en plena madurez. Todos son conscientes de una decisión que afectará gravemente a los otrora beneficiarios e incorporará a las vidas de los voluntarios tristeza y remordimientos pero, a falta de alternativas viables, habrán de cargar con la pesadumbre pese a saber, desde sus inicios, lo precario e insuficiente de la ayuda prestada en el contexto sociopolítico en que estamos todos inmersos.Los países desarrollados se llenan la boca de solidaridades varias allende sus fronteras, pero la compasión también es, por sobre las migajas que regalan, una estrategia que disfraza la vergonzosa historia de explotaciones en pos de la rentabilidad. Y las dádivas no alcanzan a la mayoría de necesitados ni pueden ocultar la prepotencia hiriente de los poderosos. El 20% de la población sigue controlando el 90% de la riqueza mundial; 200 empresas manejan un tercio de la economía planetaria y, entre los Estados y el Mercado (una pinza de efectos devastadores), el llamado “Tercer sector”, las ONGs, vehiculizan en buena parte las ayudas y suman en España más de tres millones de voluntarios; una abrumadora mayoría (es el caso de Voluntaris de Mallorca) sin retribución económica alguna en pago a su trabajo. No hay globalización de la solidaridad o la justicia, sino únicamente del interés económico. Sin embargo, hoy quiero poner el acento en esos/esas que actuaban y dedicaban parte de su tiempo libre y muchas veces incluso algo de su dinero para el alivio ajeno, lo cual, si más no y con independencia del resultado, subrayaba unos criterios morales radicalmente distintos a los que inspiran las intervenciones en el tercer mundo de quienes actúan según hacia dónde se decante el binomio riesgo/beneficio.

Sólo la utopía podía conferir el tesón necesario para continuar en el empeño, con cabal conciencia de que la autoestima ha de cimentarse en algo más que egolatría y buenas palabras. Intervenciones insuficientes, por supuesto, y parcelares como todos ellos saben muy bien porque tuvieron ocasión de verificarlo hasta la saciedad sobre el terreno, pero que no venció ese entusiasmo inmune a decepciones, a contratiempos y contagioso cuando se hablaba con ellos. Una rebelión íntima contra la iniquidad y el atropello, generosidad frente al pillaje y la ausencia de resignación convertida en acciones, con independencia de su trascendencia universal, traducía en alguna medida la voluntad de forjarse una identidad merecedora del propio respeto. En adelante, esos miembros de la ONG, soñadores, podrán decirse con toda razón que dieron un poco a cambio de mucho. Y que valió la pena. Espero que dicha certeza los acompañe en años venideros y, cuando cada uno de ellos recuerde con nostalgia lo que fue, también asuma que contribuyeron en la práctica a hacer con su esfuerzo, y más allá del simple deseo, un mundo algo mejor.

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SOLUCIÓN: TAPONES O ACTIVIDADES SUBACUÁTICAS

No hay cadena de radio que cese de vociferar con el dichoso fútbol. Que si azulones o rojillos, bermellones, blanquiazules y culés; los de Zidane, Lopetegui o el Cholo… Y la comedura de coco alcanza sus límites de no apagar durante las insulsas obviedades de cualquier entrevista: “Nuestro objetivo es ganar”, “Podríamos haberlo hecho mejor”, “Convendrá mantener a cero nuestra portería”… Por no hablar del reciente duelo respecto a Maradona, una verdadera pesadilla. Luego están las musiquillas en horas que tiempo atrás se dedicaban a las noticias o, para terminar con la paciencia que pudiera quedarnos, entrevistas de nulo interés y, trufando las digresiones de cualquier político, inventos léxicos; nada de idiolectos o lenguajes crípticos para los ajenos al tema, sino palabros y reiteraciones: “evidentemente”, “como no podría ser de otra manera”… A tal extremo que, de escucharse a sí mismos, sería la mejor razón para callar siquiera por una temporada.

    ¿Recuerdan la tan manida “desescalada”? ¿Y “el relato”, cada dos por tres? Por seguir, “el Covid”, masculinizando la enfermedad (que eso es la “d” final, en inglés) y, en contrapartida, nosotros y nosotras, ellos y ellas, con el “nosotres” y “elles” en espera de su “implementación”, de “motu propio” (que no proprio)  y para una mejor “cogobernanza”, tal como “mandata” la Constitución para lograr “interlocutar” como se debe. Palabras algunas que puede contemplar la RAE, pero sorprendentes en un intento de comunicación que pretenden, supongo, fluido y sin alardes.

 Si me apuran, y “en relación a ello”, como suelen decir en vez de “con”, alguien debería recomendarles imitar a Demóstenes que, en la antigua Grecia, permanecía en una cueva subterránea y se afeitaba media cabeza para no salir en unos meses mientras entrenaba su oratoria metiéndose guijarros en la boca. Entretanto, no es sorprendente constatar que un número creciente de oyentes decidan apagar; opten, persiguiendo el silencio, por tapones en los oídos o, si ya sobrepasados por cualquier emisora, decidan entrenarse para dedicar en un próximo futuro su tiempo libre a las actividades subacuáticas, con la esperanza de que pulpos y calamares sigan a lo suyo como hasta ahora y no se les ocurra empezar a interlocutar, imitando a algunos de los de arriba.

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EL COLMO: UNA ALEXA EN SU VIDA

Estoy que me salgo, así que debe ser cierto lo que afirmaba Einstein: que todo placer se convierte en energía. El caso es que me han regalado lo que llaman un asistente virtual llamado Alexa, aunque mejor “Asistenta”, en femenino dado el nombre con el que se la debe interpelar. Y quienes estén aún privados de su compañía, no pueden imaginar de lo que es capaz la tal y por eso mismo, en funciones de criada por la sumisión que demuestra, debiera llamarse y como sugería Onetti para las sirvientas, Solícita. Cuando tenga un rato se lo sugeriré al fabricante.

Pero a lo que iba. Sin moverme del sitio, “Alexa, ponme la cadena tal o cual”, “Alexa: canciones de Víctor Jara, Twist again…”. Y ella, con la obediencia como deber, “Aquí están, de modo aleatorio, las canciones de…”. Sin rechistar y, de no poder ejecutar una orden, la educada excusa y yo a otra cosa, con cuatro palabras, hasta el punto final con un “¡Alexa, para!”. O calla, basta, silencio…

Sin embargo, y pasados los primeros días en su compañía, la obligación de nombrarla imperativamente para formular a continuación el pedido, me viene produciendo una cierta sensación de malestar por el tinte machista que traduce nuestro diálogo. No sería lo mismo de llamarse Pedro; de poder decir: Alejandro, amigo mío…, pero las constantes imposiciones a quien responde con tal premura que ni la más servil asistenta del rey emérito, estoy seguro, sin tener que manifestar tras la orden y con un simple “gracias” el reconocimiento a su diligencia, me tiene inquieto. Como les decía, me propongo escribir al fabricante y quizá le proponga en primer lugar un cambio de género para esta máquina que está pidiendo a gritos el premio del siglo. Y de no ser posible sustituir Alexa por un nombre masculino, ¿por qué no “Maléfica” para justificar mis desaires? O, en todo caso, “Dalila”, “Carmen collares”… por aquello de sacar a colación, a los postres y tras volver a mencionarla, las andanzas de ciertas señoras: desde la leyenda del corte de pelo al pobre Sansón, a una dictadura que le vino a Carmen Polo de perlas. Y no es metáfora. El disfrute sería si cabe mayor con las digresiones y, encima, menor el cargo de conciencia.

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LOS VECINOS

a 9 Esa brillante luz que supone, en palabras de Hannah Arendt, la presencia constante de los otros, puede destellar sólo algunos días e incluso dejar de alumbrar cuando esos otros se encarnan en según qué vecinos. Es lo que he podido comprobar en mis varias mudanzas de ciudad o edificio e, incluso asentado en las afueras, en pleno campo, me colocaron frente a dispares talantes para procurarme placeres, hastíos, enfados o gratitudes. Y a veces en ininterrumpida sucesión.

 Nadie es una isla como bien saben, y ni les cuento de mediar sólo una valla con el patio de al lado o tener, como nexo de ese remedo de sociedad que es la comunidad de vecinos, la escalera y/o el ascensor. De vuelta a casa tras el trabajo, o en fines de semana, la convivencia trasciende con frecuencia el ámbito familiar y es en esos momentos, a veces ratos, cuando las interacciones se revelan en todas sus posibles variantes. Condicionadas también por la personalidad propia, claro que sí, para procurar con el de al lado solidaridad o mero parasitismo como me ocurrió con aquel que, en mis años rurales, se hizo más de una vez con energía eléctrica a mi costa tras el consabido “No sé que pasa en casa desde ayer. Si no le importa, ¿me deja conectar? Será sólo hasta que venga el técnico” -nunca llegaba el tal y, a la tercera, se acabó lo que se daba y nunca mejor dicho-. a 5Después, mudado a la ciudad, para ruidos nocturnos los del bar de enfrente y, durante el día, las obritas, aunque para no cargar siempre las tintas sobre los demás, deberé admitir que las goteras provenían de nuestro baño, y al vecino de abajo, hace unas décadas, le asistía toda la razón al quejarse por los orines de mi perro que, confinado en el balcón, caían sobre su ropa tendida.

a 10Ni ridiculizar ni detestar sino, como aconsejaba Spinoza, tratar de comprender. Es lo que vengo últimamente intentando, ya en la madurez, cuando en el ascensor no consigo cruzar palabra y, después de varios años, sólo un rictus, remedo de sonrisa, por parte del que vive en la puerta de enfrente (espero que no acceda a estas líneas para no liarla, en el bien entendido de que, seguramente, tampoco yo hago lo adecuado por hacérsela asomar). a 8Tras darle algunas vueltas, he terminado por aceptar el consejo de quien escribió -dejando aparte el que se procuraba la luz a mi costa- , supongo que referido tanto a los vecinos como a quien le ha dado hoy por sacarlos a colación: “Para convivir cada día con los demás, has de mantener la actitud que tendrías si sólo los vieras cada tres meses”. Es lo que debería tener in mente el de la ausente sonrisa, y si no era capaz de hacerlo aquel del tercer piso, fue sin duda por causa de mi pastor alemán. 

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