TRUCOS ANCESTRALES PARA SALIR DEL PASO

En ocasiones nos decimos si acaso no habría forma de hacerse con/deshacerse de algo o alguien, sin tener que recurrir a opciones de riesgo. Porque eliminar definitivamente al insoportable podría terminar en cárcel, e intentar una duradera sintonía, quizá teñida de encendido amor, exige de cualidades o circunstancias que quizá estén en un momento dado fuera de nuestro alcance. Pues bien: tiempo atrás fui informado, por gentes de ancestrales y lejanas culturas, sobre métodos que podrían facilitar lo antedicho con absoluta seguridad, dependientes únicamente de la propia voluntad y sin posibilidad de reacción alguna por parte del afectado.

Terminar con un enemigo es, según el abuelo de Alain Adassori, nuestro guía allá por Bánfora, en Burkina Faso, cuestión baladí. Al decir del animista africano cuando sentados junto a él en la aldea de Koueré, basta con disponer de un cuenco lleno de agua y una aguja; la víctima en quien pensamos aparecerá reflejada en él, pinchamos la imagen y, al poco, el agua enrojecerá certificando su final.

Podemos imaginar, con esa perspectiva de eficacia a distancia, el placer que podría embargar a algunos políticos al ver en la olla la cara del odiado: a Abascal frente a Iglesias, Susana Díaz con la mirada sobre Sánchez, Biden en el agua mientras Trump prepara el alfiler…Y no he mencionado a Díaz Ayuso porque para su ocurrencia, “En Madrid puedes separarte de tu pareja sin temor a volver a encontrarte con ella”, hay alternativas que no precisan de ciudades enormes para garantizar la unión de una mujer con el hombre querido o, llegado el caso, una definitiva separación sin que el ulterior y ocasional encuentro reavive pasados sentimientos.

Según me contó una peruana, la “Sopa de concha” (la concha, allá, sinónimo de vulva) es infalible en ambos sentidos si se sirve al varón atendiendo al momento del ciclo menstrual. Cuando una se lo quiere ligar, deberá mezclarle en la sopa un poco del agua empleada para la higiene íntima, mientras que la ruptura será indefectible si la pócima añadida procede de igual lavado pero durante la regla aunque, eso sí, cuidando que la sopa de concha no cambie de color por esa circunstancia, no fuera a ser que él llegase a sospechar lo que ella ha tramado y de ahí la mezcla.

Como puede apreciarse, a través del agua, sea del río o ya hervida y en el plato, es posible conseguir de inmediato lo que, de no conocer algunas tradiciones tribales, podría estar abocado al fracaso, así que cuidado con despreciar antiguas prácticas procedentes de culturas que creemos obsoletas, y es que odio o amor vienen siendo sentimientos que el homo sapiens maneja, con suerte dispar, desde que empezó a caminar erguido, y sin duda mejor un cuenco con agua que veneno o disparo. Por no hablar de la sopa de concha y sus posibles, comparada con una poblada ciudad de Madrid para pasar desapercibida tras la separación.

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TRANSICIONES PARA CRECER

Evolucionar implica sin duda, para cada individuo, asumir el reto que implica cualquier cambio, sea buscado o impuesto. La actual pandemia ha sido desde esta perspectiva un tránsito más que debería considerarse, con independencia de la amenaza que supone la enfermedad, como otra situación que exige la adaptación para emerger de la crisis con el ánimo dispuesto para extraer lo mejor de cuanto pueda venir: una espera esperanzada, cuando sumidos en el desencanto, y acumulando energía mental para la próxima transición. En dicha línea, de principio al fin de la existencia, siempre desvíos y recodos que transitar para almacenar la sabiduría que proporciona –junto al placer o la decepción- cada nuevo escenario del obligado viaje.

Desde la infancia, esa edad donde aún está todo por descubrir y en la que, al decir del portugués  Eugenio de Andrade, la luz es feliz y se demora, a una adolescencia con la constante búsqueda de los mejores caminos para saberse y hacerse con el mundo. Después, quizá el estudio, los trabajos, el eventual matrimonio para compartirse o, por el contrario, preferir una soledad que, si es buscada y como reza el epitafio de Pedro Garfias, no se llama soledad. Y llegadas jubilación y vejez, proseguir la carrera vital, ya más dueños del tiempo otoñal, para retomar tal vez aficiones pospuestas y agrandar el hueco donde aniden esa serenidad y ecuanimidad que pasadas actividades pudieron dificultar, recreándose en las horas que seguramente aporten, entremezcladas, luces y cenizas.

En cada etapa, en ese fluir constante y hasta que llegue el final, nuevos brochazos que perfilen una identidad nunca definitiva. Tales son las consecuencias de ese periplo obligado, se quiera o no, que trae consigo un sinnúmero de posibilidades que, sin transiciones, nos encadenaría a la monotonía: a ese “infierno cotidiano”. Si es difícil ser uno mismo, son cambios los que facilitan la comunión con ése yo que quisiéramos, o evidencian la equivocación e instan en consecuencia a un siguiente plan. Sin embargo, se me ocurre ahora que todo lo anterior podría desmoronarse de leerlo alguien sin trabajo, preso del hambre o sumido en el drama de una pérdida. ¿Transiciones que nadie querría por el dolor aparejado? ¿Para una vez superadas salir reforzado/a? Me rindo ante la evidencia de una complejidad mayor de la que pensaba cuando empecé a escribir esto, porque el ¡Virgencita, que me quede como estaba!, tiene también su justificación. Tendré que reflexionar, más y mejor, para redactar una nueva digresión sobre el tema en próxima ocasión.

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PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID…

              Para enfrentar las ideologías, cualquiera de ellas, el lenguaje no es nunca unívoco ni suficiente, de modo que, encarados sus representantes, sólo oirá el uno del otro lo que se crea capaz de contestar a modo de garrotazo. Los debates ante las elecciones en Madrid han sido buen ejemplo y es que en política, el hábitat natural de fulleros y sinvergüenzas (en palabras de Galbraith), lo antedicho cobra especial relevancia y se hace evidente en cualquier discusión dado que, para ellos, las manidas palabras –libertad, garantías, democracia, progreso…- no significan lo mismo y cada uno se erige en su único e insustituible valedor. Ocurre algo parecido con los crípticos idiolectos que manejan las distintas disciplinas científicas, pero si la comunicación se ve dificultada entre un físico nuclear y un biólogo molecular, pongamos por caso, cuando cada cual emplea su específica jerga, el asunto tiene más miga si incluso las mismas palabras, en el caso de los políticos, no transmiten igual significado  siquiera para quien las pronuncia, porque se subordinan al momento en cuestión, al interés por convertirlas en arma arrojadiza y por tanto pueden ser pintadas al gusto según el contrincante y la ocasión.

Pueden  llegar a iguales sentencias en menoscabo del adversario y viceversa, sin que el oyente se sienta concernido; así, podremos escuchar de cualquiera de ellos acusar a los otros de “electoralismo fácil” y, sea cual sea la propuesta, habría que adoptar “medidas urgentes” para reconducir lo que no haya sido planeado por su facción; “La decisión llega en todo caso con retraso” ( “Es prematura”, si el acierto es incuestionable)  o “No hay acción de Gobierno” aunque, de ser ésta evidente, se acusará de prepotencia y dar la espalda a un consenso que sistemáticamente se ha rehuido porque, consensuar, equivale a tragar.

De tener razón Virginia Woolf cuando afirmó que no se puede enjuiciar lo que no compartimos, no habría juicio posible sobre las aseveraciones ajenas y es precisamente lo que ocurre: a la contra ya se trate de pulpo o calamar, los estereotipos en sucesión y el que venga detrás, tres cuartos de lo mismo, pudiendo todos, al final, concluir que la discrepancia ha sido muy provechosa sin aclarar para quién, porque tampoco incluirá a los oponentes ni por supuesto a una ciudadanía sin opinión de valor entre periodos electorales. Conforme pase el tiempo, como alguien dijo, las polémicas se desvanecerán y quedarán las obras. Si es que las hay, más allá del mero discurso.

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SOBRE COVID Y VACUNAS, DEMASIADAS BOCAS

Opinar, con datos o sin ellos, está al alcance de cualquiera y, abrumados por los sabelotodo, a muchos lectores/oyentes se nos van las horas mientras intentamos cribar el torrente de información en busca de evidencias más allá de la mera digresión. El cúmulo de incertidumbres abona hacer de la crisis alimento mediático, con interpretaciones a tenor de ideologías, apriorismos y convicciones (ahí tienen a los negacionistas), sin que prime la objetividad y el respaldo científico por sobre hipótesis sin fundamento, difundidas por tirios y troyanos. ¿A qué podrían obedecer los trombos? ¿Diría que la Astra Zeneca es a día de hoy segura? ¿Cree usted que aquí, tras la temporal suspensión de Janssen, finalmente aprobada por la Agencia Europea y ya autorizada de nuevo en EEUU, podrá cumplirse el programa que anunció el Gobierno? Y las lucubraciones de indocumentados sobre los temas en cuestión (escucharían tal vez a M. Bosé, ejemplo de ignorante bocazas), aún muchos de ellos en proceso de investigación, no hacen sino acrecer la inquietud ciudadana.No se conoce a estas alturas con exactitud cuánto pueda durar la inmunización, si ésta actuará frente a ulteriores mutaciones o, por no seguir, si el vacunado podrá ser a pesar de ello vehículo de contagio, pese a lo cual, se diría que las certezas predominan entre tertulianos de lo más variopinto, la eficacia o los riesgos están al albur del talante de cada cual y, de traerse a colación las vacunas rusa o china, pueden sumarse al análisis las filias o fobias políticas respecto al país en cuestión. Pero hay más, mucho más, para alimentar la confusión y no todo proviene de los dichosos todólogos, porque las decisiones de los “gestores pandémicos” abunda en la generalizada inquietud y no sólo en España. Dinamarca suspendió definitivamente la de Astra Zeneca y en Sudáfrica tampoco se administra, Francia continuaba con Janssen pese al rechazo en USA y la determinación de la UE, que según dijeron no renovará sus contratos con las dos mencionadas.

Por lo que hace a nosotros, al aluvión de pareceres con escaso refrendo se suman medidas de dudosa efectividad, cuando no distintas, entre Comunidades Autónomas; cierres perimetrales de quita y pon al igual que el número de autorizados a reunirse (menos en terrazas que en domicilios, aunque en las primeras esté garantizada la ventilación y seguramente un mejor control de distancias y mascarillas), variables horas de queda o, alguna vacuna, en segmentos de edad cambiantes a tenor de pálpitos, que no de certezas, haciendo patente que por encima de lo que sucede, prima lo que se dice sobre ello, hipótesis condicionadas a veces por intereses políticos o de las multinacionales implicadas.

Demasiado ruido, ya digo, y se sigue echando en falta un amplio y reconocido comité de expertos, cuya valoración fuese la difundida por sobre los cotilleos, y sus decisiones, sobre medidas varias, las adoptadas en cualquier lugar y con relación a las distintas situaciones. Menos imágenes de pinchazos en TV, obviar las tertulias de comentaristas sin formación sanitaria y  análisis con mejor discernimiento, contribuirían a aumentar la confianza de la población así como facilitar el camino para una pronta inmunización. Y no De rebaño como suelen decir sino, visto lo visto, DEL rebaño.

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LA CALLE DEL VÍ, SÍNTESIS DEL MUNDO

           Existen numerosos rincones en cualquier ciudad, barrios o calles, que paseados en plan flâneur baudelaireano y con intención de mirar, no sólo ver, sumen a quien lo hace en una mezcla de sugerencias, pasmos y remembranzas que, de no prestar la adecuada atención, quedarían únicamente en la retina; una posibilidad que afortunadamente he orillado tras recorrer una y otra vez, siempre con expectación, la estrecha calle que tiene su entrada frente al piso donde vivo desde hace pocos años: la calle del ví –del vino, en castellano-. En el Hostal Pons, a mitad de la misma, se alojaba quien veinte años después, y ya fallecido, se ha convertido en el personaje de mi próxima novela, pero en aquel entonces y pese a haberlo visitado en varias ocasiones, únicamente presté atención a lo que me contaba en su habitación sin ventana a esta calle que es hoy mi argumento.

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El tráfico es escaso dada su angostura, aunque pueda alternar algún coche de lujo, que aparcará en el bonito patio, con la descacharrada motocicleta de quien vive en un sótano, sin ventilación otra que la obtenida a través de una rejilla a dos palmos del asfalto (he atisbado a su través), y una única habitación que es a un tiempo cocina, sala y dormitorio. Jardín y ascensor en algunas viviendas y diminutas escaleras en otras, que supongo hay que subir de perfil y con los brazos pegados al cuerpo. Con tales escenarios, nada tiene de extraño que los vecinos no se saluden. Un hombre de mediana edad suele escribir en una mesa frente a la pared del oscuro dormitorio, ajeno a mi curiosidad y, desde el balcón del primer piso, a media calle, la anciana aparece cada mañana para echar comida a las palomas que picotean entre papeles y alguna que otra lata vacía.

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 Graffitis con mensajes o que sólo aportan suciedad en cualquier pared; una chica mulata abrillanta el picaporte y, a escasos metros, se oyen procedentes del subsuelo las conversaciones de inmigrantes en un idioma para mí desconocido. La extrema pobreza coexiste con el buen vivir de otros y, todos ellos, en escenario de ribetes históricos porque en esta calle vivieron -¡quién lo hubiera dicho!-, un escritor extranjero en los años previos a la Guerra Civil, el músico de renombre y, hasta donde puede saberse por las placas con que los homenajea el Ayuntamiento, quien fuera en su día Teniente General. Todos debieron transitar cientos de veces hasta ese final de  la misma y que hoy suelen ocupar, al atardecer, grupos de gitanos entre cánticos flamencos y tragos de alcohol. Recorro la calle del ví casi a diario y, por mi tardanza en caminarla, podría suponerse que los alrededor de doscientos metros fuesen varios kilómetros. Entretanto, da para la lucubración. Como debe ocurrirles a ustedes en ocasiones y es que, como dijera Marcel Proust, descubrir no es buscar nuevos paisajes, sino tener nuevos ojos.

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