LIBROS, COLORES, MULTITUD O SILENCIO… ¿POR QUÉ?

          No me refiero a esa “elección trágica” que mencionaba Isaiah Berlin y en la que optar implica también renuncia, sino a las que hacemos, cambiantes sin saber bien los porqués y arrastrados por desconocidos magnetismos cuya investigación, incluso a título individual, procuraría un mejor conocimiento de nosotros mismos. Desde los colores de la ropa, al libro que leemos de entre miles: en ocasiones por best seller, otras veces atraídos por un autor/a que previamente nos gustó o –me sucede con frecuencia- llevado por inexplicable y súbita pulsión sin referente alguno.

En esa línea, dudo que pudiese razonar el motivo de mi elección si debiera enfrentarme a la misma antes de ser recluído en una isla desierta y más allá de ropa, anzuelos y tranquilizantes. Pero lo que motiva hoy mi reflexión son los paseos al atardecer por el casco viejo de la ciudad; unas calles están atestadas y otras -las que prefiero, a diferencia de la mayoría de viandantes según compruebo un día tras otro-, adyacentes y de similares características, prácticamente vacías. La explicación sería obvia si en las concurridas el atractivo surgiera de bares, tiendas, exposiciones, anchura de las aceras, menor el tráfico rodado o cualquier otra cosa que las diferenciase, pero no es el caso por lo general, de modo que el silencio, en busca de sosiego y huyendo de tropiezos, explica la dirección de mis recorridos, pero no la causa que facilita el periplo sin más compañía que la deseada.

¿Será quizá que la soledad se retroalimenta porque la mayoría busca el trasiego? ¿Que el silencio no llama sino que ahuyenta a muchos porque, como escribiera Sófocles, hay algo de amenazador en un silencio demasiado grande? Y puesto a lucubrar, tampoco creo que buscar los ocasos sin nadie en derredor sea consecuencia de la edad porque, siquiera en lo que a mí respecta, me ocurre todo lo contrario a lo descrito por Borges en El libro de arena: “Cuando era joven –escribió- me atraían los atardeceres, los arrabales… Ahora, las mañanas del centro…”. Sea como fuere, pienso seguir en las mismas y a ser posible acompañarme, al oscurecer, tan solo por los ecos de pasos conocidos.  Y espero no equivocarme si, como creo, es cierto aquello de que “Al elegir, me voy eligiendo”.

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¿BOLSO O UN CONTENEDOR?

No hay nada más sorprendente, misterioso, irritante o seductor, lo que decidan ustedes, que el bolso de la pareja. Un acúmulo por lo general en desorden (u organizado según desconocidos parámetros) donde lo buscado por ella, motu proprio o a instancias del acompañante, se diría muchas veces inexistente. Y en el ínterin puede encontrarse, a un tiempo o alternando, el santo y la limosna. Puede tener bolsillos laterales, cremalleras y solapas interiores varias, aunque no suelan emplearse para las mismas cosas en días sucesivos por lo que, globalmente, el contenido suele consistir en un acúmulo en estratos que terminan revueltos y donde ojos y manos no aciertan en el propósito de dar con lo perseguido.

Se diría que el bolso femenino es demasiadas veces el mejor exponente del “Principio de incertidumbre” de Heisenberg, donde suele primar la ley del promedio si aceptamos, y lo afirmo por propia experiencia, que la mitad de las veces no daremos con ello y sea un bolígrafo, pañuelo, entradas o el carné. Puestos a lucubrar, nada mejor que esa alforja para entender el paradigma del caos que, como dicen los expertos, puede convertirse en orden tras el consiguiente gasto energético que supone sacarlo todo y volverlo a meter. ¡Ah de las llaves! ¡Nadie me responde? O, si damos con ellas, quizá se trate de pura casualidad ya que podrían haberse guardado en la funda de las gafas. Escuchar el consabido “Lo meto en el bolso” es, por lo anterior, algo así como recrearse en una apuesta por el azar; un remedo del permanente combate entre memoria y olvido, así que, si se pretende el hallazgo cuando necesario, mejor en un bolsillo.

Sin embargo, y por aquello de no cargar las tintas sobre almacenes ajenos, cabe también decir, en descargo del contenedor colgante, que del hurgar sus entresijos puede surgir algún que otro placer. “¡Mira lo que he encontrado! ¡Y creía que lo había perdido!”. U, otras veces, la tierna e inesperada oferta: “¡Qué bien!, una bolsita de caramelos. ¿Quieres uno?”. Visto con perspectiva, el bolso podría ser metáfora de la propia vida ya que, como en ella, ¡a saber lo que perderemos y a un tiempo lo que podremos conseguir! En esa línea, andar junto a su bolso supone, a más de cierta ansiedad, asumir que nada es definitivo o que sólo tras el esfuerzo puede conseguirse la recompensa. Considerado así, bolso y sus avatares como herramienta educativa, ¿no les parece?

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RECTAS Y CURVAS: DOS MUNDOS APARTE

A diferencia de lo que nos ofrece el mundo, los humanos construimos en líneas rectas: paralelas, perpendiculares y ángulos varios, pero raramente perspectivas curvas. Dejemos aparte el gótico, claro está, ábsides y rosetones, molinos de viento, garitas de vigilancia en alguna que otra muralla o los arcos bajo un puente: excepciones que no hacen sino subrayar, siquiera en la arquitectura de los últimos tiempos, la querencia por lo lineal en contraposición a los perfiles de la naturaleza. Y la notoria diferencia da que pensar.

En verano y con ropas más ligeras, las elipses femeninas certifican lo antedicho y sus ondulaciones suponen una más que atractiva estética frente a los perfiles de paredes y cornisas. Por lo demás, no son sino el ejemplo de un paisaje que huye de lo rectilíneo para mecernos (no sería posible sin el curvo vaivén del arqueo) hasta llevarnos a la ensoñación con sólo la mirada. Desde los pechos de las palomas a las olas y los perfiles montañosos en el horizonte, desde las nubes y los astros a los meandros o los cantos rodados, las curvas se imponen y nos rodean cuando no media la mano del hombre, por lo que cabría preguntarse si, más allá de la menor dificultad que implica trabajar bajo el imperio de las rectas, no habríamos conseguido una distinta y más empática comunión con el entorno de haber optado por replicar las formas que nos vieron nacer, comulgando con ellas y más allá de ruedas o pozos.

La forma es una cárcel, sentenció María Zambrano y, sin duda, las cárceles combadas al modo de lejanos horizontes, senos o nalgas, lo serían menos porque se antoja obvio el hechizo que suponen. Sin embargo, sólo en los comportamientos nos manifestamos a veces contra lo lineal; solemos llegar cansados a la recta final y, por lo que hace a algunos, el recto juicio o la rectitud en el hacer brillan demasiadas veces por su ausencia sin que, desgraciadamente, surja en el curso del tiempo la curva de un arcoíris. Así pues, valga la sugerencia, líneas rectas como las de rascacielos para las interacciones y, para el entorno de ladrillo y cemento, algo más de imitación respecto a lo que existe desde antes que nosotros. Porque lo cierto es que, desde mi ventana, lo visto por encima de los tejados no tiene punto de comparación con ellos y, encima, da alas a la imaginación. De ahí el post de hoy.

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¿RELIGIÓN -CUALQUIERA- EN LAS ESCUELAS?

            Tras petición de la Comisión Islámica, la Consellería de Educación de Mallorca se propone durante el próximo curso impartir clases de esa religión en 2 ó 3 centros públicos de la isla, con un par de profesores, en la prueba inicial (el plan piloto), escogidos por esa misma Comisión y bajo la premisa de que los ciudadanos musulmanes, si viven aquí, son también españoles de pleno derecho.Nada que objetar a esto último, pero sí a que se incluyan religiones, cualquiera de ellas, en los programas de enseñanza. Rechazo compartido por quienes defendemos que la pedagogía debe orientar hacia los caminos que persiguen la búsqueda y entendimiento de verdades, siquiera provisionales, mientras que abonar el conocimiento y apostar por la objetividad no parece compatible con la recreación de mitos.

En dicha línea, ni católica ni islámica y tampoco budismo, hinduismo u otras muchas, asumibles con igual argumentación que la expuesta por los de Alá. Las creencias, máxime en un estado laico como reza (con perdón) la Constitución, no debieran sufragarse con fondos públicos. Por ser de carácter privado allá cada quién, pero parece razonable que sean excluidas de programas de aprendizaje con base en la razón, destinados a avanzar en el conocimiento y que por ello convendría obviasen el fomento de convicciones, ya que se sabe de antiguo que éstas son (Nietzsche) más enemigas de la verdad que las propias mentiras, y proclives a deformar los hechos mediante apriorismos indemostrables.

Asunto distinto es entrar en el origen e historia de las religiones, la alquimia o el fascismo, por un decir, pero de ello a su apología media un abismo, máxime si recordamos numerosos ejemplos que muestran hasta qué extremo los mandamientos universales (propios de las creencias, religiosas u otras) acotan el pensamiento, alimentan el fanatismo y pueden justificar a los ojos de sus seguidores múltiples fechorías y sinsentidos. No es preciso entrar en las reprobables actividades de la antigua Inquisición o el actual Estado Islámico, pero no me resisto a recordar, para quienes pudiesen discrepar de todo lo anterior, que el Islam prohibió en su día la Imprenta o, ya que estamos en pandemia y con las vacunas como principal recurso sanitario, que el Papa Gregorio XVI, para infecciones aun con mayor letalidad, las vetó allá por el siglo XIX.

Para impartir clases de religión, de ser el caso, podrían emplearse las iglesias, conventos, mezquitas o sinagogas, tras asumir que las escuelas no se han concebido para adoctrinar y sabido que embarazarse de dioses, cualquiera de ellos, no augura un parto productivo que es, al fin, lo que desearíamos que ocurriese con los alumnos al terminar la educación obligatoria. Ya que la otra, de incierto transcurso, dura lo que la vida misma.

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DESCUBRIR AL AMADO/A

              Puede ocurrir de muchas formas: desde el súbito enamoramiento, al modo de un destello, a costumbre cimentada en la falta de mejores alternativas o quizá la primacía de otros intereses sobre los del espíritu y, en tal circunstancia, etiquetar al/la tal con un adjetivo impostado. También puede haberse tenido delante, quizá durante años, y el acontecer seguir siendo opaco a nuestra vista, transparente otras veces y no percatarnos de su existencia hasta que, de pronto, invade un perfil que nos hechiza; una presencia que se diría surgida de la bruma tras la que se escondía a nuestros sentimientos.

En este último supuesto, sería como aquella ensenada que describiera Faulkner y de cómo se abre al navegante permitiéndole gozar de sus detalles. No es porque el viajero se haya acercado a la costa lo suficiente (aunque así lo enseñe la física), sino que la nitidez es el premio a la previa confianza en su existencia. Así pueden entenderse las sonrisas de las playas y también los raptos de ternura que engendrarán sus vistas, recodos que el deseo recreará incluso antes de llegar, porque no nos afectan las cosas sino (Epicteto) nuestras representaciones de las mismas y, en cada despertar, llevarán a preguntarnos si “¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba?”.

He conocido a quienes vuelven a la consabida ensenada un día tras otro y, siempre, la playa se muestra como descubrimiento sin parangón, con falta de pinceles y colores suficientes o apropiados para dibujarla. De palabras para describirla, si se quisiera decir. Tengo cabal conciencia de ello porque, como dijera Proust, eso que llaman imaginación es la memoria. Quien lo vivió, lo sabe.

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