UNA PANDEMIA CONTRA LAS SONRISAS

No se trata sólo de que con mascarillas se hicieran invisibles a plena luz del día, porque el virus ha estado en la base de otros efectos colaterales y, aparte de que soledades y consiguientes depresiones pudieran borrarlas, la pandemia fue también causa de aquella primera desilusión del niño, obrando al modo de una losa que, según me contaron, ha enterrado su alegría al extremo que, desde entonces, rehuye a todas horas la mirada de su padre.

Éste le había prometido llevarlo en tren hasta la capital para asistir al espectáculo de un circo. Pasaron los días previos entre imágenes de payasos, elefantes y saltimbanquis a muchos metros de altura, así que, durante el viaje, el pequeño no dejaba de pedir nuevos detalles, historietas que escuchaba embebido, la boca entreabierta y, en sus ojos brillantes, las escenas imaginadas una y mil veces se expandían transformando su cara entera en exponente del placer por llegar y que la noche anterior lo mantuvo desvelado. “¿Cuánto falta, papi?”, “Nos sentaremos delante para verlo mejor, ¿verdad?”, y el padre, contagiado del entusiasmo, no cejaba en su empeño por mantener una tensión que, bajo la carpa, sabía que procuraría recuerdos y comentarios en los meses venideros, regalándole de paso imitaciones de lo visto, gestos y risas.

Pero fue llegar a la puerta y ser ambos presa de la decepción. El aforo se había reducido desde que compró las dos entradas días atrás y, de querer cambiarlas, sería para la semana siguiente, de modo que volvieron a la estación y a pesar de que durante el regreso le aseguró que habría otra ocasión para el regocijo, el niño no volvió a proferir palabra, la mirada perdida en la ventanilla y, tras llegar a casa, se fue a la cama sin el beso de costumbre.  Han transcurrido ya más de dos semanas, el circo se fue de la ciudad y el hombre no ha creído oportuno decírselo por no agravar una tristeza que se le ha contagiado a falta de las infantiles sonrisas de antaño. Su retoño le evita y él es más consciente, con cada nuevo día, de la razón que asistía al poeta Rafael Cadenas cuando aseguró que lo que salva de los escombros es la mirada. Y ni les digo si es la de tu propio hijo.

Acerca de Gustavo Catalán

Licenciado y Doctor en medicina. Especialista en oncología (cáncer de mama). Columnista de opinión durante 21 años, los domingos, en "Diario de Mallorca". Colaborador en la revista de Los Ángeles "Palabra abierta" y otros medios digitales. Escritor. Blog: "Contar es vivir (te)" en: gustavocatalan.wordpress.com
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2 respuestas a UNA PANDEMIA CONTRA LAS SONRISAS

  1. Pilar Bonilla dijo:

    Cuántos sueños rotos, incluso sin las vicisitudes de la pandemia. Ese padre ha sufrido más desengaño que su hijo, para que esa mirada siga huyendo. Por las informaciones, y vivencia personal, los niños han sido, precisamente, los que en su mayoría han resistido de forma envidiable los cambios tan inusitados de estos últimos tiempos.

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  2. Cati Colom Lladó dijo:

    Tanta pena el papá como el niño,la ilusión de llegar y no poder pasar,al haber imaginado las escenas circenses,seguro fue horrible para los dos.Sueño truncado y tantos otros,que hemos visto con ésta terrible pandemia.Un gran saludo.

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