No vendrá mal la reflexión en estas fiestas de mucho comer. La ingesta es, a más de placer, necesidad cuya práctica se presta a tantas variantes, consejos y protocolos, que incluso hay profesionales dedicados en exclusiva al estudio de un buen comer como adecuado sostén para cuerpo y espíritu. Respecto al cómo, y aunque haya situaciones propicias a ofrecer una mejor imagen de uno/a que esa de llenarse el estómago, hay acuerdo en la conveniencia de hacerlo con dedicación: masticar a conciencia, sin prisa, saborear, intentar en lo posible estar al loro sobre lo que se hace en ese rato y, aunque podamos aceptar algunos dichos – ”Tripa vacía, corazón sin alegría” -, cabrá rechazar otros que sólo inducen al llenado sin matiz: hasta decir basta, a buen hambre no hay pan duro o, a falta de pan, buenas son tortas.
Por lo que hace al cuándo, a los horarios, del estudio prospectivo efectuado en USA el pasado año, sobre adultos con más de 40 años, se desprende que un intervalo entre las comidas inferior a las 4.5 horas, o una sola comida diaria en lugar de las tres habituales, se asocia a un aumento de la mortalidad que podría obedecer a la sobrecarga metabólica. Aquellos que no desayunan padecerían con mayor frecuencia accidentes cardiovasculares, mientras quienes no comen o cenan incrementarían el riesgo, incluyendo ciertas neoplasias, por causas varias.
Sin embargo, también se han publicado opiniones encontradas ya que parece, a tenor de múltiples trabajos, que lo que se come (desaconsejable un alto contenido en azúcar, o los alimentos ultraprocesados por facilitar entre otras cosas el deterioro cognitivo… ), y es la respuesta a la última pregunta del título, tendría mayor influencia en la salud que los intervalos citados.
Así pues, el asunto supera con mucho la presunción de Brillat Savarin allá por el siglo XVIII: “Dime lo que comes y te diré quién eres”, y aunque orillando recomendaciones ajenas a las evidencias científicas (dietas veganas, milagro, obviar las berenjenas tiempo atrás, cuando se afirmaba que provocaban melancolía…),
es de dominio público que, con independencia de la naturaleza vegetal o animal de lo elegido, la cantidad por defecto o exceso puede provocar en sus extremos caquexia u obesidad, extremos ambos a evitar pese a que el escritor Josep Pla afirmase en su día, quizá basado únicamente en su propia percepción, que las tres cosas que procuran mayor placer a los hombres – sobre ellas no dio pistas – son la ópera italiana, el vino dulce y las mujeres gordas.
A partir de hechos o supuestos, diría que es tema del que cualquier lector tiene información sobrada, de modo que tal vez lo más razonable sea concluir mi ocurrencia de hoy sugiriendo que allá cada cual con la elección del tramo que va desde el ayuno al empacho, aunque supongo que, llegadas las navidades, de ayuno más bien poco y he de confesarles que ayer, Nochebuena, me puse las botas.

nice
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Lo primero desearte una feliz Navidad
Lo de mas decirte que desconocia tua conocimentos medicinales
Un fuerte abrazo desde San Sebastian
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Bueno: soy médico…
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El refranero popular esta repleto de ripios al respecto del buen yantar, pero sin duda la moderación y el equilibrio de nuestras ingestas seguro que se corresponde con nuestra salud.
Sigue entreteniéndonos cada semana.feliz año y que nos acompañe la salud durante un tiempo más…..
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Andrés: placer y contención…. Buenas fiestas y un fuerte abrazo.
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Soy de poco comer (cómo); necesito hacerlo en varios momentos, por lo que las comidas principales se convierten en nimias (cuándo); y me encanta salir de la normalidad siempre que puedo, picoteando…Y cuando descubro un plato nuevo, intento no abusar para seguir saboreando y no aburrirlo.
Observo que no has tenido ningún empacho después de ponerte las botas jejejeje.
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