Sucede con frecuencia que muchas conversaciones acaban trufadas de consejos y advertencias que no han sido solicitadas ni guardan relación alguna con el tema en cuestión. Por lo general, obedecen a la convicción, por parte del emisor, de una mayor experiencia y no siempre con el objetivo de ayudar a superar dificultades para mejorar el futuro del oyente, sino que nacen del deseo de exhibir conocimientos frente a errores y deficiencias ciertas o supuestas. Vengan o no al caso.
En dicha línea, los silencios para una mejor digestión y comprensión de lo que se debate son suplantados por axiomas que pueden acabar por aburrir, cuando no irritar, al receptor de los mismos; el cartesianismo del consejero es ajeno a cualquier viso de tolerancia y su arrogante seguridad da la espalda a eventuales divergencias, sin que el tal haya considerado nunca la razón que pudiera asistir a Virginia Woolf cuando sentenció que no deberíamos enjuiciar lo que no compartimos. Naturalmente que sugerencias y veredictos pueden tener sus motivos e incluso ser beneficiosos, aunque para ello sería aconsejable, a más de su oportunidad, el escenario adecuado y, por encima de todo, sintonía con circunstancias que tal vez estén precisando, en ese rato, de una distinta comunicación entre los hablantes.
Lo anterior viene a propósito de lo que me contó entre sonrisas un conocido, enfermero de profesión.
Se trata del diálogo entre médico y paciente que presenció tras decirle el segundo, antes de la visita, que acudía al Centro de salud por un intenso dolor en las piernas. “Pues cuando vea al doctor, explíquele con detalle el problema – le respondió -. Pasará usted en pocos minutos”.
Nada más entrar, el médico comenzó un interrogatorio tal vez motivado por el aspecto del cliente:
– ¿Está usted sentado todo el día?
– Más o menos…
-Pues tiene que dejar la silla y andar por lo menos media hora diaria a paso ligero. ¿Fuma?
-Dos paquetes diarios.
-Es un habito que debe abandonar hoy mismo. ¿Bebe?
-Una botella de vino entre comida y cena.
-Sólo puede beber, como máximo, una copita al mediodía.
-Mire, doctor – el paciente se levantó, irritado -: ¡es la última vez que vengo a su consulta! ¡Me está usted quitando todo excepto estos dolores de piernas por los que pedí la cita!
Y, lo más irritante, es que en esas conversaciones, tú estás exponiendo una situación y se te interrumpe para decirte lo que tu ibas a exponer. Plastas!
En cuanto a lo contado por el enfermero, espero que le faltase contarte la respuesta del Médico, indicándole la patología que el paciente padecía, aparentemente con un diagnóstico muy probable.
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Pues no me lo dijo… Terminó con el cabreo del enfermo. ¿La médula?
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Tú eres el médico, yo hija de un paciente de arterioesclerosis, y es lo primero que he pensado.
Que los pacientes, muchos de ellos, quieren milagros, he sabido de muchos casos en mi vida laboral.
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Tendría que haberlo explorado… Pero supongo que se fue a otro para poder seguir sentado y bebiendo…
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Sí, falta esa exploración y un avance de las posibilidades de ese dolor. Aunque, estoy contigo, que quería seguir haciendo caso omiso a los consejos.
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