Un buen amigo y tras la conversación de sobremesa prometió enviarme, vía mail, algunas de sus reflexiones escritas años atrás y que estaban en el origen de la depresión recurrente. Le pedí autorización para hacerlas públicas sin citar obviamente al autor. Estuvo de acuerdo y aquí van algunos de los párrafos que he entresacado.
Surcos de mayor o menor profundidad repletos de recuerdos, alegrías y sinsabores. Las primeras ternuras y también lágrimas. El despertar de la concupiscencia, el roce de unos labios deseados, la impotencia para alcanzar lo anhelado, el pálpito de un corazón ansioso de cariño… Recuerdos de las primeras singladuras a Ítaca sin vislumbrar nunca la costa, pero sí intuirla en lontananza. Caricias de una mano sensual o el vértigo de un vuelo mental hacia lo deseado, de primeras a enésimas sensaciones de felicidad y la nostalgia rebrotando con fuerza inagotable. Todo ello va disimulando los surcos del rostro para ir de nuevo a buscar entrañables pasados con los que rellenar, de ser posible, el inmutable rastro que deja el arado del tiempo.
Del otrora inmenso, ensortijado y frondoso bosque, ya sólo quedan residuos, pero aún hay rendijas de luz que dejan entrever un atractivo horizonte poblado de susurros que no se disiparon con el viento otoñal y reverdecen en la memoria. Tiempos de gloria y luminosidad que no sabemos apagar ni queremos ocultar porque todavía alumbran el presente. Tengo en cuerpo y alma cicatrices de aquellas brasas de pasión, y esas sensaciones, alejadas del raciocinio, conforman nuestro modo de ser y trazan un camino siempre sinuoso, con recodos de sorpresa que no hacen sino alimentar la convicción de un discurrir a ciegas, movidos por olores, fragancias y atisbos; en definitiva, los intangibles recursos para seguir.
Pero no fueran a creer que el soliloquio es práctica placentera con el amigo, sino pura controversia frente al recuerdo de los pasos no dados, con las renuncias a Ítaca por vientos dominantes que hacen estéril el uso del timón y, en suma, subrayan lo que pudo ser y no fue, caminos no explorados por cobardía, ansias no consumadas y la complacencia con lo imposible.
Estuve reflexionando sobre esta etapa de mi vida y acabé en la convicción de que tengo una personalidad poliédrica a la que cada vez añado una cara más, con el riesgo de que, con tantas, acabe convertido en una esfera sin aristas y tan inestable que, para no deslizarse, precise de un plano horizontal absoluto. No existe y por ello tal vez acabe al borde de mi mesa, cayendo y haciéndome añicos por ser de cristal.
Tras la publicación del post, que le he remitido, espero volver a vernos próximamente, aunque a día de hoy aún no disponga de recursos para su deseable alivio.