Uno de ellos sostiene el cariño familiar junto a la satisfacción por conocidos y amistades procuradas en nuestro devenir desde la infancia; el otro, la memoria que guarda a quienes nos van dejando. En síntesis, el mundo de los vivos y el de los muertos orientando la dirección del fiel en esa balanza propia de cada cual.
Desde nuestros primeros años y conforme crecemos, inclina el platillo, hasta reposar sobre su base y no moverse, el peso de nuestras relaciones con el entorno; todas de posible aparición para bien o para mal, pero compartiendo el mundo conocido.
Es más adelante, llegados a la madurez, cuando el otro plato, hasta entonces suspendido en lo alto por casi vacío, empieza a descender cargado de duelos y nostalgias por quienes han comenzado a desaparecer de nuestra vida, y es que habremos llegado a esa etapa en que, como escribiera John Berger, los muertos circundan a los que van quedando.
Se van extinguiendo progresivamente aquellos que respiraban a la vez que nosotros, y los recuerdos de su pasada existencia acabarán por crecer más que los nuevos contactos, al extremo de cambiar la orientación de la romana y terminar venciendo ese contrapeso en aumento. Sobrevivimos y tal vez aún con buen aspecto, pero la oscilación de los platillos, ahora hacia el lado contrario al de antaño, no deja de recordarnos que aquí la meta es partir, y para conocer la edad de alguien no es preciso consultar su carné de identidad: bastará con echar un vistazo al grado de equilibrio/desequilibrio de su balanza, porque el vencimiento progresivo hacia el lado opuesto al inicial es también predicción de su finito porvenir.
Los que conocíamos se fueron y llegará el día en que, ya definitivamente hacia un lado desde tiempo atrás, nuestra báscula de cruz se hará invisible a la par que el cese de los pálpitos que la albergaban. En su deriva hasta la muerte del propietario, toda una cruz el peso de los seres queridos que nos precedieron y que han ido inclinándola cada vez más, año tras año, como un augurio del propio final.
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