Cierto que, como sugiriera Unamuno, llegará el día en que nos asesinemos con la quijada de un asno, y para comprobarlo no ha sido necesario volver a contemplar en TV los desmanes de Putin o Netanyahu.
Fue hace unos días, en la terraza de un restaurante chino de mi ciudad, donde la actitud del cliente de edad avanzada frente a la camarera que le atendía me puso, por injusta, ante la duda de si debería intervenir caso de que el enfrentamiento fuese a más y acabase en agresión física porque, lo que es la verbal, no tenía límite alguno.
La joven, atractiva y cuyas orientales facciones decían de su origen, reclamaba al individuo que pagase una primera caña que se había tomado en una mesa para luego trasladarse a otra y apurar la segunda. Después de su inicial negativa que la camarera no aceptó, comenzó a increparla y, tras levantarse de la silla, acompañaba los insultos con amenazadores movimientos y las manos levantadas como si fuese a darle de bofetadas de un momento a otro. “¡Cerda!, ¡Embustera hija de p…!, ¡Tú qué te has creído?…”. Ella sin duda le entendía, pero parecía inmune y seguía, educadamente, mostrándole la factura donde figuraban sus dos consumiciones.
Cerca de ambos y sentado en una mesa vecina junto a mi esposa, la progresiva subida de tono de aquel mastuerzo me inquietó al extremo de pensar en pararle los pies y, caso de ser necesario y las palabras no bastasen, emplear los puños en defensa de la apacible chica por ser, a mi juicio, víctima sin merecerlo.
No era tanto lo que decía sino sus ademanes al hacerlo, los que estuvieron a punto de levantarme hasta que, afortunadamente, salió un camarero a hacerse cargo del asunto, la pobre muchacha entró en el bar y, ya convertida la escena en encendido diálogo pero que no iría a más, optamos por marcharnos, no sin antes pasar al lado del sinvergüenza y dirigirle yo una prolongada mirada de desprecio a la que, muy a mi pesar, no hizo el menor caso.
Pero ya de paseo por las inmediaciones, me seguía preguntando: ¿debería haber salido en defensa de la empleada, siquiera verbal, aunque fuese consciente de que no es posible razonar con quien no parte del razonamiento para comportarse? ¿Primó en mí la sensatez, la prudencia, o tal vez la cobardía por lo que pudiera suceder de acabar ambos a mamporros? A fecha de hoy aún me lo pregunto y, de volver a presenciar el desafuero creo que, siquiera por evitar la mala conciencia a posteriori, quizá…
Algo así me sucedió hace años en plena Plaza de España. 2 chicos increpaban a un tercero insultándolo y denigrándolo, nadie parecía darse cuenta.Yo como antigua trabajadora de un colegio y madre de dos hijos me quedé mirándolos fijamente, lo suficientemente fijamente como para que se dieran cuenta y sinceramente ni mi cara ni mi lenguaje corporal eran en absoluto amigable,curiosamente fue lo suficientemente explicita como para que dejaran al chico en paz. Lo que pudiera pasar al día siguiente está claro que no era controlable pero en ese momento se rompió un bucle que no se sabía hasta donde hubiera llegado.
A veces los abusones no saben como reaccionar ante un tercero que les podría acarrear problemas, pero como no se comunica con ellos directamente, los deja descuadrados.
No es,claro está, la panacea pero….
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Cierto parecido, efectivamente…
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