De existir cualquiera de ellos, sea el Dios cristiano, Alá o Perico de los palotes –no vaya por dicho el último-, se notaría, pero siguen muchos con la mascarada de apoyarse en una fe que, como escribiera Kierkegaard, comienza donde el pensamiento se detiene. Basta con ver lo que viene sucediendo a la especie humana para dudar, supongo que incluso los creyentes, de que a esos supuestos todopoderosos les importemos algo más que un comino pese al amor que, según dicen sus fieles, nos profesan.
Asesinatos, violaciones y masacres continuadas sin que importe edad, sexo o condición. Muertos a millones, niños incluidos, y la miseria matando de hambre mientras prosiguen las oraciones y los voceros terrenales de un supuesto Sumo Hacedor siguen apelando a la solidaridad, el mutuo amor sin exclusiones e incitan a la paz al tiempo que siguen cayendo las bombas y se ametralla a quien se ponga por delante.
Por no retroceder históricamente en demasía, baste con recordar el genocidio armenio o el nazi, las matanzas en Líbano y Gaza con más de 60.000 menores entre ellos, las guerras en Ucrania e Irán y últimamente el asalto a Ceuta, superando las 140 victimas entre quienes pretendían llegar a un mundo mejor.
De tener ojos alguno de esos dioses, ¿qué cabría esperar de ellos, dada su omnipotencia? Pues ya ven, y de creer que existen y se enteran de la misa la media, por lo menos a Trump, Putin y Netanyahu debería caérseles el pelo y si me apuran también entre otros a Milei, el argentino, ya que con los del pasado y hasta donde sabemos no tomaron medida alguna y los dictadores continuaron matando a los disidentes mientras algunos hacían de sus respectivas religiones un báculo con el que seguir allanándose el camino del bienestar.
Por resumir, se sigue con hambre de mitos: unos como coraza frente a la adversidad y algunos carniceros para justificarse pese a ser evidente, a poco que se investigue, que las religiones han causado en el pasado mucho más daño que demostrables beneficios. Sin embargo, un buen número de colectivos no pueden evitar ser presa de las supersticiones a modo de placebo cuando vienen mal dadas, y las religiones son el mejor ejemplo.




Totalmente de acuerdo. Las mayores guerras y abusos, han sido por las religiones, sea cual sea. Y el beneficio, como dices tú, para algunos mero placebo, para otros desilusiones y para otros puro latrocinio si no crímenes peores
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por cierto soy Marisa
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Un abrazo Marisa
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