Es sobradamente conocido que no todas las palabras están a nuestro alcance; nadie las conoce por entero ni incluso en su propio idioma, y si uno tuviera que acordarse de todas las leídas o escuchadas, su cerebro supongo que claudicaría. Por otro lado tampoco es ello necesario, ya que existen sinónimos u otras alternativas para hacer posible una comunicación fluida y sin tropiezos.
Sin embargo, y cada vez que vuelvo a una que se había ocultado en la penumbra de la memoria, siento que me embarga cierta desconfianza respecto a mis aptitudes, máxime porque el proponerme que la misma no caiga de nuevo en el olvido suele ser empeño inútil. Aquí tienen, a modo de ejemplo, algunas de las que en ocasiones anoté para volver a ellas de vez en cuando hasta hacerlas mías. Apodíctico, Aporía, Paronomasia, Metonimia, Apotegma…
Por más que lo intento, ellas o sus significados escapan de mi repertorio verbal al extremo que, si quisiera volver a cualquiera de las tales para expresarme, el eventual diálogo pasaría a convertirse por mi parte en un forzado silencio adornado con el rictus de la derrota. No sé si a alguno de ustedes le sucederá algo parecido, pero en mi caso es el principal motivo por el que, de vez en cuando, soy presa del síndrome de Segismundo (¡Átame esa mosca por el rabo!), que así llaman al miedo a no recordar: un miedo que, respecto a estos y otros palabros, ya he incorporado a mi identidad y frente al que no cabe sino resignación.
En consecuencia, eso de que según Borges si una cosa no hay es el olvido, debía ser reflexión que sólo en él podría tomarse por cierta, ya que en mi caso, el resumen… ¡cómo lo llaman…? ¡Ah! Ahora (después de consultar el diccionario) me ha venido: exégesis…


No me extraña que no recuerdes esos palabros…¡las debes usar o leer una vez cada 20 años!
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