En mi devenir diario soy presa de lo que alguien llamó el principio de incertidumbre, y es que, si bien puedo asumir que hay un tiempo para cada cosa, el tiempo que duren las mismas y la secuencia en que deba ponerme a ellas es harina de otro costal, porque me sigue atosigando el dicho de que lo más seguro es que depende.
Ya no me caben más libros en las estanterías, así que ¿no compro más, tiro algunos o cambio el orden y, en vez de en fila, apilados?
El móvil carga lento y parece que se ha quedado obsoleto: ¿ya veremos o a por otro? En cuanto a la cotidianidad, debería decidirme de una vez si sería mejor levantarse temprano o, por contra, irme a dormir pasadas las doce y dejar los amaneceres a terceros. Sea como fuere, ¿preparo el desayuno por la noche o lo convierto en mi primera actividad matutina tras el excusado? La ropa, ¿lista la del día siguiente antes de meterme en la cama? Un coñazo, sí, pero ni te digo buscar en el armario cuando aún en duermevela, y luego, ¿me lavo el pelo con cada ducha o, en otro caso, cuál sería una frecuencia adecuada?
Quizá llevase razón quien escribió que dudar ya es una forma de definirse, pero estoy ya de esa definición hasta donde supondrán. Como otros muchos, imagino. Y si ocupo buena parte de las vigilias, salvo excepciones, en estudiar, leer, hacer ejercicio y escribir, ¿en que orden para conseguir de esas actividades el fin perseguido? Y lo que es más: ¿existe el objetivo o es también cambiante? Supongo, y quizá sea un modo de tranquilizarme, que poder optar es la esencia de la libertad, aunque lleve aparejado el miedo a equivocarse y en tal caso, de nuevo, ¡vuelta a empezar!