¿PARA CUÁNDO LA EDUCACIÓN CONTRA EL RUIDO?

                    El problema viene de antiguo y si la educación, pese al esfuerzo de buen número de sus profesionales, alberga aún numerosos agujeros negros, priorizar la convivencia evitando en lo posible molestias al entorno por mor de conductas lesivas – desde ataques a cualquiera de los cinco sentidos hasta la violencia física –, sigue siendo una asignatura pendiente. Los ruidos evitables o a destiempo son buen ejemplo de lo anterior, subrayando la necesidad de inculcar desde la infancia que el vivir juntos y en armonía exige, en muchas áreas o situaciones, tomas de conciencia que siguen todavía en proceso de asunción.

                        Molestias reiteradas y a veces origen de sobresaltos, interrupciones de la meditación o el esfuerzo en el trabajo, enfados innecesarios, imposibilidad de conciliar el sueño… Tales son algunos de los efectos de esos ruidos en la cercanía, y si bien cabe considerar, en palabras de Sófocles, que hay algo amenazador en un silencio demasiado grande, es igualmente cierto que nuestra estabilidad emocional se ve con mayor frecuencia amenazada por lo contrario, al extremo de convertir la insonoridad en panacea.

                  Bocinazos o esos tubos de escape que multiplican los decibelios permitidos sin perrito que ladre a los moteros, silbatos cuando los vehículos públicos se desplazan marcha atrás, contenedores de basura que unen a su necesidad los estallidos de las botellas que tiran algunos a altas horas de la noche y antes de la recogida de los mismos, certificada por golpeteos y estampidos varios por parte de los empleados del Ayuntamiento. Los turistas y su arrastre de maletas por sobre los adoquines, ladridos, músicos callejeros bajo la ventana, policía y ambulancias con sus sirenas o, tras el cierre de las terrazas en bares y restaurantes cuando ya los vecinos en la cama, podrán seguirse conversaciones a gritos y carcajadas para celebrar la madrugada, gozosa para unos e insomne para otros. De todo ello podría deducirse que se viene educando únicamente para sobrevivir en el mercado del capital, mientras la coexistencia que procure bienestar ha quedado en un trastero que se abre y cierra a portazos. Cuando no a bombazos, hoy, desde Asia a la Europa central.

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CONTRADICCIONES Y PARADOJAS

                         No entraré en reflexiones sobre la política de migraciones, dispar según Estados, incluso Comunidades y, en consecuencia, frecuente colisión entre globalización y solidaridad. En cualquier caso, para esto o los ejemplos que seguirán, es oportuna la frase con que Séneca acusaba ya entonces a algunos de sus coetáneos: “Hablas de una manera y vives de otra”, lo que se hace evidente frente a incoherencias y discordancias que contemplamos a diario.

                         Por mor del cambio climático se pretende apostar por los coches eléctricos, pese a sus altos precios que no se equiparan a los de combustibles fósiles, o la escasez de cargadores públicos para sus usuarios. Algunos siguen denostando del turismo pese a vivir del mismo o, por llegar más alto, basta con escuchar las declaraciones papales contra pobreza y marginación, aunque iglesias o conventos no acojan a quienes se ven obligados a dormir a la intemperie, y es que conciliar fe y razón se hace, incluso para quien ha hecho profesión del buenismo, empresa que demasiadas veces hace aguas. Y no menores, que caben también en otra reciente declaración del pontífice: “La Iglesia debe sentir vergüenza por los abusos a menores”. ¿Desde y hasta cuándo?

                       Hospitales y profesionales sanitarios sobrepasados, al tiempo que cualquier descerebrado ordena matanzas sin otra discriminación que la teórica. De Putin o Trump para qué decir y, en el conflicto Israelita, 124 países exigiendo el inmediato fin de un conflicto que no está sino en pausa porque el acuerdo, ¡Ah!: “No es vinculante”, aclaran. Y por acá, el PP denunciando corruptelas del adversario político sin mención de las propias, disimuladas y en la línea de Penélope pero a la inversa: tejer en su propio beneficio de noche y destejer de día, no fuera a ser que el sudario de la sinvergonzonería saliese a la luz y su fanatismo egocéntrico no consiguiera esconder las contradicciones que los definen.

                    El caso es que muchos, en la actualidad –buena parte de lo pasado, mejor al olvido -, en vez de actuar, predican y declaran/mos. Porque sigue vigente la divergencia entre lo dicho y digo, y el hecho y diego.

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¿EL INVIERNO TAMBIÉN NOS ENFRÍA EL ALMA?

                        A la luz del día y en estos meses, los abrigos disimulan contornos y las sugestivas curvas que en verano resaltaban para el placer visual de muchos. No hay grupos ni sonrisas, nos cruzamos con la mirada baja, a paso ligero, cuidando de no resbalar y, en los comercios, sus escalones exteriores donde con mejor tiempo se sentaban los maridos a esperarlas mientras ellas compraban, son ahora helados bancos de piedra para la nada. La mayoría de aquellas terrazas que frecuentábamos permanecen cerradas; “Volvemos en marzo”, rezan algunos anuncios bajo el cielo encapotado. Y las aceras son, estos meses, pistas de silencio.

                   Nadie en las ventanas o esos balcones con mesita y dos sillas para pasar el rato; sólo se mueve alguna que otra bandera saludando a la ventisca, y las ramas de los árboles en agitado lamento mientras sus caídas hojas subrayan la vegetal rendición. La ciudad se diría abandonada por sus moradores y ya ni les digo al ponerse el sol: las farolas sólo alcanzan a iluminar ese vacío que únicamente cruza el rumor de los aires acondicionados, yo y quizá usted. Nada de sentarse en exteriores y junto a estufas que únicamente fingen proporcionar calor. Transitaremos en soledad y, con cada inspiración, el temor a pillar un catarro. Los dedos helados, y esa obligada salida, un castigo probablemente inmerecido.

                   Una estación ésta en la que suelen primar las ganas de que termine y, entretanto, soportarla de ser posible a buen recaudo. ¿Salir? Mejor cuando el tiempo mejore. Quizá todo lo anterior lleve aparejada un algo de tristeza, pero qué quieren: afirmaba Descartes que el frío agarrota el pensamiento y lo que es más – yo añadiría -: a veces puede llegar al alma.

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¡EL HORROR! ¡EL HORROR!

                Tales eran, antes de morir, las exclamaciones de Kurtz en la novela “El corazón de las tinieblas”. Pero lo que me ha llevado a escribir este post no son los terrores convertidos en materia literaria, sino los resultados de una encuesta sobre miedos varios, efectuada a una muestra de 16.500 personas en 30 países – España entre ellos – y publicada en la revista Journal of Global Health. Naturalmente, hay temores que cualquiera tendría y han dado origen a libros sobradamente conocidos: En “El salario del miedo” (Georges Arnaud), son los que acompañan a cuatro huidos de la justicia, y la mayoría recordamos la desesperación de Pascual Duarte, el personaje de Cela, cuando es llevado al patíbulo. Sin embargo, son los explorados en el citado estudio los que permiten un apropiado acercamiento a estados de ánimo que pueden comprometer el bienestar e incluso la salud.

                     Los participantes debían puntuar, de 0 a 10, la intensidad del miedo relacionado con una lista de 11 situaciones, fueran externas a ellos (guerras, terremotos…), desgracias en su entorno próximo (muerte de un familiar…) o tragedias personales (accidente, enfermedad, pérdida del empleo…). Resultó que, tras calcular las medias, el mayor temor era la pérdida de un ser querido seguido de la enfermedad personal; el accidente de tráfico ocupaba un quinto lugar, el desempleo el octavo… En resumen: el miedo a un cambio indeseado presidía todos ellos, sin diferencias sustanciales entre países, y la estadística obtenida, con independencia del orden en los miedos o modo de asumirlos, es oportuna porque pone el énfasis en la influencia de los mismos sobre estado físico y comportamiento.

                    El estrés consiguiente a las distorsiones emocionales, induce cambios negativos en el organismo: aumenta los niveles de adrenalina, la excitabilidad neuronal y puede promover conductas de riesgo para el propio afectado y/o su entorno. De ahí la importancia del tema en cuestión para diseñar las adecuadas estrategias educativas, de prevención y/o ayuda frente a los temores más frecuentes, pese a que sean posibles muchos más que los analizados: se citaba también el miedo a perder el móvil, a las cucarachas…, y Wagensberg apuntó en su día que incluso la felicidad genera angustia: la del temor a perderla. Quizá, por el sinfín de situaciones inquietantes, procure un suspiro de alivio lo que escribiera en su día Marguerite Yourcenar en su novela Alexis: “Nada acerca tanto como tener miedo juntos”. ¿No se defiende la socialización como necesaria para el equilibrio interior? Pues ahí queda eso. La amistad fomentada si aparece una araña cuando reunidos, o escuchamos que Trump (el pato Donald, según he leído) va a tomar medidas…

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LEER: A VECES UN CASTIGO

                     El hastío que pueden generar algunos libros puede asimismo hacerse presente en otras circunstancias, de modo que no es exclusivo de ellos: ustedes mismos lo habrán comprobado tras escuchar a Cuca Gamarra, Pedro Sánchez tras su chasco o ser abrumados por los comentarios de algún que otro evento deportivo. Sin embargo, hoy quiero referirme a un par de novelas leídas recientemente y que terminé por estricta disciplina. También me ha ocurrido en el pasado con algunas que debí dejar a la mitad para buscar un mejor rato, pero últimamente me obligo siempre a llegar hasta el final, lo que no hace sino poner en jaque la paciencia y cargar de razón a Bernard Shaw cuando advirtió que lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia.

                      Hay que leer con entusiasmo, de modo que la inmersión en la lectura no ha de suponer ahogo, sino un respiro por sobre la cotidianidad. Se hace, creo, para transitar otra realidad, pero la que describía “Grandes esperanzas”, de Dickens, me llevó a pensar que habría sido más acertada titularla “Grandes bostezos”. Afirma la contraportada que se trata de una novela de madurez, magistralmente construida y para muchos la mejor novela del autor, pero la vida de Pip, el protagonista, desde la niñez hasta su enriquecimiento y posteriores avatares, es de una reiteración insoportable, una fraseología que acaba por hacerse previsible y, en suma, cerca de 500 páginas para esquivar de haberlas sospechado en su contenido, de modo que cuando Schopenhauer escribió que él no leía libros que tuviesen menos de 50 años, supongo que pasó éste por alto.

                    Y por no seguirle la corriente, me dio por “Pájaros de América”, de Lorrie Moore: un conjunto de relatos con ninguna chicha y, en conjunto, todo un tostón repleto de americanismos, alambicado lenguaje, ironías sin contagio y, encima, faltos de argumento que pueda enganchar. ¿Elegido Libro del año por The New York Times? ¡Válgame el cielo! Tal el tedio con ellos, que estoy pensando en la relectura y volver a El Lazarillo de Tormes cuando no a Salgari y Julio Verne, siquiera por unos meses, para quitarme de encima el recuerdo de los reseñados. Lo único que mantiene mi duda es si acaso andaba sobrado de razón Fernando Aramburu al decir que, una vez muerto y enterrado, ¡cómo echaría en falta el aburrimiento! Si fuera el caso, Pájaros de América y Grandes esperanzas bajo su lápida. Y la mía cuando llegue el momento.

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