Nada que ver el tantas veces cuestionado núcleo turístico, en el municipio de Calvià (Mallorca) y a 18 kms. de la capital, Palma, con lo que era unas décadas atrás. Y si resulta obvio que todo es susceptible de mejora, en Magaluf se subraya el cambio respecto a ese reprochable pasado, imagen que los medios se encargaban -aún hoy – de difundir, contribuyendo a una mala reputación convertida en seña de identidad. Barrios degradados, de alto riesgo y escenarios de peleas y violaciones al extremo de que, comparado con ellos, el Bronx sería un remanso de paz.
Comida basura, prostitución y Punta Ballena como epicentro del desmadre, emporio de un turismo de excesos protagonizado en buena medida por jóvenes británicos; botellón, drogas y balconing para divertirse cuando encerrados en el hotel porque, como escribiera Susan Sontag en su novela “El amante del volcán”, el peligro, cuando no es demasiado, fascina.
Aún pueden persistir ocasionalmente, de madrugada y en algunas calles, remedos de entonces. Sin embargo, en su conjunto, el Magaluf de hoy dista del referido; ha experimentado una sustancial transformación y puedo afirmarlo con rotundidad tras conocer el lugar desde hace más de 50 años. Se cuida más la limpieza y actualmente está sometido a un decreto de excesos, contando con mayor vigilancia policial. Hay zonas con escaso ruido y pocos transeúntes conforme dejamos el centro en dirección a Cala Vinyes, pero también el cogollo de la masificación ha resurgido para bien:
nuevos edificios y muchos de los antiguos, remodelados; calles de amplias aceras flanqueadas por cuidados bares y restaurantes, numerosas tiendas, una planta hotelera atractiva y, en cuanto a la playa – aproximadamente 1600 m. de agua limpia y fina arena –, recorrerla a lo largo del Paseo Marítimo es, al atardecer, placer al que puede sumarse la cena en alguna de sus terrazas adyacentes: establecimientos con seductoras vistas, cuidado servicio y precios razonables.
Por todo ello basta ya de poner el acento, los medios de difusión, en lo peor de un ayer que lleva visos de cambiar definitivamente. Magaluf se ha duchado y vestido de nuevo con mejores ropas. Todavía le queda alguna que otra camisa rota o con manchas y, de vez en cuando, puede quizá asaltarnos su viejo olor a sudorina, pero para quienes lo hemos visto evolucionar, va por buen camino y es, actualmente, un excelente entorno para el disfrute. Si están en Mallorca, dense por allí una vuelta y lo comprobarán.
















Repasando lo sucedido con las de ambos, no cabe sino concluir que algunas orejas tienen su qué. Van Gogh perdió la izquierda (en el cuadro parece ser la derecha porque se pintó frente al espejo) tras una discusión, y aún sigue la duda sobre si fue él mismo el autor de la amputación o bien Gauguin, pintor con el que se relacionaba y que, a resultas de sus divergencias, lo persiguió con un sable. Sin embargo, la cosa está más clara en el caso del candidato republicano a la presidencia de EEUU, Donald Trump.
El día 13 de este mes, la bala de un veinteañero situado en el tejado del edificio aledaño (a menos de 200 m.), sólo rozó la parte superior de su oreja derecha. Una escena que fue casi regalo, porque le permitió animar a los circunstantes en el nuevo papel de mártir y puño en alto. ¡Luchen!, ¡Luchen!, gritó hasta tres veces. Por suerte para él, en Butler, donde sucedió el fallido atentado, no estaba Gauguin, aunque algunos pensamos que bien podría habérsela cortado él mismo, como quizás Van Gogh, de haber conocido de antemano el éxito mediático y tal vez electoral que llevará aparejada la heridita, así que cabría imaginar una elevación a los altares de haberla perdido entera.
Como el cuadro del Van Gogh mutilado que se exhibe en un museo de Londres. Orejas ambas, las del pintor y Trump, que han dado para mucho, aunque sólo para la del segundo sean pertinentes los títulos de un par de novelas. Respecto al pueblo de Pensilvania donde fue herido, Un lugar llamado oreja de perro (del peruano Iván Thays), y es que tal vez se les ocurra a los demócratas, antes de noviembre, cambiar el nombre de dicha villa a tenor de lo sucedido. En cuanto al personaje en cuestión, nada mejor que Fernán Caballero con La oreja de Lucifer. Como deducirán, sigue sin ser santo de mi devoción el corrupto, demagogo y embustero multimillonario que se nos avecina. Pese a Kamala Harris y con o ya sin gasa sobre la hélice de su pabellón auricular.