LA AMABILIDAD ES TERAPÉUTICA

                    Se incorpora a algunos caracteres de forma permanente o bien se emplea a tenor de las circunstancias. Puede depender del estado anímico y ser, tolerancia y cordialidad, resultado de la educación o consecuencia de previas experiencias que hayan demostrado su utilidad, de modo que surge en algunos espontáneamente mientras que otros podrán emplearla para lograr un objetivo o simplemente quedar bien frente a terceros.

                 Dicho talante no supone necesariamente estar de acuerdo y asumir una opinión dispar pero, frente a eventuales divergencias, comportarse con serenidad y esbozar incluso una sonrisa de vez en cuando, debiera convertirse en regla para transitar en sociedad, dado que, de dejarnos llevar por un primer impulso, el encuentro podría haber discurrido de modo muy distinto. Difícil en ocasiones, por supuesto, pero como asegurase en su día Joseph Conrad, donde hay voluntad se encuentra siempre un camino. En este caso, para conseguir el deseable equilibrio que facilite una interrelación sin mutuas heridas.

               Bajo este prisma, convendrá evitar la agresión verbal y/o ridiculización, porque cortesía y respeto por la otredad no solamente se transmite a quien/es tengamos enfrente sino, más importante si cabe, empapa el interior de quien lo consigue, cimenta la serenidad con que enfrentar dificultades en el futuro y afianza la fe en uno mismo. Una terapéutica, la de incorporar la amabilidad al modo de ser, que termina por transformar a quien alcanza ese propósito y es vacuna contra el eventual arrepentimiento tras haberse propasado. Sin embargo, no todos son/somos capaces de llegar hasta ahí, y es que, como se sabe desde antiguo, al que nace barrigón es inútil que lo fajen. Aunque esconder la panza se diría las más de las veces aconsejable cuando de dialogar se trata.

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ALGUNAS CANCIONES AIREAN LOS SENTIMIENTOS

              Conforme se avanza en edad, el acúmulo de los mismos crece y, a un tiempo, pasiones y tristezas del ayer se dirían muchas veces en conserva: soterradas hasta que algo, a veces un inesperado detalle, despierta un fragmento que puede llevarnos de nuevo a aquel sentir de tiempo atrás, y nuestra identidad hallar un báculo para regresar a lo que se vivió entonces con intensidad. En mi caso, ello sucede al escuchar ciertas canciones, y en concreto hay cuatro (quizá próximamente se añada alguna más) que me devuelven a sensaciones, plenitudes o dolores que en la cotidianidad permanecen – afortunadamente, en algún caso – en la trastienda de la conciencia.

                Para remover de mi lejana adolescencia el placer de haber crecido cerca del mar, y ya entrado en aquella juventud de seguridades y posicionamientos, para revivir la creencia en la posibilidad de cambiar el curso de la historia, hay dos que podrían devolverme a la memoria, por remedar a Machado, el don preclaro de evocar los sueños. Los míos de entonces. La primera de ellas, El Mediterráneo, de Serrat: Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya / y amontonado en tu arena / tengo amor, juegos y penas… Después, y bajo la bota del franquismo, nadie mejor que Víctor Jara con su Vientos del pueblo: De nuevo quieren manchar / mi tierra con sangre obrera / los que hablan de libertad… Son canciones cuyo significado, al escucharlas, se expande hasta hacerme sentir de nuevo instalado en aquel pasado de expectativas y entusiastas adscripciones que esparcen el corazón / y me aventan la garganta.

             Sin embargo, hay otra, Madre, de Rocío Jurado, que no puedo escuchar sin un dolor que a punto está, alguna vez, de humedecerme los ojos. La mía se fue hace ya más de veinte años, pero me veo aún reflejado en sus palabras: Algo se me fue contigo / Madre / Algo siento que me falta / Madre / En la tierra que tú abonas / Madre / algo mío te acompaña /Madre… Por seguir con los finales y pensando en el mío, hace ya años que decidí instar a mi esposa para que, de fallecer yo antes, hiciera sonar la canción de Aute junto a mi cadáver: Presiento que tras la noche / vendrá la noche más larga / Quiero que no me abandones / amor mío, al alba…Como supongo advertirán, algunas se vienen con entrañables recuerdos y a otras las remueve el mal tiempo. En cualquier caso, todas ellas, con seguridad, me seguirán acompañando porque se han convertido desde tiempo atrás en referentes ocasionales de mi trayectoria y, de esconderse en el cajón de los olvidos, iré a por ellas si así me lo pide el estado de ánimo cuando me dé por pensar (quiero creer que de uvas a peras) en mi fallecimiento, el de mi madre, una puesta de sol sobre el marino horizonte o las perspectivas de futuro que nos vendan desde Trump a Abascal.

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EL AYER EN UN ÁLBUM DE FOTOS

                  Ése almacén es ya en buena medida cosa del pasado, del mundo de ayer como escribiera Zweig, porque hoy se acostumbra a guardar las fotos en el móvil o transferirlas al ordenador donde también podrán clasificarse a voluntad pero, incluso así y alcanzada cierta edad, muchos seguimos prefiriendo para las imágenes la costumbre de antaño y echamos de menos, de no haberlos guardado o ya abandonado el hábito, aquellos álbumes que aún podríamos seguir haciendo de no ser presas de la pereza o la incompetencia para trasladar de nuevo las imágenes a cartulinas. En consecuencia, ahora suelen permanecer en formato digital hasta que, por causas varias, puedan caer en el olvido: su desaparición u otras veces la del propietario.

                  En mi caso sigo siendo presa ocasional de la nostalgia, e incluso frente a la pantalla y con el pasado a la vista, me vuelve el siempre fallido propósito de imprimirlas para poder tener, como antes, los recuerdos entre mis dedos al abrir las páginas y regresar a lo que quise inmortalizar porque, en palabras del poeta Carlos Pujol, aunque no se pueda regresar a nada / hay que regresar para saberlo, y si lo impreso facilita ese camino, quisiera guardar las huellas de lo que fue sin teclado de por medio.

                  Por lo demás, las niñeces de entonces sólo podían mudar de la cámara al papel; abuelos y padres permanecen en una memoria para la que los álbumes son asideros que la reavivan y hay mucho más: nuestra madre de joven, los primeros viajes o la fiesta en el Instituto, amigos de entonces que quizá no hayamos vuelto a ver, esa cena junto a la que años después sería mi esposa o aquellos profesores que en la adolescencia hicieron de nosotros lo que ahora somos… Cada vez que abro uno de los álbumes, me propongo hacer otro y me viene a la cabeza aquello de que la vida no es la que uno vivió sino la que recuerda, así que sigo con el propósito y voy a intentarlo mañana a pesar de Miguel Hernández, y a su través ser consciente de que algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía. En otras muchas que conservo, ya ha sucedido.

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CAMARERA AMENAZADA: ¿INTERVENIR?

                 Cierto que, como sugiriera Unamuno, llegará el día en que nos asesinemos con la quijada de un asno, y para comprobarlo no ha sido necesario volver a contemplar en TV los desmanes de Putin o Netanyahu. Fue hace unos días, en la terraza de un restaurante chino de mi ciudad, donde la actitud del cliente de edad avanzada frente a la camarera que le atendía me puso, por injusta, ante la duda de si debería intervenir caso de que el enfrentamiento fuese a más y acabase en agresión física porque, lo que es la verbal, no tenía límite alguno.

                La joven, atractiva y cuyas orientales facciones decían de su origen, reclamaba al individuo que pagase una primera caña que se había tomado en una mesa para luego trasladarse a otra y apurar la segunda. Después de su inicial negativa que la camarera no aceptó, comenzó a increparla y, tras levantarse de la silla, acompañaba los insultos con amenazadores movimientos y las manos levantadas como si fuese a darle de bofetadas de un momento a otro. “¡Cerda!, ¡Embustera hija de p…!, ¡Tú qué te has creído?…”. Ella sin duda le entendía, pero parecía inmune y seguía, educadamente, mostrándole la factura donde figuraban sus dos consumiciones. Cerca de ambos y sentado en una mesa vecina junto a mi esposa, la progresiva subida de tono de aquel mastuerzo me inquietó al extremo de pensar en pararle los pies y, caso de ser necesario y las palabras no bastasen, emplear los puños en defensa de la apacible chica por ser, a mi juicio, víctima sin merecerlo.

               No era tanto lo que decía sino sus ademanes al hacerlo, los que estuvieron a punto de levantarme hasta que, afortunadamente, salió un camarero a hacerse cargo del asunto, la pobre muchacha entró en el bar y, ya convertida la escena en encendido diálogo pero que no iría a más, optamos por marcharnos, no sin antes pasar al lado del sinvergüenza y dirigirle yo una prolongada mirada de desprecio a la que, muy a mi pesar, no hizo el menor caso. Pero ya de paseo por las inmediaciones, me seguía preguntando: ¿debería haber salido en defensa de la empleada, siquiera verbal, aunque fuese consciente de que no es posible razonar con quien no parte del razonamiento para comportarse? ¿Primó en mí la sensatez, la prudencia, o tal vez la cobardía por lo que pudiera suceder de acabar ambos a mamporros? A fecha de hoy aún me lo pregunto y, de volver a presenciar el desafuero creo que, siquiera por evitar la mala conciencia a posteriori, quizá…

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LO MÁS SEGURO ES QUE DEPENDE

                    Y en esa línea, cualquier afirmación con matices porque, para empezar y como escribiera Campoamor, el cielo no es cielo ni es azul. La mayoría de nosotros hemos incorporado algún que otro tópico a nuestros criterios y, asimismo, es difícil eliminar dogmas para intentar quedar al abrigo de la manipulación, aun asumiendo que las convicciones (¿solidas? Mejor, según Wagensberg, líquidas o gaseosas) son mayores enemigas de la verdad que las mentiras.

                   ¿Derecho a una vivienda digna? El mismo derecho que a la propiedad de la misma para los afortunados, si hemos de atenernos a la legislación vigente. Por lo demás, ello no debiera servir de argumento para la ilegal okupación. Y por seguir con dudosos asertos, ¿las mayorías debieran decidir? Pues siempre que se tenga la certeza que su opinión no ha sido dirigida por determinadas minorías para el perseguido provecho. ¿La violencia es siempre condenable? Podría responderse a tenor del título que, en determinadas circunstancias, podría convertirse en mal menor, y oponerse con ella a la ejercida sobre los más débiles tendría una cierta justificación.

                  Continuando con la relativización, ¿la justicia igual para todos, como nos venden? Cabría considerar, siguiendo a Orwell, que todos somos iguales, sí, pero algunos más que otros. Y que existan en ocasiones razonables dudas sobre la independencia del poder judicial o su objetiva aplicación (baste con recordar los inmunes manejos del Rey emérito), explicaría la conocida recomendación que aparece el el poema El gaucho Martín Fierro: “Hacete amigo del juez, no le des de qué quejarse”. Para acabar con los ejemplos y en cuanto a la extendida convicción de que la democracia es el mejor logro para la convivencia, pues sí, siempre que las élites culturales o económicas no la hayan cimentado a su conveniencia. Malo cuando se sacraliza para así justificar cualquier ocurrencia, y que lo deseable se convierta en ocasiones en deplorable tiene, con la victoria de Trump, un buen sustrato para el análisis al respecto.

                 Las supuestas verdades pueden surgir de parecidos condicionantes que alimentan las mentiras, y darlas por inmutables entraña sus riesgos, aunque tener por única certeza, como aconsejara Milan Kundera, la sabiduría de la incertidumbre, quizá sea consecuencia de haber llegado a una edad en la que tal vez sólo alcancemos a tener por cierto que cualquier reflexión, incluidas las propias acabarán, aun sin ser escritas, en papel mojado. Ni para envolver, vaya. Lo cual, y como excepción a todo lo anterior, es seguro y no depende.

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