PARA CUIDAR LA CABEZA EN LA VEJEZ, ¡VIAGRA!

                  La enfermedad de Alzheimer (EA) es la demencia más frecuente en la tercera edad y, hasta ahora, sin tratamiento efectivo más allá de alivios sintomáticos que no suelen evitar la progresión. Pues bien: el pasado mes de marzo se publicaba un estudio que, para buena cantidad de varones, supondrá un auténtico bombazo de alegría. Resulta que la administración de Sildenafilo (Viagra), reduciría la prevalencia de la EA entre un 30 al 54% respecto a dos grupos control que recibieron otros fármacos (Espironolactona, Bumetanida…), lo que significa, para los menos avezados en la terminología sanitaria, que tomar Viagra evitaría en muchos la dolencia.

                       La Viagra actuaría, en cuanto a la prevención del Alzheimer, disminuyendo los niveles de proteínas neurotóxicas para las células cerebrales pero, encima, es de sobras conocido su efecto sobre la disfunción eréctil, facilitando la erección del pene, así que los tratados de ese modo podrían olvidarse de repetir la frase con que se lamentaba el Cavaliere en el libro El amante del volcán, de Susan Sontag. “A mi edad, no espero ya el éxtasis”. Pues bien: el éxtasis susodicho parece casi asegurado con el descubrimiento, aunque a los posibles candidatos al tratamiento les quede por saber la frecuencia de administración que, de ser semanal o incluso menor, puede convertirlos en adictos durante el resto de su vida porque ¡ahí es nada!: evitar el marasmo mental y, encima, ¡dispuestos a todo!

                     Parece evidente que, así como hay ensayos terapéuticos con medicamentos que muchos quisieran evitar por sus efectos colaterales, éste en concreto puede inducir a pensar en los tratados que es lamentable el tiempo que se ha tardado en la ocurrencia. No me extrañaría que, próximamente, se evidencie la formación de colas para ser incluidos en nuevos estudios al respecto que confirmen los resultados antedichos, al tiempo que se compruebe cómo aumentan los que acuden a su médico fingiendo síntomas – despistes, dificultades de concentración – que podrían atribuirse al inicio de EA. E incluso habrá quien se plantee la conveniencia de probar el fármaco en casos de resfriado, artrosis o dificultades para conciliar el sueño; malestares también, hasta la fecha, sin consenso terapéutico. ¿Y si funcionara la Viagra? Además, caso de que no fuera así, ¡ahí me las den todas!

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CARNE DE MERCADO

                       En nuestra relación con los medios, analógicos o digitales, nos hemos convertido en eso: carne de mercado ya que, como subrayara Tony Judt, el dinero se ha convertido en el único criterio moral y hacerse con él, utilizando cualquier herramienta para engatusarnos y fomentar ventas y consiguientes ganancias, es la regla sin que medie acuerdo alguno. Potenciales clientes todos nosotros y la información, por cualquier vía, el mejor instrumento para introducir con ella una propaganda que favorezca siquiera potencialmente el bolsillo del emisor.

                           No hay programa de radio o TV que no se emita trufado de anuncios aunque ello suponga interrumpir la noticia o el discurrir de la película en el momento menos oportuno, pero la manipulación no conoce fronteras y se ha hecho también con unas redes sociales en las que se presume privacidad. Violan la intimidad del usuario con ofertas no solicitadas, pueden aparecer en el contador de pasos o la pantalla del ordenador y se escucha a cualquiera – lo que debería ser delito punible – desde la Alexa o a través del móvil, pues sólo así se explica que tras una conversación con la pareja sobre la posible compra de unas sandalias, aparezcan en nuestro teléfono unos cuantos modelos de las mismas. Y si planeamos un futuro viaje, al poco recibamos alternativas turísticas a la comentada en privado.

Es a todas luces inadmisible que, para evitar esas y otras intromisiones, haya que evitar hablar frente a esos aparatos, apagar los mismos y quién sabe si también deberíamos hacerlo con la nevera o el microondas, pues cualquiera sabe… Pero es posible que en el futuro los mercaderes, convenientemente aleccionados, puedan ir incluso más allá; les sea posible acceder a los pensamientos no verbalizados, examinar en aras de sus negocios nuestros silencios y cristalizar en ofertas varias las lucubraciones que nos asalten en duermevela y con la boca cerrada. Sin pudor ni barreras que valgan porque es sabido que los posibles beneficios anulan los principios, y no sirve de consuelo saber, porque así se constata cuando se aborda el tema con quien sea, que cualquier hijo de vecino está en las mismas. ¿También aquí la amnistía – del espionaje – para una mejor convivencia? Pues aviados estamos de no lograrse un ulterior referendum. Aunque, para este caso, fuera precisa también la alianza con Puigdemont.

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DE HERENCIAS Y LIBROS PÓSTUMOS

                    Sé de casas que llevan años en progresivo deterioro por mor de discrepancias irresolubles entre los herederos. Sus originales propietarios quizá decidieron la cesión a uno, por partes iguales tras la venta, el derribo o la remodelación, pero quienes les suceden  pueden rechazar el testamento por razones varias, lo que pone de manifiesto una vez más que los compromisos, tal vez incluso en vida de los ascendientes, se saltan con frecuencia a la torera. A la vista de uno de esos edificios objeto de polémica, frente al bar que frecuento y que parece abandonado, me dio por pensar en que algo parecido ocurre con los libros inéditos tras la muerte de su autor.

                        Algunos de ellos, y de haber vivido algo más, los hubiesen sacado a la luz o pudiera ser esa era su intención de haber contado en su momento con editorial. Así ha ocurrido con miles, y algunos de reconocido éxito, editados tras morir el escritor. Billy Budd de Melville, El Gatopardo de Lampedusa, Estancia en el tiempo (Celan), Poeta en Nueva York de Lorca, Un soplo de vida de Clarice Lispector… En otros casos se imprimieron póstumamente los de escritores que jamás consiguieron publicar cuando vivos, y ahí están Lovecraft o el poeta iraní Omar Khayyam. Por lo demás, también los ha habido que guardaban celosamente -con motivos muchas veces incógnitos- unas obras que a su muerte fueron encontradas por sus familiares y aireadas: la hermana de Emily Dickinson descubrió casi 2000 poemas de la misma en un armario; las hijas de Irene Némirovsky hallaron “Suite francesa” escondida en una maleta o, en el famoso baúl del portugués Pessoa, que en vida únicamente publicó 2 libros, se encontraron tras el fallecimiento 27.543 cuartillas escritas.

                       Se trata, los anteriores, de casos en que tal vez los desaparecidos habrían aplaudido la decisión de los descendientes. Sin embargo y en otras ocasiones, esa herencia escrita no fue difundida en vida por expreso deseo del propietario intelectual e incluso dejó dicho que no fuesen publicados antes de determinada fecha o incluso destruidos, y la ulterior difusión, de espaldas a la voluntad del extinto se parece, como he mencionado, al comportamiento de algunos receptores con relación a otros legados materiales que les caen en suerte. Por remontarme a la antigüedad, sabemos que Vario no atendió a Virgilio cuando le pidió que destruyese La Eneida; el amigo de Kafka, Max Brod, publicó los manuscritos de éste en vez de quemarlos como le había ordenado, y tampoco la viuda del rumano Cioran cumplió con el deseo de eliminar las páginas de su diario. Nabokov dejó dicho a su mujer, Vera Evssena, que hiciera desaparecer “El original de Laura”, lo que no cumplió como tampoco los familiares de Robert Walser – ingresado sus últimos 24 años en un psiquiátrico – tras ordenar la hermana de éste, en sus últimas voluntades, que todos los manuscritos inéditos debían desaparecer.

                       Como puede deducirse, y de haber horizontes de beneficio u otros objetivos entre los que les sobreviven, los deseos de autores / propietarios pueden pasar a mejor vida junto a ellos, así que, de proyectar algo, parece que es mejor ponerse manos a la obra antes del último suspiro.

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EGOLATRÍA EN POLÍTICA: UNA INEVITABLE SIMBIOSIS

                    En el curso de nuestra trayectoria vital, la mayoría nos esforzamos en mejorar el resultado del propio trabajo y alcanzar las metas proyectadas, afianzar las aficiones persiguiendo la satisfacción por lo conseguido o, por lo que hace al entorno, procurar amabilidad y empatía en espera de reciprocidad. En dicha línea, tal vez empleemos parte de nuestro tiempo para una dedicación compartida con otros y así conseguir alcanzar objetivos comunes, pero de ahí a la generalización, tras asumir la propia capacidad para influir y organizar en muchos aspectos el futuro de todos, media una distancia que es la que distingue al común de los ciudadanos/as respecto a los políticos. Y ello sucede sea cual fuere la geografía que elijamos para el análisis.

               La aceptación de cualquier responsabilidad para con el conjunto de coetáneos, a tenor del Ministerio que a punta de dedo haya tocado en suerte al agraciado, sugiere que los nominados mandamases subordinan sus eventuales habilidades (caso de tener alguna, porque según escribiera Maupassant en Bel Ami, son los fracasados quienes suelen hacerse diputados) y conocimientos al ansia por el todo, y la convicción -siquiera aparente – sobre su idoneidad para cualquier cargo, evidencia que el narcisismo es lo que prima en ellos junto a la seguridad, en palabras de Gómez de la Serna de que, sin necesidad de alguien más en el banquillo, podrán tocar el piano a cuatro manos.

                        Un ego sin medida ni fronteras suele ser la común característica de los tales, al extremo de importar menos su preparación que esa personalidad sin trabas y presta a crear coordenadas que converjan en ellos con independencia del encargo asignado. Por sobre su currículum, el peloteo y las ganas de figurar. Así, hemos visto en el anterior Gobierno del Estado a un filósofo supervisando la sanidad del país, a un licenciado en Filología Hispánica frente al Ministerio de Política Territorial, una abogada para la Transición Ecológica, que ya me dirán; médica como ministra de Hacienda o economista en Cultura, aunque tal vez mejor que el predecesor, aquel Iceta sin más que el bachiller a sus espaldas. Como puede deducirse, a condición todos de un amor desmedido por su ombligo y fidelidad al jefe en cualquier circunstancia. Y así nos va.

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AÚN VIVEN LAS DOS EN MÍ

            De entre otras muchas enfermas que traté durante mi ejercicio profesional, dos de ellas me vuelven con frecuencia a la memoria en forma de recuerdos teñidos de emoción. Como escribiera Pedro Salinas, me sigue doliendo ese largo adiós que no se acaba. Y perdonen la tristeza.

                   Una de ellas, Elsita P., sonriente y animosa, convertía cada visita a mi consulta, durante los años de nuestra relación, en un entrañable rato cuajado de sentimientos. El cáncer de mama que padecía dio sin embargo y finalmente la espalda a los esfuerzos de ambos. La joven – poco más de treinta años por entonces – amaba cuanto la rodeaba, vestía de positividad cualquier experiencia y su afán por seguir construyendo un futuro plagado de alegrías me impidió, cuando hubo de ingresar en un centro de cuidados paliativos, afrontar junto a ella el infausto pronóstico. “Saldré de aquí en cuanto mejore, ¿verdad? Y empezaré a planear el próximo viaje…”. ¡Claro!, le respondí aun suponiendo, como así fue, que no pasaría de una semana. A los tres días y por la tarde, al salir del hospital, me acerqué de nuevo en coche a la Unidad de terminales y entré en su habitación. Pálida, respiraba con dificultad y sin embargo, el deteriorado estado no borraba la esperanza de sus ojos. “¡Gracias por venir a verme! Podría preguntar cuándo me podré ir…”. “En poco tiempo, Elsita”. Acaricié su mano y salí del cuarto. Al volver, pasado un rato para cambiar impresiones con sus cuidadores, había fallecido en soledad.

                Nunca he sido partidario de ocultar la realidad a los enfermos por más dura que sea, y es que hacerlo es cercenar el derecho que todos tenemos a disponer de nuestra vida con independencia de su estado y duración. Elsita me había nublado esa convicción por creer que era mejor para ella, pero acabé arrepentido y por ello, cuando Claudia A. – argentina, de Bariloche – me interrogó sobre la prevista evolución del tumor, le respondí sin ambages. Había venido a este país por mor de su trabajo tras ser operada y tratada con quimioterapia allí, y acudía a revisiones periódicas. En una de ellas y refiriendo síntomas alarmantes, el estudio de extensión reveló metástasis múltiples. Así se lo dije, y también de la incurabilidad pese a lo que pudiéramos hacer. “¿O sea que moriré a no tardar?”. El plazo es impredecible de momento – le dije -, pero el tratamiento sólo conseguirá, en el mejor de los casos, enlentecer el proceso. “Pues regresaré a Bariloche el mes que viene. Allí es invierno; podré esquiar, como hacía antes de venir a España, y estar de nuevo entre mis paisajes mientras espero el final…”. No volví a verla, pero años después viajé a aquel país, me llegué a Bariloche empujado por su recuerdo y pude imaginarla entre la nieve.

Elsita y Claudia siguen conmigo cuando miro hacia atrás y la añoranza continúa haciéndome daño. En un caso quise apoyar la esperanza y en otro la resignación, pero ninguno de ambos sentimientos se apoderan de mí cuando me vuelven y es que no creo, como afirmara la poeta Olga Orozco, que en el fondo de todo haya un jardín.

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