Supongo que conocen la frase propia de dictadores: “La Historia, si no es la nuestra, no debiera existir”. Para borrar la repudiada, masacres sin cuento desde nuestros inicios en el mundo; según James Hillman, 14.600 guerras en los 5600 años de los que tenemos noticias escritas. Es obvio que lo peor se repite y, como muestra, los actuales conflictos en Ucrania o Palestina.
Respecto a la primera Rusia, Putin mediante, pretende hacerse de nuevo con la nación que se independizó de ella en 1991.Y un año antes lo hizo Lituania. Por otra parte, el oeste de Ucrania, antes de integrarse en la antigua Unión Soviética, formaba parte del eje Polaco, visto lo cual cabría preguntarse, en línea con la vuelta al pasado que se esgrime como justificación, el porqué no se reclamará Ucrania por los polacos. O Lituania por los rusos en un nuevo conflicto para la apropiación.
Iguales mimbres rezan con Israel, Estado fundado en 1948 en el seno de una Palestina declarada independiente desde 1988, aunque los conflictos – pese a que la ONU reconocíó la legitimidad de ambas naciones – no han cesado: desde la Nakba en 1967, cuando los hebreos expulsaron a cerca de un millón de musulmanes de sus tierras, al actual genocidio que se comete, bajo la dirección de Netanyahu, sobre Gaza. Se trata en ambos casos, Rusia e Israel, de guerras que hunden su motivación en el ansia por ampliar las fronteras en un remedo de las anteriores, y sin atender a las derivas que trae consigo el tiempo cuando los cambios chocan con la ambición de congelarlos a su gusto.
Al pesimismo que engendran situaciones como las descritas, se suma la inquietud de suponer que, con parecidos argumentos, el Estado Islámico podría reclamar la devolución de Al Ándalus, en su poder 8 siglos y perdido tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos en 1492.
Claro que, con igual derecho podrían hacerlo los descendientes de visigodos (si es que aún los hay) y dueños del terreno antes de que llegasen unos y otros. Y con los mismos criterios podría justificarse que indios Apache, Cheyenne, Comanche o Cherokee, en alianza por recobrar el pasado, asaltaran la Casa Blanca y eliminasen a cuanto conquistador blanco se pusiera a su alcance.
Como podría deducirse, negar la evolución de los pueblos y sus líneas divisorias lleva reiteradamente a la opresión del más fuerte sobre el vecino. ¿Diálogo? ¿Acuerdos? A lo que se ve o lee, pura entelequia para una paz siempre provisional. Y es que no aprendemos.







Así empezaba “Montañas nevadas”, el himno de los falangistas y que por eso mismo no seguiré más allá de “y la frente levantada”, aunque “el alma tranquila, yo sabré vencer” es lo que, en otros términos para no identificarme con ellos, suelo decirme a mí mismo en horas bajas y aconsejar al amigo/a cuando me cuenta de sus problemas o la depresión en que ha caído. Nada de sentirse rodeados por la noche angustiosa porque nuestro futuro es también fruto de la imaginación; mirar hacia arriba porque la luz está ahí y, como escribiera el poeta Rafael Cadenas, lo que salva de los escombros es la mirada.
En tales circunstancias y por no emular a la aldeana cuando informa a Juan Preciado, en la novela “Pedro Páramo” ,de Rulfo, que “Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo”, convendrá dejar a un lado lo virtual, salir a la calle y vencer el desánimo, falangistas aparte, con la mirada clara, lejos, y la frente levantada. Y es que, por remedar a Fausto, sólo merece la libertad quien sabe conquistarla a diario.






