PUBLICAR EN CUESTA ARRIBA

                   Una vez ultimado el texto tras meses o años de disciplinado esfuerzo, ¿ cómo lo publico sin tener encima que pagar por ello? Después de haberlo conseguido anteriormente con varios, el camino suele allanarse a no ser que se pretenda acceder a otra editorial de más renombre, pero la primera vez, incluso aceptando que los derechos de autor son por lo general pura entelequia (Goethe comentó en su día a un amigo, y supongo que con suficiente conocimiento, que «todos los editores son hijos del diablo y para ellos tendría que haber un infierno especial»), el denodado esfuerzo por llegar a la meta quizá sólo tenga entretanto y como consuelo el conocer que otros, antes de alcanzar una fama que para el primerizo es pura quimera, pasaron por parecidas dificultades.

                   A Proust le devolvieron “A la recherche…” numerosas editoriales, y hubo de publicar el primer tomo a sus expensas. A Nabokov le sucedió algo parecido con su Lolita, y Dublineses, de Joyce, fue rechazada por 22 de ellas. Bajo el volcán, de Lowry, por 12 y, En la carretera (Kerouac), devuelta por 19. Igual le sucedió a Landero con su Juegos de la edad tardía; Sábato hubo de pagarse la primera edición de El túnel, Ediciones Cigüeña no aceptó la de Cela, La familia de Pascual Duarte, aduciendo que no se venderían más de una docena de ejemplares o, por no seguir, García Márquez se pasó cinco años buscando editor para su primera obra, La hojarasca, que tuvo finalmente que costearse; El coronel no tiene quien le escriba le fue devuelta por Gallimard, y en cuanto a la más conocida, Cien años de soledad, rechazada en primera instancia por Carlos Barral.

                 Sin embargo, y como se comprueba a través de ellos, las negativas no son barreras inexpugnables, máxime cuando el escribir es, más que afición, necesidad. Y ultimado el proyecto, todo se andará de un modo u otro. No hay otra alternativa que confiar en una luz al final del túnel cuando transcribir es inevitable porque se hace, aunque con suerte variable, para entender/se. Y tal vez también, en consecuencia, para aceptarse.

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DESDE ÁVILA AL FIN DE NUESTRO MUNDO

                     La capital, ciudad de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, a 1132 metros de altura y Patrimonio de la Humanidad, es una preciosidad en sí, y ni les digo cuando contempladas sus iluminadas murallas al atardecer desde el Mirador de los Cuatro Postes, construido al parecer (1566) sobre un templo romano junto al río Adaja. Por lo demás, tanto lo visto como lo escuchado a nuestros guías durante el periplo por la provincia fue un placer, aunque matizado por el turbador silencio de los entornos.

                    Nos dijeron que por allí surgió lo de “Irse de picos pardos” como sinónimo de frecuentar a prostitutas que, durante el reinado de Carlos III, fueron obligadas a vestir falda con cuatro picos de ese color y así distinguirlas del resto. También hubo un tiempo en que la primera carreta de las que acompañaban a la soldadesca en sus tránsitos, era conducida por una mujer cuyos senos al aire propiciaban que ellos se adelantaran para contemplarlos, y de ahí que “Más tiran dos tetas que dos carretas”. Ignoro si habrá en todo ello algo de cierto, pero el sentido del humor parece frecuente en la zona como pude comprobar al leer el rótulo a la entrada de la Catedral en Barco de Ávila: “Cierren la puerta, que se escapa el párroco”. Un pueblo, por cierto, en el que parece obligado comerse un plato de judías (las conocidas “judías del Barco”) tras contemplar el puente románico sobre el río Tormes.

                    No me extenderé demasiado sobre otros de los visitados, cada uno con peculiares atractivos: Madrigal de las Altas Torres con la casa natal de Isabel la Católica, hoy Convento de las Agustinas, y la Bodega de los Frailes, con una red de túneles bajo tierra y cuna del vino verdejo. Piedrahita, flanqueada por la Sierra de Peñanegra, o Bonilla de la Sierra, con sólo 160 habitantes y donde en su día impartiera clases el poeta Gabriel y Galán; Arenas de San Pedro con las cercanas Grutas del Águila, descubiertas en 1963, y especial énfasis en Arévalo, donde se diría obligado, a más de visitar el castillo, un paseo hasta la Plaza de la Villa, con sus espectaculares casas de atrios porticados sobre antiguas columnas de piedra.

                  Localidades todas que guardaré en la memoria aunque, como he mencionado, su quietud y la desertificación (ni un alma por las calles, la mayoría de casas cerradas…), común a casi todas ellas, me inducía a suponer, algún que otro rato y cuando vistas desde perspectivas varias, que así quedaría nuestro mundo tras la extinción de la humanidad. Y es que la España vaciada, por aquellos lares, me trajo en consecuencia aparejadas fascinación y un algo de tristeza.

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IGUALDAD, POR SUPUESTO, PERO ¿DE GÉNEROS? ¿DE SEXOS? ¿Y ELLES?

                 Soy reticente en defender la “igualdad de géneros” porque la diversidad de los mismos nos brinda distintas oportunidades al referirnos a ellos; en el género textil, lana, seda o algodón según el uso que queramos dar al tejido en cuestión, y por lo que hace a los géneros literarios, no cabe confundir, en pos de la igualdad, ensayo con novela negra por un decir. Por esa polisemia del término, me decantaría por la defensa de la igualdad entre sexos, dado que apunta con mayor precisión a lo que pretendemos, no cabe pensar en mercancías y así ocurría cuando en las mujeres (nombradas por lo general así, y no como género femenino) recaía una represión explícita de la que aún, para vergüenza de todos, no se han librado por completo.

                           Según Aristóteles, las mujeres no tenían alma, y para Eurípides eran “maestras del mal”. En este país, el acceso de ellas a la Universidad sólo fue posible desde 1910, y el voto de la mujer, vetado hasta 1931; una usurpación del derecho ajeno – eso es el machismo en palabras de Plinio Mendoza – cuyos flecos todavía persisten. Sin embargo, para enfrentarlo con la meta de terminar de una vez con él, creo que la terminología no es el principal obstáculo. Lo de “género” o “sexo” no pasa por mi parte de digresión con tintes de humor, pero asistimos en los últimos tiempos a cambios en el léxico que, en mi criterio, no hacen sino poner el acento en lo accesorio, y es que modificar o añadir pronombres demostrativos a los admitidos como inclusivos (en castellano, se acepta alguna terminología masculina con significado genérico) , entre otras recientes tendencias, únicamente resta atención a esa igualdad social que es la meta pretendida entre géneros/sexos. ¿O habrá que distinguir también, en un próximo futuro, entre “sexos” y “sexas”?

                         En otras ocasiones se evita el masculino genérico y muchos añaden un femenino para no ser tildados, supongo, de machistas soterrados/as. Así, oímos “Nosotros y nosotras”, “Ellos y ellas”… Pero en este caso suelen empezar por los varones cuando, por hacer patente su intención, deberían la mitad de las veces cambiar el orden o en todo caso añadir, por conseguir mejor equilibrio intersexual, un “viceversa”: “Todos y todas o viceversa”. En cuanto al “todes” o “elles”, con tal de no dejar a nadie relegado, quizá estén de acuerdo en que podría tratarse de tonteríes para la galeríe y esa parece ser la opinión de la RAE. Y aunque pueda parecer impropio, tras todo lo anterior me ha venido a la cabeza La chica yeyé, conocida canción de la admirada y recientemente fallecida Concha Velasco. Imagino que en ese caso no se trataba de reivindicar otro “género”, sino que quizá quiso evitar que de ser “chica yaya” fuese identificada con una abuela o, si “chica yoyo”, con el consiguiente juguete de dos rueditas y cordón. Para finalizar, ahora sí, mis disculpas para aquel/aquella que se haya podido sentir molesta/o por unas opiniones que, como otras muchas, se asientan en la incertidumbre.

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LA SEQUÍA PODRÍA EXTENDERSE AL ALMA

                        Como contrapunto, verdores y el aire fresco; sugerentes rumores de una corriente líquida o reflejos de luz sobre el cristal de las aguas. A su vista, la estimulante evidencia de vidas en auge y, con buen tiempo, el placer de una inmersión. Agitación, espuma u ondas como anticipo de la ulterior serenidad. Saltos o remansos pero nunca vuelta atrás. Imágenes de espejo, claridad, destellos o misteriosas sombras… De estos modos remedan los ríos, cataratas y lagos, lo que quisiéramos para nuestro devenir y, en mi caso, me resisto a olvidar algunos escenarios con el líquido elemento, sonoro o silencioso, como protagonista.

                           El chorro cayendo por mano del hombre en la Font del Raig o, ajeno a intervención humana, el Salt del Grill, ambos en el pueblo de Queralbs donde transcurrió buena parte de mi infancia. El río Freser al fondo del valle; el Ter, en la capital de la provincia duplicando, para hechizo del transeúnte, las fachadas de sus inmediaciones, o el lago de Banyoles, testigo de los encuentros de entonces con mi entrañable amigo. Ya en la isla donde vivo, el torrente de Esporles procura hierba para los asnos, pero no puedo obviar, tiempo atrás, el río Fluviá, en las cercanías de Figueres y junto al que en alguna ocasión acampé con mi hermano, alimentándonos de lo que cazábamos. En cuanto a cataratas, tras visitarlas han terminado por formar parte de mis recuerdos más recurrentes, desde Les Escaules, donde una pequeña cascada junto a la terraza del restaurante en el que cenábamos con mi padre décadas atrás propició una dolorosa nostalgia, a las famosas que me encandilaron y no mencionaré por sobradamente conocidas.

                           No canto lo que perdí, como reza el poema de Ángel González, sino un mundo que corre el riesgo de quedar seco. Sin agua, fuente de vida también para el alma, el crecimiento, tanto del entorno como en el propio interior, se vería definitivamente detenido y la memoria convertida en almacén de pesadumbres.

           La lluvia se hace esperar, / progresa la sequía, / y con ella se duele / esta alma mía.

           Sin agua que ver, beber o surcar,/ no es posible avanzar.

           Finalmente, / desaparecidas las añoradas gotas

           por sobre los rastrojos,

           acabarán por faltarnos incluso lágrimas,

           para ser también nosotros

           a través de los ojos.

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LAS “DES” AL DEAMBULAR

                      Al pasear por calles y aceras de mi ciudad, se me acumulan las “des”, y es que supongo que la inicial letra al «deambular» deja en ese rato su inevitable huella en la deriva de los pensamientos.

                       Agradeceré que puedan disculpar la digresión, fundamentada en la dejadez con que los poderes públicos enfrentan el deterioro que se advierte en los suelos que transitamos, con un descuido que pone en solfa el supuesto de que el descontento sea un estímulo para la acción. Demandas reflejadas en los medios, e incluso denuncias, son sistemáticamente desoídas, y la despreocupación corre pareja con la demagogia que exhiben respecto a esos y otros defectos en áreas de su competencia sin dignarse, de una vez por todas, enfrentar definitivamente el desafío de un asfalto hendido y baldosas desgastadas, quebradas o resbaladizas, con el riesgo consiguiente de tropezar en cualquier despiste o deslizarse sobre ellas y terminar desnucado. Los daños posibles, del descalabro a otras desgracias previsibles, distan de lograr que sean el disparadero para un adecuado mantenimiento, y ese desprecio que manifiestan frente al deseo de la ciudadanía en su conjunto denota, desde mucho tiempo atrás, que nuestra crónica decepción está sin lugar a dudas más que justificada.

                       Otras ciudades visitadas suelen desmerecer el suelo de la que habito, y es que no habría dificultad alguna en desembaldosar donde fuera preciso o conseguir, merced a un nuevo diseño, reducir nuestro desconcierto tras comprobar su incapacidad para distinguir lo sustancial de lo accesorio. Existe una diversidad de opciones luego de observar con detenimiento cada tramo, lo que haría posible discernir descansadamente, descartar lo innecesario y decidir cuándo lo conveniente, en una prelación que no suponga desvarío ni excesivo dispendio económico.

                  No se trata pues de desconfianza, sino que seguimos determinados por la certeza de que también reparaciones o la planificación duran menos que su mala cabeza; un desequilibrio que nos mantiene en perpetua desazón y promueve disquisiciones como la presente frente a tamaño desaguisado callejero.

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