ANOTAR Y TRENZAR LOS PENSAMIENTOS

              Quienes gustamos de hacerlo, nos enfrentamos a problemas varios y no es el menor, de entre ellos, el esfuerzo por retener las ocurrencias para después y a ser posible, hilvanarlas. De ahí se derivan hábitos que como la mayoría de los mismos y cuando se convierten en disciplinadas obligaciones, son muchas veces fuente de estrés.

                En mi caso, y aquejado del que llaman síndrome de Segismundo (miedo al olvido, en aumento conforme se suman años…), recurro a anotarlos siempre que puedo pero, dado que surgen cuando menos se espera, ¿dónde? Como solución, libreta en el bolsillo de todas las chaquetas y, por supuesto, también en la mesilla de noche. Así lo he venido haciendo pero sucede que, ya con la luz apagada y tras registrar el último si acaso lo hubo, el esfuerzo por contextualizarlo, redondearlo y conectarlo con otros me viene impidiendo conciliar el sueño por el empeño en, como dijera Tomás Segovia, buscar la diaria (nocturna, en este caso) salvación por la palabra.                     “Las tejas habían cambiado de color pese a la oscuridad…”. “Después de mi, el diluvio. Entonces miré atrás y, en vez de lluvia, lo que vi…”. “Estaba enferma y debía quedarme a su lado, pero al mirarme…”. El otro día leía estas y otras tantas frases, intenté trenzarlas y no pude dormir hasta las tantas. Para evitarlo en lo sucesivo, he cambiado la libreta de sitio y la he puesto junto a la taza del desayuno. Veremos si consigo tomarme el café relajado o cuántas veces, tras irme a la cama, habré de levantarme y llegarme a la cocina, así que empiezo a pensar si no sería mejor volver de nuevo el boli junto a la almohada pese a la amenaza de insomnio. ¿Les ocurre a algunos de ustedes algo parecido?

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EN VOZ DEMASIADO ALTA

                  Es frecuente que en los debates el interlocutor eleve su tono de voz, y escuchar en los medios de comunicación igual exceso al punto de recordar a Estentor, aquel que en la Ilíada “gritaba como 50 guerreros…”. Los gritones parecen creer que esos chillidos cargan de razón sus argumentos, facilitarán en los diálogos la persuasión que persiguen y despertarán una mayor atención, cuando acostumbra a suceder todo lo contrario porque el oyente desearía cortar o, de estar en su mano, apagar la emisión.

                Para ese hablar de altavoz existen motivos varios que, de no obedecer a la distancia o sordera del receptor, tienen escasa o nula justificación porque probablemente y de rebajar los decibelios, el que escucha no se sentiría agredido y, en consecuencia, movido a escapar. Como ejemplos, baste con reparar en los comentaristas de fútbol por radio o a esos otros que, en las discrepancias, se revelan incapaces de bajarse del burro y aceptar siquiera en parte la opinión ajena; advertencias pronunciadas como armas arrojadizas, gritadas las consignas y eslóganes sobre cualquier reivindicación… Se diría que para subrayar, convencer o regañar, es insuficiente lo que se dice de no hacerse en muchas ocasiones vociferando, desde el goooool a un ¡ni se te ocurra!, ¿por qué has llegado tan tarde?, o el dolido ¡qué pretendes?

                    Sin embargo, y como apuntara Musset, sólo el silencio es fuerte. Sin duda, y frente a la situación o intención que sea, hay mejores alternativas que la de atacar los tímpanos, propios y ajenos, al extremo de que si no se es capaz de modular la voz, quizá fuera mejor callar. Y viene todo lo anterior a propósito de las actuales disputas entre políticos de distinto signo cuando, a más de exponer sus puntos de vista, quieren a un tiempo laminar al adversario. Quizá no se hayan percatado de que podrían lograr, con ese abroncamiento, un resultado contrario al que desean. Y es que encima, y por más que se vocee, los oyentes sólo prestarán atención a lo que más les guste. Como suele pasar, orillando la objetividad, en otros órdenes de la vida. En cuanto al orador del dibujo y a pesar de su nariz de Pinocho, nada que ver con el títere recientemente apaleado en Madrid y estos días en candelero. No fuesen a pensar…

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EL LIMITADO ALMACÉN DE IDEAS

                        Como sabemos todos, es ineludible el pensar aunque nunca nos parezca suficiente con todo un mundo en derredor por descubrir. Y por si no bastara con tantos estímulos que nos sobrepasan, mucho de lo que entra se va, aunque nos pese. No me refiero al pensamiento, muchas veces a su aire y de difícil control, sino a ideas, emociones o conclusiones trabajadas que quisiéramos trenzar para hacer con ellas una madeja inasequible al deterioro o, más allá, inmune al olvido. Suelen permanecer, si se trata de reflexiones, cuando existen contradicciones y andan a la greña pero, alcanzada la paz entre ellas, el tiempo puede apagarlas hasta desaparecer bajo nuevos aluviones que se sobreponen a las antiguas o las descontextualizan al perder sus asideros: los referentes que las mantenían.

                        De ahí los esfuerzos, quizá baldíos, con que intentamos mantenerlas: nemotecnias o revitalizaciones en la duermevela de ese almacén que puede estar lleno como ocurre en ocasiones con el parking de vehículos o los armarios. Ya no hay más espacio o lo guardado debería ser interpretado a tenor de nuevas circunstancias, así que sólo cabe el Make room, que diría un angloparlante: haced sitio , aunque si uno tuviera que acordarse de todo tal vez explotaría porque, como escribiera Nietzsche, sin olvido no hay manera de vivir.

                        Bien es cierto que ciertas ideas pueden ser eliminadas para curarse en salud, porque las hay impostadas, fruto de manipulación interesada y ajena a nuestra voluntad, metidas con calzador o crecidas a expensas de otras con mayor respaldo. Sin embargo, los límites de la memoria ejercen de disparadero para el desaliento, máxime tras el resignado “Sí, ya lo había pensado. ¿Cómo era?”. El caso es que a veces me digo que ojalá, a diferencia del armario ropero, pudiese archivar sin límite alguno, en una especie de Google neuronal. Pero no creo que vaya a ser posible ni siquiera con las nuevas tecnologías, así que sería oportuno concluir que a lo vivido o hecho, pecho; mejor en el cómodo lecho para correr la cortina sobre la desmemoria y durante  estas fiestas, como paliativo, lecho…na. Aunque no deja de preocuparme que, en lugar de ideas para afianzar la presente digresión, sólo se me ocurran ripios traídos por los pelos.

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COMER: CÓMO, CUÁNDO Y QUÉ

No vendrá mal la reflexión en estas fiestas de mucho comer. La ingesta es, a más de placer, necesidad cuya práctica se presta a tantas variantes, consejos y protocolos, que incluso hay profesionales dedicados en exclusiva al estudio de un buen comer como adecuado sostén para cuerpo y espíritu. Respecto al cómo, y aunque haya situaciones propicias a ofrecer una mejor imagen de uno/a que esa de llenarse el estómago, hay acuerdo en la conveniencia de hacerlo con dedicación: masticar a conciencia, sin prisa, saborear, intentar en lo posible estar al loro sobre lo que se hace en ese rato y, aunque podamos aceptar algunos dichos – ”Tripa vacía, corazón sin alegría” -, cabrá rechazar otros que sólo inducen al llenado sin matiz: hasta decir basta, a buen hambre no hay pan duro o, a falta de pan, buenas son tortas.

Por lo que hace al cuándo, a los horarios, del estudio prospectivo efectuado en USA el pasado año, sobre adultos con más de 40 años, se desprende que un intervalo entre las comidas inferior a las 4.5 horas, o una sola comida diaria en lugar de las tres habituales, se asocia a un aumento de la mortalidad que podría obedecer a la sobrecarga metabólica. Aquellos que no desayunan padecerían con mayor frecuencia accidentes cardiovasculares, mientras quienes no comen o cenan incrementarían el riesgo, incluyendo ciertas neoplasias, por causas varias.

Sin embargo, también se han publicado opiniones encontradas ya que parece, a tenor de múltiples trabajos, que lo que se come (desaconsejable un alto contenido en azúcar, o los alimentos ultraprocesados por facilitar entre otras cosas el deterioro cognitivo… ), y es la respuesta a la última pregunta del título, tendría mayor influencia en la salud que los intervalos citados.

Así pues, el asunto supera con mucho la presunción de Brillat Savarin allá por el siglo XVIII: “Dime lo que comes y te diré quién eres”, y aunque orillando recomendaciones ajenas a las evidencias científicas (dietas veganas, milagro, obviar las berenjenas tiempo atrás, cuando se afirmaba que provocaban melancolía…), es de dominio público que, con independencia de la naturaleza vegetal o animal de lo elegido, la cantidad por defecto o exceso puede provocar en sus extremos caquexia u obesidad, extremos ambos a evitar pese a que el escritor Josep Pla afirmase en su día, quizá basado únicamente en su propia percepción, que las tres cosas que procuran mayor placer a los hombres – sobre ellas no dio pistas – son la ópera italiana, el vino dulce y las mujeres gordas.

A partir de hechos o supuestos, diría que es tema del que cualquier lector tiene información sobrada, de modo que tal vez lo más razonable sea concluir mi ocurrencia de hoy sugiriendo que allá cada cual con la elección del tramo que va desde el ayuno al empacho, aunque supongo que, llegadas las navidades, de ayuno más bien poco y he de confesarles que ayer, Nochebuena, me puse las botas.

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