LA AMISTAD. Y UN AMOR HASTA EL DESMAYO

                              Hay encuentros que despiertan una amistad sin fin. Así me ocurrió, recién salido de la adolescencia y en mi primer año de Facultad, cuando en la Residencia de estudiantes, allá por Barcelona, coincidí con quien, aunque un año por delante, cursaba la misma carrera. Desde los 17 años y hasta la licenciatura, bajo el mismo techo y junto a un tercero también íntimo de ambos, al que seguimos reviviendo décadas después y cada vez que nos vemos, pues falleció en 1973 a consecuencia del accidente de aviación en el cielo de Nantes.

                         Al poco de iniciar el ejercicio profesional tomamos caminos distintos, pero en el ínterin nos enamoramos de las hoy nuestras respectivas esposas y que también por entonces convivían en un Colegio Mayor cercano al nuestro. Ambas procedían de Mallorca y de ahí la segunda parte del título que paso a explicar. Llegado el primer verano tras conocerlas y vueltas las dos a su isla, decidimos juntar las pocas perras que teníamos y embarcarnos, con mi seiscientos, en lo que fue nuestro primer viaje allá para pasar los cuatro unos días de feliz noviazgo. Nos alojamos en una pensión de mala muerte con tal de ahorrar, y es que el escaso dinero de que disponíamos habría de cubrir la gasolina, amén de los bares y restaurantes adonde iríamos con ellas.

                          Las invitaciones a nuestra costa no eran diarias y, cuando solos, ni un bocadillo con tal de tener para el siguiente encuentro, aunque no nos importase porque hasta el hambre era hermosa bajo la expectativa de verlas aparecer. Pero la abstinencia por mantener el bolsillo llegó a tal extremo que, cierto mediodía y a la espera de una nueva reunión de parejas, el prolongado ayuno provocó el desvanecimiento de mi amigo. Sin duda la hipoglucemia como exponente de nuestra precariedad económica, y tuve que llevarlo medio a rastras al bareto de la esquina donde, a dos carrillos, sólo tardó unos minutos en cobrar conciencia de que el amor puede acabar incluso en un desmayo. Así ocurrió y, pasados muchos años, canosos, con ellas y cada vez que nos reunimos, el incidente nos arrastra incesantemente hacia el pasado como dijera el gran Gatsby aunque, afortunadamente, los recuerdos no los remueva el mal tiempo sino la barriga ahíta como contrapunto de aquel desnutrido ayer. Y un pacharán tras el postre.

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EL “ÓN”, SUBIDO AL CAMIÓN

Se tiene la sensación que, por simple evolución, amigarse con el “ón” es hoy una condición

para cualquier pretensión

que entrañe reputación

y mejor retribución.

Ya falleció la Chacón, pero ahí sigue el Errejón y,  por si eso fuera poco, después de las elecciones,

Jorge Azcón en Aragón,

Un tal Mazón en Valencia

o, en Asturias, A.Barbón.

Y seguirá en el empeño Pedro Sánchez Castejón, así que tras su gestión en pos de una solución para ésa su vocación, de presidente sin pausa hasta la jubilación,

un alirón, alirón

y Puigdemón campeón

a lo visto y con perdón,

pero esa es mi percepción,

aunque menudo marrón

para la Constitución.

El Borbón va de Bribón y, por mor de la pasión, con Corina en el colchón

de empezar la comezón

para saltarse el listón

y rendirse al apretón

en previsión de un bajón

y hasta la fornicación.

Por lo demás, lo que viene es más que una digresión: observación pura y dura, que tensiona el corazón. Y en semejante asunción

que supera la impresión,

por sus modos de cabrón,

mejor que Putin, putón.

Y en fin, como colofón, habrá que aceptar que España

es un tierra de “ones”

y, como enseñó Rubiales,

de tocarse los …ones.

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LAS CARAS AL PASAR

                   Sugería Nietzsche que los mejores pensamientos son los pensamientos caminados; sin embargo, y como muchos de ustedes habrán comprobado, pueden también ser los peores. De ahí que, aunque podamos ser perezosos de mirada, pasearla en derredor mientras transitamos y fijarnos en los semblantes de aquellos con quienes nos cruzamos, tal vez mude nuestro ánimo y propicie nuevas sensaciones que cambien la perspectiva y alumbren reflexiones que nos saquen del propio interior para conducirnos por otros derroteros. Y los estímulos sobrevenidos, sean cuales sean, suelen enriquecer el bagaje que nos cimenta.

                      Me refiero al lenguaje del gesto, a esas emociones que, como las nuestras, las más de las veces se transparentan sin otro lenguaje que el que traduce un rictus, la mirada o el entrecejo. Unas facciones que diseñan la ilusión, amor o hastío y que, de observarlas e intentar adscribirlas a lo que las promueve, pueden ocuparnos el resto del paseo.

                     Cuando el otro anda solo/a, tal vez la vista perdida o fija en sus adentros en una búsqueda constante o detenida; sonrisa, preocupación… Si en pareja, complicidades, quizá cada quién a lo suyo con o sin móvil interpuesto, gestos de complacencia o muda impresión de distanciamiento. Los ojos, al cruzarse con los nuestros, pueden chocar en un reto sin objetivo o, durante unos segundos, hacerse mutua y amable compañía. Los auriculares conseguirán simular vida en otro planeta, los labios fruncidos una reciente desazón, y esos párpados entrecerrados, la búsqueda de nuevas actitudes que adoptar frente a la adversidad. Observar es, en suma, intuir, aunque según estemos en cuanto los  sentimientos que albergamos, convendrá elegir la faz del transeúnte en que pensar. No sea que pasemos de mal a peor.

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PRONTO, LOS POLOS COMO DESTINO

                    Según leí, y hasta ahora, uno de cada trescientos habitantes de este mundo ha buscado en algún momento refugio en otro país que el suyo. Ignoro el porcentaje que podría atribuirse a distintos planetas y sus motivos si, como algunos aseguran (con más ganas que pruebas, diría), ya se han encontrado indicios concluyentes de visitantes extraterrestres. Por lo que a nosotros respecta, los traslados suelen obedecer mayoritariamente a guerras y hambrunas, pero a no tardar y de empeorar a límites inasumibles el clima, como anuncian documentados estudios al respecto y hemos padecido este verano, los siete u ocho mil millones que somos nos veremos obligados en un futuro más o menos lejano a migrar hacia el norte, y más arriba que ese norte como meta de hoy, para escapar en lo posible de la mortal calorina a que podemos vernos abocados en nuestros hábitats.

                      Cabe suponer que en los desplazamientos ya no se emplearán pateras por temor a caer en un mar transformado en caldera de agua hirviendo y, por supuesto, será indispensable atravesar Pirineos o Alpes provistos de sombrilla y abanico. Elefantes en Bilbao, cebras y jirafas en Estocolmo, tarántulas amazónicas adaptándose al Ártico, y si a día de hoy el 90% de las especies que antaño existieron han desaparecido, no alcanzo a suponer si las que sobrevivan podrán contarse con los dedos de las dos manos o bastará con una si seguimos dependiendo, para evitar la extinción del mundo, de los protocolos climáticos que han suscrito nuestros eficientes políticos en Kioto o París.

                     Por lo que hace a los humanos, centroamericanos hacia la argentina Tierra de fuego, negros subsaharianos en Siberia y, todo ello, pese a las sonrisas con que pueda acoger la predicción algún que otro negacionista porque, de seguir así el asunto, terminaremos por encontrarnos en Islandia o las Lofoten con Miguel Bosé, Abascal, Trump… Y en bañador. Otra cosa es que el viaje nos haga más discretos, lo que sería deseable porque si, como apuntara Horacio, se mudan cielos y no ánimos, ¡aviados estamos con semejante compañía!

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EL CAMBIO, POR LOS PIES

                       Suelen cambiar escenarios y hábitos en nuestro entorno a poco que nos fijemos, pero hoy quiero referirme en concreto a las peculiaridades de quienes deambulan cerca de nosotros. Muchos siguen llevando el teléfono móvil en el bolsillo de atrás aunque ello incite a su pérdida o sustracción, como vi en una ocasión. Ellas, el pelo a veces de insólitos colores o moños de lo más variopinto y, hacia abajo, algunas con falditas a punto de descubrir intimidades por su escaso tamaño. Pero hay que seguir hasta los pies para constatar la nueva querencia, en paralelo a pantalones rotos, y por una vez aplaudir la generalizada elección.

                     Me refiero a las zapatillas de cordones, actualmente el calzado habitual en ambos géneros y que en las mujeres, afortunadamente, están sustituyendo a los zapatos de tacón y evitando los riesgos que comportaba su uso: caídas y esguinces que con el cambio dejarán paso a la comodidad. También se están imponiendo entre los varones, pero son esos pies, antaño con tacones – aunque, como cualquier uso con riesgo aparejado, pudiesen fascinar –, los que me llevan a manifestar mi absoluto acuerdo con la acertada opción.

                  ¿Pegan con cualquier vestuario? ¿Se ha impuesto el bienestar al estilo de antes? ¿Pasará la moda para dar paso a otra, como es la regla? Pues de nada estoy seguro, pero ¡qué quieren! No puedo por menos que recrearme en la nueva estampa y, en días pasados, me di a pensar que si nuestros políticos siguen la tónica y optan por cambios en los pies en lugar de en sus cabezas, será circunstancial deriva para seguir en las mismas y, la novedad, mero espejismo sin otra trascendencia que la mayor seguridad, ahora, del paseo femenino. Haya baches o grietas en el asfalto. Por cierto: de titular en otra ocasión -y referido a nuestros mandamases- un nuevo post como “El cambio, cerebral”, lo escribiré en letra de mayor tamaño y con signos de admiración.

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