BARBIELANDIA: UN FIASCO

                 Fui a ver el otro día la película Barbie y he de decirles que, pese a su reconocido éxito mediático y económico, me pareció de principio a final una comedia impostada y artificiosa; una secuencia de estereotipos con manifiesta voluntad de originalidad pero fallidos resultados. Algo así como querer su directora, Greta Gerwig, rellenar una preconcebida tesela con pegatinas que suponía del gusto de mucho consumidor.

                 La Barbie protagonista, una caricatura tendenciosa sobre la complejidad que supone la relación entre ambos géneros, masculino y femenino. En su lugar, escenas simplistas, reiterativas y previsibles al poco rato de comenzar un argumento que elije la decoración por sobre el análisis. Las actitudes de los varones, de todos ellos, una sucesión de clichés que ponen de manifiesto la inutilidad de contradecir, siquiera en ciertos aspectos, esa imagen con que algunas se empeñan en dibujar a todo el colectivo sin excepción alguna. Tópicos y prejuicios que terminan por cansar tras las primeras sonrisas, mientras que todas ellas, muñecas vivas o féminas plastificadas, en total sintonía para subrayar su progreso cimentado en la estupidez de los hombres, y apelando a actitudes o comportamientos que, afortunadamente para todos/as, han ido cambiando globalmente y, con las excepciones que sabemos, en bien del conjunto.

                Apelar a la ridiculez de una masculinidad que en la película se diría incapaz de la menor adaptación y hace bandera de su egolatría, violencia y desprecio hacia el sexo opuesto, mientras ellas, empalagosas, sonríen, dialogan y toman a Ken por el imbécil sin paliativos que se dibuja, no se me antojó ocurrencia capaz de llevar, desde la supuesta ironía que se pretende, a la reflexión sobre la deseable y justa igualdad frente a un patriarcado que se trata sin matices ni excepciones, contraponiendo el blanco de todas ellas al negro despreciable de los varones. En conclusión, y según mi opinión, reivindicación feminista con tintes de radicalismo y enfoque de comedia más que cuestionable. Un panfleto que a punto estuve de abandonar a la mitad. Por puro aburrimiento.

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ENTRE TURISTAS Y PEDOS DE VACA

                    La masificación turística no es una epidemia mundial pues depende de varias circunstancias que no coinciden en todo lugar pero, donde sucede, modifica sin duda el estar de sus habitantes y el medio en que se desenvuelven. Suele ser estacional, aunque la temporalidad podría decaer y, sea como fuere, el aluvión de visitantes provoca reacciones contrapuestas en la población residente y también entre los gestores de la comunidad. Porque se sufre con ellos pero a un tiempo muchos viven de ellos, y en paralelo a calles, terrazas y restaurantes atestados, aumento del ruido y muchas veces un mal dormir por juergas hasta altas horas, buena parte de residentes consiguen trabajo; también la cadena de beneficios para muchas empresas se vincula al bolsillo de los llegados y tanto más cuanto mayor el colapso de carreteras, puertos y aeropuertos.

                      La situación ejemplifica lo acertado de quien sentenció que no existe progreso sin contradicciones y que los beneficios se sobreponen a los principios, lo cual ya ocurría en tiempos de Séneca cuando acusaba a algunos de hablar de una manera y vivir de otra. Enfrentados a un turismo excesivo, la deseable sostenibilidad de organización y entorno se modifica en su perspectiva para pasar a depender del punto de vista, y así, puede apoyarse a un tiempo la restricción de llegadas y la apertura de nuevos negocios para la clientela foránea, anunciar la limitación del número de cruceros junto a la ampliación de carreteras y aeropuertos o, por no seguir, perseguir una reducción de la contaminación producida por los vehículos a motor mientras los de alquiler se multiplican por miles.

                   Huida de muchos ciudadanos hacia lugares más tranquilos mientras otros aplauden la plétora y así ha sucedido en Venecia donde, en comparación con medio siglo atrás, la población censada se ha reducido a un tercio. Algo parecido a lo que ocurriría de ser invadidos por las abejas de las que, picaduras aparte, comemos, y sin su polinización el futuro se complicaría. ¿Insecticida o encerrarse en casa hasta que se alejen? Ese turismo de millones nos ensucia el aire y espacios vitales, pero buena parte de la economía en algunas comunidades e incluso países se basa en su presencia. También, como se sabe, los pedos de las vacas sueltan un metano que puede contribuir a terminar con nosotros, pero es ilusorio perseguir solución por parte de unos ganaderos que viven de ellas y quizá únicamente los veganos podrían compararse a esos dos tercios de venecianos que han decidido poner pies en polvorosa. En conclusión: ¿soluciones al gusto de todos? Pues no las hay y, entretanto, paños calientes o, para mayor precisión, templados mientras nos pican o el culo de las vacas nos sigue amenazando.

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LA ESTELA DE UNA VIDA

                       La experiencia que cualquiera de nosotros va acumulando con el pasar de los años, obliga a dar razón a Holderlin cuando escribió que “todo se deshace o se derrumba / y solo queda en pie lo que se canta”. El presente se extingue en cuanto aparece y, por lo que respecta al pasado, en la memoria a veces y otras ni eso. No vayan a pensar que consumo mis días entre filosofías existenciales, pero me llevó a semejantes reflexiones ver pasar un avión desde la ventana, allá en lo alto y, dibujada en el cielo, su blanca estela. Bien perfilada tras él pero, conforme avanzaba, se iba desdibujando, hecha jirones, hasta desaparecer en la distancia.

                         Desde entonces y en cada ocasión, veo nuestro transitar representado en esa metáfora que traza la aeronave bajo el firmamento: lo vivido o soñado, denso mientras ocurre y, a medida que se transforma en ayeres, convertido en retazos que acaban desflecados y confundidos con el entorno hasta su desaparición en el olvido. “¿Dónde estará el pasado que tuvimos?”, se preguntaba el poeta Oscar Hahn. Pues ahí, como sucede con ese rastro aéreo: entre azules optimistas y nubes en el camino. Primero condensado, cuajado de proyectos, sentimientos y avatares diversos que, a lo largo de los años (minutos para la estela), van cediendo y mudando a memorias parcelares, nostalgias o frustraciones sin las interrelaciones de antaño: sólo manchas aisladas que con el devenir, llegarán a hacerse irreconocibles incluso para su autor.

                     Y para qué decir tras el seguro aterrizaje, si ya confundida nuestra trayectoria con la de cualquier avión. En ambos casos, el motor parado y, del trayecto, ni siquiera huellas; una estela que el tiempo borrará mal que nos pese, aunque las humanas puedan permanecer algo más que la dejada por el aparato. Por eso, cuando los veo pasar, se me ocurre envidiar a esos árboles de enfrente que, aunque nunca conseguirán dejar el suelo, a diferencia de nosotros y los ingenios alados son capaces de recuperar el ayer: sus hojas desvanecidas tras el invierno. Ahora mismo y si hubiera de elegir entre identificarme con avión o árbol, sin duda el segundo aunque suponga renunciar a viajes; a nuevos horizontes y perspectivas. Pero según como siga la cosa, igual cambio de opinión.

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UNA OBSESIÓN

                     Como afirmaba Elías Canetti, Nadie sabe lo que es bueno y sí lo que sería mejor. En cuanto a la manía a que me refiero, sería sin duda saludable echarla al cubo de desperdicios porque actualmente ya dispongo de un excelente lugar para escribir y leer: mesa amplia, rodeado de libros y un ventanal delante desde donde contemplar el azul o el blanco movedizo de las nubes. Sin embargo, no hay callejeo en el que pueda evitar alzar la mirada a terrazas o balcones para suponer si, allí sentado, mi actividad sumaría un plus añadido de bienestar. ¿El espacio desde la puerta de la habitación a la barandilla sería suficiente, y el ancho adecuado para colocar el ordenador en un lateral? Por supuesto, un panel opaco desde el suelo hasta metro y medio para evitar la curiosidad de los transeúntes desde abajo; cristales y cortinas correderas… De ser terraza, caseta de madera junto a la balaustrada, y luego está la altura y vistas: de un segundo piso hacia arriba por cuestión de ruidos, mejor el ático y, enfrente, entorno despejado: árboles o montes en lontananza…

                   El caso es que no me ocurre sólo en la ciudad que habito. En favor de pequeños pueblos juega el silencio o los horizontes y, en cada viaje, placitas y rincones exigen la habitual parada para la observación de miradores o cristaleras que con frecuencia suscitan una inconfesada envidia. Más de una vez he elegido el trayecto en determinado lugar por suponer que encontraré con más frecuencia lo que persigo, e incluso hace unos meses, en el sur de Italia y visitando la ciudad de Matera, con laderas en su entorno que aún conservan cuevas troglodíticas, me dio por imaginar alguna de ellas convertida en mi habitáculo para el quehacer cotidiano…  

                 Una paranoia convertida en hábito, esa de perseguir el paradigma, que suelo justificarme por creer que es compartida, con distintos objetivos, por muchos otros y, en el caso que hoy me ocupa, evita esa “pereza de mirada” que condenaba Chesterton. Todos sabemos de chifladuras varias: desde la forma de la mesa del comedor al tamaño de los pendientes, el color del coche o de las camisetas… No obstante, he de reconocer que mi obcecación conlleva un cierto riesgo y es que, si bien el ejercicio físico en busca del soñado escritorio implica indudables beneficios, el mío, centrado en un cuello doblado hacia atrás a la menor ocasión y con la nuca entre los hombros en cuanto hay balcón en perspectiva, podría terminar en tortícolis. Para ser preciso, retrócolis. ¡Vade retro!

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SI HAY QUE ELEGIR, ¿MUERTOS DE FRÍO O DE CALOR?

              Con el cambio climático la temperatura va en aumento, aunque también puede traer consigo períodos de frío glacial por el calentamiento del Ártico y consiguientes olas de aire helado hacia el sur. Estaciones cada vez más difíciles de sobrellevar hasta llegar a la última que viviremos y, de poder elegirla, ¿Por cuál nos decantaríamos? ¿Morir de frío o de calor? Porque aunque la predicción pueda tacharse de catastrofista en exceso, bien podría ser que un día los sapiens (resultado de su mala cabeza) empiecen a extinguirse hervidos o congelados.

              De ser en verano – si acaso aún puede diferenciarse éste por no abarcar todavía el año entero-, atrapados por él y, como dijera Borges en El libro de arena, envilecidos. He podido constatarlo en los pasados días de insoportable canícula, y caliente, húmedo y exangüe algún que otro rato, se me ocurrió imaginar cómo sería, en lugar de dilapidarme en vahos de sudorina, concentrarme en mantener todos mis entresijos apretados cuando ya encogido por el frío, recogido en amasijo y, a pesar de los temblores, con los sentimientos a buen recaudo y el aliento contenido. Puede ser cierto que el frío -lo aseguró Descartes- agarrote el pensamiento, pero mientras avanza y a diferencia del calor, invita al acercamiento, a un abrazo que quizá preste por un rato la calidez que todavía pueda quedar en el otro/a antes de quedar ambos ateridos, mientras que el bochorno aleja del contacto y el sudor anticipa con mayor claridad, incluso por el nombre, el sudario que se avecina.

               Se trata sin duda de una elección trágica y escoger entraña siempre el riesgo de equivocarse, pero de tener que optar, la decisión sería inevitable y, si muertos de frío, siempre cabría la posibilidad de que, ya congelados y en caso de un cambio meteorológico radical y prolongado, la ciencia pudiera volvernos a la vida, un regreso que, de terminar derretidos, se antoja más difícil.

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