Estamos rodeados, muy a nuestro pesar (aunque de ser los protagonistas, quizá andaríamos en las mismas…), de decisiones intrascendentes cuando no banales y que, de no existir, tal vez incitarían a un suspiro de alivio. Consideren, de disentir, lo poco que nos aportan la mayoría de artículos en prensa, el aluvión de nonadas en las redes, los debates políticos donde la esencia se basa en poner al oponente de vuelta y media, o declaraciones sin trascendencia alguna y cuyo único objetivo es quedar bien: los discursos de líderes europeos sobre el genocidio israelí sin traducción en medidas coercitivas, los del Papa en pro de la paz y la concordia y que harán sin duda arrepentirse a Putin y Netanyahu…
En las ciudades, el control de los ruidos, procedan de vehículos o puro vociferio en las terrazas de cualquier bar, una quimera, al igual que la deficiente vigilancia sobre ventas ilegales en perjuicio de quienes pagan impuestos.
Los anuncios sanitarios en medios de difusión priman el posible beneficio de las correspondientes empresas sobre la utilidad, en muchos casos por demostrar, y para qué decirles de los contenedores de basura bajo tierra que comportan, a más de un mayor gasto para su instalación, el que conlleva la limpieza de los mismos. Y para finalizar un listado que podría hacerse
interminable, ¿alguien puede justificar esos tapones, en las botellas de plástico, adheridos al cuello de las mismas y que la mayoría de nosotros separamos de un tirón? ¿Por qué no se hace lo mismo con las garrafas de agua u otros envases, sean de aceite o vinagre?
El caso es que, entre inútiles ocurrencias, palabras vacuas y justificaciones traídas por los pelos, muchos seguimos obligados a aguantar cuanto nos echen encima o percuta los oídos, mientras ellos seguirán creyendo que han dado en el clavo. Por ello, ¡cuánta razón asistía a Rubert de Ventós cuando afirmó que en el otro mundo se expían los pecados y en éste, se pagan las tonterías!


















