¡ENTRE AVIONES Y AEROPUERTOS…!

                     Para el transporte a largas distancias no hay mejor alternativa. Sin embargo, los pasajeros debemos soportar las consecuencias de ocasionales defectos en la planificación, desorganizaciones varias o infraestructuras francamente mejorables. Las esperas hasta el anuncio de salida pueden hacerse insoportables, y ni les digo cuando ya pasada la puerta de embarque y sin bancos donde reposar, resulta que deberemos permanecer de pie y hacinados porque los viajeros del avión al que deberemos acceder aún no han empezado a bajar del mismo.

                        Ya conseguido, pudiera ser que no encontremos en las cercanías del asiento lugar donde colocar el maletín, que las estrecheces – en aumento – agraven ansiedad o artrosis, y la cosa puede ir a peor si durante el trayecto alguien necesita atención sanitaria, porque no se dispondrá de la medicación oportuna, desde insulina a antiepilépticos por un decir, y es posible (así me ocurrió, al intentar revertir el coma de un diabético), que debamos regresar para la oportuna asistencia y, tras la misma, vuelta a empezar con la esperanza de llegar a buen puerto, lo que, por circunstancias varias, tampoco está garantizado.

                       Así me ocurrió la pasada semana en el viaje a Granada. Hubo que aterrizar en Málaga debido a la niebla y, obligados a desembarcar, anunciaron que seríamos transportados en autobús a nuestro destino. Pasaron dos horas, tres… y sin información otra que el “Ya vendrá, aunque no sabemos cuándo”, decidimos llegar a la ciudad que figuraba en el pasaje por nuestra cuenta y merced a Uber. ¿La compañía (Air Europa) nos reembolsará el gasto, dado que no cumplieron en tiempo razonable? Pues está por ver tras la demanda, aunque lo dudo. Y ni les cuento si se tratara de Ryanair, la empresa aérea con menos ética y escrúpulos entre las que conozco.

                      Pero en fin: tras unos días volvimos a Palma de Mallorca, y si un aeropuerto es más bien lugar para que nuestra andadura llegue hasta la extenuación, aquí lo tenemos tras su remodelación, y es que no es de recibo el tener que caminar más de media hora, ancianos/as incluidos, para conseguir llegar a la puerta de salida. Por todo lo visto y experimentado, quizá sólo nos quede confiar en que, a no tardar, a la I.A le salgan alas y, a la llegada, patinetes con espacio para la maleta. Entretanto, aerolíneas y gestores de aeropuertos podrían cambiar sus pilas en beneficio de los usuarios, ¿no les parece?

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PRECIOS CAMBIANTES EN BARES Y RESTAURANTES

                        Es sabido el encarecimiento de los productos con el paso de los años. No obstante, y en una misma época, los precios pueden aumentar o disminuir, con independencia de la calidad del establecimiento o su ubicación, por aconteceres varios y entre otros el volumen de la clientela, aunque el mismo provoque en ocasiones efectos distintos a los que se esperaría de una relación directa entre demanda y beneficios. Contradicciones que más de una vez, frente a la caña y tapa acompañante, dan que pensar, ratificando que en último término el único interés es el del dueño.

                      Se diría obvio que, frente a una plétora de consumidores (buena calidad y servicio, lugar de reconocida fama…), podrían reducirse algo los precios para mantener la clientela, sin que ello afectase a unos beneficios cuantiosos dado el elevado número de visitantes. Sin embargo, acostumbra a ocurrir lo contrario bajo la convicción de que el total de ganancias seguirá en alza aunque el costo pudiera disuadir a algunos, lo que tendrá escaso o nulo efecto en la cuenta de resultados. ¿Bajar algo los precios supondría mejor alternativa para aumentar una parroquia que caso de subirlos podría pensar en buscar otro bareto? Pues como habrán comprobado y pese a lo razonable de la opción, no es lo usual, decantándose por el encarecimiento o servir menos por más.

                    Vayamos ahora, a diferencia de los anteriores, a negocios con exigüa demanda. Cabría aquí el más por menos con el objetivo de atraer gente, aunque pueda decidirse la inversa: subir precios y de ese modo intentar reducir pérdidas. En cualquier caso, contradicciones o disyuntivas que apuntan a que no es, en general, el volumen de consumo lo que marca las directrices sino el amo del local, característica por otra parte generalizada en el mercado capitalista donde, en aras de mayor rentabilidad, cada quien acostumbra a hacer de su capa un sayo. En resumen: altibajos en los que calidad o precios de la oferta pueden tener poco que ver con lo que se espera por quienes acuden al local aunque, en el curso del tiempo, terminen por imponerse los altis sobre los descensos a costa de unos adictos cuyo bolsillo sólo experimentará cortos y esporádicos alivios. No obstante, y si apetece la mesita en determinada terraza al ponerse el sol, ¡allá me las den todas!

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MEADAS Y EXCREMENTOS: ¿CUÁNDO Y DÓNDE?

                        Hoy quiero llamar su atención sobre todo ello en aceras, esquinas y portales, aunque sin duda sea llover sobre el mojado por las meadas. Los paseos de perros en aumento, y marcando territorio con esos orines que acabarán por dejar una indeleble impronta mal que nos pese a la mayoría, porque a algunos propietarios el comportamiento de sus mascotas, sea cual sea, parece propiciarles siempre una sonrisa de complicidad por encima de manchas y desagradables olores. Sin embargo, no siempre son canes los responsables, y es que también hombres y mujeres, aunque éstas en menor proporción, pueden decidir hacer aguas menores – los excrementos son infrecuentes – en la vía pública o dejar ahí las botellas con su orín. Así ocurre, en pueblos de por acá, con algunos conductores de autobús cuando en plena masificación turística y sin excusado próximo al que acudir. Por lo demás, ¿dónde miccionar esos miles que bajan de un crucero, los del botellón llegada la madrugada, o de sentir alguien una urgencia irreprimible y sin botella que poder llenar, ni váter accesible?

                              Sea cual fuere procedencia o situación, remedios y alternativas a tanta orina por doquier no se han extendido, a diferencia de otras épocas o algunos lugares en la actualidad. Para perros y gatos se aconseja el vertido inmediato de agua jabonosa con vinagre para evitar rastros y hedores, pero no es aún una costumbre generalizada y en nuestro entorno pueden comprobarse los resultados. En cuanto a micciones humanas donde no se debe, en la Roma antigua los retretes públicos eran largos bancos con agujeros en que hacer las necesidades mientras se conversaba sin pudor ni empacho alguno. Podríamos volver a ese pasado – si no copiamos lo visto en algunos sitios, y Jerusalén es un buen ejemplo de lavabos suficientes, como comprobé en su día– de no aumentar significativamente el número de baños públicos con acceso permitido las 24 horas.

                               Las multas, como ya ocurre en algunos municipios, no parecen producir el deseable efecto disuasorio, los inodoros en bares no pueden ser una solución global y de la educación, como se comprueba, poco que esperar a corto plazo. En conclusión: manos a la obra con urgencia mediante inversión pública, progresiva concienciación ciudadana sobre las meadas sea cual sea su procedencia y, entretanto. una bolsita para la propia si no queda más remedio. En cuanto a las menos probables deyecciones, excrementos sin retrete a la vista, quizá imitar por el momento y en espera de tiempos mejores a Santa María de Alacoque que, por aquello de alcanzar el cielo tras la muerte, se comía las deposiciones de los enfermos a quienes cuidaba. En nuestro caso, sin establecer diferencias entre las propias o de los animales de compañía, con lo que la santificación sería más probable si cabe.

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LA AMABILIDAD ES TERAPÉUTICA

                    Se incorpora a algunos caracteres de forma permanente o bien se emplea a tenor de las circunstancias. Puede depender del estado anímico y ser, tolerancia y cordialidad, resultado de la educación o consecuencia de previas experiencias que hayan demostrado su utilidad, de modo que surge en algunos espontáneamente mientras que otros podrán emplearla para lograr un objetivo o simplemente quedar bien frente a terceros.

                 Dicho talante no supone necesariamente estar de acuerdo y asumir una opinión dispar pero, frente a eventuales divergencias, comportarse con serenidad y esbozar incluso una sonrisa de vez en cuando, debiera convertirse en regla para transitar en sociedad, dado que, de dejarnos llevar por un primer impulso, el encuentro podría haber discurrido de modo muy distinto. Difícil en ocasiones, por supuesto, pero como asegurase en su día Joseph Conrad, donde hay voluntad se encuentra siempre un camino. En este caso, para conseguir el deseable equilibrio que facilite una interrelación sin mutuas heridas.

               Bajo este prisma, convendrá evitar la agresión verbal y/o ridiculización, porque cortesía y respeto por la otredad no solamente se transmite a quien/es tengamos enfrente sino, más importante si cabe, empapa el interior de quien lo consigue, cimenta la serenidad con que enfrentar dificultades en el futuro y afianza la fe en uno mismo. Una terapéutica, la de incorporar la amabilidad al modo de ser, que termina por transformar a quien alcanza ese propósito y es vacuna contra el eventual arrepentimiento tras haberse propasado. Sin embargo, no todos son/somos capaces de llegar hasta ahí, y es que, como se sabe desde antiguo, al que nace barrigón es inútil que lo fajen. Aunque esconder la panza se diría las más de las veces aconsejable cuando de dialogar se trata.

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ALGUNAS CANCIONES AIREAN LOS SENTIMIENTOS

              Conforme se avanza en edad, el acúmulo de los mismos crece y, a un tiempo, pasiones y tristezas del ayer se dirían muchas veces en conserva: soterradas hasta que algo, a veces un inesperado detalle, despierta un fragmento que puede llevarnos de nuevo a aquel sentir de tiempo atrás, y nuestra identidad hallar un báculo para regresar a lo que se vivió entonces con intensidad. En mi caso, ello sucede al escuchar ciertas canciones, y en concreto hay cuatro (quizá próximamente se añada alguna más) que me devuelven a sensaciones, plenitudes o dolores que en la cotidianidad permanecen – afortunadamente, en algún caso – en la trastienda de la conciencia.

                Para remover de mi lejana adolescencia el placer de haber crecido cerca del mar, y ya entrado en aquella juventud de seguridades y posicionamientos, para revivir la creencia en la posibilidad de cambiar el curso de la historia, hay dos que podrían devolverme a la memoria, por remedar a Machado, el don preclaro de evocar los sueños. Los míos de entonces. La primera de ellas, El Mediterráneo, de Serrat: Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya / y amontonado en tu arena / tengo amor, juegos y penas… Después, y bajo la bota del franquismo, nadie mejor que Víctor Jara con su Vientos del pueblo: De nuevo quieren manchar / mi tierra con sangre obrera / los que hablan de libertad… Son canciones cuyo significado, al escucharlas, se expande hasta hacerme sentir de nuevo instalado en aquel pasado de expectativas y entusiastas adscripciones que esparcen el corazón / y me aventan la garganta.

             Sin embargo, hay otra, Madre, de Rocío Jurado, que no puedo escuchar sin un dolor que a punto está, alguna vez, de humedecerme los ojos. La mía se fue hace ya más de veinte años, pero me veo aún reflejado en sus palabras: Algo se me fue contigo / Madre / Algo siento que me falta / Madre / En la tierra que tú abonas / Madre / algo mío te acompaña /Madre… Por seguir con los finales y pensando en el mío, hace ya años que decidí instar a mi esposa para que, de fallecer yo antes, hiciera sonar la canción de Aute junto a mi cadáver: Presiento que tras la noche / vendrá la noche más larga / Quiero que no me abandones / amor mío, al alba…Como supongo advertirán, algunas se vienen con entrañables recuerdos y a otras las remueve el mal tiempo. En cualquier caso, todas ellas, con seguridad, me seguirán acompañando porque se han convertido desde tiempo atrás en referentes ocasionales de mi trayectoria y, de esconderse en el cajón de los olvidos, iré a por ellas si así me lo pide el estado de ánimo cuando me dé por pensar (quiero creer que de uvas a peras) en mi fallecimiento, el de mi madre, una puesta de sol sobre el marino horizonte o las perspectivas de futuro que nos vendan desde Trump a Abascal.

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