AMORES DE SUPERMERCADO

                          La amabilidad se diría hoy en día en retroceso, así que podrán imaginar lo excepcional que resulta para los hombres ser recibidos e interpelados empleando las mismas palabras que con mayor frecuencia escuchan ellas. De ahí que, cuando acudo al supermercado, el inicio del diálogo por parte de la cajera sea algo en principio sorprendente y distinto al amor cotidiano. No se trata de un recurso programado; un incentivo para aumentar la cuantía de las compras, porque es al terminarlas y ya disponiéndome a pagar, cuando se dirige a mí con un “cariño”, “cielo”, “mi vida” y, recientemente, “corazón”.

                  Admito que podrían considerarse palabras interesadas y con el propósito de fidelizar al cliente. Sin embargo, también se convierten en espadas contra la monotonía que acecha la cotidianidad, incorporando sensaciones que transitan entre la sorpresa inicial y un mirar en derredor por si alguien pudiera sospechar que mantenemos relaciones íntimas hasta, cuando oídas por enésima vez, expresar cierta reciprocidad en el semblante y con la estereotipada sonrisa de quien las espera antes de sacar dinero o tarjeta.

                    He terminado por comentarlo varias veces a mi esposa, subrayando y exagerando el placer del encuentro con la cajera tras llenar el carrito por si, en vista de ello, decidiese copiarla y dirigirse a mí de igual modo en vez de emplear el nombre de pila. Lo único que me queda todavía por averiguar es si, de ir juntos a la tienda, al pasar por el mostrador seguiría la empleada en las mismas caso de ser yo quien abonase el importe, lo que restaría ilusión a la hipótesis de una atracción aún no correspondida y, por lo mismo, alimento del ego al pensar en ello. Sea como fuere, hacerse con plátanos y tomates, de permanecer la del “corazón” a la salida, supone un estímulo adicional. Siempre que, naturalmente, siga estando de buen ver.

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OKUPAS AL PODER

                      Inquiokupas porque se apropian de lo que nos pertenece. Además, esos okupas que estuvieran antes y deban salir para dar paso a los nuevos, lo harán bajo la convicción, permanente en todos ellos, de que los sustitutos entrarán apropiándose de cuanto es suyo: cargos y entramados varios. Así ocurrirá tras cada elección, que llevará al Congreso a parecidos perros (dicho sea con perdón) aunque porten distintos collares. Las denuncias de la ciudadanía caerán siempre en saco roto, y son los que quieren alzarse con el santo y la limosna quienes vociferan las constantes acusaciones, ciertas o falsas, en pos de esa nueva okupación, la suya, tanto tiempo postergada e injustamente a su juicio. Las corruptelas más variopintas serán aireadas a diestro y siniestro hasta que consigan el alojamiento en los habitáculos que habremos de seguir financiando con nuestros impuestos.

                  Tras hacerse con el poder, ampliaciones y reformas – que no de sus conciencias – para que quepan junto a ellos, por pura dedocracia, cuanto amiguete crean que podrá afianzar su permanencia (“¡Después de nosotros, el diluvio!”) y procurarles beneficios adicionales. Las llaves a buen recaudo, y discursos de propietario legal hasta que su plumero a la vista se haga insostenible por los inaceptables huracanes de rechazo que hayan propiciado porque, como apuntara Quincey, una vez que uno empieza a deslizarse cuesta abajo, ya no sabe dónde podrá detenerse. En consecuencia, tras un lapso variable, paso a sus homólogos y vuelta a empezar la sucesión de estafas y engañifas.

                  Lo peor es que, vengan quienes vengan e igual con sus sucesores, nosotros, los verdaderos dueños por financiar el tinglado mal que nos pese, convocados de uvas a peras, carentes de aforos que valgan y sin otro remedio que seguir pagando a los nuevos inquilinos de Moncloa y aledaños: sustanciosa pensión de por vida a los expulsados, mantenimiento del negociete y alquileres para familia y queridas si acaso no compraron en su día los suficientes áticos. Como alternativa, ¿votos de veto? Se habría terminado lo que llaman democracia con la boca llena, ese espejismo, así que papeleta en la urna para el que sea: tanto más seguros los jerifaltes cuanto mas inseguros los votantes y, tras conocerse a los vencedores, los electores al baile de san Vito hasta caer en la cuenta de que estamos de nuevo en las mismas.

                    Entretanto, podríamos preguntarnos, más allá de esa egolatría que consiguen satisfacer de alcanzar las poltronas, cuáles son sus habilidades para hacerse y justificar el momio conseguido, ya que no hay formación exigible y puede accederse al cargo tras trabajar de albañil, fontanero, con el bachillerato elemental o tras una carrera que nunca se ejerció y, metafóricamente, se tradujo en correr para llegar hasta ahí. En tal escenario, no hay otro filtro que el de las ganas por alcanzar la soñada meta y, como herramienta, apostar a escondidas por “la banalización del mal”, la confusión y la ambigüedad, mientras se asegura a los eventuales seguidores que han descubierto como llegar (ellos) a un mundo mejor. De todo lo anterior se deduce la razón que tenía Fernando Vallejo al asegurar que “los políticos son roñas incurables”. Y ahora, a verlas venir mientras nos rascamos las decepciones y el consiguiente picor en cuanto aparezcan los siguientes.

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ADOLESCENTES: ¿ADÓNDE IR SI NO HAY COLE?

                    Parece que a los chavales, por copiar la frase de Lezama Lima en su novela Paradiso, les ha llegado el momento de saborear el tedio en estado puro. Me refiero a épocas de vacaciones como la actual, cuando deseos y recursos para la distracción se juntan en el consabido quiero y no puedo. En casa de los padres, un grupo de amigos/as con ganas de jolgorio y quizá alguna que otra novieta/e de por medio, no parece el mejor escenario si hubiera de repetirse en días sucesivos, y la carencia de fondos veta muchas de las posibles alternativas. Con diez o quince euros a la semana, que es lo que reciben muchos de ellos si todo pinta bien, según he sabido, McDonalds o cine por una vez y se acabó, porque frecuentar la terraza de un bar para la charleta se hace imposible sin unas monedas en el bolsillo y, hasta pasados los 16, no hay trabajillo remunerado al que poder acceder.

                      Con esos mimbres, la mayoría de hang out, que diría un angloparlante. A pasar el rato merodeando en cualquier parque si acaso lo hay en las inmediaciones, sentados en un banco y, por la noche, cuidado con poner la música demasiado alta por aquello de no molestar al vecindario. “¿Qué podemos hacer esta tardepueden preguntarse -, o el fin de semana?”. “Pues lo mismo de siempre a no ser que a alguno se le ocurra otra cosa, y yo estoy de paseítos hasta la gorra”.

                 Claro que habrá excepciones, y aficiones que procuren actividades más placenteras pero, para buena parte de ellos, el cierre de los patios de recreo y alejamiento de los amigos durante semanas/meses, dibuja un panorama cuando menos inquietante, de lo cual se deduce que los poderes públicos deberían financiar alternativas para una situación con tantos implicados. En el pasado, recuerdo el cine forum, o una OJE en la que, a pesar de no estar ideológicamente con la Falange franquista, podía accederse sin cortapisas a un local – con billar y futbolín – donde se encontraban muchos de los compañeros. ¿No podrían habilitarse, hoy en día, espacios gratuitos para el juego, piano, guitarra o la mera tertulia? Y bebidas sin alcohol a precio de coste. Locales infrautilizados y propiedad de los Ayuntamientos los hay en la mayoría de ciudades hasta dar vergüenza, y priorizar el bienestar de ese amplio colectivo cuando cierran las escuelas, señores alcaldes, no es una cuestión menor.

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LOS YOES ENTRE LA NIEBLA

                 Me refiero con el título a seudónimos, apodos y motes con los que se suplanta el nombre, así como sus obvias diferencias en cuanto a autor e intención. Los primeros suelen ser elegidos por uno mismo para ocultar la identidad, mientras que los otros proceden de terceros. El seudónimo es utilizado por muchos escritores y como ejemplos ahí tenemos a Azorín, Rubén Darío, Pessoa, Boris Vian u Onetti, que firmaba sus artículos en prensa como Periquito el aguador.

                        Por contra apodos y motes suelen ser impuestos, bien para subrayar determinado aspecto o talante, incorporar un incentivo para la sorna, seguir en la línea con que se adjetivaba a los ancestros o, en caso del mote, endosado con intención despectiva cuando no claramente ofensiva. Es frecuente leer apodos con que se designan entre ellos los gitanos, y así, El Pepino y sus hermanos Los Pepinillos, El Calé, El Charlie, Los Bizcos, La Bailaora… Sin embargo, nada que ver con motes: La Tetas, El Caraculo y muchos otros frente a los que no cabe sino el enfado por parte de los así nombrados. En muchos pueblos, y a diferencia de la ciudad, suelen abundar unos y otros como puede leerse en algunos libros ambientados en la ruralía. Como ejemplos, Delibes, en su novela “El camino”, menciona a El Tiñoso, El Moñigo y, caso del cura, El Sindios. Por lo que hace a Marsé, en “Si te dicen que caí” aparecen El Sarnito, El Amén o El Mingo…

                 Es sobradamente conocido que, en muchas ocasiones, el bullying supone también incorporar en el cole, para el detestable acoso psíquico que sufren algunos niños/as, el despreciable mote, aunque la inspiración de hoy me ha venido al pensar en El Coletas (para Iglesias, ¿apodo?) y tras oír referirse con asco a Pedro Sánchez como (en este caso mote) El Perro Sánchez, o Pedo, de suprimir la erre en el nombre pero manteniendo la d.

En ambos casos, podemita y socialista, me debato entre el rechazo y la sonrisa a pesar de que los motes, con independencia del contexto, debieran ser proscritos siquiera por educación, aunque en el caso de los políticos y si me apuran, cabría la excepción por lo transitorio del cargo que los motiva aunque, en cuanto al segundo, el asunto diste de estar claro.

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LOS EMIGRANTES REVIVEN A ULISES

                  En el curso de los años he conocido, por causa de la profesión y también en casa, a numerosos inmigrantes de orígenes varios y en busca de mayores posibilidades: desde una mejor atención sanitaria a unas mínimas condiciones económicas que les permitiesen sobrevivir. Leí que, en el año en curso, más de 140 millones de personas viven fuera de su país como resultado de guerras o hambrunas. Comida y un techo son requerimientos básicos que con esfuerzo y buena disposición pueden alcanzarse, tras un lapso variable, por muchos de ellos/ellas. El idioma distinto terminará por ser problema menor y, pasado un tiempo, pueden haber alcanzado en buena medida los objetivos que se propusieron al partir; sin embargo, emocionalmente quizá no consigan esa adaptación que es condición imprescindible para poder dormir y, en la vigilia, ser capaz de mantener los ojos sin lágrimas. Y ello debido a la soledad que les acompaña.

                     Quizá dejaron a padres y/o hijos allá, y con seguridad se habrán separado de otros familiares, de los amigos… Podrán vivir mejor que antaño y dar al cuerpo lo que precisa, pero las emociones demandan algo más y es esa soledad junto a las añoranzas aparejadas, de no contar con el oportuno soporte anímico, la que alimentará un sufrimiento sin paliativos que se ha dado en llamar Síndrome de Ulises.

                 De toparnos con algunos de ellos, podemos incluso llegar a felicitarlos por la meta alcanzada y repetir que donde hay voluntad hay un camino, o (Lezama Lima) que sólo lo difícil vale la pena, pero nada de cuanto digamos alcanzará su alma de no tener en cuenta el dolor que supone el alejarse de los seres queridos. ¿Soluciones? Evitar la emigración hasta donde sea posible mejorando el entorno en origen y, cuando ocurrida, tomar conciencia de que el bienestar de los llegados precisaría de algo más que comida y cama, porque remedando el final de la novela El gran Gatsby, seguirán adelante pero empujados incesantemente hacia el pasado. A amores y nostalgias que una abrumadora mayoría será incapaz de superar si no consigue hacer, de ese su ayer, presente.

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