La amabilidad se diría hoy en día en retroceso, así que podrán imaginar lo excepcional que resulta para los hombres ser recibidos e interpelados empleando las mismas palabras que con mayor frecuencia escuchan ellas. De ahí que, cuando acudo al supermercado, el inicio del diálogo por parte de la cajera sea algo en principio sorprendente y distinto al amor cotidiano. No se trata de un recurso programado; un incentivo para aumentar la cuantía de las compras, porque es al terminarlas y ya disponiéndome a pagar, cuando se dirige a mí con un “cariño”, “cielo”, “mi vida” y, recientemente, “corazón”.
Admito que podrían considerarse palabras interesadas y con el propósito de fidelizar al cliente. Sin embargo, también se convierten en espadas contra la monotonía que acecha la cotidianidad, incorporando sensaciones que transitan entre la sorpresa inicial y un mirar en derredor por si alguien pudiera sospechar que mantenemos relaciones íntimas hasta, cuando oídas por enésima vez, expresar cierta reciprocidad en el semblante y con la estereotipada sonrisa de quien las espera antes de sacar dinero o tarjeta.
He terminado por comentarlo varias veces a mi esposa, subrayando y exagerando el placer del encuentro con la cajera tras llenar el carrito por si, en vista de ello, decidiese copiarla y dirigirse a mí de igual modo en vez de emplear el nombre de pila. Lo único que me queda todavía por averiguar es si, de ir juntos a la tienda, al pasar por el mostrador seguiría la empleada en las mismas caso de ser yo quien abonase el importe, lo que restaría ilusión a la hipótesis de una atracción aún no correspondida y, por lo mismo, alimento del ego al pensar en ello.
Sea como fuere, hacerse con plátanos y tomates, de permanecer la del “corazón” a la salida, supone un estímulo adicional. Siempre que, naturalmente, siga estando de buen ver.
















