He de señalar que las dificultades e imponderables que mencioné la pasada semana, a propósito del viaje por el sudeste de Francia, no ensombrecieron el placer que obtuvimos, máxime porque ya traíamos el disfrute incorporado cuando, en el aeropuerto de Barcelona para regresar a Mallorca, la devolución del coche que habíamos alquilado nos situó, salvando las distancias, en la estela de Nietzsche; los obstáculos en nuestro camino se convirtieron en el camino y, a día de hoy, la esperanza se basa en que, habiéndolos superado, nos hayan hecho más fuertes.
Aún no se había iniciado el Tsunami Democratic de los indepes, pero buena parte de la zona está en obras, de modo que encontrar la terminal y piso en que debíamos entregar el vehículo se nos hizo imposible. Un amable uniformado, metralleta en mano y al ser preguntado, nos remitió a cientos de metros atrás. Los cruces vallados, barreras por doquier y de nuevo el periplo hasta que mi mujer corrió a preguntar, mientras yo esperaba al volante, a algún conductor de una hilera de camiones aparcados en las cercanías. «¿Hertz? Si me siguen, yo pasaré por cerca y les indico».
Así lo hicimos hasta que, ya de camino y en pos del camión hormigonera, le pregunté: «¿Estás segura de que ése es el camión?». Creo que sí -me respondió inquieta- y, al ratito, decidimos abandonar una persecución que tal vez nos hubiera llevado a Tarragona. O al Tibidabo, por un decir.
De vuelta y ya provistos de un ticket de aparcamiento, se nos ocurrió finalmente poner nuestra suerte en manos de un taxista. «Le seguiremos y abonaremos lo que nos pida». El hombre salió sin problemas, pero nuestro papelito solo autorizaba a detenerse allí durante quince minutos que ya habían transcurrido, así que el escaneado del recibo no surtía efecto alguno en la cerrada barrera.
El taxi esperando más allá y, tras de nosotros, decenas de coches recriminando con el claxon nuestra inepcia y consiguiente obstrucción de la salida hasta que -de nuevo mi mujer a la carrera- conseguimos, previo pago, un nuevo ticket que admitiera el escáner y por fin, tras el coche-guía, conseguimos dejar el de Hertz todavía con tiempo suficiente para tomar el avión sin habernos rendido. Y si les cuento de nuestras angustias en esa fatídica mañana es porque, como alguien dijo, lo fácil no deja huella. Y de paso aconsejarles que si cualquier día se encontrasen en parecida situación y mejor que al Altísimo, encomiéndense a un taxista.
Hemos visitado hace poco la ruta cátara. Ya saben: múltiples castillos y encantadores pueblos medievales en los entornos de Narbonne y Carcassonne hasta llegar a Albi, pero no pretendo glosarlos hoy (tal vez en próxima ocasión), sino advertir a los futuros viajeros por dichas zonas de que los horarios con que se manejan por allá pueden ponerlos en más de un brete, aunque no sean el único motivo. Si necesitan repostar gasolina, no van a encontrar empleado alguno en quien delegar, a más de precios cambiantes de una estación a otra y, para abonarlo, pueden pasarlas canutas con su tarjeta de crédito de no contar con algún asesor. 
Ni se les ocurra acudir al restaurante pasada la una del mediodía o las ocho de la tarde. Y para desayunar algo con que acompañar el café, «¿Usted se cree que esto es una boulangerie?» –me respondió el de la barra–. Cada comercio abre cuando mejor le parece e igual sucede en los hoteles, de modo que para extender el principio de incertidumbre del que somos presos, pueden estar cerrados a mediodía o media tarde y, cuando consigamos finalmente la llave del cuarto, acostumbran a entregarnos junto a ella un código con el que acceder al regreso. Piérdanlo y no habrá quien les abra por más que aporreen el cristal.
recepcionistas a camareros y comerciantes varios incluidos. Y de las frecuentes perplejidades que les comento, al paradigma del caos cuando regresamos al aeropuerto de Barcelona e intentamos devolver el coche de alquiler. Dificultades como nunca antes y que, probablemente, sean tema del próximo relato (con perdón de los políticos al uso).
Las palabras son nuestro tesoro; el de cada comunidad idiomática y, en consecuencia, su mimoso cuidado se supone prioritario entre quienes han hecho profesión del lenguaje. En dicha línea, parece obvio que el Diccionario de la Real Academia Española (R.A.E.), cuya primera versión data de 1780, debe ser periódicamente revisado y actualizado tanto en lo que hace a normativa gramatical como a la incorporación de vocablos que traen consigo los nuevos tiempos. No obstante, y en las últimas directrices dictadas por los responsables, algunos hemos advertido lo que podríamos tildar de excesiva manga ancha, con decisiones más que cuestionables y que, en mi criterio y de otros, no contribuyen a enriquecer el idioma, por lo que la gramática como fuente de esperanza, al decir de Steiner, no pasaría de un deseo sin visos de concreción. Me explicaré.
E igual ocurre con esa plétora de extranjerismos –desde el show al speech, bullyings o spoilers– para los que en su mayoría disponemos de equivalentes en castellano, de modo que los sobrevenidos no aportan ventaja sustancial alguna como no sea hacer del spanglish la lengua que espera en el porvenir de seiscientos y pico millones de hispanohablantes.
Con tales mimbres, al leer por ejemplo «Voy solo al cine» podemos quedar en la duda de si se trata de acudir sin compañía o es la única afición, y si «Solo hasta mañana», ¿un intervalo corto o bien sin nadie con quien pasar la noche? Sin embargo, y de mediar acento, no sería preciso responder a los interrogantes a través del contexto. En resumen: que en ocasiones las viejas reglas tienen su razón de ser, que la intención de ponerse al día no pasa necesariamente por hacer tabla rasa y, en el actual escenario, creo que Pablo Neruda, de vivir hoy, se lo pensaría dos veces antes de escribir su «Oda al diccionario».


Concluyo que la resurrección, si debiera ocurrir, en todo caso previo pacto. Y es que sobre la inmortalidad aún queda mucho por aclarar, por lo que me pregunto si Évole, cuando entrevistó al Papa hace unos meses, no podría haber sacado el tema a colación en vez de algunos otros de menor enjundia. Si a mí me fuera posible dialogar en el Vaticano y con Francisco un día de estos, sin duda pondría la cuestión sobre el tapete aunque sólo fuese para saber, más allá de yo mismo y mi entorno próximo, si podría identificar a Franco de cruzarme con él cuando resucitado en Mingorrubio a la edad de su propia elección y, puestos a iniciar una lista, a Trump, Puigdemont o al maldito sargento Vázquez de cuando la mili, por un decir. Entre otros motivos, por mera precaución.
Creo que pocas veces, en años anteriores –aunque la desmemoria pueda tener que ver, como en tantas cosas…–, habíamos deseado con semejante ahínco la llegada de un otoño que marque el final de este verano colérico, desmadrado y pagado de sí mismo. Cederán calor y sudores, las lluvias torrenciales o eso esperamos, se anticipará el oscurecer y con él se vendrán chaqueta y puestas de sol, sobre unas playas sin trastos ni botellón, en espera de la siguiente primavera.
Caerán las hojas como anuncio de una tercera edad en la naturaleza que va a propiciar el encogimiento en los meses próximos; el recogimiento, si bien transitorio y llevadero frente a la seguridad de un próximo renacer, lo que no es el caso cuando se trata de esa edad otoñal en que se manifiesta la añoranza por un tiempo pasado que, como suelen decir quienes la viven, siempre fue mejor. Otra primavera en lontananza que, a diferencia de la que se avecine para seguir con el ciclo anual, en los seres vivos dejará expedito el camino para otoños que se irán uniendo hasta llegar al último que nos será dado transitar.
Nos irán quedando a todos menos veranos, de modo que a disfrutar de los días venideros aunque se acorten, de las noches más frescas y, por remedar a Benedetti, Aprovechemos el otoño / antes que el futuro se congele. Tal vez cobrar conciencia de que los otoños en los seres vivos no tienen vuelta atrás, ayude a transitarlos como si fuesen nuevas primaveras. Hasta que el cuerpo aguante, ¡claro que sí!