Se ha publicado que en todas las diócesis del mundo y por orden del Papa Francisco, se cuenta con un exorcista. Concretamente en Mallorca se practican al parecer unos 25 exorcismos al año, a cargo de curas que han seguido el curso -1 semana- con que los capacita la Comisión para la Doctrina de la Fe, antes Santa Inquisición y con más muertos a sus espaldas que los causados por todas las dictaduras sumadas. El curso, de duración sólo algo menor que lo que tarda en formarse un neuropsiquiatra, debe permitir sin duda, y a más de expulsar al demonio, dar respuestas a los numerosos interrogantes que las supuestas posesiones diabólicas plantean.
¿Sólo son poseídos los creyentes? Porque en otro caso no se echaría mano del sacerdote y, de ser así, bendito ateísmo. ¿Lucifer es uno o múltiple? En el primer supuesto, quizá convendría dejar al endemoniado a su aire para evitar el trasvase a otras presas…
Y, por seguir, combatir la incredulidad exigiría de más precisiones: ¿cuáles son los criterios que permiten afirmar la presencia del Malvado y su eventual salida? Asimismo, deberían publicarse análisis comparativos sobre la eficacia de los exorcismos vs tratamiento médico, o qué porcentaje es finalmente desposeído tras la magia de los rezos y agua bendita aunque, en el caso de que tras salir el Maligno pudiera volver a entrar, ¿supondría ello una emulación del Ministro italiano Salvini y su «Me la suda lo que hagáis»? 
En cualquier caso, esa Iglesia que no se opuso en su día a la esclavitud, a la pena de muerte, al franquismo o la desigualdad de géneros pero sí a las vacunas, los preservativos o la anestesia, es además la que pone en grave riesgo a enfermos tributarios de tratamientos neuropsiquiátricos y, en parecida línea,
sus abismales estupideces (quien no tiene ciencia tenga religión, sugería Goethe), al igual que ocurre con las medicinas alternativas, el Reiki, el brocoli o la auriculoterapia, pueden comprometer el futuro de muchos porque es sobradamente conocido que la fe puede llevar al desastre. Suponer de orígen diabólico una alteración mental obliga a plantearse la conveniencia de que, quienes así piensan, Papa incluido, sean tratados en algún centro especializado en enfermedades psíquicas. Antes o después de ser exorcizados si lo prefieren.
No parece exagerado concluir, a resultas de experiencias varias, que jamás hemos dependido tanto de tanto sinvergüenza pero, de hacer una gradación, la compañía irlandesa de aviación y creada en 1985, Ryanair, ocuparía lugares de cabeza tras comprobar que el saqueo y la inoperancia son en su caso características definitorias.
Procuran compensar el low cost mediante pagos adicionales por imprimir la tarjeta de embarque, por sentarse juntos cuando en pareja, por ir al baño durante el trayecto y ni les cuento si el equipaje de mano se excede en un centímetro. El pasado año se procedió a cancelaciones diarias sin explicación alguna o con informaciones engañosas y, de quejarse alguien por teléfono, conseguir que respondan será todo un logro: primero y último.
Tras conocer hechos pasados y perspectivas futuras, quien opte por un pasaje en Ryanair debería hacérselo mirar: antes de volar, por inconsciente; después, por el cabreo y tal vez un cuadro depresivo. Parece más razonable, de no conseguir billete en otra compañía, optar por el patinete y, de ser viaje transoceánico, la barca. Incluso a remo.
Sobre esta afición -o vicio- de escribir, aunque se trate de un humilde post y habiendo ya renunciado a construir la novela del siglo, de vez en cuando asaltan las preguntas de cajón. Sobre el por qué o el para qué no parece que haya respuestas universalmente aceptadas. Tras haber leído de la pluma de otros las mil y una ocurrencias, se puede estar por lo menos en disposición de salir del paso frente a terceros y, aunque por lo que hace a uno mismo el asunto diste de estar claro, a cierta edad las dudas metafísicas ya no quitan el sueño. Nada de escribir para llorar como Larra o, segun Cioran, por vengarse del mundo. Pero valdrá con repetir la salida inspirada de algún famoso y disfrazarla de cosecha propia: para descubrirse, entender de una vez, evitar ser interrumpido o, según cómo te pillen, para no morir y ahí me las den todas.
No es la primera vez y por eso cuento con algún que otro recurso: libretita donde anotar temas o, en todo caso, acudir a los medios. Pero, hasta el mismísimo gorro de Trump y el debate sobre los indepes, no consigo pista alguna que me satisfaga. Y de meterme en cualquier berenjenal ideológico voy a necesitar dios y ayuda para salir con bien.
He acabado por tranquilizarme tras recordar que, cuando empecé con esto, me propuse no pasar de los tres párrafos y así lo hice constar. Planteamiento, nudo y desenlace como quien dice y ya estoy en el tercero, así que punto y final aunque sin poder evitar una nueva desazón. ¿¿Habré dicho lo mismo cuando el estado de ánimo fuera un calco del de ahora? ¡Encima, el temor a repetirse! A ver si resultará que esto de escribir sin ser requerido a ello no es sino puro masoquismo con variado disfraz… Lo pensaré mejor por si me diera para un próximo post, aunque empiezo a entender el porqué, con estos mimbres, el número de suscriptores al blog no se dispara.
Suelo pasear, por Palma de Mallorca, junto a la playa en dirección al Portixol, y no hay día que pueda evitar pensar en la contradicción que supone escuchar por la radio a tanto indignado reclamando limpieza, cuando son muchos de sus conciudadanos los que han hecho del entorno un vertedero, sin que haya voluntad alguna -tampoco la policía local y no hablemos por lo que hace a los políticos de turno- de poner definitivo remedio. Que se podría, naturalmente, porque sabemos quienes y cuándo dejan cualquier plaza intransitable o convierten el Paseo Marítimo en muestrario de envases.
Y durante el día o de madrugada, motos a todo gas como mejor modo de reforzar el ego del conductor a costa del vecindario, resignado. Cuestiones de fácil arreglo, pero es más sencillo para los poderes públicos coincidir con Séneca cuando advertía que se habla de un modo y se actúa de otro. Y quizá haya en algunos casos contrapartidas que fomenten el cuidado de las apariencias por sobre la efectividad.
Desde hace un tiempo y cuando sentado en la terraza de cualquier bar, suelo fijarme en el calzado de las transeuntes y no puedo quitarme de la cabeza la frase que escribiera en su día Rubert de Ventós: «En el otro mundo se pagan los pecados y en este las tonterías». Porque son de ver y no creer esos zapatos en punta que deben hacer de los dedos un informe amasijo, tacones que parecen cascos de caballo u otros tan finos que dan para insertarse en cualquier rendija, cintas que oprimen las pantorrillas.. Se diría que sus portadoras han optado por aquella «Elección trágica» de que hablaba Isaiah Berlin, y es que sobre esos pies se cierne la lesión más allá de un fatídico traspiés con la fractura o el esguince consiguientes.
Porque hace falta ser masoquista para estilizarse y crecer unos centímetros a riesgo de terminar sobre el asfalto, cuando no sobre las piedras si se les ocurriera a algunas seguir el consejo de Pitágoras y, en vez de transitar por caminos concurridos, optasen por los senderos.
El caso es que, de entretenerse en la visión de sus pies, uno termina por entender hasta qué punto la mercancía puede ser una forma de alienación que convierta la indemnidad física en cuestión secundaria, olvidando que el secreto del universo -y de sus habitantes, yo añadiría- está en un equilibrio que demasiadas de entre ellas consideran prescindible. He terminado por concluir que el «Dime lo que comes y te diré quién eres», podría cambiarse sin empacho por un «Dime cómo calzas…». Presten atención a ello cualquier rato, sin apriorismos, y ya me contarán.