SUBIDONES DE ADRENALINA: ¿VALEN LA PENA?

                      Todos hemos asistido al espectáculo que provocan los mismos: enfados y recriminaciones por lo más variopinto, aunque muchas veces el motivo es cuestionable y el debate consiguiente, de originarse y como escribía la Yourcenar, sólo acabará dejando agujetas en el espíritu. Hay situaciones de una importancia dudosa, que no agreden al indignado y sin embargo provocan gritos o acusaciones que los espectadores, de haberlos, querrían evitar aunque sólo puedan recurrir a apartar la vista. Así lo he comprobado en alguna que otra escena que paso a resumir.

                           Yo mismo fui increpado con palabras malsonantes, por parte de un conductor, al cruzar el paso de cebra a un metro por fuera del mismo. No hubo riesgo de atropello, su velocidad era adecuada para poder frenar en seco en caso necesario y yo cometí el error por andar pensando en las musarañas; sin embargo, abrió la ventanilla para que pudiese oír unos insultos a los que, por prudencia, no respondí. Por lo demás, el tráfico suele ser frecuente incentivo para enfrentamientos, y bastará circular con lentitud en opinión del que nos sigue, dificultar su adelantamiento o no interpretar adecuadamente la irritación traducida por el claxon, para convertirse en objetivo de su ira e insultos varios.

                       Y ya sin ruedas de por medio, algo parecido en la cola del supermercado cuando se puso en marcha una segunda cajera y, en consecuencia, parte de nosotros podíamos trasladarnos y reducir la espera. Una señora se dirigió allí pese a ocupar la sexta o séptima posición en la fila inicial y no prestar atención a quienes la precedían. Pésimo detalle, despiste o ganas de terminar y el que venga detrás que arree, pero no pueden imaginar el vociferio del individuo, gordo y de mediana edad, que la precedía y se consideró burlado por su turno violado por ella. Situado detrás de él, dudé entre llamarle la atención por el exceso (la mujer ya estaba abonando el importe de su compra) o comentarle, por distraerlo de sus salidas de tono, que veía en su cara un lunar que debería examinar el dermatólogo por si pudiera tratarse de lesión maligna. Por fortuna, llegó a la cajera, la listilla ya se había marchado y yo, mero testigo del cirio, me di a pensar que ya tenía tema para el siguiente post.

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About Gustavo Catalán

Licenciado y Doctor en medicina. Especialista en oncología (cáncer de mama). Columnista de opinión durante 21 años, los domingos, en "Diario de Mallorca". Colaborador en la revista de Los Ángeles "Palabra abierta" y otros medios digitales. Escritor. Blog: "Contar es vivir (te)" en: gustavocatalan.wordpress.com
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