Los traslados vacacionales, cada vez más alejados de la residencia habitual, se están convirtiendo estos años en extendida costumbre, así que las conocidas sentencias que los desaconsejaban (“Cuanto más lejos se sale menos se aprende”, según Lao Tse, o la afirmación de Pascal: “Toda la desgracia de los hombres deriva de una sola cosa, que es no saber quedarse quietos en una habitación”) no han tenido consecuencia alguna y la población se desparrama: bien sea en busca del placer que suponen llevan aparejados los nuevos horizontes, bien para huir de peligros o miserias. Baste considerar el hecho de que uno de cada trescientos habitantes del planeta ha buscado refugio en otro país, persiguiendo un mejor sustrato para su progreso o mera supervivencia.
Por centrarme en el turismo y unas décadas atrás, viajar a ciertos países era excepcional y en algunos de ellos se podían contar los visitantes extranjeros sin pasar de cuatro dígitos por año. Recuerdo nuestra estancia en Etiopía hará más de veinte y no encontrarnos con más de una docena de blancos durante todo el periplo.
Igualmente, escasos foráneos en la frontera amazónica, Laos, Sudáfrica… Sin embargo, y a día de hoy, las apetencias de unos cuantos -entre los que me cuento– por seguir el consejo de Ramón Llull y su “Vete por el mundo y maravillate”, se ha generalizado al extremo de que, sean viajeros o turistas –la gran mayoría– quienes hacen las maletas, ya pisan el planeta, y en países antes cuasi vírgenes de extraños, muchos de los que antes sólo se iban al pueblo donde nacieron (ya hay ahora en España más de 30.000 abandonados) o a una provincia cercana a la suya.
Nada de ver, durante las vacaciones y con otros ojos, las inmediaciones del lugar que se habita. Hay que salir al quinto co.. con lo que se haya ahorrado, aunque se llegue a la masificación en el destino elegido y las islas Baleares son buen ejemplo pero, si hablamos de más allá, conozco a una pareja de camareros argentinos, en el bar que frecuento, que han planeado (ya tienen los billetes) viajar a Nueva Zelanda, buscar allí trabajo y después, a poco que puedan, Australia. Y otro, no precisamente adinerado a lo que parece, en un par de meses a Tailandia.
Un desparrame, en fin, entre turistas o emigrantes obligados por circunstancias varias, que harán de este mundo un barrio común. Bien pensado, igual se derivan de estos tiempos ventajas, hasta hace poco impensables, junto a la homogeneización que a la larga haga imposible lo distinto y, entonces, ¿a dónde ir para encontrar lo nuevo?