Yo no soy experto en cuestiones musicales. Ni siquiera un gran aficionado a la misma y, si he de elegir, canciones con letra como ya comenté tiempo atrás en un post, aunque por lo general prefiera el silencio para encontrarme. Sin embargo, no se lo diría así a mi nieto mayor, entregado al piano en cuerpo y alma.
Pese a lo anterior, hace unos años leí con interés los beneficios que la música proporcionaba a los enfermos a quienes se administra quimioterapia en régimen ambulatorio. Escucharla – creo recordar que recomendaban a Mozart – les transmitía serenidad y alivio para su dura vivencia,
así que en el Hospital de Día del Servicio de oncología a mi cargo nos planteamos asumir la recomendación, aunque no llegase el propósito a buen puerto por dificultades para la instalación de los adecuados dispositivos sonoros.
Lo he recordado al caer en mis manos un nuevo estudio publicado el pasado mes de enero en el Journal of Clinical Oncology, demostrando que también para los sobrevivientes de neoplasias varias, y tras el oportuno tratamiento, la música reduce la ansiedad que continúan padeciendo casi la mitad de los mismos, con mejora clínicamente significativa en más de un 60% de los cuadros depresivos, insomnio, fatiga… y, globalmente, mejora sustancialmente su calidad de vida, por lo que los autores concluyen que la terapia musical puede considerarse una eficaz opción para combatir los síntomas del afectado estado de ánimo que muchos sufren, en dicho colectivo, tras recuperarse de la enfermedad.
En resumen, y también para los presuntamente curados pero con secuelas psíquicas, ¡música! Sería una eficaz y nueva forma de comunicación con su alterada intimidad. Sólo me queda por averiguar cuál es la recomendada, dado que no la mencionan. Y espero que no se trate de reggaeton.

