No sólo nos invaden en verano, porque podemos verlos amontonarse durante todo el año en pueblos, ciudades y playas, hacinándose junto a cualquiera de los antaño atractivos paisajes. Con su concurso, se convierte en imposible seguir el consejo de Pitágoras y evitar los caminos concurridos, transformados merced a su presencia en humanos hormigueros donde pueden ser identificados por algo más que sus idiomas. Se detienen por doquier para fotografiar lo que sea a más de a sí mismos, no dejan el paso libre a quienes deben llegar a tiempo a sus ocupaciones y, cuando sentados en un bar, menudean las cervezas en jarras de a litro.
Muchas de entre ellas, con tatuajes que, como también en algunas lugareñas, aparecen en lugares que en el pasado se ocultaban por pudor, léase la raíz de senos o nalgas que en las visitantes, dado el frecuente color níveo de su piel, a causa del sol pueden colorearse de un rojo vivo, máxime de seguir con el top de bikini ya lejos del agua y mostrar así otras inequívocas señas de identidad.
Pero hay más para el seguro reconocimiento de los/las turistas, y es a media tarde, su hora de cenar (y es que antes de que se ponga el sol consumirán por sus bocas algo más que territorio), cuando lo pedido delatará su procedencia foránea sin vuelta de hoja, porque veremos cómo se ponen las botas – aunque sigan en chanclas la mayoría– y cargan de razón a Brillat Savarin con aquello de “Dime lo que comes y te diré quién eres”.
Nada de pizzas o un bocata y a otra cosa. A poco que el bolsillo se lo permita, bandeja de gambas, fritos de marisco, guarniciones que llenarán la mesa al completo y a la dieta mediterránea, si es que andan en estos lares, que le den.
Por resumir y para quienes –si todavía los hay– no se hayan topado con la masificación, convendrá subrayarles que El Buscón, de Quevedo, sabía lo que se decía al afirmar que uno puede cambiar de continente, de país, pero no de costumbres, así que la comida, horario y caras de no haber roto un plato (máxime si se lo sirven cargadito), piel quemada en muchas/os y sus constantes detenciones para el selfi durante los paseos, nos darán la pista de su condición: ¡guiris!