AÚN AQUÍ, PERO ALGO MENOS

Los maduros odiamos el cambio porque, por usar la frase de Sontag en “El amante del volcán”, cualquier cambio es a peor. La pandemia actual ejemplifica el nuevo escenario que todos sufrimos con independencia de la edad, pero hoy quería poner el énfasis en una consecuencia que afecta de preferencia a los mayores cuando hemos debido enfrentarnos a la soledad no buscada, a ese pasado reciente trastocado y que añoramos sobre todo por la ausencia de llamadas al timbre, visitas infantiles, abrazos y meriendas en su compañía.

Las nostalgias son más hondas que esos disfrutes “con los tedios del amor cotidiano”, como escribiera García Márquez. Porque creímos ser báculo hasta que este presente ha puesto en evidencia que los seres queridos pueden continuar sin él, y somos nosotros quienes, tal vez, lo necesitemos a no tardar y sin metáfora que valga. El virus ha traído consigo, entre otras pesadillas durante las vigilias, un remedo de olvido que nos dicen profiláctico aunque, a más de intentar prevenir el contagio, inocula tristeza. Ya sólo nos ven por mera casualidad, somos evitados por un cariño sin las manifestaciones externas de antaño, e incluso se han espaciado esas llamadas telefónicas que podrían estimular las ganas de reunirse.

Los tápers que hace unos meses amontonaba mi esposa para nuestros hijos, se han transformado, de regalos que venían a buscar con ilusión, en depósitos de riesgo; se acabaron las salidas para comprar al pequeño un helado, la preparación del tablero de ajedrez en la mesa de la salita, a media tarde, o las comidas semanales en que los nietos estaban obligados a contar un cuento por riguroso turno. Hemos pasado a ser sujetos necesitados de protección y, como resultado, prescindibles y alejados de su cotidianidad. No obstante, y dure lo que dure la situación, ¡nada de abuelos envilecidos de resignación! La vacuna –quiero creerlo-  nos devolverá al pasado  y, en un próximo futuro, acabaremos por cantar sobre los tiempos sombríos. O eso espero, rodeado de este silencio que hoy por hoy induce a pensar que seguimos aquí pero, sin ellos, algo menos.

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DE SANTOS E INOCENTES

           Hoy se conmemora la matanza de todos los niños menores de dos años, en Belén, ordenada por Herodes. Sea cierta o no una historia con tintes de leyenda, el caso es que, siglos después, somos mayoría quienes hemos suplantado al colectivo de inocentes, a cualquier edad y durante todo el año, convirtiendo el día 28 en recordatorio de cuanto nos sucede: desde darnos gato por liebre a metérnosla doblada por seguir en la inopia y, cuando conscientes de los engaños a que estamos sometidos los supuestos inocentes, igualmente tratados por tragaldabas, babiecas y pardillos.

¿Exagerado, tal vez? Para rebatir la presunción alegaría, copiando a Trapiello, que el imbécil suele ser, como el cornudo, el último en enterarse. Y de ser cierto como supongo lo de que son tontos cuantos lo parecen y la mitad de quienes no lo parecen, convendrán en que, como colectivo, hemos superado la cifra con que se consigue eso que llaman la inmunidad de rebaño; en este caso, inocencia de rebaño. Sea por albergar una fe que promueve la inconsciencia, ser imposible  la denuncia operativa, estar cada cual a lo suyo o por cercanía ideológica a los manipuladores, el caso es que seguimos, como los inocentes, tragándonos lo que no está escrito con base en palabrería o silencios para encubrir segundas intenciones, cuando no controversias sin fin y con metas nunca alcanzadas por unos u otros.

Celebremos pues, en este día, que el muñequito de papel que nos cuelguen en la espalda vaya a ser la menor de las picardías con que convivimos. Por aguantar el resto, rechistando poquito y sin consecuencias, unos santos que les vienen como anillo al dedo a quienes, desde la Moncloa a Galapagar -y me dejo a la mayoría en el tintero-, sólo quieren alzarse con el santo y la limosna, es decir, llegar y besar el santo a costa de unos Santos Inocentes para los que declararse  “Insumisos con más razón que un santo”, sería pura quimera.

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LA SOLEDAD ASALTA LA NAVIDAD

Era de esperar que, llegados a Diciembre y con la que está cayendo, la triste rima del título terminase por aparecer, aunque habríamos agradecido el retraso y es que, entre el Coronavirus y el virus de la Corona, estamos la mayoría hasta donde se imaginan.  Para el segundo se diría que ya estamos con inmunidad de rebaño tras el borboneo de siglos a modo de vacuna, y es el primero quien nos ha cogido a contrapié en una agresión que, más allá del ataque genético, ha detenido el mundo e individualmente empobrece y empareda, lo que en estas fiestas se hace especialmente doloroso y abona el terreno para, con Machado, cantar en estas fiestas lo que se pierde.

Todas las familias felices se parecen y, por eso mismo, sentirán por igual la privación de las ternezas domésticas crecidas en el pasado, desde Nochebuena a Reyes. Con la contribución de la normativa oficial, que ha extendido a la sociedad entera el Nunquam duo (nunca dos), antes sólo regla de los seminaristas, nos veremos privados este año de juegos infantiles, risas y evocaciones compartidas, al punto de que podríamos suponer que la poeta Pizarnik intuía lo por venir cuando escribió que Los que llegan no me encuentran. / Los que espero no existen.

Los silencios agitarán los recuerdos hasta producir dolor, y así habremos de seguir hasta bien entrado el nuevo año; las noches serán más largas y las calles más vacías. Escucharemos las campanadas en exigua compañía y, el brindis, con la nostalgia espumeando en las copas. Pese a todo, convendrá mantener la sonrisa, procurar el abrazo con quien podamos e irnos a la cama con el convencimiento que embargaba al que aseguró que todo alcanza un final. La tristeza inclusive.

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MI ONG ECHA EL CIERRE

La ONG Voluntaris de Mallorca, con actividad desde hace más de 30 años, primero en Cuba y ulteriormente en Guatemala y Perú (pozos de agua, financiación de alimentos, becas escolares, atención sanitaria en aldeas selváticas…), a más de en la propia isla balear, ha decidido poner fin a su empeño solidario y, debido a las dificultades para viajes y contactos que se derivan de la actual pandemia, proceder a su definitiva disolución, con la justificación adicional de no hallar suficientes reemplazos entre los jóvenes para unos integrantes de la misma mayoritariamente en plena madurez. Todos son conscientes de una decisión que afectará gravemente a los otrora beneficiarios e incorporará a las vidas de los voluntarios tristeza y remordimientos pero, a falta de alternativas viables, habrán de cargar con la pesadumbre pese a saber, desde sus inicios, lo precario e insuficiente de la ayuda prestada en el contexto sociopolítico en que estamos todos inmersos.Los países desarrollados se llenan la boca de solidaridades varias allende sus fronteras, pero la compasión también es, por sobre las migajas que regalan, una estrategia que disfraza la vergonzosa historia de explotaciones en pos de la rentabilidad. Y las dádivas no alcanzan a la mayoría de necesitados ni pueden ocultar la prepotencia hiriente de los poderosos. El 20% de la población sigue controlando el 90% de la riqueza mundial; 200 empresas manejan un tercio de la economía planetaria y, entre los Estados y el Mercado (una pinza de efectos devastadores), el llamado “Tercer sector”, las ONGs, vehiculizan en buena parte las ayudas y suman en España más de tres millones de voluntarios; una abrumadora mayoría (es el caso de Voluntaris de Mallorca) sin retribución económica alguna en pago a su trabajo. No hay globalización de la solidaridad o la justicia, sino únicamente del interés económico. Sin embargo, hoy quiero poner el acento en esos/esas que actuaban y dedicaban parte de su tiempo libre y muchas veces incluso algo de su dinero para el alivio ajeno, lo cual, si más no y con independencia del resultado, subrayaba unos criterios morales radicalmente distintos a los que inspiran las intervenciones en el tercer mundo de quienes actúan según hacia dónde se decante el binomio riesgo/beneficio.

Sólo la utopía podía conferir el tesón necesario para continuar en el empeño, con cabal conciencia de que la autoestima ha de cimentarse en algo más que egolatría y buenas palabras. Intervenciones insuficientes, por supuesto, y parcelares como todos ellos saben muy bien porque tuvieron ocasión de verificarlo hasta la saciedad sobre el terreno, pero que no venció ese entusiasmo inmune a decepciones, a contratiempos y contagioso cuando se hablaba con ellos. Una rebelión íntima contra la iniquidad y el atropello, generosidad frente al pillaje y la ausencia de resignación convertida en acciones, con independencia de su trascendencia universal, traducía en alguna medida la voluntad de forjarse una identidad merecedora del propio respeto. En adelante, esos miembros de la ONG, soñadores, podrán decirse con toda razón que dieron un poco a cambio de mucho. Y que valió la pena. Espero que dicha certeza los acompañe en años venideros y, cuando cada uno de ellos recuerde con nostalgia lo que fue, también asuma que contribuyeron en la práctica a hacer con su esfuerzo, y más allá del simple deseo, un mundo algo mejor.

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SOLUCIÓN: TAPONES O ACTIVIDADES SUBACUÁTICAS

No hay cadena de radio que cese de vociferar con el dichoso fútbol. Que si azulones o rojillos, bermellones, blanquiazules y culés; los de Zidane, Lopetegui o el Cholo… Y la comedura de coco alcanza sus límites de no apagar durante las insulsas obviedades de cualquier entrevista: “Nuestro objetivo es ganar”, “Podríamos haberlo hecho mejor”, “Convendrá mantener a cero nuestra portería”… Por no hablar del reciente duelo respecto a Maradona, una verdadera pesadilla. Luego están las musiquillas en horas que tiempo atrás se dedicaban a las noticias o, para terminar con la paciencia que pudiera quedarnos, entrevistas de nulo interés y, trufando las digresiones de cualquier político, inventos léxicos; nada de idiolectos o lenguajes crípticos para los ajenos al tema, sino palabros y reiteraciones: “evidentemente”, “como no podría ser de otra manera”… A tal extremo que, de escucharse a sí mismos, sería la mejor razón para callar siquiera por una temporada.

    ¿Recuerdan la tan manida “desescalada”? ¿Y “el relato”, cada dos por tres? Por seguir, “el Covid”, masculinizando la enfermedad (que eso es la “d” final, en inglés) y, en contrapartida, nosotros y nosotras, ellos y ellas, con el “nosotres” y “elles” en espera de su “implementación”, de “motu propio” (que no proprio)  y para una mejor “cogobernanza”, tal como “mandata” la Constitución para lograr “interlocutar” como se debe. Palabras algunas que puede contemplar la RAE, pero sorprendentes en un intento de comunicación que pretenden, supongo, fluido y sin alardes.

 Si me apuran, y “en relación a ello”, como suelen decir en vez de “con”, alguien debería recomendarles imitar a Demóstenes que, en la antigua Grecia, permanecía en una cueva subterránea y se afeitaba media cabeza para no salir en unos meses mientras entrenaba su oratoria metiéndose guijarros en la boca. Entretanto, no es sorprendente constatar que un número creciente de oyentes decidan apagar; opten, persiguiendo el silencio, por tapones en los oídos o, si ya sobrepasados por cualquier emisora, decidan entrenarse para dedicar en un próximo futuro su tiempo libre a las actividades subacuáticas, con la esperanza de que pulpos y calamares sigan a lo suyo como hasta ahora y no se les ocurra empezar a interlocutar, imitando a algunos de los de arriba.

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