Como especie, la evolución nos ha enderezado y permitido andar a dos patas. Sin embargo, esa misma gravedad y a escala individual, se ceba en la tercera edad como si necesitara de reafirmación tras ser descubierta; algo parecido a lo que sucede con las pensiones, tema que puede soslayarse sin dificultad hasta que nos afecta directamente. La gravedad se alía con la artrosis en lugar de dar caña a quienes viven por todo lo alto o miran desde arriba y por encima del hombro; es ahí donde debiera manifestarse en toda su crudeza y no pesar sobre el octogenario que, puesto a opinar, imagino que clamaría incluso por un cielo a ras de suelo por ser precisamente el que frecuenta, luchando por enderezarse si acaso se le ocurre recoger algo o simplemente atarse los zapatos.
El caso es que si Newton no hubiera sido abducido por la dichosa manzana caída sobre su cabeza, de verse obligado a hacerse con ella y con cuarenta años más, probablemente se habría planteado la Ley de gravitación con menor entusiasmo.
Por lo que a mí respecta, que móvil o monedero dejados a su aire se desplacen siempre hacia abajo o el nombre de Despeñaperros fuese el de Levitaperros de no existir la gravedad, no me inspiraba reflexión alguna hasta que he debido arrodillarme y levantarme a continuación sin tener dónde agarrarme. Y no estoy todavía en los ochenta.
Tras experiencias parecidas, deduzco que determinadas normas debieran contar con más excepciones, y no me refiero únicamente a los encarcelamientos en Cataluña o a la ley del más fuerte, por generalizar. Porque el asunto al que hoy me refiero no mueve a risa: es grave y, quizá de ahí, el nombre de gravedad. Sucede que, quienes elogian la tercera edad, tal vez sea porque nunca debieron agacharse a por sus gafas.
Tal vez hayan conocido a alguien que responda al prototipo que describo: ése/a que se siente aludido e implicado en todo cuanto se dice, que siempre ha vivido parecidas experiencias sean cuales fueren éstas y cambian, a primera persona del singular, cualquier digresión de terceros por más que no tengan nada que ver con él/ella. «Pues a mí me pasó lo mismo. Recuerdo una vez…», «Ya que lo dices, en mi caso…» o «¿No estarás insinuando que yo…?». Está permanentemente concernido/a, el mundo se organiza en círculos concéntricos a su alrededor y todo empieza y acaba en esa persona para quien las conversaciones se reducen a un selfie.

¿Es amor propio llevado al paroxismo o, por el contrario, la permanente inseguridad puede desembocar en semejante compensación? ¿Paranoia? ¿Neurosis? ¿Maníacodepresivos o una personalidad aún pendiente de filiación? Lo cierto es que rara vez ese arquetipo da muestras de relajación o complacencia y termina, de repetirse los encuentros, con la paciencia del más pintado. Así pues, y de permitirme un consejo, tengan en mente dicha eventualidad y, de detectar a alguien con esas características, sálganse por la tangente y, aprovechando cualquier distracción, ¡huyan! En llegada la noche, dormirán mejor si no se les aparece incluso en sueños.
Con independencia (¡ya empezamos!) de mi oposición en fondo y forma al proceso soberanista catalán, no puedo por menos que cuestionar algunas de las medidas adoptadas al respecto por el Estado. Entre ellas, la prisión preventiva para Oriol Junqueras y otros varios cuya prolongación, tras las recientes elecciones celebradas allí, tiene difícil justificación y apunta a que la Justicia podría ser, en ocasiones, una forma de venganza en lugar de mostrar en toda circunstancia equilibrio, ponderación e igualdad para todos, contradiciendo así a Orwell y su convicción de que algunos son más iguales que otros.


Combinar la misma con determinada alimentación podrá seguramente contribuir a un mejor estado físico y superior tolerancia farmacológica, pero de ahí a atribuir a la semilla de lino o el brócoli su respuesta completa (desaparición de la enfermedad), media un abismo. Y sus declaraciones son exponente del nulo conocimiento de la tal Odile sobre oncología.
Una cosa es que, excepcionalmente, se hayan comprobado remisiones espontáneas -de causa aún por determinar con exactitud-, y curaciones en estadios avanzados de determinadas neoplasias (hay más 200 cánceres, según su orígen) merced a la medicina científica, y otra distinta atribuir a la cocina, como hace, su favorable evolución. Apostar por la cúrcuma o los alimentos crudos me parece muy bien como estrategia profiláctica -preventiva-, pero relacionarlos con la remisión de un tumor que ha metastatizado, es clara evidencia de que a esta médico general, por lo que hace a la oncología, le queda mucho por aprender. Y para empezar, que cuando las opiniones no tienen fundamento, mejor calladita y ponerse a estudiar.
Libertad e igualdad no pasan, por lo que hace a esta semilla que se resiste a morir, de eslóganes para seguir en las mismas, y El chicle no ha sido estos días más que una odiosa figura que ejemplifica la inoperancia de las medidas disuasorias al respecto. Estamos, en lo que supone el oprobio de la colectividad, anclados en un rechazo que sirve de poco frente a las reiteradas evidencias del más de lo mismo. Que si un número telefónico para la denuncia que no constará en la lista de llamadas, prohibido acercarse el animal a menos de tantos metros y otras penas varias mientras sigue el acoso, la humillación o asesinatos de los que el tal chicle es de momento el último actor para la media de una víctima a la semana +- 10 en el curso del año. Y en la misma tónica una década tras otra.

La cárcel sin revisión que valga y, para el matón denunciado, anillo eléctrico en la base del pene -con revisión mensual en el correrspondiente centro policial, que garantice su perfecto estado- y de activación automática en cuanto se acerque más de lo debido a la agredida. Y es que una patada en cierto sitio puede tener efecto disuasor y, en su defecto, el equivalente en decibelios. ¿Por qué no se prueba? De no funcionar, quedaría en cartera la emasculación como tratamiento de unos y advertencia para otros machitos de pacotilla.