Las hay que pueden cambiarte la vida mientras que en otros casos, y por el gravamen, es aconsejable renunciar y perdonar la torta por el coscorrón. O como se diga. En ocasiones se pone el énfasis en lo envenenado de la misma aunque se persiga con uñas y dientes (Rajoy, por no ir más lejos, y sus mentiras electorales forzadas por la herencia…). O te cae encima sin más opción que el pataleo. Parece que es lo que está a punto de ocurrir con esta monarquía que es momio, bendición o imposición franquista según quiénes la juzguen.
Tras la abdicación de un Juan Carlos que se nos ofreció en su día como la única opción para salir con bien de la Dictadura, un vocerío de poco rigor y aquí van algunos ejemplos:
-«Con Felipe VI se garantiza la continuidad» (la Reina). ¿Cuál es la garantía? ¿Quién garantiza?
-«Supone ser fieles al pacto de la Transición» (Rubalcaba). ¿Porqué habríamos de serlo?
-«Es un momento de altura de miras» (Mabel Cabrer,portavoz del PP balear). ¿El momento lo elige ella?
-«Todas las críticas a la Casa Real quedarán sofocadas» (A. Remiro, catedrático de Derecho). ¿Quién las sofocará?
-«La Monarquía tiene apoyo muy mayoritario» (Rajoy). Sobra el «muy». Es intuición sin datos otros que el apoyo en el Parlamento, que no en la calle.
¿Y cuál es la realidad, por sobre el ruido? Pues si hemos de basarnos en datos objetivos recientes, la opinión ciudadana, manifestada a través de las urnas hace pocas semanas, tiende a la izquierda: una ideología reacia a las herencias de Poder (con excepción de la cúpula del PSOE, en busca de su identidad). En estas circunstancias, a Felipe VI lo entronizará la derecha y asimilados como ocurrió con su padre hace 39 años. Pero la democracia consolidada que nos venden cuando interesa llenarse la boca, siquiera por salvar la cara, demanda hoy algo más que una justificación genética para definir el Estado que queremos.
Un referendum vinculante cabe en la actual Constitución y, de no tener lugar, el tiempo lo auspiciará si la democracia es tal y no sólo un escenario para que «La casta» siga haciendo su agosto bajo la sombrilla de una monarquía sin refrendo. Como otras muchas cosas.
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Sin duda la sospecha se hace latente en los mismos procesos legislativos. Parece ser que no existe una alternativa de modificación cuando continuamente se están alterando decretos y otras cuitas. Ay. Los juristas.
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Los juristas y los intereses que subyacen bajo unas leyes supuestamente orientadas siempre hacia el bien común. ¿A quién intentan vender la moto?
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Me han escrito: “Es muy fácil, tenemos unas leyes que contemplan que se modifique hasta la Constitución. El partido que quiera, que lo presente en su programa electoral, que le voten, que lleve la propuesta de ley al Congreso y que se vote” (abogada amiga mía).
Le contesté que lo de fácil iba de coña ¿no?.
Los partidos, incluso de izquierda y de ideología inicialmente republicana, se nos están “enderechando”. Y las leyes las fabrican a su medida.
Y la ciudadanía estamos pidiendo democracia (lo que estamos viviendo NO lo es): lo que escribes «definir el Estado que queremos», decisión del pueblo.
Pero pienso que, como esto ya se sabe desde hace tiempo, lo tienen todo previsto. Las reacciones de los partidos y la ciudadanía. Ahí está su ventaja. Y de momento parece que no nos van a dejar.
No sé cómo quedará la cosa.
Ánimo.
Un saludo.
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La cosa pinta monárquica de entrada. Sin embargo, hay más días que longanizas… O eso quisiera creer.
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Se habla a menudo de la necesidad de modificar la Constitución para poder introducir determinados cambios en nuestro ordenamiento, así en el tema catalán como en el de la jefatura del Estado. Sin embargo, la solución se me antoja sencilla, a poco que existiera voluntad política para adoptarla. Y ello es así porque la Constitución no limita el contenido de las posibles consultas, sino sobre la aplicación de lo que eventualmente resultase de la consulta. Es decir, deberían realizarse los referéndums y, si de ellos resultase la necesidad de cambios en la estructura territorial (estado federal o independencia, para el caso de Catalunya) o en el modelo de estado (república, en cuanto a la jefatura del Estado) entonces, y solo entonces, procedería el cambio constitucional, que se basaría en la posición mayoritaria del electorado conocida previamente. Evitaríamos así convertir una constitución, que debe ser fundamentalmente un pacto libremente adoptado entre hombres y mujeres libres, en la coartada para mantener un statu quo con el que los ciudadanos pueden no estar de acuerdo.
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Nada que objetar.
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Yo no voté la Constitución. No es una afirmación política «a la contra». Es una simple constatación cronológica: en 1978 tenía 15 años.
¿Qué hubiera hecho entonces, con apenas 3 años más y por tanto con derecho a votar? Probablemente habría echado la papela del «sí» (a fin de cuentas, era lo que votaban los que hoy se desdicen.) El texto era lo de menos, supongo, ante el «reto histórico» de dejar por escrito que aspirábamos a no darnos de hostias.
¿Qué haría hoy? Sin ninguna duda, abstenerme. Quiero ahorrarme el penoso trámite de «hacer balance» de aquella Constitución y también el fatigoso ejercicio de pensar en otra, que será tan mala e incumplida como la anterior. Pondrán lo del «estado de derecho» y será de risa, al constatar cómo se eligen los jueces. Escribirán lo de «democracia participativa» y será de vomitar, al ver cómo los partidos, con sus sanedrines corruptos, se aprestan a la rapiña.
Dirán «estado federal» y será como hasta ahora, que ni Dios sabe qué coño es el «de las autonomías». Afirmarán que los «poderes públicos» esto o lo de más allá, y será de guasa, dejémoslo ahí. Quizá se aventuren a poner «III República» y no tardaremos ni 5 años en percatarnos de que ese sistema nos conduce a darnos las hostias ya mencionadas.
Nadie se acuerda de la «Constitución europea». Era una urgencia, una necesidad telúrica, un magno evento, una misión globoterráquea… Y quedó en nada. Con 51 años a cuestas, señores míos, temo que en nada quedará tanta monserga con la «nueva» Constitución. Nada.
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Parcialmente de acuerdo: más allá de las palabras, la democracia es a mi juicio una forma de entender la vida, un compromiso ético… Y se me hace difícil asumir que un cambio constitucional lleve aparejado un cambio de los políticos al uso y de sus modos (y de los nuestros, puestos a decirlo todo). Sin embargo, ¿por qué no modificar los pactos a tenor del sentir de la mayoría? ¿Por qué una República habría de ser peor que un momio hereditario y sin otro mérito que el de un genoma que a saber tú? ¿Y si un Estado confederal, que habría que construir, y cuidar…, desactivara ciertas veleidades? Ninguna seguridad en nada, por supuesto, pero los avances también se consiguen por el método de ensayo-error. A veces se acierta.
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Dices «el sentir de la mayoría», pero sucede que tal cosa es sumamente mudable, por decirlo en fino. Los mismos que se dejan llevar por la locura homicida de un dictador (me ahorro ejemplos) reniegan luego del desfile en el que aplaudían a rabiar. Incluso hay algún memo que intenta convencernos de su acendrado antifranquismo, aunque resulta que su papá era nada menos que el gobernador civil. Un detalle sin importancia, pelillos a la mar.
En cuanto al «ensayo y error», pues eso, lo que hemos venido y seguiremos haciendo. ¿Ha sido bueno/malo el reinado de Juancar? ¿Ha sido malo/bueno el desarrollo autonómico? ¿Ha predominado el «avance», o quizá el «retroceso»? Personalmente, según los días (las horas de sol, unas declaraciones del gerente, la prensa, mi hijito con su cochecito, alguna discusión conyugal, etc), mi balance oscila entre la epilepsia con espumarajos, la rotunda indiferencia y una lisérgica placidez.
Como soy mala persona, a los republicanos a ultranza les recuerdo que Aznar, en sus tiempos de imbatible mayoría, hubiera sido presidente de la cosa. ¡Joder, se les erizan los vellos! Creo que con el 6º Felipe y su hija Leorror tendrán un motivo de conversación mucho más amable y les sufrirá menos la coronaria.
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Bueno… Como deducirás, tenemos divergencias. Lo que no quita para que acepte de buen grado la hipocresía a la que aludes, los análisis subordinados al estado de ánimo o la presencia de nubes en lontananza. Pero la sintonía pasa a absoluta si lo de Lehorror no es un error.
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