Una situación más, la provocada por esta pandemia, en que sumar al miedo decepción y un algo de fastidio por ciertas medidas de difícil justificación, y ausencia de otras (tonterías a veces, como algunas de las ya implantadas) que se aparecen en ratos de insomnio. Porque vamos a ver: mucha vigilancia en supermercados y edificios públicos, pero ¿qué hay de los váteres en bares y cines, frecuentados por sanos o asintomáticos y en donde cada quién puede hacer de su capa –caca- un sayo? Un peligro las gotitas que exhalamos, aunque su malévolo contenido pueda permanecer a buen recaudo en los chicles escupidos o, por rizar el rizo, en esas pelotillas de moco nada infrecuentes en conductores o acompañantes y que acaban sobre la alfombrilla del vehículo. Por lo demás, la distancia de seguridad podría variar a tenor del viento que sople para retomar la socialización siquiera algún rato y, ya con las mascarillas en función de antifaz, no sé yo si algunas, amarillentas tras varios meses de tránsito desde la cara al bolsillo y viceversa, protegen de algo más que de una mirada policial, excepcional dada la práctica desaparición de los servidores del orden en los lugares de mayor transgresión.
Algo de coña y traído por los pelos mucho de lo anterior, sí. Como lo que sigue, aunque la suma de todo ello podría hacer que la sorna pesara en los análisis al respecto y, tras lo vivido estos meses, quien deposite su esperanza en planes operativos por parte de los gobernantes pecará de cierta candidez. Se ha prohibido transitar con el aliento a la fresca, pero no he leído que se haya vetado hinchar globos que luego exploten sobre los viandantes. O entretener a los niños con pompas de jabón. Los susodichos tapabocas justifican que se haya prohibido fumar en vías públicas y terrazas para no desenmascararse, pero ¿qué hay de los espantasuegras, resoplidos de irritación o hastío, silbidos y risas, más peligrosos/as en sus forzadas espiraciones que la exhalación del humo por parte del fumador? Y por más divagar, me parece que en caso de lluvia se podría fumar –el agua dificulta los paseos, humanos y el virus-. Con paraguas para evitar resfriados y de paso reducir los síndromes de abstinencia.
En cuanto a las mascotas animales, frecuentes receptoras de besos del amo y recíprocos lametones por su parte (¡Ay, perrito mío!), ignoro si serán sometidas también a PCR como posibles reservorios del dichoso corona y, si fuera el caso, entradas en cuarentena junto al propietario/a. En suma: mucho donde rascar, aunque sea a falta de cosa mejor que hacer en la forzada soledad del domicilio. Podrían seguir en esa línea los responsables de arbitrar medidas profilácticas. En buena medida ocurrencias, como éstas, de dudoso fundamento hasta que, como dijera María Zambrano, a fuerza de errores se aprenda a pensar. Y en algunos convendría, incluyendo los casi incógnitos comités epidemiológicos que nos han tocado, para desgracia nuestra, en suerte.









¡Quién te ha enseñado eso? ¡No vuelvas a hacerlo, me oyes? ¡Si sigues así se acabó la feria! A ver, ven aquí: ¿otra vez lo mismo? ¡Con quién has estado? Y haz el favor de contestar cuando te pregunto. Ahora anda, vete a jugar un rato y no te juntes con quienes tú y yo sabemos. Por cierto: ¿qué quieres ser de mayor? Pues tienes que saber comportarte y sí, ya sé que a veces tienes miedo cuando te quedas solo. Eso te pasa por mirar lo que no debes. Esta noche, si no puedes dormir (así le ocurría a Sánchez frente a un eventual pacto con Iglesias), puedes venir a mi cama (a tenor de la orientación sexual de cada cual si estuviesen en edad de merecer, no fuera a liarse más de lo que ya está). Y si no sabes a quién contar lo que te pasa, compraremos un muñeco que me libere a mí siquiera por un rato.


Sabemos, la mayoría de nosotros, que somos depositarios de una suma de contradicciones por motivos varios: conveniencia unas veces, impremeditación otras o, las más difíciles de resolver, cuando las evidencias se tiñen con convicciones no siempre razonadas. De ahí que el yo carezca de transparencia frente a uno mismo cuando nos examinamos a través de las máscaras con que disfrazamos el talante para un mejor transitar.
Actitudes y comportamientos que sólo ocasionalmente, si con ganas de introspección, nos ayudarán a la revelación por ser espejos de quién y cómo realmente somos. Podremos intentarlo con éxito variable y nuestro empeño durar lo indecible, sin llegar a conclusión alguna a no ser que determinadas circunstancias favorezcan el desnudo sin los habituales filtros y afeites . Es, miren ustedes por dónde, lo que ha posibilitado en cierta medida la invasión del virus si cada uno se para a pensar en sus reacciones, más o menos coherentes, frente a la agobiante pandemia.
Para algunos, la angustia no les había dado nunca un jaque semejante, mientras otros a su rollo porque deben seguir creyéndose invulnerables y a ellos, literalmente, no hay quien les tosa, así que ¿para qué distancias o molestas mascarillas? Cada quién exhibiendo lo que otras veces permanece larvado y más allá de la consciencia hasta que la generalizada infección ha hecho aflorar el amplio espectro que permea la sociedad: del más absoluto pesimismo a la inmadura trivialización y todos los intermedios.
En cualquier caso, se ha hecho evidente una vez más que el peor enemigo, o el mejor aliado, es uno mismo. Y podemos certificarlo a través de un virus que no sólo puede meterse dentro, sino que nos allana ese mismo camino a poco que queramos. ¡Es de no creer lo que un minúsculo engendro puede dar de sí, cuando nos sobrevuela!