En ocasiones se hace por comodidad, máxime si los límites entre realidad y ficción exigirían de más pruebas. Pero las ganas de conseguir el paraguas de un axioma sin excepciones se contagia al modo de una pandemia, y de ahí la frecuencia con que se toma la parte por el todo. Actitud propia de fanáticos, políticos u otros visionarios y también empresarios, porque de los prejuicios también surgen negocios y, aunque las verdades absolutas no menudeen, gozan de más predicamento que los interrogantes aunque se trate de castillos en el aire: simples quimeras.
Por tomar como ejemplo un tema en el que me sienta algo versado, vayamos a esos chequeos sanitarios que suelen aconsejarse sin ningún pero que valga. ¡Si quieres curarte en salud, hazte un chequeo!, se suele oír o leer. Pues bien: está demostrado (metaanálisis en 2015) que, aunque para algunas enfermedades pueda ser útil, las revisiones en adultos asintomáticos no reducen la mortalidad en su conjunto y sólo se han demostrado beneficiosas en determinadas patologías, por lo que su generalización, a más de la previa ansiedad y posterior tranquilidad sin fundamento, únicamente convienen al bolsillo de los promotores de tales prácticas.
Existen sin duda exámenes para detectar en fases tempranas determinados cánceres (examen del cuello uterino, de sangre en heces, mamografías…), aunque incluso en esos casos convendrá un balance de su utilidad frente al riesgo que supone diagnosticar lo que se denominan falsos positivos. O tumores que, dejados a su natural evolución (18% en caso del pulmón, 1/3 de los descubiertos por mamografía…), no afectarían a la supervivencia del portador y, en ese caso, ¿cuál sería la ventaja de su detección precoz?
Con el propósito de mantener la salud, cabrá la generalización si la eficacia está probada: vacunas, hábitos saludables o una adecuada alimentación,pueden preconizarse sin ambages. No obstante, demasiadas veces y no sólo en el ámbito sanitario, el binomio utilidad/riesgo se orilla debido a apuestas interesadas y sin fundamento; creencias u objetivos sin nada que ver con análisis que justifiquen propuestas que sólo distinguen entre blanco y negro y no cuentan con avales que puedan justificar la ausencia del matiz.
Puestos a extrapolar el señuelo del chequeo a otros terrenos, los hay hasta decir basta cuando se repara en los innumerables empeños por universalizar lo que no pasa de elección personal o de un determinado sector, por motivos varios y algunos, en ocasiones, convenientemente silenciados. No hay demostración fehaciente de que el independentismo, preconizado por sus valedores como panacea para ciertos males, ciertos o exagerados a sabiendas, pudiera ser la solución (la generalización a que aludo) en un futuro que, como todos sabemos, vendrá trufado de impredecibles avatares. No hay recetas milagrosas, más allá de la demagogia, para primar los deseos por sobre la realidad y, de traspasar las fronteras peninsulares, podría traerse a colación ese Brexit del que un creciente porcentaje quisiera abdicar tras reparar en sus probables y negativas consecuencias: desde la alteración de los flujos laborales en ambas direcciones a posibles deslocalizaciones empresariales, dificultades para la exportación o disminución de la inversión extranjera, por citar algunas cuestiones que están aún sobre el tapete.
Ningún referéndum puede garantizar que la opinión mayoritaria, formada por inextrincables mezclas de objetividad y sentimientos, sostenga una verdad carente de sombras. Y para qué hablar si la generalización que se pretende aplicar parte de ámbitos de poder cerrados a las alternativas derrotadas –aunque sea electoralmente- en su día. En este país tenemos sobrados ejemplos de esos ordeno y mando que se vendieron como la purga Benito. Y al otro lado del Atlántico, el tiempo probablemente demostrará que el trumpista “Nosotros lo primero” no es regla que a la larga pudiera justificar, en beneficio de la población norteamericana, las presiones arancelarias sobre China, el solapado enfrentamiento con la U.E o el abandono del libre comercio del Pacífico.
Hacer, de las evidencias coyunturales, verdades incuestionables, no lastra únicamente nuestra atención durante los debates, sino la vida de todos y sin duda es, demasiadas veces, una bofetada al sentido común. Ni cualquier máster o tesis doctoral de un mandatario debiera ser desde ahora motivo de sospecha, ni el oportunismo puede en modo alguno justificar que el líder del Partido con más encausados por corrupción diga que los actuales gobernantes debieran, por causa de su gestión, agachar la cabeza. O los escraches tener distinta consideración según quién los padezca.
En síntesis: decisiones con datos, opiniones con fundamento, amplio hueco para las excepciones y, la verdad revelada, para los creyentes. En otro caso, como comprobamos a diario, exceso de ruido pero, lo que son nueces, con cuentagotas.














