En estas semanas de confinamiento y con mucho tiempo para la reflexión, me vengo diciendo que debería planteármelo muy en serio y de una vez por todas, porque he observado que no controlo y, encima, el asunto viene de antiguo. Demasiadas veces estoy con la novela como si se tratara de un sesudo ensayo del que habría de sacar alguna enseñanza, con el artículo científico en la disposición de quien tiene entre manos un relato breve o repaso las opiniones de un economista, respecto a la crisis que se avecina, con prisa por llegar al final y averiguar si es abierto o cerrado. Al estilo de un cuento.
Se me ha ocurrido sincerarme aquí por si fuera algo compartido; un vicio extendido y no enfermedad rara y congénita. Porque sostengo lo que en principio parece una obviedad: se lee de modo distinto y en relación con el objetivo que se persigue, así que confundirlo a medio camino, siquiera inadvertidamente y es lo que me suele ocurrir, causa desazón cuando no puro y simple cabreo si el diálogo con las páginas, por mor de presunciones inadecuadas, se revela imposible.
Y claro que, como afirmara en su día Octavio Paz, ver el mundo es deletrearlo, pero ponerse a deletrear las declaraciones de Pablo Casado al modo que se haría con un texto de Borges, pongamos por caso, o sumergirse en la poesía de Valente con el talante de estar frente a un análisis biológico del Coronavirus, puede terminar con el poco equilibrio que pueda a uno quedarle.
Asunto distinto es que la sintonía admita grados y ésta dependa en alguna medida del momento anímico tanto como de la formación respecto al tema en cuestión. Cierto asimismo que no solemos disfrutar o compartir lo que no estamos de antemano dispuestos a ver, y tomaré como ejemplo de entrada el género novelístico como exponente de lo que pretendo decir. Estoy de acuerdo en que la verosimilitud de un relato y su efecto, dependen y varían con cada lector. Por lo mismo, les habrá sucedido en ocasiones disentir absolutamente de la crítica profesional respecto a las páginas que han escogido pero, como colegirán, no me refiero a eso sino a la deriva, variable y contaminada (por otros empeños que le vengan ocupando buena parte del tiempo, por la calidad del sueño la pasada noche o tal vez el resultado de una previa discusión), a resultas de la cual se pasan las páginas en busca de una tesis que no aparece o, también me ha ocurrido, estar uno más ocupado en intentar objetivar posibles defectos estilísticos que en dejarse llevar por la historia y procurarse el placer que motivó la elección.
Tiempo atrás cayó en mis manos un libro de Alejandro Rossi en el que dedicaba algunas líneas al respecto. Llamaba “Vicio de funcionario”, creo recordar, al intento por desentrañar mensaje y conclusión por sobre cualquier otra consideración, reduciendo así cualquier texto a un Boletín Oficial del Estado. Otras veces podemos ser tentados por la autosuficiencia y prestar más atención a estructura o sintaxis que al contenido, valorar desde el prejuicio el tema en cuestión o, por no seguir y como apuntaba, estar más atentos a la técnica narrativa que a lo descrito… Alternativamente, abordar la divagación filosófica con la disposición de quien pretende rigor y cuantificación, más propios de las disciplinas científicas o, por contra, tachar el escrito técnico de comprimido en exceso: por falta de subordinadas o transiciones más imaginativas antes del final.
Sea como fuere, eso de que las palabras pueden hacer feliz a un semejante o llevarle a la desesperación, como afirmara Freud, desbordan el psicoanálisis para dibujar también los conflictos e inadecuación entre texto y asunción del mismo a que me refiero, porque lo cierto es que, ni todas las palabras están al alcance de cualquiera, ni tampoco las mismas, aunque inteligibles, se interiorizan en ocasiones como debieran y, de cogerte a contrapié, pueden hacerse alfileres. Aunque parezca sencillo asumir que cada texto exige una determinada disposición, no es raro tropezar por enésima vez en la misma piedra y confundir a un hobbit con Pablo Iglesias, por un decir, o analizar la metamorfosis de Gregorio Samsa en insecto como si se tratara de una mutación genética más acá de la imaginación. He llegado a pensar que el Quijote pudiera estar afectado por algo parecido y de ahí que su autor dijera que, del poco dormir y mucho leer, se le secó el cerebro. De leer buscando en vano lo que no debía, quizá olvidó precisar, pero aunque no fuera su caso, en el mío se va haciendo imperioso, antes de empezar cualquier lectura, plantearme el porqué, el para qué y ceñirme a ello en el tiempo que dure el proceso. En pocas palabras: aprender de nuevo a leer para no hacer de las novelas libros de texto o, de los actuales discursos coronavíricos del Ministro de Sanidad, literatura. No sé si me explico.
¿Cómo traducir en palabras la detención del mundo que conocíamos? Hay algo amenazante en la quietud que nos rodea, y en esas estaba cuando reparé en él con más atención que en el pasado. Lo aprecio estas semanas de un modo distinto a meses atrás por ser, muchos ratos, la única señal de vida, con excepción de alguna que otra golondrina sobrevolándolo. Detenidos en nuestra travesía, asalta a veces la añoranza por aquel paisaje en movimiento del ayer, hoy sólo presente cuando la brisa lo mece en suave vaivén para hacer más llevadero el ominoso silencio.
Una distinta primavera tras nuestra compartida soledad y sin que, en cada puesta de sol, nos abrumen los versos de Quasimodo: «Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra…/ y de pronto anochece». Hace un rato lo he mirado fijamente y le he asegurado, haciéndome eco del «Resistiré», que viviremos sin duda un próximo amanecer con nuevas hojas y alegrías. Y otro más, y otro… Para los dos.
Hace un par de semanas sugería que la siesta pudiera ser un premio que ha traído consigo la maldita cuarentena. Sin embargo no es el único y si, como afirma el Eclesiastés, «hay un tiempo para cada cosa», el que vivimos estos meses nos ha quitado de encima, a cambio de la pesadilla viral, otras que nos venían también agobiando y nos tenían igualmente hasta la coronilla. Ya que no revolución, siquiera un distinto escenario para hacerse con otras perspectivas y modos de crecer, lo que en alguna medida carga de razón al lúcido y recientemente fallecido Wagensberg cuando apuntó que, de no ser por las crisis, aún seríamos todos bacterias. En unos meses volverán sin duda las polémicas de antaño, pero entretanto, ¡que nos quiten lo bailao! Aunque sea para algunos sin pareja y, en la mayoría, a riesgo de darse contra las paredes si no miden bien los pasos. 
En su defecto y aunque se trate de poner al mal tiempo buena cara, los hogares limpios como patenas y más tiempo para disfrutar de los hijos, disminución de los accidentes de tráfico, la contaminación atmosférica reducida a una cuarta parte y, por si no bastase con todo lo anterior, nos vamos habituando a lavarnos las manos más y mejor.
Bien es cierto también que el aluvión de estadísticas y promedios con que nos abruman, en la pretensión de acercarse a una realidad que ha cogido a todos en paños menores, nos tiene en esta incertidumbre a caballo entre esperanza y angustia. No obstante, cantar en tiempos sombríos por hacer caso a Brecht, como también escribí en su día, y poner el acento en lo que hemos ganado, proporciona cierto alivio en tiempos de mudanza pero sin salir de casa. Y es que, para enfrentar lo que parece un oxímoron, ya me contarán ustedes si hay mejor cosa a hacer que el consabido paño caliente de repetirse que siempre es posible algo peor.
A día de hoy, seguimos desconociendo datos de capital importancia. En cuanto al virus, su resistencia frente al aumento estacional de temperatura que se avecina o la capacidad de mutar a tenor de diversas circunstancias. Por lo que a nosotros respecta y entre otras cosas, la duración de una supuesta inmunidad tras la infección, así como la cantidad de afectados toda vez que aún ignoramos –a falta de estudios poblacionales de seroprevalencia- el nº de enfermos asintomáticos y ya recuperados. Con tal escenario, los porcentajes que se reportan sobre incidencia o letalidad son de escaso valor epidemiológico y estimulan en mayor grado la angustia que un conocimiento útil y de valor prospectivo.
Así, nada que objetar a la reclusión mientras se dota a los hospitales de cuantos recursos sean necesarios (desde respiradores a EPIs) para asistir a cualquier enfermo grave, aunque no deje de extrañar que, sabida la mayor vulnerabilidad en edades avanzadas, se permita que paseen al perro, como puede comprobarse a diario, provectos ancianos/as.
Siesta, que no fiesta. La pandemia está propiciando una cuarentena de ámbito mundial y, sabido que no hay mal que por bien no venga, las siestas en edad laboral, muchas veces posibles incluso en nuestro país sólo los fines de semana, pueden ser estos días incorporadas a la rutina, poniendo en pausa la disciplina que marca la alternancia de sol y luna. En consecuencia, poder dormir a la luz del primero y que sean las sombras quienes presencien nuestro despertar. Así, y para quienes en circunstancias normales han de vivir dando el callo desde la salida del astro rey hasta su puesta, el virus les permite ahora mejorar su salud con base a dejar la conciencia en suspenso tras la sobremesa, sea en la cama o el sofá del salón. 
Encerrados en casa las 24 horas, el reloj ha perdido protagonismo, y si unas semanas atrás detener el despertador por la mañana sólo estaba al alcance de unos pocos privilegiados sin hora de entrada al trabajo, poder prescindir hoy de cualquier alarma -siempre que no sea la dictada por el Gobierno- es merecida compensación por la que nos ha caído. Y más apreciable si cabe ahora que se ha alargado el día.
La siesta subraya que la vida es sueño y, tras semanas de encierro, permitirá hacer plausible aquella voluntad beckettiana, en otras ocasiones tan cuesta arriba, del «No puedo seguir. Voy a seguir». Por fortuna, de día y con la barriga llena, dormir está hoy al alcance de muchos más que antaño. Dormir y soñar, acaso, que el coronavirus sólo fue un mal sueño, aunque ya se encargarán los noticiarios de volverlo real nada más abrir los ojos.