En alguna otra ocasión he citado la observación de Malraux: La máscara no oculta sino que subraya, y hoy me parece que ni pintada frente al espectáculo que nos ofrecen izquierdas y derechas intentando ocultar, bajo disfraces varios, su ignorancia sobre el mejor modo de superar este conflicto en que andamos sumidos. Para esconder dudas, pasmos y balbuceos, aportar falsas seguridades o vestir de lagarterana sus verdaderos propósitos, nada mejor que esconderse tras una mascarilla.
Los del gobierno por medidas cambiantes y demasiadas veces sin refrendo objetivo; la oposición procurando obtener rédito político de cualquier circunstancia (¿cuándo, como se preguntaba Pla, volverán a normalizarse y apostar por los dividendos y la beneficencia?) y, en cuanto a los inspiradores de las medidas y supuestos expertos, se entiende que opten por el anonimato frente a tanto sinsentido: contradicciones a dos metros una de otra cuando no superpuestas.
Para todos ellos la mascarilla como recurso y, para nosotros, impuesta pese a un beneficio más que dudoso; obligada si no se respetan la distancias pero, a lo que se ve, innecesaria en la mesa del bar aunque medien pocos palmos entre unos y otros o para quienes exhalan sus gotitas más lejos, caso de ciclistas o corredores. Y por seguir con el disfraz de las apariencias más allá de boca y nariz, ¿acaso los guantes no pueden ser, como la propia piel, asiento del virus? ¿Por qué ejercicio en la playa sí pero nada de baños, mientras en otros lugares se autorizó el chapuzón aunque de ningún modo tomar el sol? O ni hablar de ir a la escuela para evitar el hacinamiento, aunque no haya nada que objetar al previsible en los campamentos de verano, para niños y adolescentes, que ahora se inician.


Ni sinceridad, competencia o estilo, sino mascarada fruto en buena medida de la improvisación e ignorancia por parte de tanto fullero o narciso -y peor si ambas características coinciden- pretendiendo que aceptemos la película a pies juntillas. Solo consuela la certeza de que cualquier drama, incluyendo el causado por el coronavirus, es limitado en el tiempo. Aunque haya alguna que otra excepción y, entre ellas, el que venimos padeciendo por parte de quienes cobran: por la máscara y, si se tercia, añadiendo mascarilla.



En resumen: que las fases de estos días han cambiado rigor por balbuceos incluso cuando se describen en el B.O.E. No es pues de extrañar que, a pesar de estar la mitad de las población en España estrenando una segunda fase, muchos nos sintamos aún en la preclínica; como ratoncillos y en manos de quienes anteponen sus manejos al interés de los obligados a seguir lo que, en más de una ocasión, no son sino ocurrencias de dudosa utilidad.

aquella comida en el bar Manolo de Orihuela y con Miguel Hernández por las inmediaciones o las lejanas cenas junto al salto de agua en Les Escaules, cerca de Figueres y en compañía de mis ya fallecidos padres.
asomados al abismo, de lo que podría suponer un viaje vertical sin camino de vuelta y, en semejante tesitura, ¡bienvenido lo que fue! Mientras estamos a la espera de lo que pueda venir, en el mejor de los casos, para nuevos brochazos el día después.
Con la conciencia a caballo entre la jactancia y el horror, cerré los ojos, respiré hondo, conté hasta donde pude y a continuación me puse a recrear en la imaginación playas y cordilleras, arcoiris y soleados prados cubiertos de flores, pero al poco el ruido se hizo conmigo y, cual preso en trance de tortura, habría confesado cualquier cosa con tal de ponerme en pie y poder dar un paso.
Junto a los mismos sobrevolaba otro más agudo, cual piar de pájaro y, sin escape posible, se me ocurrió la posibilidad de que en un futuro, el agobiante y claustrofóbico agujero pudiera servir también de camilla para un psicoanálisis en la penumbra. Con la tecnología es hoy posible obrar maravillas, de modo que ¿por qué no cambiar los sonoros golpeteos en consejos inteligibles, aun conservando igual timbre metálico?
música celestial, Lorca y Miguel Hernández a gritos sincopados, Freud por sobre la cabeza… Y es que cuando enterrado en vida y con ganas de volver a nacer, no se me ocurre otra cosa ni por supuesto lugar más apropiado salvo, quizá, el más clásico ataúd si metido por error.
Que la comunicación puede revelarse imposible, aun con tímpanos y conductos auditivos indemnes, es evidente en determinadas circunstancias o entre ciertos individuos. Baste constatar la impermeabilidad de los políticos frente a reiteradas y extendidas demandas de la población, o el diálogo de sordos entre gobernantes y líderes de la oposición. Una pesadez convertida en pesadilla por más que muchos de entre los espectadores nos digamos con Flaubert, y por aquello de mantener encendida una llama de esperanza, que cualquier cosa puede volverse interesante cuando se mira el tiempo suficiente.
termina por captar toda mi atención ese segundo plano de la pantalla en el que las previsibles cantilenas se traducen a lengua de signos. Una riqueza mímica y gestual de cara, brazos y manos, que oscurece a esos/as cuya verborrea no merecería el protagonismo con que los obsequian. En consecuencia, me digo, ¿por qué, si como apuntaba son también sordos ya que sólo escuchan lo que les interesa o se sienten capaces de responder, no aprenderán y emplearán la misma lengua que esa (suele ser mujer) de detrás y en la esquina, mucho más rica en habilidad, rapidez y capacidad de sugestión? Y es que, por añadidura, la gesticulación es lenguaje universal y con más historia que la palabra hablada.
De ahí que pudiera ser oportuno invertir los planos que nos ofrecen. Imaginen a las actuales intérpretes para sordos vocalizando sus experiencias y, relegados a un lado, Casado, Iglesias, Sánchez o Arrimadas, procurando hacerse entender entre muecas y agitación de dedos. Sin duda despertarían mayor interés del que hasta aquí consiguen, aunque todavía no acabe de aceptar, fuesen ellos o las expertas, que puedan traducir algunos de los palabros con que nos salpican: “desescalada”, «cogobernanza»… En tal caso quizá debieran unas y otros, de una vez por todas y por no sumar problemas a los que ya sobrellevamos, volver al diccionario para encontrar la mejor torsión o fruncimiento del ceño. Incluso así, con la boca cerrada y en castellano gestual, nuestros políticos seguirían sin duda en parecidas controversias e inútiles reiteraciones pero, con sólo verlos y no escucharlos, se haría creíble ese mundo nuevo que aseguran va a alumbrar la Covid. Debacle económica aparte, todo un alivio.