La semana en Túnez ha dado de sí en rincones y escenarios varios, colores y también en evidencias de las que no tenía previa constancia: ignoraba la ceguera de que eres preso cuando te envuelve una tormenta de arena; que pueda salir el agua a presión, sin necesidad de bomba alguna y a 90 grados, de un pozo que alcanza los 1600 metros de profundidad, o que las casas que llaman trogloditas, allá por Matmata y excavadas bajo tierra, mantengan una agradable temperatura durante todo el año en esas zonas donde en verano se sobrepasan los 50º.
Y ha habido mucho más. Desde el hechizo de una puesta de sol entre las dunas, a atractivas Medinas para perderse. O esos blancos y azules, en Sidi Bou Said, que invitaban a buscar casa donde quedar a vivir y con la seguridad de acertar en la elección.
Pero Túnez no se resume en unas líneas y tras visitar las ruinas de Cartago, atravesar la calzada romana que une la isla de Djerba al continente o admirar, en el Museo Nacional del Bardo, una de las mayores colecciones en el mundo de mosaicos romanos (es ahí donde en 2015 tuvo lugar un atentado por parte de ISIS, con el resultado de 19 muertos), aquello de que África no forma parte de la Historia, que afirmara Hegel, no pasa de ocurrencia sin el menor fundamento.
Abundaron las ocasiones en que el «¡Detente, instante!» estuvo a flor de labios aunque, siquiera por estricta justicia, haya de subrayar que la mediación de nuestro guía, Salem, fue decisiva para propiciarlas. Su vasto conocimiento del país y sus gentes, el saber libresco convertido en oportuna y atractiva información sobre cuanto veíamos, amén de una desbordante simpatía, hicieron posible mirar con nuevos ojos, distintos a los de turistas que éramos todos. Tanto es así, que si un día se les ocurriera visitar el país no duden en solicitarme su dirección y teléfono para gozar, como en nuestro caso, del plus que supuso recorrerlo en su impagable compañía.




El imbécil suele ser, como el cornudo, el último en enterarse. Así decía Trapiello y la frase viene de perlas para un Miguel Bosé que, a primeros de este mes, cargaba contra Pedro Sánchez y el Ministerio de Sanidad a propósito del proyectado Plan de Protección de la Salud contra las Pseudoterapias. Los acusaba de «Venderse al lobby farmacéutico». «No sólo te has vendido al independentismo -afirmaba, en sintonía con el tripartito de derechas-; ¿Por qué no propones una ley para cerrar los bares de tapas, beneficiando así a los grandes restaurantes…?».
Y por abundar en esas falsas creencias que el tal Bosé comparte sin duda con el Colectivo antivacunas, estos afirman que su administración es causa de autismo, lo que ha sido desmentido por la propia OMS. Como remate, baste con recordar los recientes brotes de Sarampión y el fallecimiento de algunos niños, cuando de generalizarse el uso de la vacuna triple vírica (en algunos países es obligatoria), la infección terminaría por desaparecer para siempre al igual que ha ocurrido ya con la Viruela que tantos estragos causó siglos atrás.
Lo cierto es que estos harían mucho mejor procurando, si no silenciar las mismas, por lo menos neutralizar, con información veraz, unas mentiras que gozan de amplio eco. Y es que, frente a las seudoterapias, es preciso posicionarse, a diferencia de un Bosé que mejor haría limitándose a cantar, en favor de la salud e incluso de la vida.
Así los etiquetaba en una entrevista el escritor Fernando Vallejo y siguen en las mismas: entre eufemismos y desvergüenzas, entre adanismos y mentiras convertidas en herramienta para hacerse con el poder y en consecuencia con el santo y la limosna, siempre millonaria.
En consecuencia, a cuidarlo y exhibirlo a modo de mérito añadido (aunque al de Argelia le queden dos telediarios) . Reparen, si lo dudan, en los músculos de Putin o en su día la tableta abdominal de Aznar. Trump, y baste reparar en su rubicunda apariencia, ha elegido otro camino: el de hacerse impredecible por amagar sin dar, sea a Europa, China o Corea del Norte. De hecho sólo da, pero pasta gansa, cuando se trata de tapar la boca a testigos incómodos de su pasado o a antiguas amantes.
Casado, el de las traiciones y felonías, ejemplifica lo que se entiende por mentiroso compulsivo aunque pretenda llevarse el gato al agua sonrisas mediante. Sánchez, contra tirios y troyanos (los segundos, en la barriga de su propio Partido), ha demostrado que puede sobrevivir con base a su tesón y un aluvión de decretos para probar que, incluso cuando le vienen mal dadas, nada se le resiste excepto la momia de Franco. Rivera, desde un supuesto equilibrio liberal, pillando cacho a diestro y siniestro en la presunción de que las cargas positivas y negativas terminan por anularse mutuamente hasta acabar en cero y eso es el Centro.
Vox sacando rédito de nostalgias dictatoriales o frustraciones y por lo que respecta a Podemos, fruto de un revolcón coyuntural con más hormonas que análisis (testosterona y también estrógenos, no fuesen a molestarse las «Unidas»), abocado a otro, mientras el antiguo líder, ¡Él!, sigue procurando que la masculina exhibición del entrañable «piel con piel», haga olvidar, en cuanto se reincorpore a la demagogia con armas y bagajes, la compra del casoplón. En resumen: un totum revolutum ya conocido, entre castas y caspas hasta ver, el 28 de abril, quién la casca.
Años atrás, a quien hablaba solo/a se le miraba con una mezcla de compasión y suspicacia. A día de hoy y con móvil de por medio ha cambiado la cosa, lo que no evita el seguir pensando -algunos- que se ha extendido demasiado el empeño por remedar ese pasado, y si con el aparatito delante por lo menos es dado suponer al espectador que habrá alguien en la distancia que responde -aunque el observado no pueda percibir gestos o esos pedazos de alma del interlocutor flotando en el aire, que diría el poeta Muñoz Rojas- , el asunto se complica de cruzarnos con alguien vociferando, las manos en los bolsillos y unos auriculares minúsculos en los que no hemos reparado.
Metedura de pata propia de quienes no hemos crecido junto a esas tecnologías. El hombre ni caso y yo sintiendo el despropósito cometido, lo que no impidió que, mientras proseguía mi camino, me diera a pensar que acaso sea un logro el poder dialogar sin nadie enfrente y las manos en cualquier cosa.