Los músicos callejeros concitan opiniones encontradas porque, al eventual placer que puedan proporcionar, se oponen las molestias que el sonido puede causar entre quienes nos sentamos en la terraza de cualquier bar en pos de la tranquilidad; junto a una copa y el rato de conversación distendida.
Hasta fechas recientes, su ruidosa presencia me incomodaba y, pese a asumir que la convivencia implica tolerancia, por lo general etiquetaba de improcedente esa dulzura musical que seguramente pretende la mayoría. Por eso, en 2014 estuve de acuerdo con la ordenanza municipal que, en mi ciudad, restrigía su actividad limitando los decibelios y vetando instrumentos de percusión, amén de prohibir la permanencia durante más de media hora en el mismo lugar o repetir el repertorio, al día siguiente, en el anterior emplazamiento. Ignoro si a día de hoy esa normativa sigue vigente pero, de ser preguntado ahora, mi criterio ha cambiado al punto que estaría deseando su abolición. Por lo menos en lo que a la chica respecta.
Sus tangos me seducen al punto de que, cuando se acercó el otro día a nuestra mesa en pos de unas monedas, me ofrecí a acompañarla la próxima vez si pactamos juntos una selección de Gardel.
Los canta como se debe: con el acento y la convicción que precisan. Es argentina, agradable y traduce satisfacción al entonar las letras que en otros tiempos aprendí. Esta noche, o mañana, espero volvérmela a encontrar cuando tome asiento. Para tararear en voz baja junto a ella y cualquiera de estos días, si accediese, con ella.
El título, copiado de Góngora, parece inspirar el reciente comportamiento de Puigdemont. Para quien no esté al loro, el presidente de la C.A. de Cataluña, portavoz de la corriente soberanista y que, tras los palíndromos que mencionaba en el anterior post («Puigdemont en diferido»), sigue por los cerros de Úbeda -o del Montseny, como seguramente preferirá- tras ser requerido por el Gobierno del Estado para que aclarase, con un «sí» o un «no», la ambigua declaración de tal vez independencia. Su respuesta, cuatro folios en lugar del monosílabo, prolonga la incertidumbre y mantiene en el alero la evolución de un asunto que se ha convertido en acertijo.
En Mallorca, el «Ya te diré cosas», frecuente como contestación a cualquier emplazamiento, puede equivaler a la reacción de Puigdemont y, por lo que hace a Rajoy, la definición no es tampoco en su tierra lo habitual así que, si hubiésemos de elegir mediador -como se viene pidiendo- entre el gallego y el catalán, quizá un vasco sería la mejor opción, y su «¡Me c… en la leche: si estamos a setas, estamos a setas!», podría desencallar lo que puede convertirse en una tragicomedia de oídos sordos. Un sí pero no aunque tal vez. Y así, hasta finales del siglo.
Tras asistir el pasado martes a su discurso/espectáculo, la estupefación se mezclaba con los intentos varios por adscribir su posición a alguna experiencia pasada que me permitiera discernir la intención que subyacía en semejante confusión.
Porque lo cierto es que el sentido de su proclama no cambiaba, fuera escuchada al derecho o al revés. Al modo de «Olaf usa su falo», aunque el de Puigdemont quizá precise de excitación por parte de la CUP tras haberse encogido debido a las adversas circunstancias. Y puesto a hacerse ininteligible, quizá habría sido más propio anunciar en su comparecencia que había decidido «procrastinar las posverdades», en vez de posponer las mentirijillas. Igual significado, pero con términos más posmodernos y que tampoco habrían oscurecido su mensaje más de lo que consiguió. Únicamente me faltó el poder contemplar la cara de Don Mariano: impertérrito. ¿Y ahora qué?
Muchos de ustedes habrán conocido a alguno/a (a partir de aquí, ya no precisaré sobre miembros/as) que encarna, sin empanadilla de por medio, el estereotipo a que quiero referirme; ése que anda siempre a caballo entre el enfado y el lamento por no ser percibido como desearía, verse obligado a soportar lo indecible (el aludido no podría explicarlo, por confuso, de ser interrogado al respecto) y estar falto de respuestas acordes a sus merecimientos. Nada que ver con el caracter depresivo que alimenta la tristeza, sino con el talante de alguien para quien las interacciones, cualesquiera que sean, excitan su malestar y, en consecuencia, día tras día revela su enojo con palabras o gestos. Un desacuerdo con todos que se anticipa incluso al porvenir porque, como decía Mefistófeles en el Fausto, si se acaban unos problemas surgirán otros para amargarle la existencia y hacer patente que su copa, para los demás, está siempre medio vacía.
Haga lo que haga, nunca es apreciada su valía por mala voluntad, envidia o estupidez, de lo que se seguirá por su parte, si no el odio, cuando menos la desconfianza frente a todo y todos: el sistema, las circunstancias o esa oculta conspiración para anularlo. El arquetipo que me ocupa es una víctima que conoce con anticipación su inevitable fracaso a resultas de la incomprensión, la ajena torpeza o, en ocasiones, una constelación de factores que terminarán en contubernio para oscurecerlo o relegarlo. Como decía el pintor Liebermann refiriéndose a él mismo, ése a quien describo es también incapaz de comer todo lo que le gustaría vomitar y, por resumirlo, sólo se encuentra a gusto en los entierros.
La carrera no es sólo por mantener la forma física aunque también y, pasada la juventud, seguir con ella pese a la artrosis dice bastante del protagonista. Así, es comprensible que aún recuerde con admiración a un anciano, muchos años atrás, inmune al desaliento (mantener el aliento le costaba más) y empeñado en acudir cada mañana a la pista para seguirse probando junto a quienes por lo menos doblaba en edad.
¿Más razones para las estampías? Pues nada como nuestro entorno político para intuírlas a docenas. «Los indepes» catalanes, sin mirar a los lados y hacia quién sabe dónde (es lo que sucede con una guindilla en pleno culo); Rajoy, los pies en polvorosa en los días previos al enfrentamiento y en busca de apoyo y consejo por parte de Trump (¡Ahí es nada!);
Pablo Iglesias en zig-zag para ver de pillar votos en cualquier pista o, Pedro Sánchez, carrerillas cortas y detenerse cada tanto por averiguar cuántos le siguen. Se esprinta, ya digo, por conveniencia, hipocresía o impostura; para quedarse con el dinero ajeno o sus voluntades, convirtiendo en actual lo que dijera Oscar Wilde: que en asuntos de importancia, es el estilo y no la sinceridad lo que cuenta. No obstante, y por
seguir con el título, hay una evidencia que no debieran echar en saco roto los que en días pasados han armado la de dios es cristo: cuando el objetivo se presume lejano, mejor la carrera de fondo porque, de entregarse al esprint, pueden acabar exhaustos al poco de haber comenzado. Con la consiguiente frustración de quienes apostaron por ellos y aguardaban en la meta.